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domingo, 5 de mayo de 2024

2 X 1: "NO AÑORO MI JUVENTUD" y "ESCÁNDALO" (Akira Kurosawa)

No añoro mi juventud (Waga seishun ni kuinashi , 1946) 

A Akira Kurosawa siempre se le ha considerado el más occidental de los directores japoneses, sobre todo respecto a los otros dos grandes, Mizoguchi y Ozu, algo que es cierto si tenemos en cuenta la influencia recibida —y transmitida— por el director nipón desde y hacia  sus colegas extranjeros. Un ejemplo lo tenemos en las dos películas que traemos hoy, ambas consideradas el punto de cierre de dos periodos en la carrera de Kurosawa. 

No añoro mi juventud, pertenece al final de la primera etapa de Kurosawa, la más desconocida, la que abarca la Segunda Guerra Mundial y la posterior ocupación estadounidense de la posguerra. Basada en hechos reales, la película transcurre a lo largo del conflicto armado y trata de la persecución del gobierno japonés hacia los elementos más liberales de la universidad. Así, un profesor es destituido y un alumno detenido y más tarde ejecutado sólo por sus ideas. 

A medida que avanza el metraje, el protagonismo del filme recae en Yukie (Setsuko Hara), la hija del profesor y, a la vez, la viuda del alumno. Cuando Yukie lleva las cenizas de su esposo a los padres de éste, la película cambia y se transforma en otro drama bien distinto donde Yukie ayuda a sus suegros agricultores a superar el desprecio y el abandono por parte de la comunidad, que considera que el finado era un traidor.

 

La cinta, por tanto, se estructura en dos partes bien diferenciadas siendo la mejor la segunda, la que se desarrolla en los campos de arroz. Una parte que Kurosawa tuvo que reescribir para superar la censura. Setsuko Hara (musa de Yasujiro Ozu) hace un papel bien distinto al ambiguo de la primera parte, como si quisiera redimirse con el trabajo. 

No añoro mi juventud se convierte así en una de las pocas cintas de Akira Kurosawa protagonizadas por una mujer. De hecho, las mejores secuencias son aquellas en las que Setsuko Hara aparece sin maquillaje, llena de barro, plantando arroz en un lodazal, echando una mano a sus suegros para superar todo tipo de dificultades.

  

Escándalo (Shûbun, 1950) 

La segunda etapa en la carrera de Akira Kurosawa abarca desde el final de la guerra hasta 1950, año en el que rueda Rashomon, película que le da a conocer en el mundo entero. Justo antes de Rashomon, Kurosawa filma Escándalo, probablemente la cinta más occidental de Kurosawa: 

Una famosa cantante de ópera (Shirley Yamaguchi, célebre actriz que más tarde rodaría con King Vidor Esposa de guerra japonesa) se encuentra perdida en el monte y un pintor (Toshiro Mifune, ¿quién si no?) accede a llevarla en su moto al hotel donde ambos se alojan. Unos paparazzi les hacen fotos para un periódico sensacionalista, que saca la noticia del inexistente idilio. El pintor arremete contra el director del rotativo y contrata al abogado Hurita (Takashi Shimura, otro fijo en la troupe de Kurosawa) para denunciar al periódico. Pronto el juicio llenará las primeras páginas de las revistas del corazón. 

Trama muy cercana a lo que se estaba haciendo en Estados Unidos, con muchas reminiscencias de las películas de Frank Capra: Así, las secuencias del juicio, las escenas navideñas (Mifune llevando un árbol de Navidad en su moto), la de Nochevieja en el bar, con todos cantando y, en general, toda la atmósfera del filme.

 

Igual que ocurría en No añoro mi juventud, la estructura del largometraje se parte en dos cuando el foco de la trama se centra en el astroso abogado, justo después de que Hurita acepte dinero para sabotear el juicio. Todo lo que viene a continuación refleja el drama interno del letrado corrupto, mientras su hija enferma se debate entre la vida y la muerte.

También esta segunda parte es mejor que la primera cuando Kurosawa se luce en varias secuencias, como aquellas en las que muestra los rostros de los parroquianos del bar; o cuando antes del juicio rueda los planos de las calles, llenas de carteles con la fotografía de marras y, después de la audiencia, con todos los pósteres medio arrancados a la espera de la siguiente noticia escandalosa.





domingo, 7 de abril de 2024

2 X 1: "EL HOMBRE DEL CARRITO" y "47 RONIN" (Hiroshi Inagaki)

El hombre del carrito (Muhômatsu no isshô, 1958) 

Hiroshi Inagaki fue un director de cine japonés coetáneo a los Mizoguchi y Ozu, tan prolífico como ellos, aunque en un nivel inferior de calidad. No obstante, su cine tuvo mucha repercusión en el extranjero, sobre todo con dos películas rodadas a finales de los cincuenta y principio de los sesenta, de las que vamos a hablar hoy: 

La primera de ellas, El hombre del carrito, trata de la historia de Matsugoro (Toshiro Mifune), un conductor de rickshaw o carrito de tracción humana con dos ruedas. Matsu, como le llaman en su pueblo, es un hombre pendenciero que frecuenta los bares y siempre se mete en problemas hasta que un día salva a un niño herido. Los padres lo quieren recompensar, pero él se niega. Cuando el marido muere repentinamente, Matsu sigue viendo al niño y de alguna manera ocupa el lugar del padre para ayudarlo a afrontar la vida con fuerza y personalidad. Enamorado en secreto de la viuda, Matsu se guarda para él sus sentimientos debido a la diferencia de clase social. 

Historia emotiva protagonizada por el gran Toshiro Mifune en un papel muy afín a su registro de hombre solitario que ayuda a los demás. Cine de posguerra que Inagaki sabe conducir como si fuera una fábula gracias, entre otras cosas, a las elipsis precedidas de brillantes transiciones con planos detalles de las ruedas del carrito, girando y girando en un entorno de colores chillones. Una simbología que representa la vida de Matsugoro y el paso del tiempo —algunos han querido ver una metáfora de la rueda budista de la vida— que gira y gira hasta que se para.

 

Si algo destaca del cine de Inagaki es una puesta en escena espectacular, casi épica, en una historia del todo sencilla. Así, en las peleas de Matsu o, sobre todo, en la secuencia de la cabalgata del pueblo en fiestas, cuando Matsugoro se sube repentinamente a una de las carrozas para golpear un tambor gigante al tiempo que Inagaki lo rueda como si fuera un héroe legendario. 

El hombre del carrito es una delicia de filme que puede ser el mayor éxito internacional en la carrera de Hiroshi Inagaki. De hecho, ganó el León de Oro en el festival de Venecia cuando apenas se veían películas japonesas en Europa.  

47 Ronin (Chusingura, 1962) 

A principios de los años sesenta, Hiroshi Inagaki dirige una superproducción basada en hechos reales acaecidos recién comenzado el siglo XVIII: el noble Asano hiere con su espada a Kira, un corrupto alto cargo del shogunato —el gobierno— después de haber sido provocado en multitud de ocasiones por él. Como castigo, el Shogun acuerda que Asano se haga el harakiri y que todas sus pertenencias pasen al gobierno. Los vasallos de Asano, encabezados por el chambelán Oishi, planean vengar la muerte de su señor matando a Kira, a pesar de saber que sufrirán un castigo idéntico al de Asano. Como Kira se espera esa reacción, se parapeta en su castillo con un ejército de guardaespaldas. Mientras tanto Oishi planea el ataque a largo plazo para que Kira se confíe… 

47 Ronin es una célebre historia de samuráis, de honor y lealtad, tan querida por el público japonés que ha sido llevada a la gran pantalla en numerosas ocasiones. Quizás esta versión y la de Kenji Mizoguchi (Los cuarenta y siete samuráis, 1941) sean las mejores de todas. Ambas divididas en dos partes debido a su larga duración (más de tres horas y media) y con gran semejanza en el guion, diferenciadas tan solo por el final: mientras Inagaki se ahorra la ejecución de los 47 samuráis, Mizoguchi sí incluye el camino de cada uno de los guerreros hacia su ejecución (aunque tampoco se vea el acto en sí), en una secuencia verdaderamente conmovedora. 

La cinta de Inagaki también se distingue de la de Mizoguchi cuando el primero introduce en la acción a un ronin (samurái sin señor al que servir) que no pertenece a la casa de Asano, pero que simpatiza con la causa. Es un personaje interpretado, de nuevo, por Toshiro Mifune en un papel que le va como anillo al dedo, el de samurái independiente, un registro que inmortalizaría en varias de sus películas con Akira Kurosawa.

47 Ronin es, pues, un filme de época o jidai-geki, que Mizoguchi rodó en plena guerra, dentro del cine patriota y militarista que se producía entonces, mientras que Inagaki la dirige superada la posguerra y la censura que se estilaba en los años cincuenta para evitar cualquier insinuación al feudalismo.

Otra diferencia entre ambos largometrajes es la fotografía: mientras Mizoguchi la rueda en blanco y negro, Inagaki usa una excelente fotografía en color. Las imágenes con las que el realizador nipón recrea las escenas de transición son tan vistosas como llamativas, en especial las de la segunda parte con los paisajes nevados. También destaca el diseño de producción cuando los edificios, el vestuario, el decorado y las obras de arte del Japón del siglo XVIII están perfectamente elegidos para enriquecer y adornar esta epopeya.





domingo, 10 de marzo de 2024

2 X 1: "FANTASÍA PASAJERA" y "HISTORIA DE LAS HIERBAS FLOTANTES" (Yasujiro Ozu)

Fantasía pasajera (Dekigokoro, 1933)

Es unánime entre los críticos considerar a Yasujiro Ozu como el director más japonés de los tres grandes realizadores nipones (Ozu, junto a Mizoguchi y Kurosawa), gracias a que su estilo concuerda con la tradición artística de su país. Un estilo que se empieza a perfilar a mediados de la década de los treinta cuando todavía realizaba películas mudas (hay que tener en cuenta que el primer filme sonoro japonés data de 1935).

También es una opinión generalizada considerar He nacido, pero… (Umarete wa mita keredo, 1932) su mejor película de esa época, aunque le siguen muy de cerca las dos que hoy traemos aquí: Fantasía pasajera y Historia de las hierbas flotantes. En la primera de ellas el niño Tomio (Tomio Aoki) es muy aplicado en la escuela mientras que su padre, Kihachi (Takeshi Sakamoto), es un analfabeto y tiene pocas luces. El mundo de este último se limita a su trabajo en una fábrica, a su amigo y vecino Jiro, bastante más joven que él, y a Harue, una vagabunda que recoge de las calles de la que ambos compañeros se enamoran. Mientras tanto, Kihachi no tiene en cuenta el valor de su hijo hasta que el niño cae enfermo por su culpa... 

Ozu vuelve a tratar la relación entre generaciones, uno de sus temas favoritos, aunque esta vez con un punto más de seriedad. El director también aborda el asunto de la vejez cuando la edad es un impedimento a la relación entre Kihachi y Harue. Fantasía pasajera es un drama donde los toques de comedia se suceden en el momento en el que la acción se centra en las discusiones entre padre e hijo (igual que en He nacido, pero…).

 

En cuanto al célebre estilo de Yasujiro Ozu, donde los encuadres estáticos se sitúan a la altura de un hombre sentado en el suelo, en Fantasía pasajera aún no se encuentra del todo definido, pero ya se adivina en buena parte del metraje. 

Una cinta que deja detalles del gran director que fue Ozu comenzando por el simpático arranque sin palabras ni intertítulos de un teatro donde los espectadores están más atentos a las cosas que suceden entre ellos que lo que se ve en el escenario. También el perfecto travelling de ida y vuelta cuando Kihachi entra y sale de la peluquería es otro fragmento a destacar entre los numerosos ejemplos de su maestría en una película tan temprana como esta.

  

Historia de las hierbas flotantes (Ukigasa monogatari, 1934) 

Al año siguiente de rodar Fantasía pasajera, Yasujiro Ozu se embarca en una película todavía silente —que volvería a hacer en 1959, sonora y en color—, titulada Historia de las hierbas flotantes. Estas dos, junto a He nacido, pero… serían premiadas en tres años consecutivos como el mejor filme japonés. 

En Historia de las hierbas flotantes, Kihachi es ahora el jefe de una pobre compañía de teatro que acaba de llegar a la ciudad. Entre representaciones fallidas por la lluvia, Kihachi visita a Otsune (Choko Lida), una antigua amante con la que tiene un hijo en secreto. Kihachi lo mantiene para darle al adolescente una educación que le permita no tener que llevar la vida que lleva él como comediante ambulante. De la historia se entera Otaka, la otra amante del jefe, compañera de trabajo. Otaka, celosa, emprende un plan de venganza: le da dinero a la más joven de la compañía para que seduzca al estudiante y luego lo abandone. Un plan que no saldrá cómo ellas esperaban...

Para rodar este melodrama, Ozu se vale de, prácticamente, el mismo equipo técnico que en Fantasía pasajera: Tadao Ikeda es de nuevo el guionista que desarrolla la idea de Ozu, y Hideo Shigehara vuelve a ser el director de fotografía. El realizador también se vale de una troupe —como la de la ficción, al estilo de John Ford— calcada a la de Fantasía pasajera: Mismo actor protagonista, Takeshi Sakamoto (hasta el personaje que encarna se llama igual: Kihachi), mismo niño antagonista, Tomio Aoki, en el que de nuevo recae la parte cómica; y misma mujer madura, Choko Lida. Incluso el futuro actor fetiche de Ozu, Chishu Ryu, de tantas y tantas películas, tiene un mínimo papel en ambos filmes donde aparece poco más o menos que de extra.

 

En Historia de las hierbas flotantes, ya se puede ver el estilo de Ozu casi en su totalidad: planos de transición con objetos inanimados y rodaje con la cámara a la altura de un hombre sentado en el suelo. Para que sea completo, sólo falta el uso continuado del plano contra plano, con los actores mirando y hablando al objetivo. Claro que esto último, sin la agilidad del cine sonoro, con los insertos de los intertítulos, es mucho más complicado. 

La película es una delicia donde la lentitud característica de Ozu se ve interrumpida por una tensión en la acción que va in crescendo, eso sí, siempre salpicada de toques de humor reservados para las secuencias con Tomio. A la vez, la cinta es un sentido homenaje a los comediantes y al trabajo como actor ambulante.






domingo, 29 de octubre de 2023

2 X 1: "SEPARADO DE TI" y "MUJER, SÉ COMO UNA ROSA" (Mikio Naruse)

Separado de ti (Kimi to wakarete, 1933)

Si hubo un director japonés que podría acercarse al trío de ases Mizoguchi-Ozu-Kurosawa, este fue sin duda Mikio Naruse. Coetáneo de los dos primeros, Naruse tuvo una filmografía tan extensa y de tanta calidad que bien podría compararse con ellos. Fue uno de los realizadores destacados del gendai-geki o cine contemporáneo (a diferencia del jidai-geki o cine de época donde reinaban los samuráis y las espadas), y dentro de este género del shomin-geki con filmes tan realistas como los que hoy traemos.

En Separado de ti, el primero de ellos, un adolescente, que se junta con malas compañías, se avergüenza del trabajo de su madre como geisha, al tiempo que conoce a otra joven de la misma profesión de la que se enamora; esta última trabaja en los prostíbulos obligada por su padre para mantener a la familia, pero intenta que su hermana pequeña no pase por lo mismo que ella.

Vidas entrelazadas, sentimientos encontrados, pasiones contenidas y pequeños dramas que configuran la vida de los protagonistas es lo que nos ofrece Mikio Naruse en esta película todavía muda (en Japón el cine sonoro llegó más tarde que en Estados Unidos).

 

Naruse narra este melodrama con inteligentes movimientos de cámara desde lo general hacia los pequeños detalles. Usa una cámara más expresionista e intrusiva que la que luego ofrecería en los años cincuenta, su mejor época.

A Naruse se le ha comparado con Ozu al rodar esos dramas en apariencia sencillos, aunque Naruse es como poco bastante más pesimista. En la forma, podría parecerse al maestro Ozu, pero no en estos primeros años. En el fondo, es más cercano a Mizoguchi en cuanto le gusta retratar a las mujeres y se centra en aquellas que viven en ambientes de pobreza y prostitución.  

 

Mujer, sé como una rosa (Tsuma yo bara no yô ni, 1935)

Dos años después de Separado de ti, Mikio Naruse rueda Mujer, sé como una rosa, otro melodrama realista, ya dentro del cine sonoro, donde una madre y una hija extrañan al padre, que las abandonó para compartir la vida con una geisha.

La trama tiene un argumento de nuevo relativamente simple: el padre les manda todos los meses a las protagonistas parte de su salario, lo que demuestra que no las ha olvidado. Eso da pie a que la hija, una joven con inquietudes, se decida a buscar a su padre para pedirle que vuelva con ellas y deje a la malvada geisha que lo tiene embrujado. Cuando padre e hija se encuentran, las cosas no son como ella imaginaba…

Drama un poco del estilo de Separado de ti: con ambiente pesimista, sencillez en el libreto, fuerte carga emocional, miradas que lo dicen todo y silencios que gritan a la audiencia. Una vez más se trata de una historia de geishas, y del rechazo de la sociedad hacia ellas, en un entorno de pobreza en el que finalmente las familias salen adelante gracias al trabajo de esas mujeres de mala reputación.

 

Con una cámara algo más contenida que en Separado de ti, pero igualmente curiosa, que recoge los detalles para centrarlos en el encuadre, Naruse filma Mujer, sé como una rosa con maestría. Los fundidos a negro, que separan las secuencias, son muy lentos, con la intención de darle tiempo al espectador a considerar la última escena vista y acentuar más el retrato psicológico de los actores.

Mujer, sé como una rosa se puede decir que fue la primera película exitosa de Mikio Naruse, la que le abrió el camino a toda la filmografía posterior. Ganó varios premios en Japón y aunque ya llevaba más de una docena de largometrajes en su haber, fue el primer filme de Naruse en estrenarse en Estados Unidos.





martes, 8 de noviembre de 2022

LA OREJA (Ucho de Karel Kachyna, 1970)

Una de nuestras secciones favoritas, ya lo fue el año pasado, del festival de cine europeo de Sevilla es Hacia otra historia del cine europeo. Se trata de una retrospectiva de películas restauradas donde, como dice el título de la sección, se da una visión particular de la historia del cine. En el certamen de este año se proyectan cintas que fueron censuradas o ignoradas en su día por motivos políticos o por mala o nula distribución. Es el caso de La oreja del director checo Karel Kachyna. Prohibida cuando se estrenó en 1970 por el gobierno comunista prosoviético de Checoslovaquia, solo pudo ser estrenada en 1989 tras la caída del muro de Berlín y, posteriormente, formó parte de la sección oficial del festival de Cannes en 1990.

 

La trama de La oreja transcurre a lo largo de una noche después de una fiesta del partido. El matrimonio formado por el alto funcionario comunista Ludvik (Radoslav Brzobohatý) y por la alcohólica Anna (Jirina Bohdalová, ambos pareja en la vida real) regresan a su casa después de la fiesta y se dan cuenta de que sus llaves han desaparecido, de que han cortado la luz y el teléfono y de que alguien les espía desde un automóvil al otro lado de la calle. La noticia de que han arrestado a un ministro del partido les hace ponerse en lo peor: temen que el próximo que caiga sea Ludvik… 

Planteada como un diálogo a dos, la cinta, en su mayor parte a oscuras, como oscuros son los tiempos en los que viven, discurre mientras Ludvik intenta deshacerse de todos los documentos que puedan comprometerle al tiempo que tiene que soportar reproches de lo más ácidos y punzantes por parte de Anna. La sospecha de que la policía del partido los escucha (de ahí el título de la película) flota en el sórdido ambiente en el que también se tambalea el matrimonio.

 

El director gestiona el rodaje con una puesta en escena a base de contrapicados para subrayar aún más la tensión; y de insertos en flashbacks de tan solo unas horas antes, durante la fiesta, donde Ludvik recuerda ciertas conversaciones con miembros del partido, que no hacen si no acrecentar aún más las sospechas de que está a punto de ser purgado. De estas secuencias destacan los planos y contraplanos con miradas a la cámara, como si fuera el objetivo de un Yasujiro Ozu erguido. 

Angustiosa, incómoda, oscura, la propuesta de Karel Kachyna, demasiado osada en su tiempo como para pasar desapercibida. De hecho, tuvieron que transcurrir dos décadas para que finalmente pudiera ser vista. La vida real finalmente se confundió y superó a la ficción: Kachyna, como Ludvik, fue perseguido y censurado por el partido.






miércoles, 20 de enero de 2010

EL ERIZO (Le Hérisson de Mona Achache, 2009)

Entre avatares y ágoras, goyas y globos, se esconde en la cartelera un filme bastante interesante. Se trata de una adaptación de “La Elegancia de Erizo”, una novela de éxito, de la escritora francesa Muriel Barbery.



Antes de comentar la película me gustaría recomendar el libro. Una disertación filosófica inteligente, muy entretenida y muy bien escrita; con tres personajes entrañables que intentan salir de la pecera en la que se ha convertido su entorno más inmediato. La lectura del ameno –y divertido- texto casi es obligatoria para poder disfrutar de su visión en la gran pantalla.

Y es que la cinta no quiere ser una alternativa al libro. Siempre he creído (y soy consciente de que me repito) que las adaptaciones había que analizarlas desde el punto de vista de la complementariedad y no de la sustitución. Al lector lo que más le interesa es que sus personajes cobren vida; que ellos y la puesta en escena confirmen lo que su mente se había imaginado. De esta forma, el texto leído más las imágenes recibidas se almacenan en la memoria como un todo compacto.

En este sentido, El Erizo cumple muy bien su cometido. Y lo hace gracias a que Mona Achache, la directora del largometraje, ha prescindido de casi toda la primera parte de la novela para iniciar pronto la trama que interesa desde el punto de vista cinematográfico. Su objetivo es acelerar el encuentro entre los distintos personajes. Todos ellos habitan en el lujoso inmueble de París donde se desarrolla la acción: Paloma, la niña superdotada y suicida; Reneé, la portera gris y vulgar, que guarda con celo su interior; y Kakuro, el rico empresario japonés, un nuevo inquilino, explorador de almas cautivas, que descubrirá lo que se esconde tras la anodina apariencia de Reneé.


Otro logro de la realizadora es el de utilizar el recurso de la filmación dentro del rodaje. Lo hace para conseguir que la cinta haga uso de algunas de las brillantes frases de Paloma incluidas en la novela. Así, mientras la niña redicha se pelea con el mundo grabando todo lo que se pone a su alcance, la cineasta tiene una excusa cinematográfica perfecta para que se oiga la voz de Paloma como narradora de su propio filme casero.

Por supuesto, Le Hérisson también es apta para aquellos que aún no han disfrutado del libro. Y lo es más si el espectador es un cinéfilo, amante de las películas de Yasujiro Ozu; si tiene como mascota uno –o varios- gatos; si es aficionado a los clásicos, con Tolstoi a la cabeza; y si le gusta perder el tiempo, haciendo nada, sólo esperando que una porción de chocolate negro se derrita en la boca.

Ver Ficha de El Erizo.

jueves, 23 de julio de 2009

COLABORACIÓN: Despedidas (Okuribito,Yahiro Takita;2008)



Una de las grandes sorpresas de la ceremonia de entrega de los Oscars de 2.009 se dio sin duda en la categoría de película en lengua no inglesa con la victoria casi contra pronóstico de esta producción japonesa del director Yohiro Takita. En una edición marcada por la calidad de las películas a concurso, Despedidas logró finalmente imponerse a cintas como la francesa La clase de Laurent Cantet o la israelí Vals con Bashir de Ari Folman que en un principio parecían mejor colocadas en la carrera por la estatuilla. Meses después de su triunfo en Hollywood, la película de Takita se estrena por fin en los cines españoles.
Es sabida la importancia que una cultura tan celosa siempre de sus tradiciones como la nipona concede al tema de la muerte y al de las relaciones entre el mundo de los vivos y el más allá. Lógicamente también el cine japonés ha recurrido una y otra vez a este mismo argumento que ha sido objeto de tratamiento en películas de algunos de sus grandes maestros como Ozu o Kurosawa. Ahora le toca el turno a Yohiro Takita con un film que nos introduce en los ritos funerarios y en las ceremonias con las que sus compatriotas despiden a los seres queridos. El protagonista de la historia es Daigo Kobayashi, un joven de Tokio que trabaja como violonchelista en una pequeña orquesta sinfónica de la ciudad. Tras la disolución de ésta por problemas económicos, Kobayashi decide regresar junto a su esposa al pueblo que le vio nacer y en el que tiene todas sus raíces. Una vez allí, consigue a través de un anuncio un empleo muy especial, un puesto que nadie parece estar dispuesto a ocupar como embalsamador de cadáveres. Un poco por vergüenza y otro poco por superstición, el joven oculta desde el principio tanto a su mujer como a sus vecinos cuál es realmente su profesión; sin embargo, conforme pasa el tiempo y gracias a los sabios consejos de su jefe el muchacho se adentra en los misterios de su oficio, comienza también a sentirse mejor y a valorar su labor. Y lo que es más importante, consigue transmitir esa misma sensación a cuantos le rodean.
Se podría definir Despedidas como una tragicomedia, se podría decir asímismo que es una historia triste porque ciertamente el tema que trata lo es. Hay que tener en cuenta que el centro de esa historia lo constituyen las distintas ceremonias de embalsamamiento que aparecen en ella y en las que el operario no debe limitarse a maquillar y arreglar al difunto sino que también está obligado a dirigirse a sus familiares allí presentes para explicarles los detalles del proceso. Un ritual triste y al mismo tiempo bello, con esa belleza que infunden las cosas tristes de la que ya me han oído hablar alguna vez por aquí. La muerte se nos presenta como el final de un camino y el comienzo de otro; lejos de plantear una lectura estrictamente cristiano, este pensamiento debe interpretarse en un sentido mucho más filosófico y abierto. La película comienza en un tono más o menos ligero que abarca el proceso de adaptación del protagonista a su nueva situación. Asistimos así al principio a una serie de escenas más o menos divertidas que desde nuestra perspectiva occidental calificariamos como de humor negro. Sin embargo, de repente, la trama da un vuelco y adquiere un tono mucho más dramático y emotivo que alcanza su zenit en un último cuarto de metraje que literalmente pone los vellos de punta. Nos acompaña en este tramo final el mágico sonido del violonchelo envolviéndolo todo, acentúando todavía más la belleza, la emoción y la tragedia contenidas en esta triste pero impresionante película.

martes, 25 de marzo de 2008

CUENTOS DE TOKIO (Tokyo Monogatari de Yasujiro Ozu, 1953)

Si hay algo de lo que estoy seguro, es del carácter didáctico del cine y de sus posibilidades pedagógicas para conseguir que las personas sean mejores. Hay títulos que deberían ser de visión obligada en escuelas, institutos y facultades. Son obras maestras que traspasan lo artístico para adentrarse en lo más hondo del ser humano. Son cintas que configuran nuestro carácter. Una vez vistas, sus escenas permanecen en la memoria a la espera de ser rescatadas por acontecimientos cotidianos; aquellos que requieren de su recuerdo para poder afrontar la vida desde el lado correcto: el justo, el ético, el de valor moral. Hoy vamos a recordar uno de esos filmes.



Tokyo Monogatari pasa por ser la obra cumbre de Yasujiro Ozu, uno de los grandes maestros japoneses de todos los tiempos. Sus largometrajes son tan personales que configuran un todo compacto y único en su forma y contenido. La sensación de estar presenciando siempre la misma película es parecida –salvando las distancias de temática y estilo- a lo que ocurre al visionar una cinta de Woody Allen.

Las tramas narradas por Ozu son muy sencillas, siempre relacionadas con la familia y con sus tradiciones. El director nipón ahonda en la problemática paterno-filial y en como el desarrollo económico y social influye sobre las distintas generaciones. Así, en Cuentos de Tokio, una pareja de ancianos acude desde su pueblo a la capital para ver a sus hijos, en lo que ellos consideran un viaje esencial. No lo es para los jóvenes, que ven a sus padres como una carga que altera su vida; una vida vacía y sin sentido, cargada de temores, donde predomina el miedo a la propia muerte; muerte que ven reflejada en los cansados y arrugados rostros de sus progenitores –otra causa más de rechazo-.

Ozu se sirve del cine como herramienta eficaz de reproche hacia las nuevas generaciones. Y lo hace de una forma nada sutil al colocar a una joven (excelente Setsuko Hara, habitual en las cintas de Ozu, así como Chishu Ryu, que hace de anciano padre), que no es consanguínea de los protagonistas, como única persona que cuida y respeta a los mayores en su viaje existencial.


Si el contenido es característico del cine de Ozu, no lo es menos la forma que emplea para presentarlo en pantalla: el uso de la cámara situada a la altura de una persona sentada en el suelo, y planos y contraplanos fijos, donde los actores miran al objetivo para conversar entre ellos, provocando un diálogo continuo con el propio espectador. La aparente sencillez de su estilo fue muy bien descrita en Tokyo-Ga (1985), un documental de Wim Wenders sobre la obra del director japonés. Allí, el operador de Ozu explicaba las dificultades de los rodajes, las posturas imposibles y los extraños artilugios que eran necesarios para que la cámara consiguiera las tomas que el director quería.

La insistencia en utilizar el objetivo tan bajo puede interpretarse de varias maneras. En mi opinión lo que Ozu quería transmitir –y lograba plenamente- era el respeto hacia las personas, el no querer situarse por encima de nadie y la importancia del diálogo como principal medio de comunicación. El espectador, al ver las imágenes que propone Ozu, se siente cómodo y relajado. El realizador lo trata como a un invitado más. Lo sienta con el resto de personajes y hace que dialogue con ellos. La realidad, así entendida, resulta entrañable, fascinante y única.

Me gustaría destacar un plano que resume a la perfección como entendía Ozu el cine: se trata de un contrapicado -como siempre- donde los dos ancianos contemplan la ciudad que se extiende ante ellos; una metrópolis moderna, pero amenazante, que consume la vida de sus hijos y provoca el rechazo directo o indirecto hacia sus padres. En ese momento mágico uno le dice al otro “qué grande es Tokio..., si nos perdiéramos no nos encontraríamos”.

Ver Ficha de Cuentos de Tokio

viernes, 18 de enero de 2008

CINE EN DVD: LA CALLE DE LA VERGÜENZA (Akasen Chitai de Kenji Mizoguchi, 1956)

En todo blog de cine clásico que se precie sería imperdonable no comentar alguna película de los tres grandes maestros japoneses: Ozu, Mizoguchi y Kurosawa. De Yasujiro Ozu -que nos parece ligeramente superior a los otros dos genios- hablaremos próximamente; de Kurosawa, ya hemos comentado una de sus primeras producciones; hoy, con Mizoguchi, vamos a hacer lo contrario, vamos a repasar La Calle de la Vergüenza, la que a la postre significó su despedida.

Akasen Chitai, que acaba de lanzarse en DVD, junto a nueve cintas más del realizador nipón, es un filme coral que trata de la vida de cinco prostitutas, mientras se debate la ley que las dejará sin trabajo en el Japón de la posguerra. Son un grupo heterogéneo de mujeres: jóvenes y maduras, casadas o solteras, con hijos y novios, pero todas vendiendo su cuerpo en un ambiente de miseria; en un burdel cuyo nombre resume sus aspiraciones:”El País de los Sueños”.

Como si supiera que iba a ser su último largometraje, Mizoguchi hizo un eficaz ejercicio de recapitulación de toda su filmografía, repleta de excelentes retratos femeninos, consecuencia directa de su propia experiencia como hermano pequeño de una geisha.



A medida que avanza el metraje, vamos descubriendo la personalidad de las protagonistas. El realizador se encarga de acelerar el proceso con una secuencia magistral: la de la despedida de Yorie, que por fin decide casarse con su eterno novio. En la fiesta, los regalos que le hacen sus compañeras definen, sin fisuras, la diferente actitud ante la vida de cada una de ellas. Así, el regalo de Hanae (un despertador) representa su única aspiración: la de seguir trabajando para sobrevivir y mantener alejados los deseos suicidas, tanto de ella como de su enfermo esposo; Yumeko, más tradicional, repudiada por su único hijo, regala a Yorie unos cuencos matrimoniales, y le desea que tenga más suerte que ella; Yasumi, es la visión de la mujer fuerte, la que se aprovecha del sistema en beneficio propio, la que engaña –y estafa- a sus clientes e, incluso, ejerce de prestamista usurera entre sus compañeras; su regalo: una libreta de ahorros.

Por último, Mickey, interpretada por Machiko Kyo (una estrella ya consagrada, protagonista de Rashomon de Kurosawa o de Cuentos de la Luna Pálida del propio Mizoguchi, entre otras maravillas), es la más joven, la que se comporta como una occidental, la que regala a Yorie un billete de vuelta convencida del fracaso del futuro matrimonio. Mickey es el personaje más interesante, materialista al máximo, vive al día y pertenece a la generación surgida en la Segunda Guerra Mundial; una generación desencantada de la familia y de los viejos valores, los mismos que provocaron la terrible contienda y la posterior miseria.


Pero casi más importante que la acción en sí, es la forma de rodar de Mizoguchi. La elegancia a la hora de manejar la cámara, cuando realiza sus famosos plano-secuencia, es única. Con dos encuadres semifijos, uno al principio de la toma y otro al final, y dos suaves panorámicas de ida y vuelta, siempre conducidas por un personaje en movimiento, es capaz de mantener la acción continuada varios minutos. Con esta síntesis narrativa, y lejos de toda exhibición técnica, lo que el director pretende es captar la realidad. Así, sin artificios ni montajes, el espectador se siente más cercano a lo que ve en pantalla.

Kenji Mizoguchi afronta su última película de lo general a lo particular: en el arranque, una larga toma, a vista de pájaro, del distrito rojo; en el final, un dramático primer plano de una geisha, todavía virgen, que llama atemorizada a su cliente. Dicen que imágenes como esta fueron determinantes a la hora de decidir la prohibición de la prostitución en Japón.


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