lunes, 29 de junio de 2009

MEDIANOCHE (Midnight de Mitchell Leisen, 1939)

Hoy les propongo un ejercicio de imaginación: ¿qué estrellas de cine le gustaría que pertenecieran a su comunidad de vecinos? Supongo que para el piso de arriba nadie tan tentadora como Marilyn Monroe. Como vecina de al lado, ventana con ventana, ¿se imaginan alguien mejor que Audrey Hepburn, cantando Moonriver? Y que me dicen de compartir habitación. No sean mal pensados, juntos pero no revueltos. Digamos con una sábana, a modo de muralla de Jericó, dividiendo con recato la estancia. Exacto, están pensando lo mismo que yo: Claudette Colbert. Por esa famosa secuencia y por otras como la escena del autoestop –en realidad por la totalidad del metraje de Sucedió una noche (It Happened One Night de Frank Capra, 1934)- ganó Claudette Colbert un merecido oscar. Pero no vamos a hablar hoy de la cinta de Capra sino de Medianoche, una deliciosa comedia de Mitchell Leisen.



Midnight nació en los estudios que se especializaron en el género: La Paramount Pictures. Con Adolph Zukor en la sombra, supervisándolo todo (más los espléndidos decorados de Hans Dreier y la producción de Arthur Hornblow Jr.), el proyecto se le encargó a Mitchell Leisen, un reputado director que escondía un secreto para conseguir tantos éxitos, un secreto con nombres y apellidos: Billy Wilder y Charles Brackett.

Se cuenta que al guión original, escrito por los dos cineastas, le pusieron bastantes pegas en el estudio y lo mandaron para su corrección a otros guionistas. Pero en el envío algo falló y el guión volvió a sus autores. Wilder y Brackett se limitaron a volverlo a pasar a máquina. El estudio lo recibió encantado y dio el visto bueno a “las correcciones” y al proyecto.

Lo cierto es que Wilder y Brackett ya estaban entrando en la fase de hartazgo del guionista, es decir cuando los escritores ven que muchas de las escenas que han preparado luego no se ven reflejadas en pantalla. Sus peleas con Leisen fueron providenciales. Gracias a ellas (por lo visto a partir de Si no amaneciera, 1941) Wilder tomó la decisión de dirigir sus propios guiones y Brackett de producirlos. Se nos ocurre que, en Medianoche, la secuencia del arranque de la cinta, con Claudette Colbert caminado por el andén de la estación, hubiera cambiado ligeramente si un chorro de vapor del tren se hubiera dirigido hacia las piernas de la actriz.

A pesar del diferente punto de vista de Leisen, los diálogos de Wilder (“cómo rechazar ese soborno con las manos llenas de dinero”) siguen siendo tan ácidos que si las palabras pudieran caerse de las páginas donde fueron escritas estoy seguro que atravesarían el parqué para convertirse en molesta gotera del vecino de abajo.

Como decía, la película arranca con la llegada de un tren a la estación central de París, en medio de una noche lluviosa. De un vagón de tercera clase se baja una joven, vestida de largo, sin maletas. “¿Le ayudo con el equipaje?” “Ojalá pudiera, espera en Montecarlo, en una casa de empeños”. A partir de aquí Eve Peabody (nuestra Claudette), con lo puesto, sin un centavo, se dispone a sobrevivir en la gran ciudad.


Lo que sigue es el cuento de Cenicienta, pero al revés. Eve sólo aporta el vestido para el baile, le falta todo lo demás. Encontrara su particular hada madrina en el personaje interpretado por John Barrymore, un marido rico, riquísimo, harto de que su mujer le ponga los cuernos con un estirado gigoló, y que se da cuenta de que Eve puede ser su salvación. Para ello le sigue la corriente, y apoya su disfraz de baronesa, esperando que conquiste al amante y le devuelva a su esposa. No lo tendrán fácil porque la mujer de Barrymore se reserva el papel de madrastra. Encarnada por Mary Astor, una actriz especialista en papeles, o de madre o de "mala", esperará la menor oportunidad para desenmascarar a Eve. Contará con la ayuda de una amiga chismosa: Stephanie; un papel a la medida de la más cotilla de las actrices: Hedda Hopper (en la vida real se había reconvertido en periodista de la prensa del corazón; estuvo 28 años como columnista de “Los Ángeles Times” donde era temida por sus compañeros de profesión).

Pero “toda Cenicienta tiene su Medianoche”. Y su príncipe. Como el cuento no puede discurrir sin el galán de turno -y el disparate sin un enredo más-, hace su aparición un falso barón (insisto en que todo funciona en sentido opuesto), Don Ameche, al que le sienta igual de bien el frac como el uniforme de taxista.


Todo este lío se adorna de juicios de divorcio, donde los demandantes ni siquiera están casados; conversaciones telefónicas, donde el teléfono está desconectado; conciertos y fiestas, donde nadie es quien dice ser, pero que finalmente termina por creérselo; y muchísimos enredos más típicos de las screw ball comedys de esos años.

Ni que decir tiene que el peso de la película lo lleva Claudette Colbert, a la que Hollywood, demostrando una vez más la magia del cine, consigue trasladarla a su país natal (era francesa de nacimiento). La estrella no era de una belleza espectacular, como la de Ava Gardner; ni tan sofisticada como, por ejemplo, Grace Kelly; pero era muy atractiva; siempre preocupada por mostrar su perfil izquierdo (dicen las malas lenguas -seguro que la de Hedda Hopper entre ellas- que durante el rodaje de una de sus películas tuvo que reconstruirse un plató entero para adecuar la toma a su lado bueno; y es que ella misma se refería a su perfil derecho como “el lado oscuro de la Luna”), y sobre todo caía muy bien a la cámara y al destinatario de la imagen. El espectador ya tenía la sonrisa en el rostro desde que aparecía en pantalla. Esa carita redonda, con las cejas arqueadas y una mirada de complicidad, provocaba la aproximación virtual con el público de una forma que nadie ha logrado igualar.

Ver Ficha de Medianoche.

jueves, 25 de junio de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 26 de junio al 2 de julio de 2009)

Como una paga extra de verano recibimos la siguiente tabla de recomendaciones. En ella incluimos películas contemporáneas –algunas se comentan más abajo-, y es que no todo es cine clásico cuando se habla de cintas de calidad. Así, recomendamos la continuación de Antes del amanecer; el drama de Tim Blake Nelson sobre el holocausto; el cuarto filme de animación de Pixar; o la premiada comedia de Alexander Payne.

Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)

Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Camino de Santa Fe (Santa Fe Trail de Michael Curtiz, 1940). Errol Flynn, Olivia de Havilland, Ronald Reagan. (Aragón Televisión, viernes 26 a las 02:30)

La mejor de las tres películas del Oeste que rodó el gran director Michael Curtiz con la pareja Errol Flynn-Olivia de Havilland (las otras dos son Dodge City y Virginia City). Realmente es un pseudo-western, pues pertenece, como sus compañeras, casi más al género de aventuras.

Narra las correrías de dos compañeros de academia militar: los tenientes Stuart (Errol Flynn) y Custer (Ronald Reagan), antes de que la guerra civil los separara en distintos bandos y antes de que entraran a formar parte de la leyenda como famosos generales del ejército en dicha contienda. La cinta los presenta como amigos inseparables y sólo se anuncia su futuro enfrentamiento cuando ambos tratan de enamorar a la misma mujer (Olivia de Havilland).



La película tiene de interesante el punto de vista sudista del problema de la esclavitud, de tal forma que los "malos" son los abolicionistas capitaneados por John Brown (Massey) y su lugarteniente Van Heflyn. Stuart y Custer se encargarán de reducirlos. Parece ser que “Jeb” Stuart sí participó en el asunto John Brown en la realidad; pero Custer no, y desde luego no coincidieron en la Academia de Oficiales (Stuart era ya capitán cuando Custer terminó sus estudios). Por cierto, las escenas de West Point se repetirán al año siguiente en otro gran western: Murieron con las botas puestas (They Die With Their Boots On de Raoul Walsh, 1941), sólo que el papel de Custer esta vez recaerá en Errol Flynn.

Aunque el filme contiene numerosas imprecisiones históricas, todas se agradecen para dar el tono dramático y de aventuras que el largometraje necesita. Las escenas de acción están brillantemente dirigidas por Curtiz con una cámara en permanente movimiento; y un ritmo adecuado que proporciona una fluidez a la narración como sólo él sabía hacerlo. Además la cinta cuenta con la presencia de la mejor pareja de aventuras de la historia del cine; esta vez secundada por, posiblemente, el mejor papel de Ronald Reagan en el cine. El futuro presidente sólo protagonizaba películas de bajo presupuesto. Era más normal verlo como secundario de las grandes estrellas; como en este caso.



Cookie’s Fortune (Robert Altman, 1998).Glenn Close, Julianne Moore. (Onda 6 Televisión y La Siete de Castilla y León, viernes 26 a las 22:00 y domingo 28 a las 22:45, respectivamente)

Se trata de una comedia coral, muy del estilo de Robert Altman y se sitúa entre sus mejores trabajos: una directora de teatro local no sólo maneja las actuaciones de sus subordinados en las tablas… leer más



Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001). Gael García Bernal, Maribel Verdú, Diego Luna. (Canal Extremadura TV, sábado 27 a las 00:05)

Película fundamental para entender el nuevo cine mexicano. Alfonso Cuarón rueda un éxito de público y crítica, desarrollando un guión escrito por él y por su hermano, merecedor de una nominación al oscar. Para dotar de credibilidad a la historia Cuarón se apoya en el trabajo con los actores y en la improvisación, fundamental para conseguir –el tiempo lo dirá- uno de lo mejores filmes de la historia del país americano.

La cinta, después de una larga introducción, sigue la estructura de road movie donde un par de amigos adolescentes, Julio (Gael García Bernal) y Tenoch (Diego Luna), en compañía de una mujer desengañada, Luisa (Maribel Verdú), se embarcan en un viaje hacia una playa imaginaria. El sexo desinhibido, el continuo aprendizaje, las risas y el alcohol acompañan a los tres personajes a lo largo del periplo. Al mismo tiempo, el propio país se dirige hacia otro destino ideal: el cambio de un régimen que ya duraba 70 años (el tiempo que llevaba el PRI, Partido Revolucionario Institucional, gobernando Mexico). Para subrayar la metáfora, el realizador asigna a cada personaje un apellido ilustre, presente en la historia de la nación : los jóvenes se llaman Zapata e Iturbide, mientras que Luisa se apellida Cortés. Un nombre apropiado para la mujer española y una clara referencia a la colonización hispana. Mientras que el conquistador extremeño cambiaba para siempre la vida de los nativos, Luisa hara lo propio con la de los dos amigos durante el viaje.

El director atiende las dos circunstancias (las del trió protagonista y la del país) de una forma tan elegante como sutil. Por un lado la alegría de los jóvenes –y de sus hormonas- protagonizan el tránsito desde su adolescencia a la juventud dirigidas por la mano experta de Luisa. Cuarón fotografía con grandes angulares la mayoría de los planos para reflejar ese optimismo inicial. También lo hace para aprovechar al máximo el encuadre dentro del vehículo y para asociar al formato panorámico las vistas desde el coche. De este modo el parabrisas se confunde con la pantalla y el espectador se siente un viajante más.



De forma paralela, Cuarón interrumpe la acción con una voz en off brusca (que corta el sonido y que preside las imágenes, convirtiéndolas en secundarias) para denunciar, con ironía, pero con firmeza, la corrupción del gobierno o de las clases sociales altas. Más aguda es la acusación que ejerce desde el objetivo de la cámara, cuando parece que desvía la atención de los tres protagonistas por descuido y se centra, brevemente, en lo que ocurre a su alrededor: detenciones en los controles; cruces de difuntos en las cunetas, pertenecientes a improvisados cementerios; y desolación en campos y ciudades.

Un exterior que parece totalmente ajeno a la trama principal, que discurre con brillantez a través de largos y atractivos planos –vehículos perfectos para la citada improvisación-; simbología explícita (unos cerdos recorriendo la playa después de que la voz en off anticipe corrupción urbanística en la costa); y sexo crudo y apasionado. Todos ellos elementos de una cinta excelente que cambia de rumbo en el último tercio, justo después de que Cuarón se luzca con la mejor escena.

miércoles, 24 de junio de 2009

COLABORACIÓN: Tootsie (Sidney Pollack, 1982)




Hete aquí que indiscutiblemente nos encontramos ante uno de los grandes hitos de la moderna comedia norteamericana, quizá también ante uno de sus últimos clásicos y quién sabe si además al mismo tiempo ante el definitivo principio del fin. Tootsie posee la estructura y el tono de una comedia tradicional de las de toda la vida, y aunque no renucia en ningún momento a ese clasicismo, en ella ya se atisba cómo se va a allanándo el camino hacia nuevas formas de abordar el género. Y no hay más que echar un vistazo al salvo honrosísimas excepciones lamentable estado en el que éste se encuentra en la actualidad para observar que lo del principio del fin no es una apreciación exagerada. En los últimos tiempos nos hemos más que acostumbrado a ver cómo la comedia viene siendo sometida a todo tipo de vejaciones y de cómo historias y guiones más o menos aprovechables, y que juegan más o menos las bazas del film que nos ocupa, acaban erigiéndose en monumentos al mal gusto y a la chabacanería por obra y gracia de la incompetencia de sus responsables. Por fortuna en esta ocasión detrás de las cámaras nos encontramos con un señor que de incompetente tiene más bien poco como es Sidney Pollack que llegó al proyecto de rebote después de que Hal Ashby que iba a dirigir inicialmente la película presentara su renuncia Ashby, responsable durante la década de los 70 de films tan populares como El regreso o Bienvenido Mr.Chance debió pensar aquello de pies para que os quiero cuando se topó de bruces con, Dustin Hoffman al que en la época se atribuía un ego de tamaño inversamente proporcional a su estatura. Acorde a su status de estrella por aquel entonces el amigo Dustin era todo un especialista en amargar la vida de directores y productores por mor de sus continúas exigencias y su manía de meter mano en todos proyectos en cuantos participaba. Y por lo visto Hal Ashby debía tener poca paciencia.
De algun modo en Tootsie Hoffman empieza interpretándose a sí mismo. Él es Michael Dorsey, un actor del off Broadway con fama de duro y difícil entre algunos círculos de su profesión. Para desesperación de su agente- al que da vida el propio Pollack en uno de sus habituales cameos interpretativos- los contratos pasan de largo una vez sí y otra también, cosa que no es de extrañar ya que su representado se ha convertido en una especie de pesadilla para la industria por culpa de su carácter quisquilloso y tocanarices (en realidad esta primera parte no deja de ser una parodia contra los métodos de la escuela Stanislawsky). Dispuesto a cambiar su suerte, Dorsey toma una decisión tan ingeniosa como arriesgada: disfrazarse de mujer y presentarse al casting de una telenovela de éxito que cuenta con millones de seguidores en todo el país (parodia a su vez de la archifamosa Hospital General que arrasó en la tele americana de los 60 y los 70). Asi, convertido en Dorothy Michaels, oculto tras un enorme pelucón y unas gafas imposibles, Michael obtiene el reconocimiento profesional que tanto ansíaba al tiempo que su vida personal entra en barrena. Nuestro protagonista empieza a conocerse a si mismo, descubre su falta de escrúpulos y comienza a sentir remordimientos por haber traicionado a su mejor amiga que también aspiraba al papel; por si fuera poco se enamora de una atractiva compañera de reparto-Jessica Lange merecedora del Oscar de aquel año por su personaje- y a su vez se ve objeto de deseo del padre de ésta. Pollack echa mano de uno de los recursos más característicos de la comedia de enredo como es la suplantación de personalidades, en esta ocasión también de esos. El antecendente obvio son las farsas de los años 20 y 30 que a su vez desembocan en esa comedia de comedias llamada Con faldas y a lo loco. No era fácil tomar el relevo del "Nobody´s perfect" en una década como la de los 80 tan dada a los excesos y a la frivolidad pero Pollack lo consiguió. Al igual que el maestro Wilder, al que ya en los 90 homenajeará con su "remake" de Sabrina, el director de Tal como éramos huye de los clichés y tópicos característicos de este tipo de argumento para apelar al diálogo inteligente y al gag con sustancia.
Frente a la herencia clásica Tootsie reclama también su propia autonomía e incluye alusiones a la nueva cultura pop y referencias a los nuevos movimientos contraculturales en boga a principio de los ochenta. La película contiene asímismo un interesante discurso sobre lo que en una sociedad como la nuestra significan los términos éxito y fracaso, constituyéndose además en una brillante metáfora sobre la realidad que supone ser actor. Y ahí es donde entra en juego el talento de Dustin Hoffman, uno de los bastiones de la película. Como ya hiciera casi una década antes metido en la piel de otro cómico – Hoffman no daba vida a Lenny Bruce, ERA Lenny Bruce- el actor vuelve a brindarnos todo un recital interpretativo. Por su trabajo volvió a ser candidato al Oscar en un año en el que la competencia era de aupa y en el que junto a él aspiraban al galardón nada menos que Peter O´Toole también en un papel de actor problemático en Mi año favorito, Paul Newman, a las órdenes de otro Sidney, Lumet en Veredicto final, Jack Lemmon, el Jerry de Con faldas y a lo loco, esta vez en un rol serio como el de Desaparecido y Ben Kingsley que al final resultó el vencedor con Ghandi. Dustin se quedó a las puertas de lo que hubiese sido su segunda estatuilla. No lo consiguió pero a cambio nos dejó una interpretación memorable en la que quedaba demostrado que su talento interpretativo era también inversamente proporcional a su estatura.

jueves, 18 de junio de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 19 al 25 de junio de 2009

Con el verano llamando a las puertas de la calurosa primavera de estos últimos días presentamos la siguiente tabla de recomendaciones. En ella destacan, entre otras, el drama de Ettore Scola; el excelente biopic de Maurice Pialat; la adaptación teatral de Laurence Olivier; el surrealismo de Buñuel; los western de Anthony Mann, John Sturges, Delmer Daves y Henry King; las películas negras de Fritz Lang, Rene Clement, John Huston y Jacques Tourneur; y las obras maestras del cine mudo, de Pabst y Robert Wiene.

Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)

Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Ser o No Ser (To Be or Not to Be de Ernst Lubitsch, 1942). Carole Lombard, Jack Benny. (Veo TV, sábado 20 a las 22:00)

Esta comedia sólo puede definirse como obra maestra. Una gran película con Ernst Lubitsch en plena forma; el director se atreve a meterse con los nazis en la época de su mayor dominio (Chaplin también lo hizo dos años antes con El Gran Dictador).

Una compañía de teatro polaca, que representa a Skakespeare, se ve envuelta en la guerra cuando intenta ayudar a la resistencia con un peculiar montaje “teatral”. El dueño (Joseph Tura) y su mujer (María Tura) dirigen la troupe y también la conspiración. Lubitsch, que no se conforma con la trama bélica, insiste en su toque personal e incluye en la historia los flirteos de María con un joven militar aliado. Esto añade tensión –y carcajadas- a la acción cuando Joseph Tura se preocupa más de los posibles cuernos que de la ocupación alemana.

El filme se divide en secuencias muy bien delimitadas, como actos de una obra de teatro. Sobresalen aquellas en las que Joseph Tura (Jack Benny) se hace pasar por espía alemán; y la larga escena final, con un clímax muy recordado, donde hasta el propio Hitler tiene su papel.


El reparto acompaña a Lubitsch en su parodia: con Robert Stack casi debutando, y Jack Benny especialmente motivado, es Carole Lombard la que destaca por encima de todos. La Reina de la comedia, a la sazón mujer del otro “Rey”, Clark Gable, está sencillamente magnífica. La excelente actriz nunca pudo ver la película en pantalla, murió en un accidente de aviación antes del estreno; se puede decir que en acto de servicio, ya que volvía de un tour para vender bonos de guerra.

Pero si los actores están a la altura, el apartado técnico es casi mejor: Miklos Rozsa en la partitura, Rudolph Maté con la fotografía y Vincent Korda en los decorados y, quien lo duda -aunque Lubitsch también aparecía en los créditos como productor-, Alexander Korda llevando las riendas del proyecto.

Mel Brooks hizo un remake en 1983, muy, muy lejos del original.



Sinfonía de la Vida (Our Town de Sam Wood, 1940). William Holden, Martha Scott. (Canal 300, domingo 21 a las 04:10 y lunes 22 a las 05:30)

Drama que narra la vida en una pequeña ciudad de New Hampshire a comienzos del siglo XX. La cinta de Sam Wood es una notable adaptación de la célebre obra de teatro de Thornton Wilder, ganadora del premio Pulitzer. El propio escritor sufrió lo suyo para llevar su creación a la gran pantalla. Sólo tras varios meses de trabajo con el productor Sol Lesser, y con algunas variaciones –todas consentidas por Wilder-, el proyecto pudo llevarse a cabo. Con Wood al mando, ocupándose de los actores, y William Cameron Menzies llevando la parte visual, la película estuvo a punto de hacerse con seis oscar.

El metraje se reparte en tres actos, todos narrados por el farmacéutico de Grover’s Corner, el pueblo donde casi no sucede nada especial, pero que quiere representar los valores tradicionales americanos. El arranque, y la descripción de la villa por parte del presentador, propician la inclusión de la película en el subgénero del melodrama coral donde un pueblo o una calle son el personaje principal. Es el microcosmos donde se desarrolla una historia que bien podría haber pasado en cualquier lugar. Precisamente en el cine español abundan ejemplos de esta circunstancia cinematográfica lo que provoca que la visión de Our Town, hoy en día, resulte tan familiar. En este caso dos clanes (los Webb y los Gibbs), que pronto formarán uno solo cuando dos de sus hijos se casen, son los que llevan el peso de la historia.


Nadie mejor que Sam Wood para dirigir este drama tan conservador. El realizador –tachado con frecuencia de reaccionario- era un buen artesano que supo dar lo mejor de sí mismo en este tipo de productos. Los primeros minutos son espectaculares: el plano secuencia en el plató, que acompaña a los créditos, es seguido de la presentación de la ciudad que se transforma hasta el tiempo en el que se inicia la historia; y después viene lo mejor, con la introducción de las dos familias a base de transiciones tan sutiles como las de un gato que persigue al lechero, o los pasos de una de las hijas que se mezclan con los de las gallinas y polluelos en la granja. Todo esto se adorna con algunos contrapicados y con la excelente utilización del objetivo en tres niveles (en primer término un objeto difuminado, en el segundo nivel el personaje que el director destaca, y en el tercero el motivo que da continuidad a la acción, el lechero por ejemplo, o uno de los niños que acude a desayunar). Hay que pensar que esta manera de rodar tan estilizada tuvo lugar antes de esa revolución que fue Ciudadano Kane.

Sin quitarle mérito a su trabajo es cierto que Wood tuvo una serie de ventajas para que el largometraje funcionara tan bien: parte del elenco de actores ya habían representado la obra en Broadway; y luego estaba la inestimable ayuda de William Cameron Menzies, al que se le puede atribuir la brillante resolución de ciertas secuencias complicadas, como las del tercer acto, donde son fantasmas los que llevan la acción.

La historia funciona y casi todos los actores están creíbles (muy bien Martha Scott, pero sobre todo los secundarios, con Thomas Mitchell y Guy Kibbee a la cabeza, aunque chirríe algo el protagonista, un jovencísimo –casi irreconocible- William Holden); pero lo que apreciamos más son esos veinte primeros minutos, que de haber tenido continuidad probablemente hoy estaríamos hablando de una obra maestra.



El Cabo del Terror (Cape Fear de J. Lee Thompson, 1962). Gregory Peck, Robert Mitchum. (Canal Sur 2, domingo 21 a las 22:00)

La novela "The executioners", de John D. Macdonald, ha sido llevada a la pantalla en dos ocasiones: la primera de la mano de J. Lee Thompson, de forma impecable y es la que vamos a comentar; la segunda dirigida por Martin Scorsese en 1991, bastante interesante, pero, en mi opinión, inferior al original… leer más.

jueves, 11 de junio de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 12 al 18 de junio de 2009)

Celebramos estos días el primer aniversario de la sección “Silencio se… graba”. Un año en el blog y parece que fue ayer cuando iniciamos la primera entrada, un tímido post donde comentábamos Simbad y la princesa y Paso al Noroeste. Hoy tenemos la suerte de contar con verdaderas obras maestras para conmemorar el evento. Encontramos películas tan importantes como Lo que el viento se llevó, Los Comulgantes, La Lista de Schindler, Río Grande o Escrito sobre el viento. También destacan producciones mudas de Buster Keaton (El Colegial) o del genio Von Stroheim (Esposas Frívolas); la inacabada cinta del maestro Jean Renoir (Una Partida de Campo), homenaje a su padre; la divertida comedia de Gregory La Cava (Al servicio de las damas); el thriller de Hitchcock, con Grace Kelly como protagonista; y muchas otras más. Un afectuoso saludo a todos los lectores.

Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)

Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

El Perdón (The Claim de Michael Winterbottom, 2000). Natasha Kinski, Wes Bentley, Peter Mulan, Milla Jovovich. (Aragón Televisión, domingo 14 a las 01:20)

Moderno y atractivo western del buen realizador Michael Winterbottom. Muy en la línea de Los Vividores (McCabe and Mrs. Miller de Robert Altman, 1971) tanto en la estética: planos atrapados por el teleobjetivo mezclados con otros muy generales; como en el entorno nevado: un blanco inmaculado que contrasta con la oscuridad del pueblo -y con el carácter gris de los que allí habitan- y que hace más hostil, si cabe, la vida en el ya complicado Oeste

Quizás lo que más destaque, en la citada aproximación al cine de Altman, es el empeño en mostrar una trama realista. Una forma de hacer cine que persigue un claro objetivo: desmitificar al género. Mientras tanto, la separación entre ambos cineastas se apoya en la diferente estructura narrativa y en la ausencia de elementos de comedia por parte de Winterbottom. En The Claim los insertos, a base de flash-back, van acompañando a la historia del cacique del pueblo que ve como su pasado acude para rendirle cuentas; un argumento basado en la novela de Thomas Hardy (autor ya utilizado por Winterbottom en Jude, 1996) y que el director inglés convierte en tragedia, con final apocalíptico incluido.


El director se rodea de buenos actores, donde destacan Peter Mulan (presente en varias de las mejores cintas británicas del nuevo cine social) y una consagrada Natasha Kinski. Además la elegante cámara de Winterbottom nos regala algunos planos memorables, como el de la muerte de un personaje que el director, por respeto, esconde tras un caballo; o el largo travelling final, que recuerda al de Infierno de Cobardes (High Plain Drifters de Clint Eastwood, 1973).

Con El Perdón, Winterbottom investiga en el género épico por excelencia, pero se resiste a abandonar del todo su cine social y de denuncia. De hecho, aprovecha el western para mostrarse más duro de lo habitual, obteniendo un resultado excelente.



Detour (Edgar G. Ulmer, 1945). Tom Neal, Ann Savage (Canal 300, domingo 14, a las 04: 45, y lunes 15, a las 05:55)

Cinta negra del cada día más admirado Edgar G. Ulmer, un director especialista en conseguir que películas de la serie B se conviertan en clásicos.

El filme se estructura a lo largo de un flash-back contado en off (como señal inequívoca del género al que pertenece). Es un relato en primera persona desde la barra de un bar de carretera. Un relato que se convierte en pesadilla, que transforma el rostro del protagonista y que, gracias a las sombras, lo muda en una máscara de la propia muerte.

La cinta trata de las zancadillas del destino. De lo imposible de luchar contra él. Un largometraje, por tanto, muy langiano. Con pocos personajes, contados decorados, pero con una riqueza en los diálogos que compensa todo lo anterior. Son frases cortas y cortantes; cargadas de pesimismo que caen como losas sobre los hombros de la pareja protagonista: dos perdedores que están condenados a entenderse, en un inútil intento de salir de una situación desesperada.

Ulmer los sitúa en muy pocos escenarios, pero en todos ellos se encontrarán atrapados: en un automóvil, causante de todos sus males; o entre las cuatro paredes de la habitación de un motel, donde el propio destino es el guardián de la única llave.

La visión amarga de Detour recuerda a algunas obras importantes del film noir donde una pareja transita errante por la carretera acercándose a un final trágico. Sólo se vive una vez, Los Amantes de la Noche, Bonnie and Clyde, etc., todas ellas tienen en común el destino fatal, y disponen del amor redentor como compensación final. Detour cumple con lo primero; pero se le niega lo segundo.



Manuale d’Amore (Giovanni Veronesi, 2005). Carlo Verdone, Sergio Rubini. (Televisión de Galicia, domingo 14 a las 17:45)

La cinta, en apariencia, es una comedia sin muchas pretensiones acerca del amor y de todo, o casi todo, lo que le rodea. Aunque su principal objetivo es entretener existe un trasfondo muy interesante de homenaje al género que vamos a tratar de analizar… leer más.



Río de Sangre (The Big Sky de Howard Hawks, 1952). Kirk Douglas, Martin Dewey, Elizabeth Threatt. (Castilla-La Mancha TV 2, lunes 15 a las 00:30)

Western de los llamados menores de Howard Hawks, pero que a mi juicio es una de sus obras más personales. La cinta propone una historia muy conectada con el descubrimiento del paso hacía el Pacífico. Aunque la película tiene un desarrollo sensiblemente diferente –y una mayor calidad- la trama coincide en su planteamiento con Paso al Noroeste (Northwest Passage de King Vidor, 1940) y Horizontes Azules (The Far Horizons de Rudolph Maté, 1955). Con la segunda, la semejanza también tiene que ver con el conflicto entre los tres personajes principales: dos colonizadores (Kirk Douglas y Martin Dewey) y una indígena (Elizabeth Threatt) mucho mejor caracterizada que la nativa de la cinta de Maté.

El paisaje y los rodajes exteriores del parque Grand Teton de Wyoming dan una muestra del realismo con el que Hawks se enfrenta a la historia. La película es un bello documental, cuando transcurre de día (la secuencia del remolque de la balsa es de lo mejor que se ha rodado en exteriores), y un relato intimista por la noche, cuando los personajes se despojan de sus ataduras y confiesan sus temores y ambiciones a la luz de las fogatas.

El narrador de la historia es el magnífico tío Zeb (Arthur Hunnicutt), un personaje que emerge progresivamente a medida que transcurre la acción, controlado por un magnífico guión a cargo del reputado Dudley Nichols, habitual colaborador de John Ford en la década de los treinta y cuarenta.

Comparado con los otros “Ríos” de Hawks, Río de Sangre es tan épico como Río Rojo, resulta tan entretenido como Río Lobo y se acerca al intimismo de Río Bravo. Pero, sobre todo, está muy bien narrado por uno de lo mejores contadores de historias: Howard Hawks, que en seguida se hace con las riendas de la película para hacerla suya.

jueves, 4 de junio de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 5 al 11 de junio de 2009)

En estos días de (hostil) campaña electoral, y de advenimientos planetarios, lo mejor es refugiarse en el cine y esperar a que pase la marea de (hostil) propaganda política. Para ello podemos acudir a la programación de las cadenas en abierto, que esta semana nos ofrecen una variada lista de películas. Entre ellas, algunas históricas como Tabú, El Hombre que mató a Liberty Valance, Gilda, Días sin huella, Lawrence de Arabia o El Cazador. Acompañadas de cintas interesantes, de nombres tan ilustres como Otto Preminger, Fritz Lang y King Vidor; o directores que aún trabajan a buen ritmo como Quentin Tarantino, James Ivory, Jim Jarmusch o Roman Polanski. Tampoco faltan autores españoles de la talla de Vicente Aranda o Mario Camus. Que las disfruten, ya verán como esto de las elecciones pasa pronto.

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Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Celos (Vicente Aranda, 1999). Aitana Sánchez-Gijón, Luís Tosar. (Canal Extremadura TV, sábado 6 a las 00:20)

Aitana Sanchez-Gijón es una novia que espera casarse pronto, pero que vive amenazada por su propia vida anterior. Una fotografía será la culpable de que el turbio pasado intente colarse en el presente. Tampoco ayudarán el carácter patológico de su novio y los intereses de su amiga intima. Vicente Aranda vuelve al género que le dio sus mayores y mejores éxitos, el del crimen, el thriller o el suspense. Y lo hace con una cinta que arranca como una película sobre el maltrato de género, pero que a medida que avanza se torna en drama psicológico. El director sorprende con un final personal, muy del estilo a Amantes (1991), posiblemente su mejor largometraje.



El Regreso (Coming Home de Hal Ashby, 1978). Jane Fonda, John Voight, Bruce Dern. (TvCanaria, sábado 6 a las 23:15)

Drama antibelicista de Hal Ashby que se une -con calidad- a los filmes que trataron el tema de la guerra del Vietnam desde el punto de vista de la sociedad (Nacido el 4 de julio, El cazador, etc.). Ashby retrata con eficacia los dos traumas posbélicos: las infidelidades de las esposas de los soldados que combaten; y las enfermedades físicas y, sobre todo, las psíquicas, de los que participaron en el conflicto. Las actuaciones de los protagonistas están a la altura: Jane Fonda, más contenida que otras veces, se encuentra muy bien secundada por John Voight; pero el que destaca gratamente es Bruce Dern. El actor se saca de la manga una interpretación con cambio de registro incluido: desde el papel de un convencido patriota, antes de incorporarse al ejército, hasta el de enfermo mental -y cornudo marido- después de su “feliz” vuelta a casa.



Lugares Comunes (Adolfo Aristaraín, 2002). Federico Luppi, Mercedes Sampietro. (Canal Extremadura TV, domingo 7 a las 22:15)

Cuando tu propio país se descompone social y económicamente, y te da la espalda, sólo te queda volver a empezar una nueva vida en algún "lugar". Buen momento para aprovechar y efectuar un acercamiento progresivo hacia tus seres queridos y un repaso a toda tu vida… leer más



Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precint 13 de John Carpenter, 1976). Austin Stoker, Darwin Joston, Laurie Zimmer. (Castilla-La Mancha TV 2 y Aragón Televisión, lunes 8 a las 00:30 y miércoles 10 a las 21:45, respectivamente)

Segunda película de John Carpenter que realiza en 20 días, con poquísimo dinero, emulando a Roger Corman en temática y economía de medios. Con 28 años, el joven cineasta se encarga de casi todo: del guión, de la música, del montaje y hasta se apodera de un breve papel (prácticamente un cameo).

Assault on Precint 13 es un filme de acción tramposo. Realmente es un thriller disfrazado de película de terror. Como si fuera un director maduro, en vez de un joven inexperto, Carpenter maneja el ritmo con maestría. Dosifica la violencia para provocar un aumento de la tensión que la hace insoportable para los personajes, y para el espectador. Mucha parte de la culpa del resultado final tan agobiante la tiene la música (muy utilizada posteriormente por grupos de rock y cantantes de hip hop) y la oscura fotografía. La ausencia de luz es tal que hay algunas secuencias que piden la implicación activa del público -para que intente adivinar qué diablos está sucediendo-.

El realizador realmente quería hacer un western. Es muy conocida la anécdota del homenaje a Río Bravo (Howard Hawks, 1959), cuando el propio Carpenter utiliza en los créditos, como editor de la película, el pseudónimo de T.Chance (el personaje de John Wayne en la cinta de Hawks). De todas formas, la trama que se narra en Asalto a la comisaría… ya es suficiente para aproximarse a Río Bravo. Y a otros clásicos. Pensemos en La Patrulla Perdida (The Lost Patrol de John Ford, 1934) y tendremos un claro precedente de la idea de casi no ver los rostros del enemigo que acecha y ataca desde el exterior.

A los guiños anteriores hay que sumar parte de los diálogos, algunos extraídos literalmente de chascarrillos cinéfilos (como los que Hitchcock le comentó a Truffaut en su célebre libro de entrevistas) o de frases de películas de Sergio Leone.

Mucho se ha hablado de John Carpenter como autor de culto (con todo lo malo que eso tiene de cara al gran público y a la crítica) y es notorio el camino desigual por el que transcurre su carrera, sin embargo Assault on Precint 13 es de las películas que más nos atraen. Y es que nos gusta especialmente su mensaje apocalíptico y la forma en como lo transmite. Afuera nos aguarda el peligro; y lo que es peor: ni siquiera la policía está a salvo.

miércoles, 3 de junio de 2009

EL ÚLTMO VALS (The Last Waltz de Martin Scorsese, 1978)

Escribíamos y preparábamos un artículo sobre Claudette Colbert y esa maravilla que es Medianoche; andábamos con la programación de televisión para nuestra sección del jueves; robábamos tiempo a nuestros quehaceres, en estos días de fin de curso; en eso estábamos cuando vimos de nuevo el documental de Scorsese, aquél que inmortalizó el último concierto de The Band. No tuvimos más remedio que dejarlo todo para hacer un hueco a este grupo con cuyas canciones hemos crecido, no hemos enamorado, hemos bailado y cantado cosas como “The Night They Drove Old Dixie Down…”



El grupo de Robbie Robertson representa a todos las bandas de rock de la época dorada de la música, y no sólo por su nombre genérico (ellos intentaban llamarse de mil maneras sin conseguirlo: todos les llamaban The Band) sino por su grandeza. Son, por ejemplo, antológicas sus colaboraciones con Bob Dylan, En especial aquel disco-borrador fantástico de las cintas del sótano. ¿Has bailado con tu chica “Going to Acapulco”? Pues a que esperas…

Realmente no nos apartamos un ápice de nuestro tema favorito, el cine. El documental de Scorsese no es un rodaje convencional de un concierto. El “enano gafotas” (guiño a Caperuza) es tan cinéfilo como apasionado de la música rock. Y se nota. Pero sobre todo es un gran profesional; lo demuestra en este tipo de filmes donde el montaje es esencial. Independientemente del número de cámaras que tengas -cuantas más, mejor- lo importante es decidir la sucesión de planos que van a verse en pantalla. Seguro que la experiencia adquirida en el documental de Woodstock –donde se encargo de parte de la edición-, más todo su recorrido posterior, sirvió a Scorsese para escoger las tomas adecuadas. Para detectar esas miradas entre Robbie y Bob Dylan; las que dan pie a que el primero inicie su solo de guitarra o a que el segundo cambie de tema. Para elegir los planos generales que captaban el duelo de guitarras entre Eric Clapton y Robbie, en la excelente jam que ambos se marcaron; o para decidirse por un contraluz, mientras Joni Mitchell acompaña al micrófono, enriqueciendo una excelente versión de "Helpless" a cargo de su autor: Neil Young.

Pero además hay que construir un argumento que acompañe a la música, verdadera eje del documento. Hay que seguir un guión. O fabricarlo con todo el material del que disponemos. Así, Scorsese presenta una introducción, donde la banda anticipa el tema del concierto: son los cinco músicos atendiendo el bis del público durante una de sus giras. Pronto darán su último recital.



Después, en el desarrollo de la película, Scorsese entrelaza, hábilmente, las canciones con las entrevistas. Estos impulsos narrativos dan pie a que desfilen leyendas del blues como Muddy Waters (impagable la versión de "Mannish Boy"); del country como Joni Mitchell; o del folk como Emmylou Harris, para confirmar que The Band han tocado prácticamente todos los géneros. El vocalista y batería, Levon Helm lo resume mejor que nadie: “Sólo es rock and roll”.

El final es mucho más fácil: sin olvidarse de una cámara para Ringo, en el extremo izquierdo del escenario, y de otra para Ron Wood, en el derecho, para tener contentos a los fans de los Beatles y los Rolling, el resto es dejarse llevar por la leyenda; y aguantar sin desmayarse mientras hacen voces Dylan, Van Morrison (guiño a Vivian) y Robbie, por un lado, y Young, Mitchell y Danko por otro.

The Last Waltz es más que un homenaje a una gran banda de rock. Creo que Martin Scorsese se daba cuenta de que estaba rodando un hito en la historia de la música. El tag line del filme no exageraba cuando decía aquello de “la mejor película de rock jamás realizada”; desde luego no seré yo el que diga lo contrario.


Un par de ejemplos de lo que uno se puede encotrar en El Último Vals; ambas canciones compuestas por el alma del grupo, Robbie Robertson, y cantadas por Levon Helm:










Ver Ficha de El Último Vals

COLABORACIÓN: Ciudadano Kane (Citizen Kane, Orson Welles; 1941)




Es probable que después de todo los árboles sigan sin dejarnos ver el bosque y que definitivamente nos hayamos olvidado ya de que en el fondo Ciudadano Kane no es más que la historia de un niño al que un buen día le arrebatan su infancia. Si como dijo el otro, ésta, la infancia, es el verdadero paraíso del hombre, Orson Welles no pudo escoger mayor tragedia para hacer su debut como narrador de historias en la gran pantalla. La calificación casi sistemática de Ciudadano Kane como La película, el mejor film rodado jamás, es un hecho que siempre ha jugado en contra de esta formidable opera prima y que anda desde luego muy lejos de beneficiarla. No es una buena táctica acercarse a esta obra de arte con el temor casi reverencial que su sola mención inspira, como una reliquia cuando en realidad se trata de una obra tremendamente viva. Fracasarán quienes se aproximen a este film desde una postura academicista tal y como fracasó el voluntarioso Thompson al presuponer en todo momento que detrás de Rosebud se escondía algo así como un complejo e indescifrable teorema matemático. El peligro de considerar que una palabra pueda resumir por si misma la vida de un hombre es tanto como el de pretender que ciento veinte minutos de película y de celuloide condensen por si solos las poco más de once décadas de historia del cine.
Para muchos la primera película de Weles supone la primera muestra y los primeros destellos de su genialidad; para otros poco menos que la bravata de un advenedizo que con 25 años se propone cambiar el rumbo del arte cinematográfico con una obra faraónica y grandilocuente. Es por eso quizá por lo que a algunos les resulta una película sumamente antipática, por su falta de humildad tratándose de una primera película que se atreve a abordar nada menos que una cuestión tan compleja como la de la vanidad humana. Soy el primero en observar detrás el virtuosismo de Welles cierta pose narcisista que le lleva a una tendencia al exceso a lo largo de toda su obra, pero también soy el primero en decir que bendito narcisismo y benditos excesos. Lo que hoy asumimos ya como tópicos en su día fueron notables hallazgos visuales y narrativos que suponían un antes y un después en el devenir del llamado Séptimo Arte. Aún siendo todavía objeto de enormes controversias entre quienes se supone entienden de esto, Ciudadano Kane sigue siendo esencialmente la película de los críticos; de ahí su omnipresente aparición en todas las listas y rankins de mejores películas de la Historia que en el mundo son desde el año de gracia de 1.941. Hoy en día la pregunta de si la opera prima de Welles es la mejor película de todos los tiempos parece totalmente superada. Al menos para quien esto escribe siempre lo estuvo y creo que ya he esgrimido mis razones al respecto en el párrafo anterior. Además ¿cómo iba a ser ésta la mejor película de la Historia si su director llegó a confesar en alguna ocasión que ni siquiera se trataba de su mejor film?


Intentar abarcar en unas pocas líneas el sentido de una obra de la magnitud de ésta resulta francamente imposible. Rosebud es evidentemente la columna que vertebra la película, aunque para otros la clave del film se oculta en el plano que lo abre y lo cierra y que nos muestra un cartel que cuelga de una de las verjas del palacio de Xanadu con el epígrafe "No tresspasing" (No pasar). Xanadu sería aquí una representación del cerebro humano y el cartel en realidad una invitación a no intentar adentrarse en los misterios de la mente. Quien sí se adentró y mucho en los misterios de la película fue lógicamente William Randolph Hearts, verdadero blanco de las críticas de Welles, para quien Rosebud no era precisamente una inscripción grabada en su trineo. Al verse reflejado en el personaje de Kane, el famoso magnate de la prensa norteamericana puso el grito en el cielo e hizo todos los posibles porque la película de Welles no llegase finalmente a los cines. La apasionante biografía de Hearts y de su trasunto Kane da pie a que en la película se aborden argumentos tan interesantes como el del poder de la prensa (a partir de Hearts es cuando realmente se habla de "cuarto poder"), los intereses creados de la política o la corrupción. Nunca podremos agradecerle lo bastante a Mr Hearts que inspirase un personaje tan fascintante como el de Charles Foster Kane.
Pero si fascinante resulta ser el personaje de Charles Foster Kane no lo es menos es de su íntimo amigo Leland, el crítico teatral al que da vida magníficamente Joseph Cotten. Y es que una nueva tragedia subyace en esta historia a todas las ya citadas, la dificultad para mantener la integridad y los principios a lo largo de toda la vida, máxime si esta vida se desarrolla entre el oropel y la pompa. Leland es quizá junto a Emily , la primera esposa de Kane, el único personaje del film que parece mantener de principio a fin esa integridad (todos los demás acaban vendiéndose por un plato de lentejas) aunque paradójicamente al final tenga que refugiarse en el alcohol para salvaguardarla. Se diría que, a pesar de que el film se estructura en torno a la narración de la vida de Kane a través de varios personajes, es el personaje de Cotten quien verdaderamente nos cuenta la historia del protagonista. Leland no juzga, se limita a observar para que el tiempo sea el que acabe dictando sentencia. No juzga, pero es él quien hace saber en momentos puntuales a su antiguo amigo que se ha quedado solo y que el mundo de cristal que ha construido en torno a si mismo se desmorona. Primero inconscientemente obligándole a completar la devastadora crítica en contra del debut y del fiasco operístico de Susan Alexander; después, ya de manera consciente enviándole a su propia casa la carta con la declaración de principios que Kane firmó en sus años de juventud. Y pone realmente realmente los la última escena en la que aparece, perdiéndose lentamente en el pasillo de la clínica escoltado por las dos enfermeras rumbo sin duda al olvido. Porque de eso, del olvido es de lo que nos habla Ciudadano Kane, de cómo los objetos que nos sobreviven subrayan nuestra condición efímera y de paso. La última escena del film remite a la imagen del faraón egipcio enterrándose en la pirámide junto a sus riquezas, aunque en este caso, la única "riqueza" de la que fue privado Kane en vida desaparece con él. Todavía sobrecoge ver cómo las señoriales grafías de la palabra Rosebud van desapareciendo poco a poco fundiéndose lentamente entre las paredes del crematorio. Así es Kane, una obra viva capaz aún hoy día de sobrecogernos, pese a que algunos se obstinen en arrinconarla como mera pieza de colección o de museo.

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