domingo, 20 de septiembre de 2026

CUANDO TODO ESTÁ PERDIDO (All is Lost de J.C. Chandor, 2013)

El 2013 fue el año de las películas sobre viajes existenciales en solitario; el año de Gravity (Alfonso Cuarón),  que se llevó nada menos que siete Óscar y estuvo nominada a un total de diez. Pero también fue el año de otro tipo de travesías protagonizadas por héroes que se enfrentaban ellos solos a la naturaleza; al mar. Fue el año de En solitario (En solitaire, Christophe Offenstein), una cinta francesa basada en hechos reales que tomaba como punto de partida la vuelta al mundo a vela sin más tripulación que el patrón, y sin escalas; y el año de Cuando todo está perdido, en mi opinión la mejor de todas:


A 1.700 millas del estrecho de Sumatra, el velero “Virginia Joan” choca contra un contenedor a la deriva. A bordo viaja solo “nuestro hombre” (Robert Redford). La avería es muy seria, tanto que ha inundado parcialmente la cabina. Después de una serie de maniobras para separar el yate del contenedor, nuestro hombre consigue tapar el boquete y achicar todo el agua, pero se avecina un temporal. El barco se encuentra a merced de olas y viento y vuelve a inundarse. Ni el ancla flotante ni otras medidas de emergencia consiguen lo inevitable, que el velero comience a hundirse...

El arranque de la cinta ya vincula al público con el héroe cuando se oye la voz de nuestro hombre leyendo la nota que acaba de escribir donde pide perdón por no haber logrado sobrevivir a pesar de haberlo intentado todo. Después viene un largo flashback donde la acción se remonta a ocho días atrás y se divide en dos partes: la primera a bordo del velero, y la segunda en la balsa salvavidas. En ambas mitades se narran los intentos desesperados de nuestro hombre por permanecer vivo hasta el momento en el que escribe ese misterioso mensaje. ¿A quién va dirigido y qué significa?

Quizás la clave de todo se encuentre en los rivales del protagonista. Que no son otros que la propia naturaleza, la civilización que avanza implacable, y la arrogancia del hombre que cree estar por encima de cualquier situación y dominar a los elementos. Confía en los aparatos electrónicos, en la navegación por satélite, en el móvil y demás inventos que la sociedad pone a su disposición. Pero a la vez menosprecia las amenazas y se permite el lujo de, por ejemplo, no dedicar tiempo a estudiar la navegación clásica con el sextante, instrumento que se encuentra sin estrenar y que tiene que aprender sobre la marcha. 


A nuestro hombre le sorprenden durmiendo las acciones de sus oponentes en varias ocasiones, y se despierta cuando ya es demasiado tarde. Se trata de un toque de atención del director sobre la irresponsabilidad de viajar solo, sobre lo infravalorada que la especie humana tiene a la naturaleza cuyo poder es ilimitado como se demuestra en las dos secuencias de los temporales. El realizador juega incluso con el punto de vista de la Tierra cuando rueda imágenes submarinas justo debajo de la balsa. La vida marina, todo armonía, se desarrolla allí con placidez mientras el náufrago sufre lo indecible por mantenerse vivo en la superficie.

Pero el verdadero monstruo del largometraje es el desarrollo humano insostenible. Representado por el contenedor a la deriva —de amenazante color rojo y ¡lleno de zapatos!, cínica paradoja que se ríe del bien de consumo destinado para andar por la tierra y totalmente inservible en la mar—, el imparable mundo capitalista se muestra despiadado con nuestro hombre. En primer lugar lo coloca en una situación extrema cuando el velero colisiona con él; más tarde lo desprecia cuando los barcos pasan de largo (otros porta contenedores iguales al mercante responsable de haber perdido la carga con la que colisiona el “Virginia Joan”) sin dignarse en mirar al protagonista del filme, insignificante en comparación con ellos.

Las palabras del prólogo “lo he intentado, pero todo está perdido”, se refieren a lo irreversible del mundo en el que vivimos, abocado hacia el desastre. Al menos, para nuestro hombre es así. Cuando se hunde en el profundo y oscuro océano y cierra los ojos, da la impresión de que ha fallecido, de que la claridad que ve en la superficie es la luz divina —y, por tanto, la mano se la tiende Dios. 


El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Cuando todo está perdido en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





domingo, 6 de septiembre de 2026

2 X 1: "TÚ ERES MÍO" y "EL DIABLO BURLADO" (Sam Wood)

Tú eres mío (Hold Your Man, 1933) 

Uno de los grandes directores de la Metro Goldwyn Mayer en los años treinta fue sin duda Sam Wood, que dirigió a las más rutilantes estrellas del firmamento cinematográfico. Antes de que se estableciera el código Hays, Wood, conservador donde los haya, rodó una película que tenía elementos progresistas en el guion y en la puesta en escena: 

Se trata de Tú eres mío, una comedia divertida, desenfadada y atrevida, como todas las pre-code, protagonizada por Clark Gable y Jean Harlow. El primero es un estafador de poca monta y un poco bruto, que se refugia en el apartamento de la segunda sin conocerla de nada. Esta lo acoge —porque le cae bien ese hombre tan simpático, cuya sonrisa ladeada tendrá su parte de historia en la trama— y lo esconde en la bañera bajo una nube de espuma. Secuencia del arranque, magnífica, propia de la screwball comedy, sólo por ella merece la pena ver la cinta. 

El largometraje se rompe en dos cuando hay un homicidio involuntario por medio y ella es ingresada en un reformatorio (en realidad una prisión). Sin solución de continuidad, el filme pasa de comedia a drama carcelario y la película baja unos enteros. Dramón que finaliza con intento de boda en la cárcel y con Gable… ¡Llorando! 

Dos películas en una. Bien rodadas, pero muy diferentes, con distinto ritmo, como si fueran dos guiones independientes —se basan en un relato de Anita Loos— protagonizados por la pareja de moda. Clark Gable y Jean Harlow rodaron seis películas juntos, incluida la última de la estrella: Saratoga (Jack Conway, 1937), en la que la joven de 26 años falleció prematuramente. 

En Tú eres mío, ambos están fantásticos. Él todavía sin el bigotito característico, y ella con su media melena platino inconfundible. La cinta tiene una curiosidad: una de las compañeras de presidio de Jean es una comunista acérrima, que, en cuanto puede, suelta su discurso proselitista, y lo hace, paradójicamente, en una cinta dirigida por el más reaccionario de los directores de Hollywood. 

 

El diablo burlado (The Devil and Miss Jones, 1941) 

Casi una década después de Tú eres mío, en la RKO, Wood dirige El diablo burlado, otra cinta de enredo con dos actores que deben mucho a las comedias de esa época en los 30 y 40: Jean Arthur y Charles Coburn; y, de nuevo, con elementos progresistas en el interior de una divertida historia: 

Coburn es un magnate al que los trabajadores de uno de sus negocios, unos grandes almacenes, hacen un simulacro de linchamiento con un muñeco protestando por las condiciones de trabajo. Coburn quiere descubrir quiénes son los líderes de esa revuelta y se infiltra en su propia tienda como un trabajador más. Un dependiente que empieza desde cero enfrentándose a Edmund Gwenn —en un registro totalmente contrario al de persona bondadosa que solía hacer. En su lucha particular, Coburn es auxiliado por la joven dependiente Jean Arthur y por su novio, el agitador Robert Cummings. 

Buen reparto para una comedia simpática, con equívocos por doquier y un trasfondo sindicalista, que sorprende de nuevo dado el carácter reaccionario del realizador. Sobresalen el siempre espléndido Charles Coburn y la simpatía y belleza de Jean Arthur, una comedienne a la altura de Claudette Colbert o Carole Lombard. Está magnífica, bien secundada por Robert Cummings. Si la primera es la actriz fetiche de Frank Capra, el segundo es un actor hitchcockniano, que sirve tanto para un roto como para un descosido.

 

Sam Wood dirige el filme gracias a la colaboración de William Cameron Menzies. El conocido director artístico aparece en los créditos al frente del diseño de producción. Ambos colaboraron juntos durante la década de los cuarenta en las mejores películas de Wood. Mientras el director se ocupaba de los actores, Menzies se encargaba del aspecto visual de la cinta. 

Nominada para dos Óscar (Coburn y el guionista Norma Krasna), lo mejor de la cinta tiene lugar en la secuencia que se desarrolla en la comisaría, y el final, cuando se descubre el pastel. Todo al más puro estilo screwball comedy.



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