El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas (The Effect of Gamma Rays on Man-in-the-Moon Marigolds, 1972)
El actor Paul Newman, leyenda del cine mundial,
después de una excelente filmografía en los años cincuenta y primeros sesenta
cae en un cine irregular al simultanear buenos largometrajes con películas de
escaso interés, muchas de ellas dirigidas por su amigo Martin Ritt. Quizás por
ese motivo, a finales de la década, comienza una carrera paralela como director.
De las cintas que realizó destacan las interpretadas por su mujer Joanne Woodward; actriz que no dio su mejor versión cuando participaba en los filmes que protagonizaba su marido, pero que brilló especialmente cuando Newman la dirigió. La prueba está en las dos cintas que hoy traemos.
La primera de ellas, El efecto de los
rayos gamma sobre las margaritas, es una versión de la homónima obra de
teatro de Paul Zindel, ganadora del premio Pulitzer. Narra la vida de Beatrice
(Joanne Woodward), una viuda excéntrica, que ocupa su vida con los anuncios
clasificados, y de sus hijas: Ruth, alocada, epiléptica y en plena
adolescencia, que parece seguir los pasos de su madre; y Matilda (interpretada
por Nell Potts, a la sazón hija de Joanne Woodward y Paul Newman), tranquila, excelente
alumna, que pasa su tiempo estudiando y cuidando a sus conejos.
El título se refiere a la práctica de ciencias que Matilda debe presentar en clase y trata de cómo se comportan las plantas al ser atravesadas por los rayos gamma: mientras unas se echan a perder, otras mutan, se transforman, florecen y salen adelante. Clara metáfora de, no solo la película, sino de la vida en general: las personas se comportan de distinta manera en entornos tóxicos y hostiles (como el de la casa de Beatrice), unas se hunden (Ruth) y otras son capaces de prosperar superando las adversidades de la vida (Matilda).
Hay un párrafo que resume la película cuando Beatrice responde a Matilda, que dice que se encuentra estudiando la vida media de las plantas. La madre dice algo como “¿Ciencia eh? Pues dile al señor Goodman (el profesor de ciencias) que aquí hay mucho trabajo por hacer, así que más le vale no contar con que te pases los días ocupada con la «vida media». Dile que, si quiere saber algo sobre la vida media, puede venir a preguntarme a mí; yo soy la vida media en persona. Tengo una hija medio loca, otra que es medio tubo de ensayo y una casa medio llena de cagarrutas de conejo”.
El zoo de cristal (The Glass Menagerie, 1987)
De
nuevo Paul Newman filma a su mujer en lo que sería su canto del cisne como
director. Otra película basada en una obra de teatro: se trata de la adaptación
de The Glass Menagerie de Tennessee Williams (ya se hizo una buena versión
cinematográfica en 1950 a cargo de Irving Rapper, con Kirk Douglas, Jane Wyman,
Gertrude Lawrence y Arthur Kennedy), y de nuevo Joanne Woodward, en lo que
podría ser una continuación de Los efectos de los rayos…, encarna,
otra vez, a una madre peculiar con dos hijos a su cargo:
Estamos en los años treinta —de hecho, hay referencias a la guerra civil española— y Amanda (Joanne Woodward en un papel que ya interpretó en el teatro) vive sola (su marido la dejó) y proyecta sus frustraciones sobre sus hijos: Tom (John Malkovich), que sufre el control de su madre mientras trabaja en un almacén muy a pesar suyo; y Laura (Karen Allen. Años antes la propia Joanne Woodward también se hizo con el papel de Laura en el teatro), tullida, tímida y acomplejada, dedica su tiempo a una colección de pequeños animales de cristal (el título de la película). Amanda se desvive por su hija para que sea feliz, y sueña con que la visitan pretendientes; mientras, persigue a Tom para que no se comporte como su padre. Este desea abandonar la asfixiante vivienda para viajar y recorrer el mundo, pero teme dejar a su frágil hermana sola con su madre. Cuando Tom invita a cenar a su casa a Jim (James Naughton), un compañero del trabajo, salen a relucir todas los fracasos y las desilusiones de la familia.
Entorno claustrofóbico del que escapa Tom cuando se va todas las noches al “cine”, es lo que le dice a Amanda, cuando en realidad bebe a escondidas como su padre, justo lo que más teme la madre. Por otro lado, el tema de la lisiada es como el elefante en la habitación: Amanda no quiere ni nombrarlo cuando todos piensan en ello, en especial la hija, y es la causa de todas sus desdichas desde el instituto. Laura dejó los estudios por ese motivo, porque todos la miraban cuando llegaba tarde a clase cojeando.
El desesperanzador final de esta película, que es casi una obra de teatro filmada, no tiene nada que ver con el más optimista de la versión de 1950. Con un único escenario en la cinta de 1987, la destartalada vivienda de la familia, destacan las excelentes interpretaciones del exiguo elenco: A Joanne Woodward, que lleva el peso de la película, le acompañan un joven John Malkovich, que exhibe su buen hacer en las tablas, y Karen Allen, que demuestra que hay vida después de Indiana Jones.
La
historia desemboca en la última secuencia, que dura casi un tercio de la
película, cuando el hijo invita a un amigo a cenar y todo se vuelve del revés:
la madre quiere dar una buena impresión para que su hija pueda salir de su
mundo (tan introvertida como Matilda en la citada El efecto de los rayos
gamma…), mientras el invitado parece interesarse por ella...



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