jueves, 24 de abril de 2008

AMOR EN VENTA (Possessed de Clarence Brown, 1931)

Amor en Venta es de esas películas, que cada vez que se revisan, se descubren en ella nuevos y sorprendentes elementos visuales y narrativos. Se trata de la adaptación de la obra de teatro "The Mirage" de Edgar Selwyn, a cargo del casi siempre eficaz Clarence Brown. La obra de teatro -y el filme- es costumbrista y refleja los años del “New Deal”, donde las contratas públicas querían activar una economía destrozada por la crisis del 29, o donde se ridiculizaba a la Liga de las Naciones. Este es el entorno donde se desarrolla la típica historia de la muchacha de pueblo que se dirige a Nueva York para hacer (cazar) una fortuna.



Pero Clarence Brown consigue que un melodrama convencional como éste funcione desde el principio gracias a su forma original de narrar. No en vano el realizador fue el directo responsable de algunos de los mejores dramas producidos por la Metro-Goldwyn-Mayer en la época dorada de Hollywood. Cuando dirigió Possessed ya llevaba a sus espaldas una prestigiosa carrera gracias a cintas mudas como El Demonio y la Carne (The Flesh and the Devil). Precisamente las mejores secuencias del largometraje que comentamos parecen extraídas de una película sin sonido. Así, en el arranque, la joven Marian (Joan Crawford) se queda inmóvil, observando los vagones de un lujoso tren que va pasando lentamente ante sus ojos. Las ventanas de los compartimentos aparecen como películas dentro del propio filme. Son un adelanto de lo que puede ser su vida si cruza las vías, si se adentra en ese maravilloso mundo de lujo y fantasía. Y el tren se para, y alguien le ofrece una copa de champán, y se produce el contacto entre el mundo real y el irreal. Y a partir de aquí se desencadena toda la acción posterior.


Amor en venta es un drama que se desarrolla para gloria de los reyes de Hollywood en esos años: Joan Crawford y Clark Gable. En esta ocasión, la historia transcurre bajo el punto de vista de la diva. Y Clarence Brown se aprovecha de ello. Cuando la tensión aumenta, el director resalta la mítica mirada de la estrella y sólo nos muestra sus ojos, bien oscureciendo el resto de la cara, bien tapándola con algún objeto, como un periódico. En un memorable travelling, que resume toda la trama -otro ejemplo del mejor cine mudo- Marian corre desconsolada bajo una lluvia torrencial. Al fondo del plano, una interminable fila de carteles, que anuncian la candidatura a gobernador de su amado, la observan en silencio y la persiguen sin cesar.

Pero hay otros hallazgos visuales con los que disfrutar de este excelente filme. Por ejemplo una maravillosa elipsis entre una pueblerina Marian, que no sabe interpretar la carta de un restaurante, y una Marian decidida, dando ordenes al servicio y eligiendo personalmente los vinos para una cena de alto copete. Brown no nos muestra los tres años que han transcurrido y la labor de “Pigmalión” del personaje de Gable. No lo hace porque no interesa para la acción posterior. Y es que Clarence Brown era un director que sabía su oficio, que analizaba cada escena y que conseguía expresar lo que sentían los personajes y, lo que es más importante, conseguía transmitir al espectador lo que el propio Brown sentía.

Ver Ficha de Amor en venta

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