II
TOD BROWNING
—Did you
Watch me? I gave all of me! I was greater than any real vampire!
El Conde Mora (Bela Lugosi) presume delante
de Luna (Carroll Borland), en la escena final de Mark of The Vampire (1935).
2.1. Entre Dickens y Poe.
2.1.1. Fuera de
la Ley (Outside The Law de Tod
Browning, 1921).
No es extraño,
al contrario, es más bien habitual observar cierta carga autobiográfica en la
obra de todo artista, ya sea pintor, literato o cineasta. Hay ocasiones en las
que la vida y obsesiones del autor son los acicates principales para llevar a
cabo la mayoría de sus proyectos. El caso de Tod Browning podría ser el
paradigma de esta situación extrema, desde luego hay pocos tan claros en el
mundo del cine como el del creador de La
Parada de los Monstruos (Freaks,
1932). Un director que bien podría formar parte de ese desfile de personajes
deformes, psíquica y físicamente, que tanto le gustó dibujar en la gran
pantalla.
El realizador
estadounidense tiene cabida en nuestro ensayo debido a dos películas mudas,
Fuera de la Ley y
La Casa del Horror, con unos argumentos tan atractivos para
Browning que no se resistió a repetirlos cuando el sonido llamó a la puerta de
los estudios. Aunque sí nuestra teoría es cierta —luego la comentaremos—, pudo
haber motivaciones extras que le empujaron a embarcarse en cada uno de los
remakes.
Charles Albert
Browning nació en Louisville, Kentucky, donde se crió junto a su primo, un
célebre jugador de béisbol que luego hizo fortuna como empresario, pero que bebía más de la
cuenta. Ambas circunstancias, la situación acomodada de su familia y el
alcoholismo —que le acarreó más de un problema personal y profesional—, fueron
una constante en la vida de Browning; la cara y la cruz de una existencia
enigmática que comenzó cuando tenía 16 años. A esa temprana edad, el joven
Charles abandonó a su familia para enrolarse en un circo ambulante tras
enamorarse de una de las bailarinas. Bajo las carpas hizo de todo, de
presentador de criaturas insólitas, de contorsionista, de payaso y de actor en
inquietantes espectáculos de magia.
En aquella época, se rodeó
de seres extraños e, incluso, llegó a convivir con ellos. Personalidades con un
interior en permanente ebullición, con alguna discapacidad, real o simulada.
Son los freaks que luego retrataría
en la gran pantalla, gente que conoció Browning en el circo, pero también en
los bajos fondos. Caracteres oscuros con los que, de alguna manera, se sentía
identificado debido a su adicción al alcohol, a su afición a todo lo oculto, la
magia y lo sobrenatural y a su misantropía. Su aversión al trato humano se fue
forjando a través de dichas experiencias, pero también de sus desastres
matrimoniales
y, en especial, del accidente que sufrió en 1915. Si Browning pasó toda su
juventud en el ambiente poco recomendable de los feriantes, también decimos que
frecuentó los suburbios, se juntó con todo tipo de delincuentes y vagabundos, y
experimentó vivencias que le proporcionaron la mayoría de los argumentos que
más tarde desarrollaría en sus películas.

Tres años
antes de su accidente, en 1912, cuando trabajaba como actor de vodevil,
Browning fue contratado por la Biograph. En la legendaria productora participó
en comedias slapstick y en varios
cortos dirigidos por Griffith. El cambio no resultó demasiado brusco para él ya
que el cine era considerado como una atracción de feria más. Junto a Griffith,
como muchos otros,
Browning aprendió el oficio de cineasta cuando el propio modelo de
representación clásico se estaba inventando. De hecho, llegó a participar como
ayudante de dirección y guionista en Intolerancia. En 1915, y hasta 1939,
inició una carrera como director de cine que le llevó a realizar una docena de
cortos y casi cincuenta largos. Un cuarto de siglo en el que estuvo trabajando
para la Universal y la Metro Goldwyn Mayer, de una a otra compañía, casi siempre de la mano de
uno de los dos hombres que fueron determinantes en su carrera: el productor
Irving Thalberg,
responsable de varios de los éxitos de Browning.
El otro
colaborador, cuyo nombre siempre se ha relacionado con el de Browning, fue Lon
Chaney. Si bien, algunos dudan de que su asociación fuera fija, lo cierto es que Browning
hizo diez películas con Chaney. Estamos de acuerdo con Quim Casas cuando afirma
que “Resulta difícil encontrar en el cine norteamericano de la era clásica una
compenetración tan rotunda entre un actor y un realizador” (1999, p.92). El “hombre
de las mil caras”, que se nos antoja fue el alter ego de Browning, solía dar vida a
personajes que podía haber conocido el director en su juventud: desarraigados,
atormentados y marginados, que se desdoblaban en su propia ambigüedad —o
literalmente—, que actuaban al otro lado de la ley, en general arrastrados por
las circunstancias, que escondían una parte buena, pero que aparecía cuando ya
era demasiado tarde.
En ocasiones, su personaje en la ficción fingía una
discapacidad —lesiones o amputaciones que finalmente sufría de verdad en un
espectacular punto de giro final— y padecía trastornos psicológicos y alteración
de la personalidad, la mayoría de las veces como consecuencia de un amor no
correspondido.
En otras películas, como en Fuera de la
Ley, el actor simplemente ofrecía doble repertorio al hacerse cargo de dos
personajes diferentes. En El Trío
Fantástico (The Unholy Three,
1925) llegó aún más lejos a la hora de representar varios papeles: de día era un ventrílocuo
que insuflaba vida a muñecos, personas y animales, y de noche un ladrón que,
además, se disfrazaba de anciana para engañar a sus víctimas.
Continuará...