La primera rareza es la forma en la que Wong Kar-Wai estructura la película. Lo hace presentando dos historias totalmente independientes que tienen en común tres cosas, que los protagonistas son policías, que ambos sufren de desamor y que las tramas se cruzan levemente en el Midnight Express, un bar de comida rápida de Hong Kong —permítanme esta concesión al fastfood, pero entiéndanlo como una excusa cualquiera para volver a la sección culinaria—.

El resto es totalmente diferente, de hecho cada trama pertenece a un género distinto. La primera se adentra poco a poco, hasta explotar, en el cine negro: un agente de policía supera su fracaso sentimental al enamorarse de otra mujer, con la fatalidad de que resulta ser una traficante de heroína. La segunda es más propia de la comedia romántica, y es en esta última trama en la que Kar-Wai se siente más a gusto, lo notamos por el mejor acabado y por lo atractivo de la puesta en escena: El policía 663 (Tony Leung, un clásico ya) está enamorado de una azafata que no le hace mucho caso; es la camarera del Midnight Express (Faye Wong) la que se muere por sus huesos, tanto que consigue entrar en el apartamento del detective —la mejor secuencia del filme— para sentir su presencia rodeada de los muebles y objetos personales de su amor platónico.
Curiosamente, la vivienda del agente 663 es en realidad el piso de Christopher Doyle, el director de fotografía de Wong Kar-Wai, colaborador habitual de sus películas y responsable de la plasticidad tan personal de obras como In The Mood For Love, Happy Together o 2046. Y es que de lo que realmente queríamos hablar era de Doyle, el alma y los ojos de Kar-Wai.
El también operador de cámara (lo lleva todo este Doyle) utiliza los recursos técnicos como nadie para conseguir una estilización marca de la casa y parar el tiempo o acelerarlo a su antojo. Puede filmar la violencia o el estrés con la misma precisión que refleja los sentimientos más profundos de los personajes, o incluso puede hacer las dos cosas a la vez. Precisamente, Chungking Express es famosa por la utilización de la doble exposición (mientras un personaje se mueve a cámara lenta el resto se mueve a toda velocidad) que luego sería tan imitada. Doyle fotografía la soledad del individuo y la sitúa en una ciudad frenética donde el ruido y los encontronazos están a la orden del día. Usa la cámara al hombro, experimenta con el teleobjetivo para resaltar los detalles de una bulliciosa Hong Kong, o juega con la apertura de diafragma en las escenas de acción de la primera parte. Toda una revolución estética que hace que este largometraje haya pasado a la historia.
Ver Ficha de Chungking Express.
Y ahora las tapas:
Casa Aurelio (Calle Río de la Plata, 1, Sevilla)
Junto a la Parroquia de San Sebastián, famosa por la cofradía de La Paz, protagonista de los Domingos de Pascua, se sitúa este magnífico bar donde la calidad de sus platos obliga a regresar a él una y otra vez. Con el atractivo ambiente de finales de los sesenta, proporcionado por una enorme fotografía de la Universidad de Sevilla, circulan tapas y raciones de todo tipo hacia las mesas altas y los banquitos. 
Son especialidad los bacalaos con tomate, las ensaladillas, los aliños de gambas, pero confesamos que lo que nos gusta más son su fritos y sus mariscos. Aquí tengo que ser algo radical, sus calamares fritos son los mejores que he probado nunca. Y los berberechos o percebes no los encontrarás mejores (iguales, puede, pero tendrás que irte a Galicia). Parece ser que hay truco detrás de la barra, en la cocina, y en un local que tiene al otro lado de la calle donde una cocinera portuguesa maneja la freidora como nadie.
En Casa Aurelio no te cortes, pide una de esas copas heladas que guardan con celo para beber un Albariño espectacular. Si lo haces para acompañar a las cigalas que allí preparan estás de suerte, amigo.
Nos vemos en Casa Aurelio.
