martes, 31 de marzo de 2026

EL ZORRO DE LOS OCÉANOS (The Sea Chase de John Farrow, 1955)

Hoy hablamos, sin duda, de una cinta peculiar, incluso extraña en opinión de algunos críticos de la época por el hecho de que el héroe americano por excelencia diese vida a un teórico enemigo. Circunstancia que hoy en día juega en su favor para convertir la película de simplemente curiosa a bastante interesante y atractiva:   



El capitán de la marina mercante alemana Kalr Ehrlich (John Wayne) se encuentra en Sidney al mando del “Ergenstrasse”. Ehrlich es un antiguo militar, degradado por los nazis debido a sus convicciones políticas, al que le sorprende el comienzo de la guerra en puerto. El capitán pretende salir a la mar para alcanzar un país neutral y regresar a su patria. Su amigo de la infancia, Jeff Napier (David Farrar), segundo de la fragata británica “Rockhampton” —y el narrador de la película—, le prohíbe salir de puerto, pero esa noche, amparándose en la niebla, el “Ergenstrasse” consigue burlar la vigilancia inglesa...

La película se rodó en Hawaii, pero el paradisíaco lugar resultó una pesadilla para John Wayne que sufrió una infección de oído tan dolorosa que no le dejó trabajar en paz durante toda la filmación. Además se hallaba en pleno proceso de divorcio, de hecho no logró separarse de su mujer hasta el día en el que finalizó el rodaje. Su pareja en el filme, Lana Turner, tampoco lo pasó demasiado bien: la estrella llevaba una vida turbulenta, sufría de migraña y era una adicta al alcohol. Los retrasos y ausencias injustificadas pusieron de los nervios al realizador, John Farrow, que, según la actriz, no sabía dirigir y se comportaba de forma muy desagradable con los actores. Lo que en realidad pasó es que Farrow, harto del comportamiento de la estrella, la despidió sin contemplaciones. Sólo la intervención de John Wayne pudo salvar la situación y encarrilar una película que parecía destinada al fracaso.

No obstante, la sofisticación de Lana Turner seguía funcionando en pantalla. La segunda aparición de la actriz, enmarcada por el quicio de la puerta del camarote de Karl, recuerda mucho a la famosa secuencia del arranque de El cartero siempre llama dos veces (The Postman Always Rings Twice, Tay Garnett, 1946). William Clothier, el director de fotografía, contratado gracias a la influencia de Wayne, hace un espléndido trabajo cuando capta en Warnercolor y en Cinemascope a la actriz y a los vestidos que estrena en cada secuencia como si de un desfile de moda se tratase.


En la escena del camarote y en casi toda la película se demuestra lo bien que narraba John Farrow con imágenes, y lo bien que dosificaba los diálogos para que resultaran los justos y necesarios para acompañar a la acción. El mantener un adecuado ritmo a lo largo de todo el metraje era otro de los puntos fuertes de Farrow. Un especialista como él en películas de acción dominaba ese importante aspecto narrativo tal como demuestra su trabajo en las cintas policíacas que realizó, lo mejor de su cine, pero también en unas cuantas películas de aventuras marítimas: 

Así, El capitán Jones, Comando submarino, La nave de los condenados y Revolución en alta mar. En El zorro de los océanos tiene aún más mérito la habilidad de Farrow para mantener la tensión debido a que contaba con un guion sin apenas combates navales ni acciones de guerra (sólo la del final). Con pocos elementos de suspense, salvo el propio de la persecución, Farrow tuvo que ingeniárselas para fabricar suficientes puntos de impulso a la trama para que ésta fuera atractiva. Los halló en las actividades cotidianas de la dotación: la decisión de Karl de destrozar los botes salvavidas para usarlos como combustible, y el consiguiente descontento de parte de la dotación que se encuentra al borde del motín; un accidente mientras cortan madera; el ataque de un tiburón cuando se bañan en las horas de descanso; y las consecuencias de las heridas de dicho suceso.

Hechos todos ellos ficticios que configuran una trama basada, sin embargo, en un episodio real de la guerra: El buque mercante “Erlangen” se hallaba en Nueva Zelanda a finales de agosto de 1939 cuando recibió la orden del almirantazgo alemán para dejar el puerto. La intención era refugiarse en un país neutral debido a lo inminente de la guerra. Fue un duro viaje hasta Valparaíso, la mayor parte a vela para ahorrar combustible, toda una proeza que le dio fama mundial. Ciertos episodios cambiados en la película con respecto a lo que ocurrió realmente no empañan la buena impresión que en general provoca el largometraje en el espectador de hoy, al que ya no le importa, acaso todo lo contrario, que el héroe de la cinta no sea el habitual americano y que el argumento se desarrolle bajo el punto de vista alemán.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El zorro de los océanos en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas




lunes, 16 de marzo de 2026

2 X 1: "EL BARRIO DEL CUERVO" y "AMOR 65" (Bo Widerberg)

El barrio del cuervo (Kvarteret Korpen, 1963) 


El primero escritor, después crítico de cine y posteriormente director, Bo Widerberg, inicia en los años sesenta una pequeña revolución en el ámbito cinematográfico sueco cuando denuncia la mala situación de la industria, y el monopolio ejercido por Ingmar Bergman, que lo abarca todo. Después de un corto y una película donde pone en práctica sus teorías, dirige una trilogía formada por El barrio del cuervo, Amor 65 y El terrible Roland, que se encuentra dentro de lo mejor de su carrera. 

En la primera cinta, El barrio del cuervo, Widerberg describe la vida de una familia de clase baja, que vive en Malmö en 1936, en un barrio obrero llamado Raven’s End. El hijo mayor, Anders (Thommy Berggren), quiere ser escritor y la llamada de una editorial para hacerle una entrevista hace que sueñe con dejar para siempre el barrio. Mientras tanto su padre alcohólico (Keve Hjelm) no ayuda en las tareas domésticas —es la sufrida madre quien sostiene la casa— y trabaja irregularmente, aquí y allá, en oficios tan humillantes como el de hombre-anuncio. 

El largometraje es una suerte de autobiografía del realizador—aunque Widerberg siempre lo ha negado— donde el protagonista, Anders, sufre una tremenda desilusión cuando su aspiración de autor literario no llega a consumarse; además, deja embarazada a su novia de siempre y se emborracha junto a su padre, en lo que parece una premonición de lo que realmente será su vida en el barrio. Un vecindario que sirvió de plató unos años antes de ser demolido en un proceso de gentrificación, que transformó el barrio en un lugar de modernos bloques de apartamentos y tiendas. 

Película muy bien rodada y fotografiada, con profusión de interesantes diálogos, donde se nota que se escribió originalmente para ser obra de teatro antes de convertirse en guion de cine. Todo, paradójicamente, muy al modo de las cintas de Ingmar Bergman, quien siempre ha dicho que El barrio del cuervo es una de sus películas preferidas. 

Nominado al Óscar a mejor largometraje extranjero, se ha considerado como uno de los mejores filmes suecos de la historia. Desde luego, las actuaciones del trío protagonista son para enmarcar. En especial, destaca el papel depresivo del padre a cargo del actor Keve Hjelm, alcohólico en la vida real y anterior profesor de interpretación de Thommy Berggren. De hecho, fue el joven Berggren —actor fetiche del director— el que sugirió a Widerberg la contratación de Hjelm para hacer de su padre en la ficción.  

 

Amor 65 (Kärlek 65, 1965) 


La siguiente película dirigida por Bo Widerberg, después de El barrio del cuervo, fue Amor 65. Se trata de un guion especular donde a un director de cine le cuesta realizar su última película, mientras se acuesta con la mujer de un colega, su matrimonio se tambalea y no termina por romperse gracias al único vínculo que les une: su hija pequeña. 

La cinta es sensiblemente diferente a su largometraje anterior. Aquí se notan las teorías de Widerberg sobre el cine cuando, explícitamente, se habla de lo que pretenden las nuevas olas en Europa. Se dice que no hace falta seguir una continuidad, ni incluir en los guiones el convencional inicio, desarrollo y desenlace; o que para Godard las películas tienen que decir la verdad 24 veces por segundo; y que Antonioni sostiene la moralidad de cada angulación de la cámara. 

También hay guiños al cine independiente norteamericano, en concreto al de John Cassavetes cuando uno de los personajes es Ben Carruthers, que se interpreta a sí mismo, y se habla de su célebre colaboración con Cassavetes en Sombras (Shadows, 1958).

 


En Amor 65, vuelven a actuar Keve Hjelm y Thomas Berggren, mientras que también repite el director de fotografía, Jan Lindeström. No obstante, fue la última colaboración entre el operador y Widerberg: ambos chocaban continuamente debido al modo poco convencional de dirigir del segundo. 

Rodaje, ahora sí, muy personal: secuencias sin diálogos como las del vuelo de las cometas; y otras experimentales, como aquella de la playa en la que el objetivo se esconde detrás de una hilera de maderos, como barrotes de una cárcel en contraste con la libertad que supone el océano.





lunes, 2 de marzo de 2026

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO III (y XIV)

Lo quiso la suerte, ahora veremos, no es precisamente de las mejores películas de Frank Capra, pero sí que transmite el buen ambiente que había durante la filmación. No sabemos si por las ganas que tenía de volver a dirigir o por lo bien que se llevó con Bing Crosby, o por las dos cosas, a Capra le quedó un recuerdo muy grato.[1] Y a Crosby también. Al actor se le nota relajado en las escenas con el caballo. En el arranque, en una de las pocas secuencias que no son copia literal del original, Capra demuestra cómo quería que fuese desde un principio la relación entre Dan y Bill: el caballo persigue a su dueño por la campiña, empujándole, jugando con él, insistiendo para que le deje participar en la carrera (3.33). Es una secuencia rodada en exteriores que se encuentra entre lo más destacado de la cinta gracias a su espontaneidad, a su aparente improvisación más propia de un documental.

Algo similar ocurre con la mayoría de los números musicales.[2] La técnica que empleó Capra para dotar de realismo y frescura a las tomas se basó en su negativa a usar el playback. Capra opinaba que la grabación en estudio perjudicaba el rodaje porque los actores estaban más preocupados de sincronizar los labios con sus voces pregrabadas que de actuar.

Por esa razón, el realizador usó siempre que pudo la música diegética para acompañar las voces capturadas en directo. En el número “Sunshine Cake”, el ritmo lo consiguen Bing Crosby, Coleen Gray y Clarence Muse golpeando cucharas, platos y demás objetos (3.34); mientras, en la canción “Someplace on Anywhere Road”, el sonido del claxon y una pequeña guitarra son los instrumentos de los que se valen Crosby y Muse para el acompañamiento musical —por cierto, en esa secuencia Crosby le da un beso a Bill en el hocico (3.35), algo que jamás habría hecho Warner Baxter. Si la ejecución de los números musicales es moderna, su relación con la trama es casi inexistente. Todas las canciones son independientes del argumento y no proporcionan elementos dramáticos que hagan avanzar la historia. De ahí que no podamos calificar a la película como un musical propiamente dicho.

Pero no sólo los números son ajenos a la trama, lo peor, y quizás ese sea el principal fallo de la película, es que el personaje que interpreta Bing Crosby también se comporta de forma indiferente. Al menos es lo que parece con la estrella “paseándose” por el largometraje, como si estuviera superpuesto en la pantalla y las imágenes fuesen una gran transparencia; bromeando con unos y otros, y riéndose de los gags de sus compañeros de rodaje, como si fuera un espectador más. Esto último va en claro perjuicio de algunas secuencias como la del restaurante, donde Happy se convierte en una especie de bufón en vez de ser el detonante de las risas del público (3.36). 

Nos da la impresión de que esa no era la intención de Capra cuando se planteó hacer el remake, pero es posible que se dejase llevar por el atractivo del actor, o que el cineasta fuera cambiando, sin darse cuenta, el fondo de la cinta para convertirla en, prácticamente, una parodia del original; un divertimento con Crosby cada vez más lejos del Dan Brooks concebido por Riskin y por Capra en 1934:

El Dan Brooks de Crosby se comporta como un vividor, un cínico que no duda en engañar a la gente con tal de conseguir sus objetivos y que trata con total indiferencia a Alice, provocando con su actitud que Coleen Gray se quede “sola” en el drama. Además, en la película de 1950, Dan es soltero y no casado, debido al conservadurismo predominante en Hollywood en los años cincuenta, una circunstancia ésta que rebaja claramente la tensión melodramática que subyace entre Dan y Alice. Desde luego, queda muy lejos del idealista Dan que le canta las cuarenta a Higgins, del Dan preocupado por su situación financiera, orgulloso y receloso acerca de la procedencia del dinero. Es curioso cómo un largometraje planteado formalmente idéntico al original, difiera tanto en el contenido por culpa de la transformación del personaje central. Y es que el mensaje social que acompañaba a Dan en Broadway Bill, aquí desaparece; exactamente igual que ocurre en Un Gangster para un Milagro.

Así, vemos cómo ambos remakes tienen en la estrella protagonista la causa de su descalabro. Aunque por distintas razones: mientras en Un Gangster… es la directa intromisión de Glenn Ford en el proyecto lo que provoca el fallo; en Lo quiso la suerte, lo que da al traste con el filme es el hecho de que Bing Crosby sustituya al personaje principal y se interprete a sí mismo.

Dos proyectos fallidos —bastante peor el remake de Broadway Bill que el de Lady for a Day— que nacieron por motivos económicos, pero también por la urgente necesidad de Capra de seguir trabajando en lo que más le gustaba: hacer películas.


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REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS DEL TERCER CAPÍTULO 

Broadway Bill (Vídeo) 2006, 2 Entertain Video Ltd., Londres.

Capra, F. 2007, El Nombre delante del Título, T&B Editores, Madrid.

Carney, R. 1986, American Vision: The Films of Frank Capra, Cambridge University Press, Cambridge.

Dalio, M. 1944, "Une Conception de la Beauté", en Pague, L. 2004, Frank Capra: Interviews, University Press of Mississippi, Jackson.

Freedman, L. 1933, "Frank Capra Thinks Audience Should Help Create Film Story", en Pague, L. 2004, Frank Capra: Interviews, University Press of Mississippi, Jackson.

Girona, R. 2008, Frank Capra, Cátedra, Madrid.

Lady for a Day (Vídeo) 2012, Inception Media Group. LLC, Los Angeles.

McBride, J. 2011, Frank Capra: The Catastrophe of Success, Univerity Press of Mississippi, Jackson.

Moix, T. 1996, La Gran Historia del Cine, ABC, Madrid.

Pocketful of Miracles (Vídeo) 2001, MGM Home Entertainment, Santa Monica.

Quirk, L.J. 1990, Fasten Your Seat Belts: The Passionate Life of Bette Davis, Penguin Bookz Ltd, Londres.

Riding High (Vídeo) 1994, Paramount Pictures, Hollywood.

Scheuer, P.K. 1934, "Public Doesn't Want to Think, Says Capra", en Pague, L. 2004, Frank Capra: Interviews, University Press of Mississippi, Jackson.

TCM Interviews: Frank Capra (Vídeo) 2010, TBS Inc.

Torres, A.M. 2006, Cine Mundial (de la A a la Z), Espasa Calpe, Madrid.

Willis, D.C. 1988, Frank Capra, Ediciones JC, Madrid.



[1] En sus memorias, Capra dedica varias páginas a explicar algunas anécdotas del rodaje, tales como la estrategia para lograr que Bing Crosby llegara puntual al plató; o la técnica, con espejos, para conseguir que el gallo cantara. Algo imprescindible para seguir la trama, ya que “Skeeter”, el gallo, conseguía con su canto sacar a Bill de la depresión. Y es que “si no cacarea, no hay gallo; si no hay gallo […], no hay caballo; si no hay caballo, no hay Bing; si no hay Bing, no hay Paramount…” (Capra 2007, p.422).

[2] Las letras de las canciones son obra de Johnny Burke y la música de James Van Heusen. El director musical de la película es Victor Young, prestigioso profesional, habitual de la Paramount. También fue compositor de numerosas canciones de Bing Crosby.





domingo, 8 de febrero de 2026

MARINEROS A LA FUERZA (Saps at Sea de Gordon Douglas, 1940)

Stan Laurel y Oliver Hardy nacieron como pareja en la segunda mitad de la década de los veinte, cuando el empresario Hal Roach tuvo la brillante idea de unirlos en 1926. Con la llegada del sonoro, Roach alternó la producción de cortos de la pareja con la de largometrajes. Fueron los años de mayor fama de los cómicos. Pero las cosas cambiaron a partir de 1935: Laurel and Hardy ya sólo se dedicaron a hacer largometrajes, sus contratos seguían siendo anuales, pero la relación entre Stan Laurel y Hal Roach se iba deteriorando cada vez más. Su última película con Roach sería Marineros a la fuerza:


Stanley (Stan Laurel) y Ollie (Oliver Hardy) trabajan en una fábrica donde se calibran bocinas de todo tipo. Aunque hay absurdos carteles que ordenan trabajar en silencio, la factoría es ensordecedora, tanto que muchos de los obreros terminan enloqueciendo. Ollie es uno de ellos, está a punto de perder la razón y cuando oye un ruido se pone violento. Para curarse de los nervios, el médico (James Finlayson) le receta leche de cabra y un paseo en yate. Stan y Ollie le hacen caso al doctor y se compran un carnero y alquilan un barco, pero como tienen miedo al mar se quedan amarrados al muelle. Mientras tanto, el ladrón Nick Grainger (Richard Cramer) escapa de la justicia y se refugia a bordo... 

Marineros a la fuerza fue a la postre la última gran película de Laurel and Hardy. Como si de una premonición se tratase, el filme resultó un homenaje al cine cómico clásico, una despedida en toda regla gracias al tono vintage que destilaba todo el metraje y que se tradujo en un éxito notable. El largometraje se estructuró en dos cortos muy diferenciados: el primero tenía lugar en la fábrica y en el domicilio de la pareja, mientras que el segundo transcurría en el barco.

 
En la primera parte, los gags en el automóvil que terminaban con una explosión de un viejo modelo T, y los del apartamento con grifos, luces y demás objetos funcionando al revés, recordaban mucho al viejo estilo. Además la participación de Ben Turpin, un veterano humorista de Mack Sennett, y la colaboración de Harry Langdon en el guion, le dieron ese toque clásico tan atractivo.

La segunda parte de Marineros a la fuerza tiene momentos tan divertidos como el peligro de ordeñar a una cabra en un muelle, tan cerca del agua; o los problemas de dormir en un espacio tan reducido, compartido, claro está, con el chivo. Con respecto a la secuencia del “banquete” solo decir que recuerda mucho a la célebre escena de Charles Chaplin en La quimera del oro (The Gold Rush, 1925) donde Charlot ingería los cordones de un zapato a modo de espaguetis.

Al acabar el rodaje, la pareja de cómicos fundó su propia compañía y se embarcó en una gira por todo el mundo. Cuando finalizaron la tournée, firmaron un contrato, primero con la Fox y más tarde con la Metro que, paradójicamente, les supuso aún menos control sobre sus películas que el que gozaban en los estudios de Hal Roach y del que tanto se quejaron. La intromisión de los directivos y la falta de presupuesto resultaron fatal. El reflejo en taquilla fue tan malo como Stan suponía, y la carrera del “Gordo y el Flaco” languideció hasta desaparecer.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Marineros a la fuerza en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas

domingo, 25 de enero de 2026

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO III (XIII)

La compañía de siempre de Frank Capra, la Columbia, fue la que acudió al rescate cuando Harry Cohn aceptó el intercambio que Capra le propuso: el director le entregaría uno más de los proyectos que Balaban había desestimado, A Woman of Distinction,[1] a cambio de que la Columbia le cediese a la Paramount los derechos de Broadway Bill y el negativo.[2] Con dicha jugada, Capra podría rehacer su cinta de 1934 con un considerable ahorro económico al poder utilizar escenas de la película original tan costosas como las tomas de las carreras de caballos. También vería realizado su sueño de rodar un musical y de contar con un protagonista al que le gustasen los caballos: Bing Crosby. El actor era una de las estrellas disponibles de la Paramount que además estaba encantado con la idea, tanto que posiblemente fue su intercesión la que resultó decisiva para que Frank Capra pudiera por fin volverse a poner detrás de la cámara.[3]


Los esfuerzos por economizar condujeron a Capra a reclamar al gremio de guionistas su coautoría en el libreto de Broadway Bill, por aquello de la idea sobre el final. La gestión no llegó a buen puerto, como tampoco lo hicieron los intentos para contratar a Robert Riskin al objeto de que reescribiera el guion.[4] Al principio fue el propio director el que se encargó de las tareas de guionista, pero finalmente acudió a varios escritores del estudio que actualizaron algunas secuencias y añadieron unos pocos diálogos.[5] Fueron cambios poco significativos que se tradujeron en mínimas correcciones al guion técnico a la vista del resultado final: una reproducción casi exacta de lo rodado en 1934. De hecho, muchas secuencias son literalmente extraídas del negativo de Broadway Bill, como las citadas del hipódromo (utilizadas en los créditos y en la escena crucial del final), las de la secuencia del rumor telefónico o las del arranque. 

En general, toda la puesta en escena es calcada al filme original, otra maniobra para ahorrar dólares que se unía a la de contratar a un director de fotografía que no perdiese mucho tiempo en iluminar el plató ni en preparaciones costosas, dado que los lugares donde irían las cámaras y las posiciones de los actores estaban más que estudiadas de antemano. George Barnes fue finalmente el “eficiente” operador elegido,[6] un técnico que ya había trabajado con Capra en Juan Nadie, que repetiría en Aquí viene el novio y que ya fotografió a Crosby en uno de los éxitos del actor: Las campanas de Santa María (The Bells of St. Mary’s de Leo McCarey, 1945).

La misma política de eficacia fue la seguida en la contratación de los actores: Capra quería profesionales “de una sola toma”. Gente que fuera capaz de memorizar perfectamente su papel (Crosby era famoso por eso, por tener una “mente fotográfica”) y con la seguridad suficiente para no necesitar demasiados ensayos y para rodar de corrido sin tener que repetir las tomas. El ahorro que le supuso la presencia de una actriz protagonista no muy conocida, Coleen Gray (3.31) —llevaba pocas películas en su haber, pero alguna tan importante como Río Rojo (Red River de Howard Hawks, 1948)—, le permitió a Capra contratar un extenso y excelente elenco de actores secundarios que le aseguraron un rodaje rápido y correcto, en parte porque la mayoría ya había participado en la cinta original.[7] 

Entre ellos, Clarence Muse, que repetía como “Whitey”, el mozo de cuadras negro, ahora algo más avejentado; Frankie Darro, volvía a dar vida al jockey Williams, imprescindible para que Capra pudiese usar las tomas de la carrera; y Raymond Walburn, de nuevo como Pettigrew (“Profesor” en vez de “Coronel”), sorprendentemente igual de aspecto físico después de quince años (compárese 3.32 con 3.24, en una de las escenas más graciosas de la película, en la que el timador, el Coronel, cae en su propia trampa). Es precisamente en esa secuencia en la que actúa el entrañable Oliver Hardy en una de sus últimas apariciones en la gran pantalla. Sin Stan Laurel, su inseparable compañero,[8] “El Gordo” hace un pequeño papel, casi un cameo, que mezcla ficción con realidad al presentarse con su bombín característico y su registro cómico habitual en un lugar que, como propietario de caballos que era, solía frecuentar con regularidad en la vida real.

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[1] A Woman of Distinction fue finalmente dirigida por  Edward Buzzell en 1950 y protagonizada por Ray Milland y Rosalind Russell. Aquí se tituló Los Escándalos de la Profesora.

[2] A partir de ese momento, Broadway Bill pasó a ser propiedad de la Paramount y permaneció fuera de circulación hasta 1990, todo para no hacerle competencia al remake. En las posteriores exhibiciones, reestrenos y revisiones de la cinta, el logo que aparece en los créditos de Broadway Bill ya no es el de la Columbia sino el de la Paramount.

[3] Al menos eso era lo que opinaba Capra: “Creo firmemente que de no haber sido por las presiones de Crosby, la Paramount me habría mantenido sin trabajar durante años, como un castigo adecuado por liderar a los directores rebeldes” (Capra 2007, p.417).

[4] Sobre este asunto también hay polémica. La versión oficial es que a Riskin no le pareció suficiente la oferta de la Paramount. La oficiosa es completamente contraria: la viuda del escritor, Fay Wray, siempre sostuvo que Riskin quería participar en el proyecto, pero que fue Capra el que no le dejó.

[5] Hasta seis guionistas colaboraron en el nuevo guion, aunque en los créditos sólo constan dos: Melville Shavelson y Jack Rose.

[6] El director de fotografía contratado inicialmente fue Ernest Laszlo. Aparece en los créditos junto a George Barnes, pero pronto fue despedido por no poner mucho de su parte para hacer que Crosby aparentase menor edad, sobre todo en las escenas que compartía con su pareja, Coleen Gray, veinte años más joven que él.

[7] Hasta diez actores repitieron colaboración, casi todos representando el mismo papel: Raymond Walburn, Clarence Muse, Ward Bond, Douglas Drumbille, Frankie Darro, Margaret Hamilton, Charles Lane, Pat Moriarty, Irving Bacon y Paul Harvey.

[8] Hardy sólo actúo sin “El Flaco” en dos ocasiones más: Zenobia (Gordon Douglas, 1939) y El Luchador de Kentucky (The Fighting Kentuckian de George Waggner, 1949).  Su última aparición en la gran pantalla fue justo después de Lo quiso la suerte, por supuesto con Stan Laurel: Atoll K (Leo Joannon, 1951).






lunes, 12 de enero de 2026

EL HIDALGO DE LOS MARES (Captain Horatio Hornblower, R.N. de Raoul Walsh, 1951)

Jack L. Warner no se lo pensó dos veces cuando compró los derechos de la trilogía de C.S. Forester en cuanto esta fue escrita en 1939 (“The Happy Return”, “Ship of the Line” y “Flying Colors”, números 6, 7 y 8 de la serie Hornblower), aunque luego se tardase más de una década en rodar la película. 


Gregory Peck, que siempre había querido interpretar a Horatio Hornblower, se tomó muy en serio su papel y se preparó a conciencia para ello: antes de empezar recibió clases de navegación y estudió a fondo la guerra naval del siglo diecinueve. Al finalizar el rodaje quedó tan satisfecho de su trabajo que propuso filmar una secuela, proyecto que por desgracia nunca se llevó a cabo. 

La historia que narra El hidalgo de los mares arranca en el Pacífico, en aguas de América Central, con la fragata inglesa “Lydia” bajo el mando de Horatio Hornblower (Gregory Peck). Las intenciones del capitán son entregar armas y municiones al líder mestizo “El Supremo”, aliado de Inglaterra y enemigo común de España. Hornblower cumple su misión y además captura el navío español “Natividad” que también entrega a su tiránico aliado. Lo que no sabe el oficial británico es que España e Inglaterra han firmado una alianza para unir sus fuerzas contra Francia y, por tanto, ahora urge recuperar el “Natividad” antes de que “El Supremo” cometa una barbaridad... 

El hecho de que el propio Forester comprimiese sus tres libros para hacer una sola película se nota demasiado en un guion desigual que se parte en dos: la primera parte, la que se desarrolla en el Pacífico, es mucho más entretenida, con el alto ritmo típico de los filmes de Raoul Walsh y con un desenlace que deja las cosas tan tranquilas que luego es muy difícil de remontar. La acción de la segunda parte se hace de rogar ya que el enamoramiento durante el viaje, la llegada a Inglaterra y el nuevo destino ocupan mucho metraje. La película de aventuras se transforma en un melodrama y el conjunto se resiente de ello.


Por si eso fuera poco, la historia de amor no encajaba con los libros de Forester. Virginia Mayo era demasiado sensual y de ello se quejó Gregory Peck. Walsh atendió las recomendaciones del actor y ordenó que se reescribiera el guion. Los problemas con el libreto no fueron nada comparados con los retrasos provocados por el mal tiempo. Walsh quiso rodar de la forma más realista posible y siempre que pudo embarcó a su equipo a bordo, pero eso tenía un coste en días de producción perdidos a causa de los temporales tan habituales en el mar del Norte. 

El combate naval más interesante de los que salen en la cinta es aquel que se desarrolla en el primer tercio del filme cuando se enfrentan la fragata “Lydia” de Hornblower contra el navío “Natividad” del cacique centroamericano. La secuencia se convierte en uno de los combates navales más bellos nunca dirigidos gracias a la combinación de agilidad en la acción y síntesis narrativa que siempre caracterizó a Raoul Walsh.

El mérito de Walsh es mayor si tenemos en cuenta que antes apenas había dirigido películas de ambiente naval. Destacan tan sólo un par de comedias en los años treinta. Desde luego no fueron estas cintas, sino El hidalgo de los mares la culpable de que Walsh le cogiera el gusto al cine del mar. De hecho, la aventura del capitán Hornblower resultó la antesala de una serie de cintas navales que realizó Walsh ya fuera de la Warner. Fue una trilogía que dirigió en poco más de un año y que arrancó con una de las obras importantes del género: El mundo en sus manos.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El hidalgo de los mares en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





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