domingo, 19 de febrero de 2017

ESPECIAL KIRK DOUGLAS (III): LOS VIKINGOS (The Vikings de Richard Fleischer, 1958)

El best-seller “The Vikings” de Edison Marshall fue el origen de la mejor película hasta la fecha sobre el pueblo normando. Fue dirigida por Richard Fleischer, y producida por Kirk Douglas; y no por casualidad ya que director y estrella habían colaborado juntos un par de años antes en otra cinta con el mar como entorno: 20.000 leguas de viaje submarino (20,000 Leagues Under the Sea, 1954).


















En los veinticuatro meses que duró la preproducción de Los Vikingos se construyeron tres buques según los planos técnicos del drakkar encontrado en Gosktad, Noruega. Precisamente, el país escandinavo fue el elegido para los rodajes de exteriores. Allí se filmaron las secuencias más bellas de la película, en el fiordo de Hardanger y en el pueblo de Kvinnherad, donde sus habitantes aún recuerdan la experiencia de trabajar como extras.

La trama del filme se encuentra inspirada en un hecho real acaecido en el siglo IX cuando dos hermanos vikingos vengaron la muerte de su padre conquistando uno de los reinos británicos:
El monarca vikingo Ragnar (Ernest Borgnine) saquea la costa inglesa, mata al rey de Northumbria y viola a la reina. Han pasado dos décadas y Einar (Kirk Douglas), el primogénito de Ragnar, consiguen secuestrar a Morgana (Janet Leigh), la prometida del rey inglés, por la que esperan obtener un suculento rescate. Mientras tanto, en el poblado vikingo sobrevive como puede Eric (Tony Curtis), un esclavo que ha provocado que Einar pierda el ojo izquierdo durante una cacería. Nadie lo sabe, ni siquiera él, pero Eric es el bastardo al que le pertenece el trono británico. El drama se complica cuando Ragnar cae en las garras del enemigo y cuando Einar y Eric (todavía ignoran que son hermanos) se pelean por Morgana.


El guión de Los Vikingos es un drama bien ensamblado donde se intercalan algunos temas interesantes como la mitología nórdica o el enfrentamiento, tan afín al medievo, entre superstición y ciencia. Así, Eric supera gracias a una brújula rudimentaria el temor a la niebla cuando aún no existía la aguja náutica. Los vikingos eran verdaderos expertos en la navegación por observación de las estrellas, gracias a esa técnica consiguieron adentrarse mar abierto y llegar a Islandia y Groenlandia; sin embargo, no se atrevían a navegar en baja visibilidad: a la niebla la consideraban un castigo divino.

Con relación a la mitología nórdica, es significativo el guiño final cuando Einar y Eric se enfrentan en un duelo a muerte. Uno está tuerto y el otro manco, es decir, los dos combaten a imagen y semejanza de Odin y Tyr, los dioses de la guerra. Mitología y tradición también se unen en una secuencia que no podía faltar: la del funeral vikingo, la del viaje al Valhalla en un drakkar en llamas que hace de ataúd.

A pesar de elementos narrativos tan interesantes, lo más atractivo de la cinta es el aprovechamiento de la trama épica para poder filmar secuencias tan bellas como espectaculares. Destacan la de la batalla naval y las dos escenas casi documentales que muestran la entrada de los barcos vikingos por los fiordos noruegos; planos de transición con los que Fleischer “pierde el tiempo” en beneficio de la imagen.


En la última de las secuencias a destacar, Einar y su dotación se lo pasan de maravilla tras el éxito de su misión, ya con la valiosa rehén a bordo. Los salvajes guerreros juegan como niños saltando de remo en remo por fuera de la embarcación. Al parecer, la escena se rodó después de muchas horas de ensayo por parte de los dobles y especialistas. El propio Kirk Douglas participó en el juego y se cayó varias veces en las heladas aguas del fiordo, pero demostró que era capaz de saltar entre los remos. A pesar de tan buen ambiente, tanto Douglas como Tony Curtis confesaron que se pasaron casi todo el tiempo resfriados debido a las bajas temperaturas que sufrieron durante el rodaje.

El éxito del largometraje fue tal que Kirk Douglas y su productora financiaron una serie de televisión inspirada en la película. La denominaron “Tales of Vikings”, comenzó a emitirse en 1959 y de ella se rodaron treinta y nueve capítulos.


martes, 7 de febrero de 2017

MANCHESTER FRENTE AL MAR (Manchester by the Sea de Kenneth Lonergan, 2016)


Nada nuevo bajo el sol de… Manchester, podría resumirse el presente comentario acerca de la última película de Kenneth Lonergan. Director que tiene en su haber un trío de películas desiguales y que debe a su amigo Matt Damon, a la sazón productor de la cinta, el haber vuelto a los ruedos cinematográficos con gran éxito de crítica y con una buena cosecha de nominaciones a los Óscar.



Premios que no vamos a cuestionar pues la corrección tanto de actores como de diseño de producción, de puesta en escena y, en fin, de director, pueden ser objeto de loas por buena parte de la crítica. Ahora bien, si no situamos del lado del espectador la película ya no sale tan bien parada. No con una trama mil veces vista donde alguien regresa a un pequeño pueblo (a Manchester-by-the-sea, que así, con todas las letras, se llama la ciudad debido a un litigio en 1989 con otra Manchester) donde nadie olvida la tragedia que causó el recién llegado, y donde el protagonista se tendrá que hacer cargo de un huérfano que forma parte de su desestructurada familia.

Tema, el del regreso y el de la (re)construcción familiar, muy del gusto de Hollywood, como la clásica Sombras en el mar (Deep Waters, Henry King, 1944), también en ambiente marino —en este caso con la pesca de la langosta como tema de fondo—, con un huérfano de por medio (Dean Stockwell, el niño prodigio de entonces) y con el tira y afloja entre el pescador Dana Andrews y el pequeño para ver si al final los dos pueden vivir juntos.

En Manchester… las cosas no van por el mismo derrotero y la trama se queda a medias (el final también) igual que todo lo demás. El entorno costero que tanto puede dar de sí, apenas se explota en beneficio del argumento. Se echan de menos subtramas tan atractivas como las que se refieren al aprendizaje de la pesca, que tan sólo se esbozan; algunas escenas de acción con la mar como testigo que se conviertan en el punto de impulso que la película necesita, y que se nos antoja pide a gritos la audiencia para evitar la somnolencia (algo que no sucede en la citada Deep Waters), y en fin algo más de enjundia en una trama apática en la que, eso sí, se mueve como pez en el agua Casey Affleck cuando el director gestiona una secuencia de emociones a flor de piel.

Es verdad que lo de Affleck tiene mérito…, pero menos. El actor borda su papel, pero no cambia ni una coma el registro que se sabe de memoria y que siempre le ha dado buenos resultados (véase la reciente La hora decisiva, otra seapicture, en este caso de catástrofes, o el noir El demonio bajo la piel), en todas ellas Affleck es un personaje atormentado, seco e introvertido, que no refleja lo que bulle en su interior, pero que se encuentra a un paso del estallido. Hay que reconocer que nadie como él podría dar vida a un ser tan afligido.

Película correcta, como decimos, que bien podría haberse rodado en cualquier pueblo de la América profunda, que vive de las relaciones humanas y que traiciona, por así decirlo, las expectativas del público que se espera algo más cuando productores y director trasladan la historia a una bella zona costera de Massachusetts, con la mar como telón de fondo.



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