jueves, 27 de marzo de 2008

LA VAQUILLA (Luis García Berlanga, 1985)

Colaboraciones las hay legendarias. En música me vienen a la memoria dúos creativos tan fundamentales como Lennon-McCartney, Jagger-Richards o Elton John-Bernie Taupin; en cine, De Sica-Zavattini, Wilder-Diamond o Buñuel-Carriere son ejemplos de fructíferas relaciones que dieron verdaderas obras maestras. El cine español tiene una de esas parejas; o mejor dicho tenía: Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Del genial guionista español, de Azcona, quiero hablar hoy; su recuerdo quiero tenerlo presente al comentar su penúltima colaboración con Berlanga: La Vaquilla.



La cinta fue escrita por los dos cineastas casi veinticinco años antes de estrenar la película. Se trata de una parodia de la Guerra Civil perteneciente al estilo que ambos crearon: al del humor negro, al de la sátira esperpéntica, a la comedia con trasfondo amargo tan característica de su cine. La trama es una evidente metáfora del conflicto armado: la lucha fratricida por dominar el territorio español (la piel de toro) viene aquí simbolizada por el intento de un grupo de militares republicanos de sustraer un astado a los nacionales
–realmente es una vaquilla; Berlanga y Azcona le quitan importancia a todo lo que pueden- para fastidiarles la fiesta a los fascistas y de paso dar de comer a la tropa.

La Vaquilla es fiel al estilo de Berlanga, de largos planos secuencia y planos generales repletos de personajes que hablan simultáneamente. Lo que se presenta en primer término es casi tan importante como lo que sucede en el fondo del plano. La cinta pasa por momentos en los que da la sensación de que todo ha sido improvisado; aunque, finalmente, esta impresión es compartida con aquella otra en la que pensamos que la planificación se ha realizado hasta el mínimo detalle.

Los autores se ríen abiertamente de otros filmes bélicos, donde un comando se propone penetrar en las líneas enemigas. La introducción es semejante a aquellas películas de Aldrich o Sturges, sólo que en plan cutre. La reunión de “especialistas” para llevar a cabo el plan es casi lo mejor de la película: el sargento chusquero propone para la misión a un paleto que conoce el pueblo, pero cuya verdadera intención es poder ver a su novia; a un torero de poca monta, para descabellar al animal; a una especie de cura arrepentido, que creen puede hacerse pasar por nacional; y a un homosexual, para distraer al enemigo.



Es la guerra de “Gila” donde los suboficiales enemigos se reúnen todos los días para intercambiar tabaco por papel de fumar; donde dos militares proponen cambiarse de bando porque la guerra les cogió en el lugar equivocado. Y es que la película no intenta abrir una herida por muchos superada, más bien todo lo contrario. En muchos pasajes del largometraje, los soldados de uno y otro bando sólo tienen un interés común: el de sobrevivir a ese mundo de miseria y hambre que les ha tocado vivir. Todos son iguales ante los ojos de Berlanga y Azcona cuando los presentan desnudos, bañándose en el río, o esperando el turno en un burdel para acostarse con la prostituta de turno. El director y el guionista, procuran presentar un ambiente lo menos bélico posible para realzar su intención. Así, el teniente republicano lleva como arma una maquinilla de cortar el pelo para mantener la disciplina; o los únicos sonidos que recuerdan a la guerra –y que atemorizan a los contendientes- son los de los petardos y los fuegos artificiales.

Independientemente de esa rebaja de la tensión, la pareja de cineastas aprovecha la situación para arremeter contra el poder instituido en la zona franquista. Del ataque no se salvan ni la iglesia, ni la aristocracia, ni los poderes públicos; todos representados con personajes que recuerdan mucho a los de la trilogía iniciada con La Escopeta Nacional (1978). La opresión que ejercen sobre el pueblo es llevada a la pantalla de forma literal cuando el grupo de “operaciones especiales” tiene que cargar con sus símbolos en una procesión, o con los propios personajes sobre sus espaldas.

Aunque la sonrisa –y en ocasiones, la carcajada- no nos abandone nunca al presenciar las andanzas de tan peculiares personajes, el poso de amargura que el filme deja al final es digno de mencionar: el último plano deja en su sitio la realidad histórica que significó para nuestro país una guerra tan cruenta.


Sirva esta reseña para recordar la obra de Rafael Azcona. Que descanse en paz el mejor guionista español de todos los tiempos.


Ver Ficha de La Vaquilla

5 comentarios:

  1. Casi un año después encuentro esta Crítica a la película y no podría estar más de acuerdo.

    Todavía no comprendo como hay gente que no ve más allá de los fotogramas en esta película,tiene una carga secundaria y un trasfondo que si hubiera sido ficticio podría haber resultado chocante,pero siendo real como fue se convierte en trágico.

    Ver la Escena de la vaquilla muerta al final y no ver nada más aparte de la muerte del animal es posiblemente la mayor muestra de desinterés hacia un film que haciendo reír,retrata algo tan duro y a la vez tan humano,no la guerra,sino la búsqueda de la felicidad o huida de la infelicidad.

    ResponderEliminar
  2. Podrias decirme cual es el actor que hace de torero del bando republicabo? (el de principio de la pelicula cuando planean matar al toro).
    Gracias.

    ResponderEliminar
  3. El torero, que finalmente confiesa que nunca se ha puesto delante de un toro, es Santiago Ramos. Hace un papelón, como casi todos en esta excelente película.
    Saludos!

    ResponderEliminar
  4. ¿Qué situación histórica es?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La Guerra Civil española, entre 1936 y 1939.

      Eliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...