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domingo, 7 de abril de 2024

2 X 1: "EL HOMBRE DEL CARRITO" y "47 RONIN" (Hiroshi Inagaki)

El hombre del carrito (Muhômatsu no isshô, 1958) 

Hiroshi Inagaki fue un director de cine japonés coetáneo a los Mizoguchi y Ozu, tan prolífico como ellos, aunque en un nivel inferior de calidad. No obstante, su cine tuvo mucha repercusión en el extranjero, sobre todo con dos películas rodadas a finales de los cincuenta y principio de los sesenta, de las que vamos a hablar hoy: 

La primera de ellas, El hombre del carrito, trata de la historia de Matsugoro (Toshiro Mifune), un conductor de rickshaw o carrito de tracción humana con dos ruedas. Matsu, como le llaman en su pueblo, es un hombre pendenciero que frecuenta los bares y siempre se mete en problemas hasta que un día salva a un niño herido. Los padres lo quieren recompensar, pero él se niega. Cuando el marido muere repentinamente, Matsu sigue viendo al niño y de alguna manera ocupa el lugar del padre para ayudarlo a afrontar la vida con fuerza y personalidad. Enamorado en secreto de la viuda, Matsu se guarda para él sus sentimientos debido a la diferencia de clase social. 

Historia emotiva protagonizada por el gran Toshiro Mifune en un papel muy afín a su registro de hombre solitario que ayuda a los demás. Cine de posguerra que Inagaki sabe conducir como si fuera una fábula gracias, entre otras cosas, a las elipsis precedidas de brillantes transiciones con planos detalles de las ruedas del carrito, girando y girando en un entorno de colores chillones. Una simbología que representa la vida de Matsugoro y el paso del tiempo —algunos han querido ver una metáfora de la rueda budista de la vida— que gira y gira hasta que se para.

 

Si algo destaca del cine de Inagaki es una puesta en escena espectacular, casi épica, en una historia del todo sencilla. Así, en las peleas de Matsu o, sobre todo, en la secuencia de la cabalgata del pueblo en fiestas, cuando Matsugoro se sube repentinamente a una de las carrozas para golpear un tambor gigante al tiempo que Inagaki lo rueda como si fuera un héroe legendario. 

El hombre del carrito es una delicia de filme que puede ser el mayor éxito internacional en la carrera de Hiroshi Inagaki. De hecho, ganó el León de Oro en el festival de Venecia cuando apenas se veían películas japonesas en Europa.  

47 Ronin (Chusingura, 1962) 

A principios de los años sesenta, Hiroshi Inagaki dirige una superproducción basada en hechos reales acaecidos recién comenzado el siglo XVIII: el noble Asano hiere con su espada a Kira, un corrupto alto cargo del shogunato —el gobierno— después de haber sido provocado en multitud de ocasiones por él. Como castigo, el Shogun acuerda que Asano se haga el harakiri y que todas sus pertenencias pasen al gobierno. Los vasallos de Asano, encabezados por el chambelán Oishi, planean vengar la muerte de su señor matando a Kira, a pesar de saber que sufrirán un castigo idéntico al de Asano. Como Kira se espera esa reacción, se parapeta en su castillo con un ejército de guardaespaldas. Mientras tanto Oishi planea el ataque a largo plazo para que Kira se confíe… 

47 Ronin es una célebre historia de samuráis, de honor y lealtad, tan querida por el público japonés que ha sido llevada a la gran pantalla en numerosas ocasiones. Quizás esta versión y la de Kenji Mizoguchi (Los cuarenta y siete samuráis, 1941) sean las mejores de todas. Ambas divididas en dos partes debido a su larga duración (más de tres horas y media) y con gran semejanza en el guion, diferenciadas tan solo por el final: mientras Inagaki se ahorra la ejecución de los 47 samuráis, Mizoguchi sí incluye el camino de cada uno de los guerreros hacia su ejecución (aunque tampoco se vea el acto en sí), en una secuencia verdaderamente conmovedora. 

La cinta de Inagaki también se distingue de la de Mizoguchi cuando el primero introduce en la acción a un ronin (samurái sin señor al que servir) que no pertenece a la casa de Asano, pero que simpatiza con la causa. Es un personaje interpretado, de nuevo, por Toshiro Mifune en un papel que le va como anillo al dedo, el de samurái independiente, un registro que inmortalizaría en varias de sus películas con Akira Kurosawa.

47 Ronin es, pues, un filme de época o jidai-geki, que Mizoguchi rodó en plena guerra, dentro del cine patriota y militarista que se producía entonces, mientras que Inagaki la dirige superada la posguerra y la censura que se estilaba en los años cincuenta para evitar cualquier insinuación al feudalismo.

Otra diferencia entre ambos largometrajes es la fotografía: mientras Mizoguchi la rueda en blanco y negro, Inagaki usa una excelente fotografía en color. Las imágenes con las que el realizador nipón recrea las escenas de transición son tan vistosas como llamativas, en especial las de la segunda parte con los paisajes nevados. También destaca el diseño de producción cuando los edificios, el vestuario, el decorado y las obras de arte del Japón del siglo XVIII están perfectamente elegidos para enriquecer y adornar esta epopeya.





jueves, 11 de noviembre de 2010

DIE FREMDE (Feo Aladag, 2010)

No hay quinto (día) malo, pero sí sexto, aquí en el Festival de Sevilla. No salieron bien las cosas ayer, al menos para nosotros que elegimos dos películas muy diferentes, pertenecientes al apartado dedicado a las producciones financiadas con EURIMAGES, y a la siempre prometedora sección EFA. Ni una ni otra nos convencieron. La primera, Bibliotheque Pascal (Szabolcs Hadju, 2010), es una cinta húngara que arranca como lo haría Emir Kusturica, pero que pronto se introduce es un extraño universo donde la realidad va desapareciendo a medida que la fantasía ocupa su lugar. Solo un par de escenas, aquellas que describen los sueños de los protagonistas, y un simpático final, aportan algo nuevo, el resto es una mala copia de lo que hizo Federico Fellini en el periodo donde ya se repetía a sí mismo.

Las razones por las que el segundo filme tampoco nos entusiasmó –aunque nos gustó algo más- son muy diferentes:



Die Fremde (aquí conocida por su título en inglés: “When we leave”) es un largometraje alemán, ópera prima de la actriz austríaca Feo Aladag, avalada por un premio en el último festival de Berlín. La trama arranca con un problema de maltrato de género -un tema actual, por desgracia- y sigue con el trauma de la separación y la custodia del hijo. La historia no es nueva, pero quiere ser original cuando el hecho que denuncia la directora se desarrolla en el seno de una estricta familia musulmana:

Umay es una joven madre que se separa de Kemal, después de aguantar palizas y desprecios hacia ella y hacia su hijo. Escapa de Turquía y vuelve a casa de sus padres en Alemania. Allí se enfrenta a toda su familia, que opina, amparados en su religión, que Umay debe regresar con su marido si no serán rechazados por toda la comunidad musulmana. Umay se resiste y los problemas se van acumulando, tanto que la película pasa de ser un dramón a convertirse en una tragedia.

Reconocemos la valentía de la directora y los actores al enfrentarse, ellos también, a los fanáticos religiosos que verán esta cinta como una provocación, cuando solo quiere reivindicar los derechos fundamentales de las mujeres tan pisoteados en nombre de Dios. Sin embargo, esto no es suficiente para que Die Fremde sea una buena película.



El filme falla en el aspecto técnico cuando Feo Aldalag toma decisiones equivocadas a la hora de encuadrar primeros planos y planos medios sin escorzo. Supongo que son errores propios de una primeriza y que serán subsanados en próximas cintas. Tampoco anda fina la realizadora con la trama por culpa de la saturación de elementos dramáticos. Las calamidades de Umay y de su familia son expuestas de una forma tan exagerada, y en tan poco metraje, que llega un momento en que el espectador es empujado a una sonrisa que nunca debería haber llegado.

Profundamente pesimista acerca de las soluciones al conflicto planteado, Feo Aladag se decanta por un final doble: un atisbo de esperanza seguido de un castigo. Creo que no lo merece la protagonista; ni el público. Aunque puede que sea la única forma de sacudir las mentes de los miembros -los fanáticos- de la comunidad musulmana para que despierten y se den cuenta del error que cometen.


Ver Ficha de Die Fremde.

El Trailer (en alemán):


jueves, 6 de marzo de 2008

MACBETH (de Orson Welles, 1948)

Macbeth se trata de uno de los mejores largometrajes del genial Welles, consecuencia directa de haber dirigido e interpretado una versión, en 1936, con su compañía de Teatro "Mercury", con gran éxito de crítica y público.


Fue rodada en sólo veintiún días para demostar a los jerifaltes de Hollywood que el enfant terrible no lo era tanto; que también era capaz de cumplir con los tiempos de contrato y no derrochar dinero como sucedió con anteriores producciones suyas. De hecho aprovechó decorados de los western que se hacian para los programas de sesión doble. Además fue realizada bajo el patrocinio de La Republic, productora especializada en filmes de serie B, pero que ha ofrecido al mundo obras maestras del calibre de El Hombre Tranquilo (The Quiet Man de John Ford, 1952).

La fotografía en blanco y negro es impresionante y tétrica, reflejando muy bien esos años oscuros de la postguerra, y muy influenciada por el expresionismo alemán. La interpretación (sobre todo la de Welles y Jeanette Nolan) inmensa, como inmenso era el propio Orson. La película se identifica claramente con su director: la puesta en escena es inconfundible; con unas angulaciones de cámara y encuadres muy típicos de Welles.


De la misma obra de Shakespeare se han realizado diferentes versiones, quizás las mejores hayan sido, a parte de la de Welles, la de Roman Polanski (Macbeth, 1971) y la de Akira Kurosawa (El Trono de Sangre, Kimonosu-jo, 1957). Si la del director japonés es la versión más libre y la de Polanski la mejor adaptada, cinematográficamente hablando, la de Welles se me antoja la más personal y original. Y la más moderna; a pesar de ser la que se estrenó antes. Y es que los futuristas decorados y el vestuario parecen extraídos de una pesadilla. Una distorsión de la realidad provocada por el trastornado punto de vista de Macbeth. Su envidia, ambición y odio, pero también su miedo y arrepentimiento, provocan secuencias oníricas difícil de olvidar.

En resumen: tenebrosa, expresionista, moderna... Magnífica.


Ver Ficha de Macbeth

JULIO CESAR (Julius Caesar de Joseph L. Mankiewicz, 1953)

Hoy nos ha dado por las adaptaciones de William Shakespeare. Manías de cinéfilo. Esta vez el más "dramaturgo" de los directores, Mankiewicz, realiza un homenaje al mayor dramaturgo de todos los tiempos.


Es el cine, que posteriormente se denominó de autor, tan carácterístico de la FOX en los años cuarenta y cincuenta, aunque en esta ocasión fue la MGM la productora, de ahí el reparto repleto de estrellas y un decorado y vestuarios acordes a la historia. Estos últimos fueron aprovechados de los restos de Quo Vadis (de Mervyn Leroy, 1951) y...¡ganaron el Oscar! Aun así , con todos esos ingredientes -y quizás por culpa de ellos-, el filme decae bastante en la segunda parte, la que sigue a continuación del discurso de Brando-Marco Antonio (lo mejor de la película).

Y es que algunas estrellas se encuentran totalmente fuera de lugar en la película (vease Greer Garson); además las escenas de las batallas no encajan con el resto de la obra, tan intimista y precisa con el texto de Shakespeare. Esto último ocurre por querer "airear" la obra dramática. Posiblemente, la presión de los productores, en su afan de realizar un producto apto para la visión de todos los públicos, obligara a que la cinta se saliese de las tablas -para las que fue ideada-. La postura de Mankiewicz , al querer contentar a todos, tuvo como consecuencia una acción innecesaria en la película y un efecto negativo sobre el largometraje.


Pocas películas han conseguido alejarse de la representación teatral, para adaptar un texto de Shakespeare, y salir victoriosas con el cambio. Julio Cesar no fue una de ellas; por ese motivo se quedó a un paso de convertirse en un filme redondo. Lástima.

Ver Ficha de Julio Cesar

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