lunes, 19 de enero de 2015

BIRDMAN (Alejandro González Iñárritu, 2014)

¿No les ha ocurrido alguna vez que justo después de que les hayan presentado a alguien, en una primera impresión, la persona les ha parecido más falsa que una moneda de 3 euros? Pues eso es exactamente lo que nos ha sucedido con la última película del director mexicano, González Iñárritu.



En nuestra opinión, Birdman es una cinta disfrazada de cine independiente con ocultos intereses comerciales —legítimos, no digo que no, pero que no nos engañen— que parece un remedo de la propia trama: un actor venido a menos (Michael Keaton) quiere demostrar su valía en el teatro, mientras mantiene una lucha interna con su otro yo, el que antaño le diera la fama como estrella blockbuster.

Una historia que quiere ser original, pero que llega algo tarde después de la más conseguida JCVD (Mabrouk El Mechri, 2008), o del arranque de El Congreso (The Congress de  Ari Folman, 2013), cintas con guiones especulares donde Van Damme y Robin Wright, respectivamente, hacen de ellos mismos —igual que Michael Keaton—; todos con unas carreras en decadencia cuyos éxitos anteriores pesan en exceso (a nadie se le escapa que Birdman es Batman). Tampoco tiene nada de innovador el hecho de que la trama se desdoble cuando los conflictos entre los personajes influyen en la obra que representan en la ficción (aquí los ejemplos son mucho más numerosos: La noche americana, Vania en la calle 42, La mujer del teniente francés, etc.).



Sin una trama que aporte nada nuevo, el filme se sustenta en las hipotéticas virtudes de realizador y actores. El primero se atreve a rodar, cámara en mano, en sólo un plano secuencia todo el largometraje (con las mismas trampas que Hitchcock en La Soga, todo hay que decirlo). Un alarde técnico que se nos antoja tiene que ver más con el lucimiento personal del director que con la película en sí. Ni siquiera los saltos en el tiempo sin cortar la filmación (elemento narrativo que tampoco es nuevo y que, por ejemplo, hacía muy bien Angelopoulos en El viaje de los comediantes) son suficientes para que desparezca esa sensación de rodaje autocomplaciente.

Algo parecido sucede con los actores. Todos ellos empeñados en una verborrea sobreactuada con la excusa de estar dando vida a personajes que quieren demostrar su buen hacer como profesionales de la actuación. Una redundancia que cae en la soberbia interpretativa, muy en sintonía, eso sí, con el trabajo del realizador.

Con Birdman, Iñárritu logra todo lo contrario a lo que se propone: una película poco sincera rematada con un final tan falso como la cinta en sí. Una conclusión seguramente forzada por aspectos comerciales, o incluida a última hora para no caer en otro defecto, el de la trama previsible. Fuera o no esa la intención, la verdad es que ya no importa demasiado: a esas alturas, el largometraje ya no tenía mucha solución.   


Ver Ficha de Birdman.


lunes, 12 de enero de 2015

MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA (Magic in the Moonlight de Woody Allen, 2014)

Tras el paréntesis de Blue Jasmine (muy bueno, por cierto), nuestro pequeño director de grandes gafas y cara de despistado vuelve a viajar a Francia -esta vez a la costa azul, pero de nuevo a los años veinte- para rodar su habitual película anual, si bien, en esta ocasión los resultados no nos han parecido tan atractivos como en su anterior aventura parisina.



Allen regresa con una comedia romántica, con una historia sencilla que se apoya en la lucha entre el escepticismo y la magia del amor, la que es capaz de transformar una vida insulsa y pesimista en algo que merece la pena ser vivido. Para llegar a una conclusión tan evidente, el realizador disfraza el conflicto con algo más divertido: un ilusionista famoso (Colin Firth; el escéptico) es animado a desenmascarar a una supuesta médium (Emma Stone; la que conseguirá enamorarlo) que opera en La Provenza francesa.

El argumento arranca de buen cariz dados los divertidos antecedentes en un cine, el de Allen, que se encuentran repleto de este tipo de personajes. Prestidigitadores, magos, hipnotizadores y toda clase de impostores son asiduos en los guiones del realizador y a veces, como es el caso, son el desencadenante de la trama principal (Scoop, Conocerás al hombre de tus sueños, La maldición del Escorpión de Jade, etc.).


Sin embargo, como si fuera uno de los trucos del protagonista, el planteamiento es sólo una ilusión cuando, finalizado el largometraje, comprobamos que el filme de Allen es el más flojo desde el desastre de Vicky Cristina Barcelona. Es cierto que deja mejor sabor de boca que la fallida cinta rodada en España, pero Magia a la luz de la luna tampoco aporta mucho a una filmografía repleta de buenos largometrajes. La culpa la tiene una trama sosa que no cumple con las expectativas, diríamos que simplona y previsible, que desarrolla mal la historia de amor y, lo que es peor, carente del sentido del humor, algo que suele ser el principal activo en los filmes del director neoyorquino.

Aunque tampoco se luce Allen especialmente desde el lado técnico (lo suyo no son los encuadres que quieren aprovechar el formato panorámico), sí destacamos un par de aciertos, uno general y otro más concreto, que nos recuerdan que nos encontramos ante una leyenda viva del celuloide. El primero se refiere a la agradable descripción de un pasado nostálgico que Allen piensa debió ser mejor (como una continuación de la citada Medianoche en París), subrayado por el colorido propio del artista que se encuentra en su etapa final (nos recuerda a Resnais o a algunos pintores); y la segunda tiene que ver con una escena que se desarrolla en el observatorio astronómico, es la que da título a la película y aunque no sea suficiente para salvar la película, sí que nos dice que el mejor Woody Allen sigue ahí; nosotros lo esperamos en su próxima cinta.



lunes, 22 de diciembre de 2014

¡FELIZ NAVIDAD!



No hace falta decir que ya es costumbre en este espacio felicitar las Navidades, y desear con buen cine unas estupendas vacaciones. Saben nuestros amigos que siempre elegimos un fragmento de la mejor película jamás filmada. En esta ocasión se trata de un par de secuencias premonitorias:

En la primera, Ethan y Martin hacen un alto en su camino de búsqueda incansable, para estar con la familia. Un anticipo del final, que Ford rueda casi igual. Algo que es recurrente en estos días donde las personas interrumpen su rutina diaría para reunirse con sus seres queridos: hermanos con padres y padres con hijos.

En la segunda parte, Vera Miles y Jeffrey Hunter son el centro de atracción de Ford, es una escena simpática que sirve para unir a los dos jóvenes, que también es un anticipo del final donde ambos formarán una familia, donde compartirán una vida en común. Ford no recurre a una puesta en escena romántica, por ejemplo con la pareja besándose, sino a una situación cotidiana: ropa sucia, un baño, un juego, una broma etc. algo que dice mucho más de esa pareja que se ama, que pronto serán marido y mujer.

Lo dicho: desearos que paséis unas muy felices fiestas rodeados de las personas que más queréis.
Disfrutad y ver buen cine. Hasta la vuelta.


lunes, 15 de diciembre de 2014

RELATOS SALVAJES (Damián Szifrón, 2014)

Se dice que entre el amor y el odio hay un margen muy estrecho; de igual forma, entre la tragedia y el humor, entre los filmes de terror y los cómicos, tan sólo existe una delgada frontera. Es un límite casi permeable en el que un uso excesivo de los elementos que configuran las cintas de un género provoca el traspaso de uno al otro extremo. Es lo que ocurre con el largometraje del que vamos a hablar hoy.



Cuántas veces habremos visto películas de miedo que nos producían una risa nerviosa o, directamente, una carcajada; bien por lo mal realizadas que estaban o por la saturación antes mencionada. Damián Szifrón ha utilizado en su provecho esta última circunstancia para fabricar una cinta donde el miedo y la risa se confunden de forma muy estudiada. Todo para entretener a un público que vive en un mundo tragicómico en el que da la impresión de que el humor es lo único que nos puede permitir seguir adelante.

Relatos Salvajes es un largometraje que nos recuerda los filmes por episodios que se hacían en la Italia de los sesenta y setenta. Películas de Monicelli, Risi, Fellini, etc., que denunciaban la realidad del desarrollismo implacable de esos años con el retrato a su vez irreal, si se quiere la caricatura grotesca, de unos personajes que caminaban a lo largo de la frontera antes aludida entre el drama y el humor. Szifrón le ha dado una vuelta de tuerca a esa fórmula europea (los argentinos son tan primos hermanos de los italianos como de los españoles) para denunciar el mundo presente, el de la intolerancia y el egoísmo, con las mismas armas que entonces, pero adaptadas al cine actual.

Una colección de episodios, la de la cinta de Szifrón, que si bien es algo desigual, funciona como un todo gracias al elemento común del adecuado adjetivo “salvaje”: los protagonistas de cada segmento, en algún momento del relato, explotan de tal manera que sale a relucir su lado violento para desencadenar una serie de acontecimientos que desembocarán en un final del todo sorpresivo.




La colocación de la cámara en lugares imposibles, y el barroquismo de algunas tomas son otros puntos de unión entre todos los capítulos donde sólo en el corto que se desarrolla en un bar notamos la mano de los hermanos Almodóvar, a la sazón productores de Relatos Salvajes, con algún plano que nos remite directamente a las primeras cintas de Pedro.

De todos los segmentos, nos gusta especialmente el episodio del avión con el que arranca la película porque le da el tono correcto a todos los demás; pero nos atrae aún más el que se desarrolla en la carretera, una especie de revisión del Diablo sobre ruedas (Duel de Steven Spielberg, 1971) en clave de humor negro y hasta escatológico, una pequeña obra maestra que es el punto álgido del largometraje. Quizás ese sea el episodio que hubiéramos elegido para colocar al final de la película; el que nos hubiera gustado como fin de fiesta en lugar del segmento de la boda, aunque éste parezca, literalmente, más adecuado.

Relatos Salvajes es, por tanto, un éxito del cine que viene de Sudamérica, pero con acento español en la producción y con reminiscencias europeas en la estructura de la película. A pesar de tan sugerentes referencias, Damián Szifrón consigue algo que hoy en día parece imposible: un estilo diferenciado dentro del nuevo panorama cinematográfico repleto de homenajes, por no decir directamente plagios. Un estilo personal que, sin embargo, permite a la película moverse por el circuito comercial del cine de género. Ese que viene pisando con fuerza en las pantallas de nuestro país y que, ¡sorpresa!, no es precisamente estadounidense.




Ver Ficha de Relatos salvajes.


lunes, 1 de diciembre de 2014

CINE FÓRUM: LA MASCOTA DEL REGIMIENTO (Wee Willie Winkie de John Ford, 1937)

Nada menos que con John Ford volvemos a nuestra sección más analítica, pero lo hacemos esta vez con una de sus cintas menores, un proyecto de los llamados alimenticios que Ford hizo para la Fox, y en los que generalmente primaban los intereses comerciales para aprovechar el tirón de alguna estrella de moda (en este caso, Shirley Temple).


Se preguntarán por qué hemos elegido esta cinta cuando del mejor director que nunca haya existido hay un buen puñado de obras maestras dignas de estudiar. Lo hemos hecho precisamente por la admiración que profesamos hacía este genio del séptimo arte, y a su capacidad para conseguir hacer suya cualquier trama, por trivial que ésta sea. Así, en las manos de Ford, la historia de La mascota del regimiento, una película convencional de aventuras en la India con niña prodigio incluida, se convierte en una cinta de interés gracias a contar con algunos elementos muy reconocibles dentro de su cine.

El filme se basa en una novela de Rudyard Kipling y se adaptó a la gran pantalla para mayor lucimiento de Shirley Temple (en la historia original era un niño el protagonista): Priscilla (alias “Winkie”) y su madre viajan a la India para reunirse con el abuelo de la pequeña. Llegan en un difícil momento dadas las escaramuzas de los nativos en la región y el mal carácter del abuelo, a la sazón coronel del regimiento. Con estos mimbres, cualquier otro  habría explotado el ñoño conflicto que subyace en la trama entre la pequeña repipi, pero encantadora, y el estirado abuelo, el coronel ordanencista interpretado por C. Aubrey Smith, en su registro de siempre —en el cine patrio hay varios ejemplos, casi todos dentro de la saga de Marisol, véase Un rayo de luz (Luís Lucia, 1960)—. Ford, sin embargo, no va por ese camino (aunque lo roza por exigencias del guión), prefiere darle una mayor importancia a un personaje que en la historia original apenas lo tenía: el sargento MacDuff (Victor McLaglen).  Gracias a este giro de la historia, Ford puede dar rienda suelta a su particular visión del ejército, al contraste entre las distintas clases dentro de él, y al retrato de un personaje que le encanta, el del rudo soldado con gran corazón.


Con el nuevo enfoque, la relación entre la niña y el suboficial se convierte en el eje de la película. Mientras el sargento se encarga de enseñar a la pequeña la profesión de las armas, el director aprovecha la coyuntura para poner el énfasis en subrayar la camaradería dentro de la tropa y los valores tradicionales del ejército. Como en sus mejores películas, Ford deja espacio para la añoranza por la patria lejana. En este caso cambia la tierra irlandesa por la escocesa, pero la esencia es la misma. La banda sonora de Alfred Newman, con su fondo de gaitas, es la ideal para el propósito del cineasta.

Impecable en las escenas de acción, efectivo en el ritmo de la cinta y en la aventura, Ford se distingue, una vez más, por su capacidad de emocionar al público con las imágenes sin necesidad de muchas palabras. Un par de ejemplos ilustrarán esta cuestión:




La primera de las escenas es la visión que Ford tiene del despertar de este regimiento escocés. Es, prácticamente, una secuencia muda, una serie de gags que en poco menos de dos minutos nos ponen en situación.

El fragmento arranca con el toque de diana y con un travelling que recorre los pies de los soldados encadenados a sus fusiles. La presentación que Ford hace es original a la par que simbólica: los militares no pueden estar más unidos a las armas.

A continuación viene el aseo. El contraste entre unos hombres semidesnudos, con faldas, y su rudo comportamiento a la hora de lavarse y afeitarse, o de exigir a los criados que den el agua, es muy gracioso.

Luego podemos ver el divertido sketch en el que intentan despertar al sargento, primero con la gaita y luego con la trompeta, y que termina con el niño en el agua como si fuera un corto cómico del cine mudo. Precisamente, con la escena del baño involuntario del pequeño corneta, Ford propone otro contraste: el de clases dentro del ejército, lo hace con el ridículo comentario del oficial que pasa en ese momento por el exterior del barracón y ve al niño zambullirse en el tonel.

Pero lo mejor de todo es el final: el sargento, todavía dormido, se baña y se afeita en la especie de abrevadero que son los lavabos ante los incrédulos ojos de sus compañeros. Un acto del todo sorprendente que nos dice mucho acerca de la personalidad de MacDuff.

El sargento, al que da vida Victor McLaglen, es un viejo conocido por los aficionados al cine del realizador. Es el mismo que lidera La patrulla perdida; es también el sargento Mulcahy de Fort Apache, donde por cierto vuelve a compartir cartel con una ya crecidita Shirley Temple; es, asimismo, el sargento Quincannon en sus dos versiones, en la de La legión invencible y en la de Río Grande; y es, en fin, uno de los personajes más entrañables y más usados por John Ford en toda su carrera.




La segunda secuencia ya no tiene nada de graciosa: es la escena del entierro del suboficial y viene a certificar algo que ya sabemos, que Ford es tan bueno en las tomas cómicas como en las dramáticas.

Arranca con una imagen del arriado de la bandera a media asta mientras suenan las gaitas del regimiento en memoria del sargento. Ford utiliza durante toda la secuencia una cámara en contrapicado para resaltar las formaciones, los desfiles, los caballos en fila, pero también para poder ver el cielo. El director no tiene a su querido Monument Valley (que comenzará a utilizar con asiduidad en sus westerns a partir de La Diligencia, dos años más tarde), pero sí se vale de las nubes, de esos cielos que nadie como él ha sabido fotografiar para conseguir el efecto que desea: el de intensificar la emoción con el encuadre de un paisaje épico que resalte aún más la trascendencia del hecho que se está filmando, que lo sublime y lo enmarque.

Ford nos cuenta con sus propias palabras (en la serie de entrevistas que le hizo Peter Bogdanovich) cómo consiguió esta escena, sin duda la más emotiva de la película:

“Un día estaba muy nublado —había llovido—, pero con nubes bonitas, de esas que tienen un poco de luz. Normalmente habríamos cerrado, pero yo llevaba un estupendo cámara, Artie Miller, y dije:
—Tenemos que hacer algo con este tiempo, con estas nubes. Tenemos aquí a todo el mundo; ¡vamos a enterrar a Víctor!
Y Artie dijo:
—Es una idea estupenda. Vamos a abrir un poco el diafragma; nos dará un buen efecto.
Y así hicimos el funeral”

Y así lo hicieron. Con Arthur C. Miller (tres Óscar en su carrera como director de fotografía, entre ellos el de Qué verde era mi valle), pero también con Ford eligiendo esas bellas tomas y editándolas con un montaje paralelo donde Shirley Temple entra en el barracón vacío. Un plano muy adecuado, con una estilizada fotografía crepuscular de tono bajo que representa la soledad de la niña, donde las camas se encuentran tan alineadas como los soldados que rinden honores a la figura del militar caído en combate.


domingo, 16 de noviembre de 2014

PALMARÉS DEL XI FESTIVAL DE CINE EUROPEO DE SEVILLA

Finaliza un año más el festival de cine europeo de Sevilla, en nuestra opinión con el nivel más alto de las últimas ediciones en cuanto a la calidad de las películas proyectadas. Lo que viene a confirmar la buena salud del cine en el viejo continente pese a las evidentes dificultades económicas por las que atraviesa la industria en la mayoría de los países. Antes de pasar a detallar el palmarés final, sólo unos pequeños apuntes de lo que pudimos ver en la jornada final:

Como despedida del festival asistimos a dos películas, que a la postre resultaron premiadas (la cinta italiana con el premio del jurado y el galardón a la mejor actriz; y la húngara con el concedido por EURIMAGES), muy distintas ambas, en polos opuestos podríamos decir:

La primera, Le Meraviglie (Alice Rohrwacher, 2014) opta por resaltar la bondad que reside en una adolescente que, prácticamente, se encarga ella sola de sacar adelante una explotación agrícola especializada en la producción de miel. La relación entre la joven Gelsomina (nombre cien por cien cinéfilo) y Martin, un chico conflictivo que entra a trabajar con ellos; y la que existe entre ella y su padre, un ecologista que en realidad es un explotador, son la cara y la cruz de este drama que sorprende con algunas secuencias tan emocionantes como la del concurso televisivo.
 
El segundo filme, White God (Kornél Mundruczó, 2014), se decide por todo lo contrario: por resaltar lo peor de la condición humana reflejada con toda su crudeza en este thriller. Una especie de precuela de la inquietante cinta de Samuel Fuller (el juego de palabras usado en el título evidencia el origen del filme: White Dog, 1982) aderezada con la terrorífica película de Hitchcock, Los pájaros (The Birds, 1963). Las referencias son tan claras a esta última (hay planos calcados) como a la de Fuller, si bien, el director consigue que los espectadores se sitúen de parte de los perros —y también que bastante gente del público se salga del cine incapaz de aguantar el realismo brutal de las escenas—. Y es que no deja de ser curioso el efecto que supone el maltrato animal al espectador, que aguanta menos este tipo de secuencias que las protagonizadas por seres humanos. Quizás sea debido a la crueldad del llamado homo sapiens, a la indefensión de los canes y a la sensación de veracidad de los planos; a la certeza que planea por toda la película cuando el director parece insinuar que estas atroces actividades suceden en la realidad.  

Y vayamos ahora a detallar cómo se han repartido los premios:

GIRALDILLO DE ORO
Película: TURIST (Suecia, Dinamarca, Noruega, 2014)
Dirigida por: Ruben Östlund

GIRALDILLO DE PLATA
Película: THE KINDERGARTEN TEACHER (Israel, Francia, 2014)
Dirigida por: Nadav Lapid

Premio ESPECIAL DEL JURADO
Película: THE WONDERS / LE MERAVIGLIE (Italia, Suiza, Alemania, 2014)
Director: Alice Rohrwacher

Premio a la Mejor DIRECCIÓN
Película: MR. TURNER (Reino Unido, 2014)
Director: Mike Leigh

Premio al Mejor GUIÓN
Película: TURIST (Suecia, Dinamarca, Noruega, 2014)
Escrita por: Ruben Östlund

Premio a la Mejor ACTRIZ
Película: HEAVEN KNOWS WHAT (Estados Unidos, Francia, 2014)
Actriz: Arielle Holmes
Y
Película: THE WONDERS / LE MERAVIGLIE (Italia, Suiza, Alemania, 2014)
Actriz: Maria Alexandra Lungu

Premio al Mejor ACTOR
Película: MR. TURNER (Reino Unido, 2014)
Actor: Timothy Spall

Premio a la Mejor DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA
Película: LEVIATHAN (Rusia, 2014)
Directora de Fotografía: Mikhail Krichman

PREMIO A LA MEJOR PELÍCULA DE LA SECCIÓN LAS NUEVAS OLAS
Película: LAS ALTAS PRESIONES (España, 2014)
Dirigida por: Ángel Santos

SEGUNDO PREMIO DE LA SECCIÓN LAS NUEVAS OLAS
Película: L’ABRI (Suiza, 2014)
Dirigida por: Fernand Melgar

MENCIÓN ESPECIAL
Película: LOS HONGOS (Colombia, Francia, Argentina, Alemania, 2014)
Director: Óscar Ruiz Navia

PREMIO A LA MEJOR PELÍCULA DE LA SECCIÓN LAS NUEVAS OLAS. NO FICCIÓN
Película: REMINE, EL ÚLTIMO MOVIMIENTO OBRERO (España, 2014)
Dirigida por: Marcos Martínez Merino

PREMIO A LA MEJOR PELÍCULA DE LA SECCIÓN RESISTENCIAS
Película: EQUÍ Y N’OTRU TIEMPU (España, 2014)
Dirigida por: Ramón Lluís Bande

PREMIO GIRALDILLO JUNIOR

Película:  LAS AVENTURAS DEL SÉPTIMO ENANITO (Alemania, 2014)
Dirigida por: Harald Siepermann

GRAN PREMIO DEL PÚBLICO
Película: EL CAPITAL HUMANO (Italia, 2014)
Dirigida por: Paolo Virzí

PREMIO EURIMAGES A LA MEJOR COPRODUCCIÓN EUROPEA
Película: WHITE GOD (Hungría, Alemania, Suecia, 2014)
Dirigida por: Kornél Mundruczó

El premio de la distribuidora MARVIN & WAYNE al cortometraje de la sección Panorama Andaluz es para:
Película: OASIS (España, 2014)
Dirigida por: Carmen Jiménez

VII PREMIO EUROPEO DE CINE UNIVERSIDAD DE SEVILLA
Proyecto: EL NUDISTA
Dirigido por: ALEJANDRO PHILIP WAUDBY

PREMIO AL MEJOR CORTOMETRAJE DE LA SECCIÓN PANORAMA ANDALUZ
Película: OASIS (España, 2014)
Dirigida por: Carmen Jiménez

MENCIÓN ESPECIAL
Película: TRES TRISTES TIGRES (España, 2014)
Dirigida por: Bea Hohenleiter y Bruno Ojeda

PREMIOS NO OFICIALES
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PREMIO ASECAN A LA MEJOR PELÍCULA DE LA SECCIÓN OFICIAL
Película: LA SAPIENZA (Italia, Francia, 2014)
Dirigida por: Eugène Green

MENCIÓN ESPECIAL
Película: MR. TURNER (Reino Unido, 2014)
Director: Mike Leigh

1er PREMIO OCAÑA A LA LIBERTAD
Película: SOMETHING MUST BREAK (Suecia, 2014)
Dirigida por: Ester Martin Bergsmark

Para terminar, decir que no podemos estar más de acuerdo con la forma en la que se han repartido los premios: la justa vencedora, Turist, ha sido elegida por el jurado, en palabras de sus miembros, por “un trabajo que pivota sobre la idea del abandono en el cual la percepción de una crisis desencadena una respuesta inesperada y de consecuencias extremas para todos los implicados”. Una película para reflexionar que también se ha alzado con el Giraldillo al mejor guión, obra del propio director, Ruben Östlund.

Entendemos perfectamente al público cuando El capital humano ha sido la más aclamada por los espectadores, y le damos la razón al jurado, una vez más, por reconocer con sendos premios la sensibilidad de La Meraviglie y la fuerza de White God, ambas comentadas más arriba. El galardón a la mejor fotografía para Leviatán nos parece merecido, aunque no suficiente para una de las mejores películas que han desfilado por el certamen.

Sí nos complace especialmente observar que Mr.Turner ha sido la cinta más premiada del festival (mejor director, mejor actor y premio ASECAN); un filme al que le auguramos muchos más éxitos, sobre todo al protagonista, Timothy Spall. No podemos decir que haya nacido una estrella, dada su larga trayectoria como actor, pero sí estamos convencidos de que se ha agrandado su figura y ya se codea con los mejores profesionales gracias a una efectiva y sentida interpretación del pintor británico William Turner.

Ya sólo nos resta citarnos con los lectores para el año que viene, donde esperamos volver a encontrarnos con lo mejor del cine que se hace en Europa y donde nos comprometemos a dar testimonio de lo que aquí ocurra.   


sábado, 15 de noviembre de 2014

A PIGEON SAT ON A BRANCH REFLECTING ON EXISTENCE (En duva satt pa en gren och funderade pa tillvaron de Roy Andersson, 2014); EL CAPITAL HUMANO (Il capitale umano de Paolo Virzi, 2013)

Ni la lluvia ni cualquier otro contratiempo nos mantuvo lejos de la gran pantalla aquí, en Sevilla, en la penúltima jornada del festival de cine europeo. Ayer comprobamos las bondades de dos de las cintas más esperadas. Antes de ir con la flamante ganadora de León de Oro de Venecia, comentemos rápidamente la que se proyectaba dentro de la sección EFA:



El capital humano (Il capitale umano, 2013) es un drama dirigido por un viejo conocido del festival, Paolo Virzi, que ya compitió anteriormente con Caterina va in cittá y del que comentamos en su día la buena película que fue La prima cosa bella. La cinta que nos atañe comienza como la obra maestra de Bardem, Muerte de un ciclista (1955): un automóvil atropella a un ciclista que acaba de salir de su trabajo de camarero en una fiesta navideña; el conductor, o conductores, no ayudan al herido y se dan a la fuga.

Igual que en el filme de Bardem, dos familias de diferentes clases sociales se encuentran implicadas en el siniestro, pero, a diferencia de Muerte de un ciclista, no sabemos quién ha sido el causante del accidente. Un recurso de guión que mantiene el suspense, y que lo aumenta gracias a la estructura en capítulos, y a que cada uno de ellos narra el mismo suceso desde distintos puntos de vista.



Si bien, no se puede decir que la organización de la película y el argumento sean muy originales, en general la cinta se deja ver por su crítica social (de nuevo nos remitimos a la de Bardem y le damos mucho más mérito: allí el director español tenía que vérselas con un régimen que miraba las películas con lupa) en especial por la denuncia de un sector del mundo de los negocios que apuestan por la especulación agresiva, y por la hipocresía en las relaciones humanas cuando la mayoría de ellas se basan en intereses personales.

El largometraje de Virzi viene al festival con un recorrido impresionante de más de treinta premios y con la reciente noticia de haber sido elegido por su país para representarlo en los Óscar. Veremos si se lleva el premio del público por el que compite aquí en Sevilla.


Ver Ficha de El capital humano.


De vuelta a la sección oficial, ayer se proyectaba una de las favoritas para llevarse el Giraldillo de Oro: A pigeon sat on a branch reflecting on existence es la última entrega de la trilogía sobre la existencia, rodada por el director sueco, Roy Andersson, y posiblemente la mejor a tenor de los éxitos que va cosechando allá donde se proyecta.



La cinta es un conjunto de cuadros ligeramente entrelazados con el humor como protagonista y con el surrealismo como su pareja de baile. Ambos unidos para denunciar el comportamiento humano, egoísta y cruel, con la siempre difícil herramienta que es la comedia.

La serie de sketchs —la mayoría de ellos— tienen como nexo de unión a dos vendedores ambulantes de artículos de broma. Ellos, con su apariencia sombría y triste, contrastan con los objetos con los que comercian de la misma forma que, en un sentido más general, a lo largo de todo el filme, Andersson enfrenta lo despiadado del ser humano con las risas del público.



El humor del director sueco es difícilmente clasificable. Sus personajes tienen el rostro pintado de blanco, como los mimos (la palabra griega “mimo” significa imitación de la realidad), pero sin los contornos tan definidos. Son mimos “deprimidos” y sin consuelo que se comportan con la resignación propia del que sabe que formar parte de la humanidad es la madre de todas las desgracias. Lo hacen dilatando el tiempo, sin prisa, en un entorno también sin personalidad y rematando el elaborado gag con una sorpresa final que desencadena la risa. Por buscar alguna similitud, podíamos decir que el personaje típico de Andersson es el que solía interpretar Buster Keaton, pero participando en una película de Jacques Tatí.

El único problema que presenta la cinta es el alto nivel con el que arranca: los tres gags sobre el enfrentamiento con la muerte son estupendos, también el de la academia de baile y los que tienen lugar en un bar, con salto en el tiempo incluido. Con tal comienzo, mantener el mismo ritmo de carcajada por sketch durante 101 minutos es casi imposible. A pesar de que la cinta va decayendo con el tiempo, con algunos picos divertidos casi al final, el conjunto resulta muy recomendable; y saludable. A nivel colectivo se puede aplicar lo mismo que a nivel personal: lo mejor para combatir la depresión es reírse de uno mismo.




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