martes, 20 de mayo de 2008

EL VUELO DEL FÉNIX (The Flight of The Phoenix de Robert Aldrich, 1965)

Si los años sesenta, en Hollywood, destacan por algo es por la cantidad de producciones de temática variada, cargadas de estrellas y en formatos visuales grandiosos, todo para intentar frenar la crisis que se había desatado en el sector a mediados de la década anterior. La llegada del televisor y la progresiva desaparición del sistema de estudios hizo que directores como Robert Aldrich se embarcaran en proyectos comerciales más o menos afortunados. El vuelo del Fénix responde a los primeros.



La cinta de Aldrich prácticamente recupera las películas de catástrofes, género casi olvidado desde aquellos excelentes filmes de la década de los treinta como San Francisco (W.S. Van Dyke, 1936) o Chicago (In old Chicago de Henry King, 1937) –ambos rivalizaron en efectos especiales y en taquilla- o esa maravilla que es Huracán sobre la Isla (The Hurricane, de John Ford, 1937). La pertenencia de The flight of the Phoenix a dicha modalidad de largometrajes se me antoja algo artificial y debida, quizás, al marketing más que a la trama en sí. Y es que el accidente sucede en el arranque –coincidiendo con los créditos-, el resto es una historia de supervivencia en el desierto y, sobre todo, un perfecto dibujo de caracteres enfrentados.

De los contrastes que nos presenta Aldrich destaca el de la lucha por ver quien consigue ponerse al mando: si el comandante piloto, un James Stewart que se culpa a sí mismo del accidente, amargado y criticando cualquier sugerencia; o el ingeniero que tiene la descabellada idea de fabricar un nuevo avión con los restos del antiguo (Hardy Kruger). Esta subtrama principal se encuentra acompañada de otras secundarias. Entre ellas la protagonizada por el estirado oficial inglés (Peter Finch) que quiere resolver el problema al viejo estilo -dando su vida por los demás- con la oposición del cobarde sargento, que no está por la labor; o la del doctor que tiene que cuidar –más bien controlar- a su paciente, un enfermo mental (brillante Ernest Borgnine) que en nada ayuda a la ya de por sí desesperada situación.

El nexo de unión entre los distintos personajes lo da un acertadísimo Richard Attenborough, en uno de sus mejores papeles. Es el segundo de a bordo, un piloto navegante que es un alcohólico, pero que se empeña en unir las habilidades de cada uno y facilitar la labor del que manda para conseguir el objetivo deseado: el de sobrevivir.

Aunque el punto fuerte del largometraje se encuentra en la riqueza de sus personajes -todos esconden alguna historia-, lo cierto es que algunos están algo desaprovechados, posiblemente por los cortes que tuvo que sufrir la cinta debido a su larga duración. Aún así supera ampliamente a la versión del 2004, donde los mejores efectos especiales no compensan la falta de personalidad de los protagonistas y donde se echa de menos el, para mí, decisivo elemento, el personaje encarnado por Attemborough.

El filme también tiene su punto de propaganda y la simbología es evidente: americanos, ingleses y alemanes resuelven sus diferencias, superando el último conflicto bélico, y trabajando juntos para ganar el que en ese momento se libraba: el de la Guerra Fría.

Con El vuelo del Fénix, Robert Aldrich consigue realizar un producto comercial de gran calidad, no sin antes superar muchas dificultades, incluso hasta desgracias personales –el largometraje fue dedicado a la memoria de Paul Mantz, un legendario especialista, piloto de pruebas, que falleció durante el rodaje cuando, superando a la ficción, el extraño avión realmente se estrelló-. Vista hoy en día, la película aún conserva toda su fuerza y todo el suspense. Aldrich no deja que el espectador se relaje ni un minuto y todavía se guarda una sorpresa final que, sin duda, es lo mejor de la cinta.
Ver Ficha de El Vuelo del Fénix

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