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lunes, 27 de junio de 2016

CINE Y TAPAS: EL FESTÍN DE BABETTE (Babettes gaestebud de Gabriel Axel, 1987)

Recuperamos nuestra sección gastronómica con una película que no podía faltar en cualquier menú cinéfilo que se precie.


Ganadora de un Óscar al mejor largometraje extranjero —el primero que se llevó Dinamarca, allá por el año 1988—, se trata de una brillante cinta de época que adapta la novela de Karen Blixen, la autora del libro que dio origen a Memorias de África, mas conocida por su pseudónimo literario: Isak Dinesen.

Narrada en un largo flash-back, la acción se sitúa en una tranquila aldea de la península de Jutlandia donde se refugian, en algún momento de sus vidas, los diferentes personajes que van a configurar este drama decimonónico, esta historia de religiones intolerantes, de oportunidades perdidas y de falsos orgullos. Todos ellos superados por el placer de una buena comida.


La estructura del filme descansa en dos puntos de inflexión: En el primero, una reputada cocinera (Babette) es la última en llegar al pueblo; recomendada por un músico, su tarea será servir en la vivienda de dos hermanas luteranas. A medida que los años pasan, las relaciones entre los vecinos de la aldea se van agriando. Es entonces cuando, gracias a un golpe de fortuna (el segundo de los puntos de giro), Babette recibe una gran cantidad de dinero que gasta en una fabulosa cena en agradecimiento al trato recibido. Este acontecimiento provoca la preocupación de los ciudadanos temerosos de Dios. El conflicto, por tanto, lejos de resolverse parece empeorar; el suspense, como la cena, está servido…

Con la musa de Claude Chabrol (Stephane Audran) al frente del reparto (ideal para cualquier papel de mujer enigmática), el filme es una delicia para la vista –y para el gusto, en este caso virtual-. Desde luego no hay que perderse la famosa secuencia de la cena que dura casi media hora; tanto los preparativos como la degustación no tienen desperdicio y ocupan con justicia uno de los primeros puestos dentro de las secuencias gastronómicas de la historia del cine.




Y ahora las tapas:

El Espigón (Calle Bogotá, 1, Sevilla)

En el barrio del Porvenir, muy cerca de casa, existe un bar-restaurante que para muchos es el mejor de la ciudad —suerte que tenemos los que vivimos a su vera—. No es de extrañar su fama cuando el pescado, los mariscos y el jamón que el mesón gestiona son insuperables a este lado del Guadalquivir.

Si de tapas se trata, lo del Espigón es de altura. Para los asiduos lo mejor es apalancarse en la barra y dejar las mesas para las comidas de empresas, las bodas y los bautizos. En primer lugar porque sale muy bien de precio, y en segundo porque podrás hablar con Carmelo, verás como se corta de verdad un jamón y tendrás vistas a los manjares que salen de la cocina.

Tampoco es mala cosa hacerse con una mesa de la terraza si el calor aprieta. Una cerveza bien fría o un Marqués de Villalua helado es lo que se recomienda para acompañar lo que viene.

Para comer está muy claro: los calamares fritos, los taquitos de pescado (bacalao, merluza, mero,… lo que quieras), los boquerones (nadie los iguala), el pulpo, el salpicón… y el jamón, ¡ay el jamón!


Oye, si quieres, quedamos en El Espigón.



domingo, 10 de mayo de 2015

CINE Y TAPAS: LOS GIRASOLES (I Girasoli de Vittorio de Sica, 1970)


Hoy traemos a nuestro “master chef” particular un melodrama que fue muy famoso en su día y que aún se recuerda con cierta nostalgia. Una película de Vittorio de Sica a la que ya no le queda casi nada del Neorrealismo que lo encumbró a pesar de contar en el guión con el padre de aquel movimiento cinematográfico: Cesare Zavattini.



Sólo el fondo bélico y la trama de posguerra podrían cuadrar, pero las reglas del Neorrealismo se rompen en pedazos cuando De Sica se permite todo tipo de recursos técnicos, y cuando la pareja estelar es tan conocida como Sophia Loren y Marcello Mastroianni, ambos intérpretes muy vinculados a De Sica y al productor, Carlo Ponti.

El argumento es también conocido: la pareja de jóvenes a los que les une la guerra y a la vez los separa. Al terminar la contienda, sin tener noticias uno del otro, romperán con el pasado para comenzar una nueva vida, encontrarán otro amor y tendrán hijos de sus nuevas parejas. Así, hasta que se vuelvan a encontrar años más tarde. Estructurada en dos partes, la primera con algunos tintes de comedia y resuelta a base de flasback, explica la relación de la pareja protagonista desde que se conocen hasta que Marcello es llamado a filas; y la segunda, más dramática, comienza cuando ambos se encuentran tras años de separación.




Del filme destaca la música de Henry Mancini, nominada al Óscar con toda justicia, y la puesta en escena de De Sica cargada de metáforas. Algunas tan evidentes como la lluvia en el reencuentro, y el apagón que les obliga a verse en la oscuridad para amarse como antaño. Cuando vuelve la luz, ambos regresan a la realidad de sus nuevas vidas, se ven envejecidos  y se dan cuenta de que ya nada volverá a ser igual.

Escenas bucólicas y despedidas en los andenes son recursos algo manidos, pero que funcionan bien en el dramón que De Sica nos propone. Un cinta correctamente resuelta desde la parte técnica con la única pega del uso —aunque no abuso— del zoom típico de esos años.


La inclusión de la película en nuestra apetitosa sección tiene su porqué en la siguiente escena. Debe ser la tortilla con más huevos de la historia del cine…      



Y ahora las tapas:

Las Golondrinas (Calle Antillano Campos, 26, Sevilla)

Volvemos al barrio de Triana para encontrarnos con otra de sus tabernas más típicas y mejores de la ciudad. Inaugurado en 1962, el bar Las Golondrinas toma su nombre del célebre poema de Gustavo Adolfo Bécquer y pronto se convierte es uno de los lugares obligados para un recorrido de tapas por Triana. Escondido en un estrecho callejón, sin embargo es conocido por toda Sevilla gracias a sus puntas de solomillo —nadie las hace igual— y sus rábanos con aceite y sal. Dos platos que te salen solos cuando el camarero te pregunta ¿qué desea tomar?


Entre fotos de la Semana Santa y azulejos de la Esperanza de Triana, podrás tomarte una manzanilla helada mientras disfrutas de otras tapas como chipirones, chuletitas de cordero y champiñones; o de aliños de todo tipo, desde zanahorias, hasta remolachas. Con una selecta oferta de vinos, no esperes raciones demasiado elaboradas; no se echan de menos. Productos de la tierra cocinados como siempre en un bar de siempre, eso es Las Golondrinas; ni más ni menos. 

Allí nos vemos.



martes, 17 de febrero de 2015

CINE Y TAPAS: EL NAVEGANTE (The Navigator de Buster Keaton y Donald Crisp, 1924)

Somos conscientes de que hemos tenido desatendida demasiado tiempo nuestra sección cinematográfico-culinaria (aunque no la costumbre de ir al cine y de tapear; esos hábitos  no los desatendemos); quizás por eso hemos querido volver a lo grande, con una obra maestra.


The Navigator es una genialidad nacida de la colaboración de tres enormes figuras del cine: Buster Keaton, Joseph M. Schenck y Clyde Bruckman. Del primero, del que sobran las presentaciones y que junto a Chaplin es la gran leyenda de la comedia, hablaremos más tarde. El segundo, a la sazón cuñado de Keaton, fue el productor que hizo posible películas tan importantes como la que hoy comentamos; un empresario que dejó total libertad de actuación al humorista y que cuando faltó (cuando Keaton pasó a ser un asalariado más de la Metro), ya nada llegó a ser lo mismo. Por último, Bruckman fue el excelente guionista y creador de gags que Keaton necesitaba. Juntos hicieron las no menos geniales Las tres edades, La ley de la hospitalidad, El moderno Sherlock Holmes y Siete ocasiones. Su fructífera colaboración terminó con la imprescindible El maquinista de la General, dirigida por ambos, aunque Bruckman también intervino en la que se considera la última gran cinta de Keaton: El cameraman.

En El Navegante, Keaton le da un matiz nuevo a su personajillo cuando lo viste de multimillonario, de joven rico que jamás ha hecho nada por sí mismo y que, después de ver a una pareja de novios, le entra el capricho de casarse con Betsy, su vecina de enfrente. La supuesta novia (Kathryn McGuire) es otra niña rica que tampoco ha dado un palo al agua en su vida. Tras una serie de mal entendidos ambos serán los únicos pasajeros y tripulantes de un barco a la deriva, “The Navigator”.


Como en los mejores filmes de Keaton, sus problemas con objetos y máquinas que no domina, o con la naturaleza hostil (en este caso con el océano) son la causa del conjunto de los muy bien conectados y excelentes gags. Con el agravante de que, en esta ocasión, a la habitual condición patosa del protagonista se le une lo perdido que se encuentra el personaje sin nadie que le sirva o cuide de él.

Otra novedad es lo bien acompañado que se encuentra Keaton cuando Betsy lucha codo a codo con él en su particular “batalla” contra los elementos. La joven abandona pronto su rol de joven bella en peligro (el habitual desencadenante de la acción en la mayoría de las cintas de "cara de palo"), para mostrarse igual de incompetente que su compañero, y para repartirse las risas de los espectadores.  

Sin duda, lo más divertido vendrá cuando la total ignorancia de la pareja en casi todo, y en especial en lo referente a la navegación, les haga ser más atrevidos de lo normal, con el peligro —y las risas— que eso conlleva.

Se preguntarán, después de esta pequeña presentación, ¿qué pinta una película de Buster Keaton en una sección gastronómica como esta? Pues bien, la solución se encuentra en los siguientes cinco minutos en los que Buster y Betsy se disponen a preparar un apetitoso desayuno de café con huevos y bacon. Y es que ¡no veas el hambre que entra con ese aire marino…!



 Ver Ficha de El Navegante.



Y ahora las tapas:

Casa La Viuda (Calle Albareda, 2, Sevilla)

En pleno centro de Sevilla, entre Sierpes y Tetuán —ahí es nada—, se encuentra este mesón que siempre ha presumido de ser el mejor bar de tapas de toda la ciudad y, por extensión, unos de los mejores de España. Un local con solera, que se inauguró en el siglo XVII y estuvo al servicio de los sevillanos hasta 1950. Tras un periodo en el que se pasó al bando de las entidades financieras, el bar fue recuperado para volver a ser un referente en esto del buen comer. Y no lo decimos nosotros solo, es una casa recomendada por las mejores guías, entre ellas la Michelín de la que tiene el orgullo de ser el primer bar andaluz en alcanzar, en 1930, una de sus codiciadas estrellas.

La fama de La Viuda no es de extrañar si echamos un vistazo a la variadísima carta que aguarda en casa mesa de su céntrica terraza o del interior del local. Allí podremos saborear platos tradicionales, “de cuchareo”; tapas y raciones de pescaíto frito; todo tipo de ensaladas —no se pierdan los cogollos— y, en general, buena cocina andaluza de siempre con materia prima de alto nivel. Guisos del día como las papas con bacalao o la caldereta de venado son muy apreciados; también las croquetas de jamón y del caldo del cocido o las patatas a lo pobre con gulas al ajillo son conocidos por sus parroquianos.

En fin, un bar, éste, ideal para reponer fuerzas después de las compras o de los paseos por el centro. Aquí todo, de verdad que todo, está bueno; se lo dice alguien asiduo a Casa La Viuda.


viernes, 1 de junio de 2012

CINE Y TAPAS: LA PANADERA DE MONCEAU (La Boulangere de Monceau de Eric Rohmer, 1963)


El olor a pan recién horneado, a croissants, a palmeras de chocolate y a bollería en general, es nuestra excusa para volver a la sección culinaria del blog. Para presentar nuestro menú, hoy nos apoyamos en los primeros trabajos de uno de los principales valedores de la Nouvelle Vague: Eric Rohmer.
























La Boulangere de Monceau es el primero de los seis Cuentos Morales de Eric Rohmer, uno de los tres grupos de películas que son los pilares básicos de la obra del director francés (los otros dos son Las Comedias y Proverbios y Los Cuentos de las Cuatro Estaciones). De los Cuentos Morales, los primeros, La Panadera… y La Carrera de Suzanne (La Carriere de Suzanne, 1963) son dos cortos, ambos  producidos por Barbet Schroeder, que se reserva en la cinta que nos atañe el papel protagonista. El que luego tendría una carrera como director en Estados Unidos (recuérdese, entre otras, El misterio Von Bulow o Mujer blanca soltera busca…) se convierte así en mecenas del realizador galo.

A pesar de que la película de Rohmer es un filme artesanal, rodado en 16 mm y con escasos medios, ya se adivina por dónde va a transcurrir la mayor parte de su obra. También se presiente que ha nacido un cineasta moderno, comprometido con la nueva ola y sobrado de talento.

La sencilla trama narra como un estudiante se enamora a primera vista de Sylvie, una joven que pasea por las calles de París. Intentando dar con ella, obsesionado por entablar una relación más íntima, el joven pasa siempre por una panadería donde la dependienta se le insinúa ligeramente. Como un juego, y para contrarrestar el fracaso de no encontrar a su amor platónico, el joven intenta seducir a la panadera.

El estilo característico de Rohmer ya está ahí, casi desde el principio de su obra: la desdramatización de los personajes, el realismo en la puesta en escena, la acción que transcurre a un ritmo lineal, pausado pero con las escenas muy bien encadenadas. Cada secuencia, en apariencia muy simple, tiene consecuencias en las siguientes, también sencillas, y todas juntas configuran una historia más compleja de lo que parece. La voz en off, los actores desconocidos, las imágenes del mercado rodadas en exteriores, el realismo que lo impregna todo, le da una frescura a la película que influirá decisivamente en los realizadores contemporáneos y posteriores.

La Panadera de Monceau hay que verla como una obra independiente, pero también como una introducción de la serie a la que pertenece. Sigue el esquema del hombre que persigue a una mujer con la que sueña casarse, pero que en el camino se encuentra con otra de la que también se siente atraído aunque sea la antítesis de la primera (en el físico, en la clase social o en la religión, o en varios de esos aspectos juntos); después vendrá el conflicto cuando tenga que elegir una de las dos. Una introducción, decimos, o un borrador de, por ejemplo, Mi Noche con Maud (Ma Nuit chez Maud, 1969) otro de los cuentos morales que sigue la misma estructura.

Con el título de la cinta de Rohmer nos hubiera bastado para incluir este medio metraje en nuestra serie particular de películas gastronómicas, pero es que, además, algunos alimentos son protagonistas de la trama: así, las galletas son utilizadas para establecer un código en las citas entre el estudiante y la dependienta; el olor a hortalizas, el sabor a cerezas y a otros frutos forman parte de las mañanas de este joven mientras persigue a su amada. Incluso, el propio Rohmer siente una atracción especial por lo que ofrece la panadería en cuestión cuando se para en planos detalle del pastel de melocotón, del bizcocho borracho, de la tarta de manzana o del pastel lorenés.

 Ver Ficha de La Panadera de Monceau.


Y ahora las tapas:



Bar Casa Paco (Calle Luis Huidobro, 23, Sevilla)

Pertenece al Huerto de Santa Teresa, pero para los que no vivimos por allí decimos que Casa Paco es el mejor bar de Nervión. Es un local pequeño, un bar de barrio cualquiera de los cientos que hay en Sevilla, al menos ese es su aspecto exterior, pero que está siempre a reventar. No tiene ni sillas ni taburetes —lo siento—, sólo una barra que, cuando regresas, se te antoja cada vez más pequeña. Todos estos inconvenientes se soportan bien —y pronto se olvidan— cuando por fin te acomodas y empiezan a servirte un festival de tapas.

Los nombres de las materias primas son conocidos: que si solomillo, que si champiñones, ortiguillas, huevos de choco, etcétera. Todo resulta familiar, pero no es más que un espejismo, hay que estar atentos a los apellidos: merluza rellena de langostinos, bacalao en salsa de espinacas, pulpo… a la ¡parrilla! con salsa de boletus… Es decir, comida de aquí, pero elaborada como si estuviéramos en El Bulli, eso sí, sin que el bolsillo se entere, que también es importante.

Cuando a estas delicias (preguntar por la especialidad del día) le unes un surtido de caldos muy bien elegido, dispuesto ante tus ojos en estantes de madera, y bien servido, y unos precios muy asequibles, es cuando te das cuenta de por qué el bar está siempre a rebosar de clientes. Conscientes en Casa Paco del éxito, y de lo incomodo del sitio, hará cosa de un año decidieron abrir otro local más amplio y moderno “a la vuelta de la esquina”, en la calle Muñoz Seca. Allí te puedes sentar sin miedo: las tapas son las mismas.

Ya sea en el local de siempre, o en el otro, o en el pequeño restaurante que tienen enfrente, te garantizo que disfrutaras de las mejores viandas de la ciudad. Y, quién sabe, a lo mejor nos vemos por allí algún día.




sábado, 17 de diciembre de 2011

CINE Y TAPAS: ASESINATO EN EL COMITÉ CENTRAL (Vicente Aranda, 1982)

Volvemos a nuestra sección gastronómica para fijarnos en una película de nuestro admirado Vicente Aranda (tan discutido por la crítica, a veces con razón), que tiene mucho que ver con nuestra afición por la comida; por la buena se entiende.


La cinta de Aranda pertenece a su ciclo (aún no acabado, espero) de adaptaciones literarias de autores españoles contemporáneos. A Juan Marsé, Andreu Martín, Antonio Gala y Luís Martín Santos, entre otros, se les une Manuel Vázquez Montalbán con una versión de Aranda de su novela homónima perteneciente a la serie del detective Pepe Carvalho.

Carvalho es contratado por el partido comunista para investigar el asesinato de su máximo dirigente, Fernando Garrido (claramente el alter ego de Carrillo) ocurrido durante una reunión del Comité Central. El partido elige al detective privado porque el gobierno ha nombrado al inspector Fonseca, un antiguo represor del franquismo, del que no se fían. Para resolver el caso, Carvalho tiene que abandonar su querida Barcelona y trasladarse a Madrid. Allí, una militante del partido, Carmela, le acompañará y presentará a los miembros del PC y le ayudará en sus pesquisas. La interesante trama se complica cuando Carvalho averigua que el asesino se encuentra entre los más de cien asistentes al comité, y que la precisión con la que el criminal mató al secretario general no cuadra con un hecho: la habitación estaba a oscuras cuando se produjo el asesinato.


Aranda hace una versión menos sutil que la de la novela (explica demasiadas cosas que en el libro se dejan para el análisis del lector) y la dirige con excesiva frialdad. Quizás la culpa la tenga un poco inspirado Patxi Andión, en el papel del famoso detective, al que le acompaña —ya se puede decir— la actriz fetiche de Aranda, Victoria Abril. Conrado San Martín (actor veterano, que ya participara en buenas películas del género policíaco en los años cincuenta) les da la réplica a ambos encarnado a Santos, el dirigente del partido que contrata a Carvalho.

Los diálogos de Aranda son muy fieles a los que Montalbán escribió, pero mientras en la novela funcionan estupendamente, aquí resultan, digamos, tan literarios o artificiales que terminan restándole naturalidad a la película.

Las referencias gastronómicas, escasas en la película, son abundantes en el libro; tanto que por momentos la obra se parece más a un recetario de cocina que a una novela negra. Los Callos a la Madrileña son la estrella de las andanzas de Carvalho por los restaurantes y tascas de la capital, donde otras viandas pertenecientes al sabroso mundo de la casquería —lo que nos gustan todas esas “porquerías”— tampoco salen mal paradas. Aranda, no obstante, se rinde a la afición culinaria de Montalbán y filma a Carvalho cocinando un sabroso menú con Tripa, Capipota con Guisantes y Atún Mechado.

Una adaptación no muy conseguida es lo que nos parece Asesinato en el Comité Central, pero no deja de ser un filme entretenido. Aranda aún tendría que realizar Fanny Pelopaja (1984), para comenzar a brillar con sus thrillers, y le faltaba todavía un trecho muy largo para firmar esa maravilla que es Amantes (1991). Pero eso es otra historia.


Ver Ficha de Asesinato en el Comité Central.


Y ahora las tapas:

Taberna La Tata ( Calle Avión Cuatro Vientos, 15 y Avda. Ramón Carande, 19, Sevilla)


Si tienes que darnos un recado —a ser posible que no se refiera al cobro de alguna deuda— nos puedes encontrar en el cine, en la fila diez, columna central, pasillo de la izquierda, o en la taberna La Tata, tanto en su local de siempre, en la calle del Avión Cuatro Vientos, como en el nuevo de Ramón Carande.

Allí nos verás disfrutando de su extensa carta de tapas y raciones. Puede que nos sorprendas degustando sus Hamburguesas de Cola de Toro o saboreando las Croquetas de Setas. Es fácil pillarnos con el Solomillo al Whisky o con las Mollejas con crema de Boletus y aceite de Pistacho. Lo que es seguro es que nos verás con una copa de Dinastía Vivanco (de los pocos sitios donde sirven este excelente vino de Rioja en Sevilla; lo hemos visto en el Norte, pero por aquí se prodigan poco los distribuidores).

Si te acercas con buen tiempo puede que nos encuentres en la terraza que han abierto en Ramón Carande. Como es autoservicio te recomiendo que te coloques cerca de la ventanilla: las tapas llegarán antes y podrás oír cuando estén listas para recogerlas. Eso sí, para cenar hay que llegar a las nueve como muy tarde, de lo contrario te quedarás sin mesa.

Lo dicho, nos vemos en La Tata.





domingo, 18 de septiembre de 2011

CINE Y TAPAS: CHUNGKING EXPRESS (Wong Kar-Wai, 1994)

Recuperamos el apetito cinematográfico con una de las cintas más aclamadas del buen director chino Wong Kar-Wai (hay pocas del realizador que no hayan sido elogiadas, al menos por una parte de la crítica), y con uno de los mejores bares del que nos reconocemos asiduos.


Chungking Express es un experimento —de resultado excelente a nuestro entender— rompedor y, por tanto, de alto riesgo para la taquilla, como casi todos los intentos que persiguen la originalidad (benditos sean).

La primera rareza es la forma en la que Wong Kar-Wai estructura la película. Lo hace presentando dos historias totalmente independientes que tienen en común tres cosas, que los protagonistas son policías, que ambos sufren de desamor y que las tramas se cruzan levemente en el Midnight Express, un bar de comida rápida de Hong Kong —permítanme esta concesión al fastfood, pero entiéndanlo como una excusa cualquiera para volver a la sección culinaria—.


El resto es totalmente diferente, de hecho cada trama pertenece a un género distinto. La primera se adentra poco a poco, hasta explotar, en el cine negro: un agente de policía supera su fracaso sentimental al enamorarse de otra mujer, con la fatalidad de que resulta ser una traficante de heroína. La segunda es más propia de la comedia romántica, y es en esta última trama en la que Kar-Wai se siente más a gusto, lo notamos por el mejor acabado y por lo atractivo de la puesta en escena: El policía 663 (Tony Leung, un clásico ya) está enamorado de una azafata que no le hace mucho caso; es la camarera del Midnight Express (Faye Wong) la que se muere por sus huesos, tanto que consigue entrar en el apartamento del detective —la mejor secuencia del filme— para sentir su presencia rodeada de los muebles y objetos personales de su amor platónico.

Curiosamente, la vivienda del agente 663 es en realidad el piso de Christopher Doyle, el director de fotografía de Wong Kar-Wai, colaborador habitual de sus películas y responsable de la plasticidad tan personal de obras como In The Mood For Love, Happy Together o 2046. Y es que de lo que realmente queríamos hablar era de Doyle, el alma y los ojos de Kar-Wai.

El también operador de cámara (lo lleva todo este Doyle) utiliza los recursos técnicos como nadie para conseguir una estilización marca de la casa y parar el tiempo o acelerarlo a su antojo. Puede filmar la violencia o el estrés con la misma precisión que refleja los sentimientos más profundos de los personajes, o incluso puede hacer las dos cosas a la vez. Precisamente, Chungking Express es famosa por la utilización de la doble exposición (mientras un personaje se mueve a cámara lenta el resto se mueve a toda velocidad) que luego sería tan imitada. Doyle fotografía la soledad del individuo y la sitúa en una ciudad frenética donde el ruido y los encontronazos están a la orden del día. Usa la cámara al hombro, experimenta con el teleobjetivo para resaltar los detalles de una bulliciosa Hong Kong, o juega con la apertura de diafragma en las escenas de acción de la primera parte. Toda una revolución estética que hace que este largometraje haya pasado a la historia.


Ver Ficha de Chungking Express.

Y ahora las tapas:

Casa Aurelio (Calle Río de la Plata, 1, Sevilla)

Junto a la Parroquia de San Sebastián, famosa por la cofradía de La Paz, protagonista de los Domingos de Pascua, se sitúa este magnífico bar donde la calidad de sus platos obliga a regresar a él una y otra vez. Con el atractivo ambiente de finales de los sesenta, proporcionado por una enorme fotografía de la Universidad de Sevilla, circulan tapas y raciones de todo tipo hacia las mesas altas y los banquitos.

Son especialidad los bacalaos con tomate, las ensaladillas, los aliños de gambas, pero confesamos que lo que nos gusta más son su fritos y sus mariscos. Aquí tengo que ser algo radical, sus calamares fritos son los mejores que he probado nunca. Y los berberechos o percebes no los encontrarás mejores (iguales, puede, pero tendrás que irte a Galicia). Parece ser que hay truco detrás de la barra, en la cocina, y en un local que tiene al otro lado de la calle donde una cocinera portuguesa maneja la freidora como nadie.

En Casa Aurelio no te cortes, pide una de esas copas heladas que guardan con celo para beber un Albariño espectacular. Si lo haces para acompañar a las cigalas que allí preparan estás de suerte, amigo.

Nos vemos en Casa Aurelio.


miércoles, 2 de febrero de 2011

CINE Y TAPAS: CENA DE MEDIANOCHE (History is made at Night de Frank Borzage, 1937)

Volvemos a nuestra sección culinaria después de tenerla varios meses abandonada —las tapas no las hemos abandonado nunca— con una cinta de nuestro admirado Frank Borzage.



El melodrama de Borzage sugiere que la historia se escribe de noche (podría ser una interpretación del título), pero siempre con la comida como excusa, de ahí el nombre castellano de la película. Una traducción que nos parecería más adecuada si se hubiera expresado en plural. Y es que el filme se estructura a partir de tres cenas, siempre con el mismo menú: Langosta Cardinal y Ensalada Chiffonade, todo regado con un Tampa Rosa del 21.

También los comensales repiten: por un lado el famoso maître parisino Paul (Charles Boyer), por otro la encantadora Irene (Jean Arthur, en su mejor momento), una mujer casada que huye de su celoso marido y de las conspiraciones que intentan impedir el divorcio. Con un arranque más cercano al thriller o al cine negro, Borzage pronto toma las riendas para imponer su famoso tono romántico y retratar con buen criterio la historia de amor que preside la trama.


El director llena la pantalla con primeros planos de Charles Boyer y Jean Arthur, con la música de Alfred Newman arropando a los amantes mientras ellos se besan, se acarician o intercambian confidencias al oído. Borzage consigue imprimir a la acción un ritmo dramático sin caer en lo empalagoso; incluso con secuencias de tensión propias del mejor cine de catástrofes y con toques de humor que evitan recrearse en la tragedia. Todo para navegar por el melodrama con maestría.

La cinta se convierte en un filme personal que recuerda a otras obras de Borzage, como la reseñada Maniquí con la que comparte varios elementos en común: un armador rico, un baile que enamora, una mujer que huye de su marido para refugiarse como modelo; y, sobre todo, una pareja que lucha por su amor.

La cena y el baile hasta la madrugada se repite, como hemos dicho, hasta en tres ocasiones muy separadas en tiempo y lugar: en París, en Nueva York y en mitad del océano. Son citas donde las pulsiones amorosas se desatan por el hecho de recuperar el tiempo perdido y por la sensación de que podrían ser las últimas que celebran la pareja. Y no sólo porque la amenaza del marido se cierna sobre sus cabezas sino por la alta probabilidad de que uno de ellos —o los dos— pierda la vida.

Finalmente, creemos que Cena de Medianoche encaja a la perfección en nuestra apetitosa sección cuando los lugares donde Borzage maneja personajes y situaciones son restaurantes como el “Chateau Bleu” o el “Victor’s”. Allí se sirven los citados menús, pero también veremos como una Bullabesa puede hacer que un local cambie de dueño; como la especialidad de Irene son los huevos a la Kansas; o como el cocinero intimo amigo de Paul es el creador de la famosa salsa César.


Ver Ficha de Cena de Medianoche

Y ahora las tapas:

SOL Y SOMBRA (Calle Castilla, 151, Sevilla)

Hoy nos acercamos al popular barrio de Triana, allí se encuentra la taberna Sol y Sombra, uno de nuestros bares preferidos de siempre. Situado en una antigua casa que data de 1861, el bar ha ido sufriendo diversas ampliaciones hasta la configuración actual con varios establecimientos. Nosotros nos quedamos con el bar original. El de la minúscula barra, el que tiene la pared forrada de pósteres centenarios donde se anuncian corrida de toros; o tapizada con algo más interesante: cientos de cartelitos —no es una exageración— con las tapas que allí se sirven.

Al Sol y Sombra se aconseja llegar pronto y hacerse con una mesita en un bonito rincón taurino ; aunque lo más importante es que tenga buenas vistas a los citados cartelitos. A continuación, lo ideal es pedirse una manzanilla bien fresquita y elegir lo que a uno le apetezca. Cualquier cosa porque todo es de calidad: el solomillo al ajo, los distintos revueltos, las chacinas, la cola de toro, las gambas al ajillo, las cazuelas de la casa, el bacalao al ajillo, las albóndigas de choco…

Seguir con el resto de la carta es una tarea que se nos antoja casi imposible, por eso insistimos en que lo mejor es llegar allí y tener el bendito problema de la elección. Las tapas que finalmente lleguen a la mesa serán de su agrado: por el tamaño, la calidad y el asequible precio. Les aseguramos que su estomago se quedará satisfecho y su cartera no menguará mucho.

Nos vemos en el Sol y Sombra.

jueves, 30 de septiembre de 2010

CINE Y TAPAS: POLLO AL VINAGRE (Poulet au Vinaigre de Claude Chabrol, 1985)

Retomamos nuestra sección gastronómica y, de paso, continuamos con el homenaje a Claude Chabrol, con este título tan sugerente. La famosa receta, tan fácil de preparar como sabrosa, anuncia un filme que siempre ha sido considerado menor dentro de la obra del director francés. Una apreciación que no compartimos cuando Pollo al Vinagre pertenece claramente a su grupo de películas más personales.



Lo es a pesar de tratarse de una adaptación literaria: el realizador galo se basa en la novela “Une Morte en Trop”, de Dominique Roulet, y se alía con él para escribir el guión y así transformar la historia en un policíaco de suspense al estilo Chabrol. El resultado es de color negro, nada maniqueo, dentro del tradicional polar francés. Con mucho humor; y con entorno y personajes muy reconocibles por el asiduo a su cine:

En un pueblo, las fuerzas vivas representadas por el médico, el notario y el carnicero –no podía faltar-, forman una sociedad inmobiliaria que pretende hacerse con los terrenos de las afueras y especular con ellos. Los planes se ven obstaculizados por Madame Cuno (Stephane Audran), que no se deja convencer para vender su propiedad. La viuda está resentida con el pueblo, y con el mundo entero. Pegada a su silla de ruedas no tiene nada que perder y está dispuesta a todo con tal de no dar su brazo a torcer. Además, aprovecha el trabajo de su hijo (es el cartero de la villa) para espiar la correspondencia de sus enemigos y conseguir sacar alguna ventaja de ello. Chabrol plantea así la trama, y le da el giró conveniente, para hacerla avanzar, con un accidente -¿asesinato?- y varias desapariciones.

Con el guión muy enrevesado, y con casi la mitad de la cinta a sus espaldas, el director manda un personaje nuevo a la historia: El Inspector Lavardin. Es lo que parece, un enviado directo de Chabrol para resolver el caso a su manera. Con métodos poco ortodoxos, violento, pero educado, y sobre todo cínico, el policía va atando cabos; y lo hace con nudos corredizos entorno a los cuellos de algunos sospechosos. Es la primera aparición del agente de la ley que es a la vez investigador, juez y verdugo. La frase “La Policía puede hacer de todo” es su declaración de intenciones. Sus aventuras, siempre interpretadas por Jean Poiret, continuarán con la secuela El Inspector Lavardin (Inspecteur Lavardin, 1986) y con una serie de televisión donde también participará Chabrol dirigiendo algunos episodios.

Pero lo que realmente nos interesa –nos apasiona- es la forma de rodar de Claude Chabrol. Como en la boda del arranque de El Carnicero, en los créditos de Poulet au Vinaigre ya sabemos quien maneja los hilos: una secuencia de una fiesta de cumpleaños presenta personajes, intriga y victima. Enseguida conoceremos la figura central del drama: la viuda Cuno. El cineasta insiste en un plano magnífico cuando coloca a Stephane Audran (siempre excelente la musa de Chabrol) de espaldas, en primer término, presidiendo el encuadre, dirigiendo la vida de su hijo. La actitud posesiva del personaje se ha dicho que recuerda al de Eleanor Parker en El Hombre del brazo de oro ( The Man With the Golden Arm de Otto Preminger, 1955); nosotros también queremos ver a la madre de Norman Bates en un posible antecedente de Psicosis. Sobre todo en el final, más que un guiño al cine de terror. Recordemos la admiración y el respeto que Chabrol tenía por Hitchcock.


El seguimiento a las sutilezas de Chabrol es recompensado con cambios de eje cuando se revelan importantes sucesos del pasado; con reflejos en espejos para certificar la subversión y las pulsiones de los personajes; o con ligeros travellings que son pistas para el espectador avispado.

Y, claro, no podía faltar la afición culinaria del realizador galo. Chabrol se gusta con platos elaborados en diferentes secuencias: Hojaldres de molleja con setas, Ave de corral con salsa Mornay, Profiteroles, Foie-gras y, con especial insistencia en los Huevos fritos con pimentón de los desayunos de Lavardin. Además, como buen sumiller que es, recomienda regar su menú particular con excelentes caldos. Allí las burbujas del Pipper del 76 o el buqué del Chateauneuf du Pape del 81 son algunos de los protagonistas. Champán y varios para una buena y apetitosa película.


Ver Ficha de Pollo al Vinagre.


Y ahora las tapas:

LA CAVA DEL EUROPA (Puerta de la Carne, 6, Sevilla)

Esta vez recomendamos un bar de lujo, situado en el centro de Sevilla, en el recorrido turístico de la ciudad. Lugar frecuentado por extranjeros y españoles, La Cava del Europa destaca por su cocina elaborada y por su carta variada. De obligada visita en cualquier estación, solemos acercarnos en la temporada estival para cenar justo antes de asistir a la proyección del cine de verano de La Diputación.

Allí podemos degustar tapas galardonadas (Wantún de Sanfaina, premio 2003 en la Feria de la Tapa) y tapas por premiar. Yo le daría el Oscar por ejemplo al Taco de Merluza con Papas Panaderas o al Lomo Alto de Novillo Argentino. Aunque me gusta especialmente el Huevo de Codorniz con Chorizo Picante. También hay que estar atentos al guiso del día: una Cazuela de Alubias o de Espinacas con Garbanzos puede competir dignamente con los suculentos manjares. La cocina tradicional también tiene su sitio.

Para beber, lo que guste el cliente dada la muy selecta y diversa carta de vinos. Un Rioja Glorioso le recomendarán cuando se siente en la terraza, en la barra o en las mesas del interior. No lo rechace.

Por último, destacar el buen hacer de la joven de nacionalidad argentina que trabaja tras la barra. Igual de agradable que efectiva, encabeza el personal de La Cava del Europa y consigue que recordemos el bar tanto por sus viandas como por el trato recibido.


lunes, 9 de agosto de 2010

CINE Y TAPAS: SOUL KITCHEN (Fatih Akin, 2009)

Arranca una nueva sección en el blog, vuestro blog, dedicada a otra de nuestras aficiones favoritas: la gastronomía. Entendemos la degustación culinaria como una parte inseparable de la saludable costumbre de ir a ver una película. El ritual de cena y cine. O cine y cena; que el orden de los factores sólo altera el resultado del comentario mientras saboreamos las tapas de nuestros lugares favoritos. Los que nos conocen saben del sueño que ambicionamos: un restaurante temático, dedicado al séptimo arte; o una sala de cine con cocina incorporada, que es lo mismo. Mientras llega a hacerse realidad (nunca abandonaremos esa idea) podemos recrearla por escrito en estas líneas.

Se trata, por tanto, de comentar un filme que cuente con claras referencias a los fogones, y después recomendar alguno de mis bares o restaurantes preferidos. Inevitablemente, éstos se encontrarán en las calles de Sevilla, lugar desde el que os hablamos. Otra cosa no, pero buenos bares en la capital andaluza no faltan. Y cintas de este particular género tampoco hay pocas. Las podemos encontrar dentro del drama o la comedia, la fantasía o la animación, el crimen y el suspense. Obras tan importantes como Chocolat, El Festín de Babette, Tomates verdes fritos, Pollo al vinagre, Ratatouille o Como agua para chocolate, entre muchas otras, podrían ser objeto del debate en esta sección. Además el arte de la restauración está de moda entre los guiones originales de los últimos años. Nos alegramos que este tipo de películas compitan con los efectos especiales del actual panorama cinematográfico. Sabemos que en taquilla filmes como Julie y Julia, por ejemplo, jamás podrán alcanzar a los avatares y a las patrullas x. Pero a nosotros eso no nos importa. La calidad de las primeras, por lo general, superan a lo comercial de las segundas, casi más destinadas a las video consolas que al cine. Y podríamos hacer el chiste fácil de que con las cosas de comer no se juega.

Para comenzar esta sabrosa serie vamos a recurrir a una cinta de estreno, el último largometraje del director alemán de origen turco, Fatih Akin. El joven realizador, esta vez, ha recurrido a la comedia para seguir interesado en las relaciones interraciales, en la mezcla de culturas y en la realidad social; en este caso de un país, Alemania, que se encuentra al frente del imparable proceso que ha originado la inmigración.



La película se centra en Zinos, un cocinero griego que trata de sacar adelante su restaurante de comida rápida en Hamburgo. Soul Kitchen, que así se llama el local, es una especie de almacén abandonado y destartalado; un loft con inquilino incluido (el toque surrealista de Akin: un viejo lobo de mar que vive con su barco siempre en reparación y que no paga el alquiler).

Zinos –y el espectador- se pasan toda la cinta en vilo, resistiendo a las diversas amenazas de cierre de su negocio por parte de personajes y situaciones, a cada cual más hilarante. A saber: su novia, Nadine, una niña pija de familia millonaria que se va a Shanghai a trabajar y por la que Zinos estaría dispuesto a abandonarlo todo; su hermano Illias, presidiario con malas compañías, que le pide trabajo como tapadera para el tercer grado; Shayn, el cocinero que dará la vuelta al restaurante para convertirlo en un local de comida elaborada, aunque sea bajo la amenaza de su enorme cuchillo de carnicero; Thomas, un antiguo compañero de estudios, especulador inmobiliario que anda detrás del terreno, y empleará todas las malas artes posibles para obligar a que Zinos venda, el ejemplo ideal para hacer cierta la frase de “con amigos como ese nadie necesita enemigos”; Hacienda, Sanidad y demás elementos de la administración, tan hostiles como los anteriores; y Zinos, él mismo; y su espalda, motivo de las escenas más divertidas de toda la película, con las que muchos se sentirán identificados.



Con una trama in crescendo (las calamidades se van sumando hasta un final imposible de arreglar) Fatih Akin logra divertir al público. Lo hace gracias a estimular la mala conciencia del espectador que tiende a reírse de las desgracias de los demás. Cuanto más ridícula y aparatosa es la situación mejor aprovechamiento para la carcajada. Además se apoya en el guión autobiográfico de Adam Bousdoukos para arremeter contra la especulación inmobiliaria y la administración. En este sentido no es nada sutil cuando afirma con imágenes una conocida sentencia “nunca jodas a Hacienda o Hacienda te joderá a ti”.

Soul Kitchen es, por tanto, humor negro, slapstick y comedia de situaciones. Pero también un conjunto de apetecibles recetas. Allí se trocean berenjenas y calabacines, se mezcla nata con ralladuras de plantas afrodisíacas, y se emplatan las viandas con una exquisita presentación. Para aquel que no la haya visto, la película está servida, sólo queda degustarla.


Ver Ficha de Soul Kitchen.

Y ahora las tapas:

BAR BENITO (Serrano y Ortega, 16, Sevilla)

Situado en el popular barrio del Tiro Línea, es uno de mis habituales para las cenas de verano. Con terraza en la calle Almirante Topete se puede disfrutar de sus tapas basadas en la cocina tradicional. Mesas sin mantel, bar carente de lujos, pero una cocina excelente. Aquí se viene a saborear su comida no su decoración. Eso sí, un precioso azulejo de la Virgen de las Mercedes preside este local que data ya de más de medio siglo.

Para beber: una cerveza muy fría o un Ramón Bilbao bien servido; para comer, muchas y variadas viandas. Veamos: la Pavía de Bacalao tiene una merecida fama, no es de extrañar, nadie como ellos para freír ese rebozado tan bien hecho. Pero tampoco quedarán defraudados con la tapa de Pollo Frito; con los Pinchos de Langostinos, un plato con sabor a espetada portuguesa; o con los Riñones al Jerez. Aunque para mí la tapa estrella sigue siendo la de Huevas Fritas. Todas ellas a precios muy populares, que sorprenden al público no asiduo cuando comprueban cantidad y, sobre todo, calidad.

El Benito es un bar para charlar con los amigos - incluido el antiguo dueño (Benito) que no se resigna a abandonar a sus clientes- en la barra o en la terraza (se recomienda llegar pronto para asegurar la mesa), ambas repletas de gente del barrio o de cualquier parte de Sevilla, que son muchos los que se acercan expresamente a paladear sus propuestas clásicas.

Si el calor les da un respiro, y si les apetece la cocina de toda la vida, nos vemos en el Benito.


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