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sábado, 8 de noviembre de 2025

SIRAT (Oliver Laxe, 2025)

Comienza el XXII Festival de Cine Europeo de Sevilla y nosotros nos estrenamos asistiendo a la proyección de Sirat, la última película del director español nacido en París, Oliver Laxe. Un largometraje premiado en Cannes, que, además, representará a España aspirando al Óscar a mejor película extranjera.

La cinta arranca con una frase, una creencia de los árabes —casi toda la filmografía de Laxe tiene que ver con la cultura musulmana— que dice: «Existe un puente llamado Sirat que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que una hebra de cabello y más afilado que una espada». Este párrafo puede perfectamente ser el resumen de una historia que por momentos se traduce en una experiencia audiovisual que no dejará indiferente a nadie.

El filme comienza en algún lugar de Marruecos donde se celebra una rave. Luis (Sergi López) y su hijo llevan cinco meses buscando a la hermana mayor, que ha desaparecido y creen que se encuentra en el norte de África asistiendo a una de esas fiestas con música electrónica y drogas. Cuando la policía marroquí disuelve la reunión, algunos de los participantes se encaminan hacia otra rave que tiene lugar en Mauritania. Luis y el pequeño se unen a la caravana con la esperanza de encontrar a la joven.

A partir de aquí, el largometraje se convierte en una road movie a través del desierto donde los personajes sufrirán todo tipo de obstáculos naturales mientras se oyen noticias del exterior nada halagüeñas: todo parece indicar que el mundo se encuentra al borde de la tercera guerra mundial.


Dentro de una atmósfera apocalíptica, que puede recordar a Mad Max por lo extraño de los vehículos, el paisaje yermo y la falta de gasolina, los singulares personajes antisistema, que parecen extraídos de una película de Tod Browning —de hecho, uno de ellos lleva una camiseta que hace referencia a La parada de los monstruos (Freaks, 1932)—, avanzan hacia el sur al compás de una música envolvente y machacona.

La película se parte en dos en un momento trágico al tiempo que están atravesando un cada vez más angosto desfiladero (¿el Sirat?). De repente todo se vuelve violencia y muerte, cuando da la impresión de que los protagonistas estén realmente en el infierno. El final abierto, muy afín a lo que el director nos tiene acostumbrados, no es nada optimista ni esperanzador.

Oliver Laxe, en sus películas, siempre busca paraísos en la tierra. En su cinta anterior, Lo que arde, parece que el edén reside en algún lugar situado entre los parajes gallegos de su patria, aunque pronto todo se torna fuego a raíz de los incendios provocados. En Sirat, la felicidad de los personajes, el paraíso terrenal, tiene lugar cuando se sienten en libertad, bailando al son de la música. Sin embargo, pasado el puente, no pueden evitar que se desate el infierno de sus pecados.   






sábado, 9 de noviembre de 2024

LA SEMILLA DE LA HIGUERA SAGRADA (Dane-ye anjir-e ma'abed de Mohammad Rasoulof, 2024)

Ayer arrancó el XXI Festival de Cine Europeo de Sevilla y pudimos ver una buena película coproducida por Irán, Francia y Alemania, dirigida por el realizador iraní Mohammad Rasoulof. El director se encuentra huido desde mayo de este año, después de que le cayeran ocho años de cárcel, amén de flagelación, multa y confiscación de todos sus bienes —nada nuevo, véase lo que ocurre en Irán con Yafar Panahi y otros cineastas. Rasoulof logró refugiarse en Europa en un lugar secreto y asistir a la proyección de su película en el festival de Cannes, donde se llevó varios galardones, entre ellos el Premio Especial del Jurado.














Teniendo en cuenta estos antecedentes, la cinta es un logro extraordinario dado su excelente resultado a pesar de la comprensible austeridad de su producción y lo corto de su casting. El mérito viene desde la imaginación y las acertadas ideas del director, que suplen esa falta de medios en un rodaje realizado en la más dura clandestinidad debido al argumento de la película:

Imán es un flamante juez de instrucción que vive feliz con su mujer y sus dos hijas. A la familia se le presenta un buen futuro y una vida desahogada gracias al nuevo puesto de trabajo de Imán. Sin embargo, todo comienza a torcerse cuando le fuerzan a firmar sentencias de muerte por las protestas en el país (las originadas por la muerte de una mujer al no ponerse el velo). Mientras tanto, las hijas despiertan ante tales injusticias sociales y la madre intenta tapar lo que sucede en casa. Las cosas cambian a peor cuando a Imán le desaparece la pistola que le han dado en el trabajo para protegerse de los subversivos.

Película interesante desde el punto de vista de la estructura cuando comienza con un drama de denuncia social y termina como un thriller en toda regla. El punto de giro lo marca la desaparición del arma y las sospechas que recaen en el interior de la familia. Original organización de un filme que va más allá de la lucha generacional, que se sitúa en el entorno de los disturbios producidos en un país que niega derechos a las mujeres.

Con los parvos recursos de los que dispone, Rasoulof juega con la luz y nos ofrece una iluminación mortecina en el dormitorio de los tradicionales padres, mientras que la claridad reina en el cuarto de las dos jóvenes. Si bien, la puesta en escena se muestra algo televisiva en los primeros dos tercios del filme, se le perdona debido a ese rodaje furtivo que no permite grandes aspavientos cinematográficos.

Quizás lo mejor del largometraje —porque largo es, demasiado— sea la metáfora que propone Rasoulof cuando lo que ocurre en el seno de la patriarcal familia protagonista es un remedo de lo que sucede en la totalidad del país. Así, la impactante resolución y el espléndido plano final.






martes, 28 de noviembre de 2023

LAS JAURÍAS (Les meutes de Kamal Lazraq, 2023)

Desde la Sección Oficial del XX Festival de Cine Europeo de Sevilla ayer pudimos ver Las jaurías, una coproducción marroquí-francesa-belga y otros países árabes (Qatar, Arabia Saudí), dirigida por Kamal Lazraq, nacido en Casablanca, la ciudad en la que se desarrolla el filme.

La película arranca de una manera bastante desagradable —no soporto las secuencias donde se maltratan animales—, con una pelea ilegal de perros, una escena que tiene consecuencias: el dueño del can perdedor contrata a dos personas, padre e hijo (interpretados por Abdellatif Masstouri y Ayoub Elaid, respectivamente, que hacen dos papeles creíbles) para secuestrar a uno de los jugadores clandestinos. El problema es que, después de secuestrarlo, el sujeto muere. A partir de ahí, los dos protagonistas tendrán que recorrer la ciudad para deshacerse del cadáver…

Cinta oscura de realismo sucio, con los tonos cálidos del ambiente nocturno y sórdido de los bajos fondos de Casablanca, y con cámara inquieta en mano, que se vuelve violenta cuando se desata la acción. Ese es el entorno en el que se desarrolla esta especie de road movie dentro de la ciudad. Un largometraje de cine negro, con dos protagonistas desesperados en una huida hacia delante, incapaces de hacer desaparecer el cuerpo de un hombre, que parece regresar de los muertos para hacerles la vida imposible.


Película que me recuerda a dos comedias de humor negro, aquella de Ted Kotcheff, Este muerto está muy vivo (1989), y a esa otra —mucho mejor— de Claude Autant-Lara, La travesía de París (1956), donde Jean Gabin y Bourvil atravesaban la capital francesa ocupada por los nazis, no con un cadáver, sino con un cargamento de carne fresca de contrabando. Tanto una como otra tenían como misión arrancar las carcajadas del público, cosa que dudamos sea el objeto de Las jaurías.

Si bien la cinta de Lazraq puede que en algún momento muy concreto provoque la sonrisa del público, enseguida pasa a su lado más oscuro, al de la tensión. Una cinta que nos dice que las jaurías del título no se refieren precisamente a los perros, sino a sus dueños. Algo que ya intuíamos cuando el ser humano es el peor animal que existe en la Tierra.







lunes, 27 de noviembre de 2023

LA TEORÍA UNIVERSAL (Die theorie von allem de Timm Kröger, 2023)

Tercer día en el XX Festival de Cine Europeo de Sevilla y ya estamos en el ecuador del certamen. Ayer asistimos a dos películas alemanas: la primera de ellas, dentro de la Sección EFA, El cielo rojo, se encuentra dirigida por Christian Petzold, tiene un título muy a Eric Rohmer, y un estilo también parecido al del cineasta francés ya fallecido. Una historia simple a cuatro bandas (cuatro jóvenes en una casa en el bosque) aunque centrada en uno de ellos que quiere escribir una novela. Pequeñas sorpresas, una metáfora (el bosque se quema y refleja los sentimientos de unos y otros, pero también el fuego purifica y sale a relucir el amor) y pocas cosas más son las que se pueden extraer de esta cinta que, no obstante, viene con el beneplácito de la Berlinale donde ganó los premios más importantes.

Después de El cielo rojo asistimos dentro de la Sección Oficial a la proyección de una película también alemana: La teoría universal. Realizado por Timm Kröger, el filme narra el viaje que el joven Johannes Leinert (Jan Bülow) hace a Suiza para asistir a un congreso de mecánica cuántica junto al profesor que le está dirigiendo la tesis.

El alumno defiende una teoría basada en el multiverso, pero el profesor no la admite. Cuando aparece Karin (Olivia Ross), una pianista de jazz, todo se vuelve del revés y comienzan a suceder cosas extrañas: Karin sabe cosas de la vida de Johaness que es imposible que sepa; uno de los asistentes al congreso muere, pero Johaness lo vuelve a ver vivo; se descubre un túnel con extrañas propiedades…

La película, rodada en blanco y negro, tiene un sabor a cine clásico que permite disfrutar a los cinéfilos sólo por las imágenes y el ambiente que rodea a la trama. Un entorno de suspense a la vieja usanza, con el mejor estilo expresionista alemán, envuelto en una música invasiva que recuerda mucho a Bernard Herrmann y, por tanto, nos remite a Alfred Hitchcock.

Pero es un espejismo. Si la forma es muy disfrutable, el fondo no acompaña del todo. La película se queda lejos de ser una cinta redonda cuando el suspense da paso al misterio, y cuando el misterio se queda en eso: en misterio que alimenta una cinta fantástica más de ciencia ficción. Una pena porque el realizador (con estudios y experiencia de director de fotografía) pone todo el empeño en darle al largometraje un envoltorio muy atractivo, pero el guion (también escrito por Kröger) no acompaña y el resultado no es todo lo óptimo que debería.  





lunes, 16 de octubre de 2023

EL LOBO DE MAR (The Sea Wolf de Michael Curtiz, 1941)

En 1904, Jack London publicó uno de sus libros más célebres: “The Sea Wolf”. El escritor murió muy joven, a los 40 años, pero llegó a vivir para ver en la gran pantalla la adaptación de su novela (The Sea Wolf, Howard Bosworth, 1913). Fue la primera de más de una docena de versiones entre las que sobresale con mucha diferencia El lobo de mar, cinta realizada por Michael Curtiz en 1941:


San Francisco, 1900, el marinero George Leach (John Garfield) se enrola en la goleta “Fantasma” para escapar de la justicia. Cuando el velero sale de puerto, un mercante colisiona con el ferry “Martínez”. Dos de los pasajeros, la fugitiva Ruth Brewster (Ida Lupino) y el escritor Humphrey Van Weyden (Alexander Knox), son rescatados por marineros de la goleta. Una vez a bordo de la “Fantasma”, el capitán “Wolf” Larsen (Edward G. Robinson) se niega a desembarcar a Van Weyden hasta que termine la campaña de caza de focas. A bordo la vida no tiene ningún valor, el médico se suicida y a nadie parece preocuparle. Las intenciones de Larsen son hundir el “Macedonia”, el vapor de su hermano, y robarle el cargamento de pieles de foca. Incapaz de soportar la crueldad del capitán, Leach y otros marineros se amotinan...

La película tan solo logró una nominación a los Óscar (la de efectos especiales a cargo del futuro realizador Byron Haskin), pero es una obra maestra indiscutible. Michael Curtiz se doctoró con el filme dos años antes de rodar Casablanca. Y lo hizo con la misma dotación con la que realizó El halcón del mar. El título era casi el mismo que el del éxito anterior (The Sea Hawk y The Sea Wolf) por lo que no es de extrañar que la cinta se promocionase como otra película de aventuras al estilo de la serie de Errol Flynn. Sin embargo, estaba muy lejos de ser únicamente un filme de entretenimiento. Era mucho más. Es cierto que en El lobo de mar hay acción a raudales, hay un motín, un enfrentamiento naval, un naufragio y bastantes peleas a bordo, pero la violencia que destila la cinta es interior, como la de la novela, algo que el realizador supo transmitir muy bien al espectador.

Con la dirección de Curtiz y la fotografía de Sol Polito, la “Fantasma” se transformó en un barco diabólico. La visibilidad no alcanzaba más allá del pasamanos debido a la espesa niebla que cercaba al velero. Los camarotes y la bodega eran tan estrechos, y los techos tan bajos, que las dificultades para respirar de Ruth se explicaban no desde la enfermedad de la joven sino desde el ámbito claustrofóbico por donde se movían los personajes.

La cinta navega desde el cine negro hasta el de terror. La luz distorsionada por la bruma consigue ese efecto noir; como cuando el “Lobo” Larsen se desploma invidente y enfermo y Curtiz lo retrata de espaldas entre la oscuridad del pasillo. Las secuencias donde el monstruoso capitán surge del agua, como un resucitado, o gobierna la caña ciego, como un zombi, son claramente deudoras de las películas de miedo.


Todo resulta perverso en El lobo de mar. La indiferencia de los personajes ante la muerte crea un ambiente nocivo en el que el líder es el capitán: un marinero agoniza hasta morir en cubierta como un perro; el doctor se suicida delante de todos; los cuchillos asoman a la menor provocación, y Larsen no hace nada por evitarlo, al revés lo fomenta con su sola presencia. Traiciones y delaciones están a la orden del día. Complots bajo cubierta, ataques en la oscuridad, el deseo de morir como una liberación, son las actividades que se suceden a bordo de un barco que lleva un cargamento viciado de maldad.

El personaje principal de la novela —y de la película— es “Wolf” Larsen. En el libro, Jack London lo describe como un hombre de una fortaleza física fuera de lo normal, muy alto, un perfecto espécimen masculino. Extremadamente inteligente, autodidacta en varios campos de la ciencia y la literatura, Larsen es la personificación del “superhombre” de Nietzsche, en el que cree profundamente. Su frase preferida es “más vale reinar en el infierno que servir en el cielo”. Además, la obsesión de Larsen por acabar con su hermano recuerda a la del capitán Ahab por matar a Moby Dick. La caída en desgracia de ambos también es parecida.

En la cinta, Curtiz distorsiona la figura de Larsen y, a diferencia del libro, lo convierte en un ser cuyo físico expresa el conflicto interno de un psicópata. Edward G. Robinson no es el prototipo de la raza aria como el protagonista de la novela; tampoco es tan alto, de ahí que el director procure fotografiarlo en contrapicado, siempre vestido de negro y con una mueca desagradable que deforma su rostro. No obstante, su discurso sí se corresponde con alguien que niega a Dios y al hombre: “Mi fuerza me justifica. El hecho de que yo pueda matarle o dejarle vivir, que pueda controlar el destino de todos los que están en el barco, de que sólo mi voluntad sea la que manda aquí, es justificación suficiente”, le espeta el capitán a Van Weyden. 

Con líneas de diálogo como esas, el paralelismo con el régimen nazi es patente en una película que se rueda en 1941 y cuyo objetivo es denunciar las barbaridades de Hitler. “La gente como Larsen no puede seguir oprimiéndonos porque no seamos nadie. ¡Somos alguien!” Se lamenta Leach, interpretado por John Garfield, el único capaz de rebelarse contra el dictador. Garfield, siempre comprometido con la justicia social, prácticamente se interpretaba a sí mismo en esa escena.


Si Leach es deudor del contexto social, de Van Weyden se puede decir que es el alter ego de Jack London. Toda inocencia cuando embarca, Van Weyden se van endureciendo a medida que pasan los días a bordo. En dicha evolución, Larsen apuesta por cambiar la bondad del escritor en crueldad. Por eso le toma cierto afecto y se permite discutir con él. El enfrentamiento intelectual entre Van Weyden y Larsen es un remedo de la eterna lucha entre el bien y el mal. 

El personaje más alterado con respecto a la novela es el de la joven protagonista. En el libro no se llama Ruth ni es una delincuente que se acaba de escapar de la cárcel, es una escritora famosa de la alta sociedad. La variación del personaje femenino también tiene que ver con el entorno político y social de la época. Igual que Leach, Ruth es una víctima más de la Gran Depresión. La pareja representa con toda intención al gran público que ha superado la crisis económica para caer en un mundo amenazado por las dictaduras fascistas. 

Ambos, Ida Lupino y John Garfield, conectaron enseguida en el plató y fuera de él. Eran como hermanos e hicieron piña en contra del director cuyo carácter autoritario no admitía ninguna sugerencia. Al finalizar el rodaje, entre las típicas bromas de la fiesta de despedida, Ida y John arrojaron a Curtiz (su Larsen particular) a las fétidas aguas del tanque donde flotaba la goleta. Esa fue su venganza personal después de dos agotadores meses de rodaje.


El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El lobo de mar
 en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





domingo, 18 de diciembre de 2022

2 X 1: "ATRACO SIN HUELLAS" y "EL RASTRO DEL ASESINO" (Joseph Pevney)

Atraco sin huellas (Six Bridges to Cross, 1955) 

En los años cincuenta después de la crisis de los grandes estudios, solo la Universal seguía produciendo al viejo estilo de “fabricación en serie”. Uno de los directores que más se prodigó en esa época fue Joseph Pevney. Realizador incansable, organizado y metódico, pero relajado en el plató, se le daba igual de bien el cine negro, las películas bélicas o las cintas de aventuras. 

Durante la segunda mitad de la década destacaron en su filmografía dos policíacos protagonizados por uno de los actores de moda: Tony Curtis. Pevney ya había trabajado con Curtis en la interesante historia de boxeo Flesh and Fury (1952), pero con Atraco sin huellas y, más tarde, El rastro del asesino, mejoró sensiblemente la primera colaboración entre actor y cineasta. 

El argumento de Atraco sin huellas sigue la vieja trama de la amistad entre un policía y un criminal. El filme repasa la vida del ladrón Jerry Florea (Sal Mineo en la adolescencia, y Tony Curtis en la juventud y en la posterior madurez) al que el agente Ed Gallagher (el soso George Nader) dispara en un atraco y le deja estéril de por vida. Esa circunstancia hace que ambos tengan una peculiar relación de amistad en la que, mientras Jerry hace de confidente y Gallagher se aprovecha de los chivatazos para subir en el escalafón, el primero obtiene gracias al policía las coartadas necesarias para sus fechorías.

 

Película atractiva, narrada de forma detallada, al estilo de La ciudad desnuda (The Naked City, Jules Dassin, 1948) o de Atraco perfecto (The Killing, Stanley Kubrick, 1956), para reforzar el hecho de estar presentando una historia real, que tiene un final excelentemente rodado. Un clímax que se ve venir, pero no por ello es menos logrado. 

Aunque interpretada por Sal Mineo en el primer tercio, en lo que sería su debut cinematográfico justo antes de Rebelde sin causa (estrenada el mismo año), la película se puede decir que está protagonizada por Tony Curtis, que se encarga del resto del largometraje con un registro muy alejado de aquel más cómico por el que sería recordado después. 

 

El rastro del asesino (The Midnight Story, 1957) 

Dos años después de Atraco sin huellas, Joseph Pevney vuelve a dirigir a Tony Curtis en El rastro del asesino, otro policíaco, mezcla entre drama y cine negro, pero con cierta dosis de suspense que también le acerca al thriller

Curtis interpreta a Joe Martini, un agente de policía italoamericano que insiste en que le den el caso del asesinato de un sacerdote en San Francisco. Su interés radica en que el cura fue su cuidador en el orfanato y su mentor, gracias al cual pudo ingresar en el cuerpo de policía. Las pistas que sigue Martini le llevan a sospechar de Silvio Malatesta (Gilbert Roland), un pescador de la bahía con el que comienza a relacionarse. Martini se integra tanto en la familia de Malatesta que llega a enamorarse de la hermana del sospechoso y a querer casarse con ella. El conflicto está servido cuando las sospechas son cada vez más fuertes y la amistad con el supuesto asesino es cada vez mayor. 

La trama del filme es como una montaña rusa: hay tensión cuando todas las pistas indican que el sospechoso es el culpable, y relajación cuando aparece una coartada que demuestra su inocencia. Lo que en principio parecía una obsesión personal por detener al culpable, ahora se transforma en un deseo de probar su inocencia. Ese ir y venir del argumento es acaso lo más destacado de la película.

 

De nuevo toda la cinta se desarrolla bajo el punto de vista del personaje interpretado por Tony Curtis, que en su registro, digamos serio, parece especializarse en estos retratos dramáticos, a veces biopics de personajes de otras razas, como la del indio en El sexto héroe (The Outsider, Delbert Mann, 1961) o la del ladrón, también de ascendencia italiana que hemos visto en Atraco sin huellas.

Personajes duros, que luchan por sobrevivir en un país hostil hacia los extranjeros o, en el caso de El rastro del asesino, con tintes casi autobiográficos cuando el propio Curtis viene de una familia de inmigrantes húngaros, con una dura infancia de orfanato en orfanato junto a su hermano, muerto arrollado por un camión, igual que sucede en la película.


Deseo a todos los lectores de este blog unas ¡muy felices fiestas! Un fuerte abrazo.





jueves, 10 de noviembre de 2022

TORI Y LOKITA (Tori & Lokita de Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2022)

En el ecuador del XIX Festival de Cine Europeo, aquí en Sevilla, hemos podido asistir a un evento que siempre es un acierto: a una película de los hermanos Dardenne. Los directores belgas este año presentan su último largometraje a la Selección EFA (European Film Academy), ya que su cinta, Tori y Lokita, está nominada a los premios de la Academia de cine europea. No se conforman los realizadores con su flamante galardón en Cannes con motivo del 75 aniversario de ese certamen.

 

Reconocemos nuestra debilidad por las producciones de los Dardenne, pero es que todas sus películas nos parecen fundamentales para conocer por donde va el cine europeo del siglo XXI. Tori y Lokita no podía ser menos: dos menas inmigrantes intentan sobrevivir en Bélgica como pueden. Lokita asegura que Tori es su hermano pequeño, pero no acierta a demostrarlo en el interrogatorio al que es sometida la adolescente. De ahí que no lleguen los ansiados papeles que le permitan quedarse y trabajar en el país. Además tiene que mandar dinero a su madre, le debe dinero a los mafiosos que la trajeron a Europa y necesita efectivo para conseguir unos papeles falsos. Demasiada carga para los pequeños que no ven otra solución que trapichear con drogas y aceptar un trabajo que solo les traerá más problemas… 

Los Dardenne abordan el tema de la inmigración ilegal desde el realismo, como siempre, con un cine casi documental y una cámara que sigue muy de cerca a los dos niños, sin dejarles un segundo para no perder nada de lo que acontece. Tanto es así que los directores tienen que ingeniárselas para que el espectador tampoco se pierda lo que ocurre fuera de campo, ya sea con el sonido, con la voz en off, o apoyándose en la imaginación del espectador que puede cubrir ese vacío de la imagen.

 

Porque todo, hasta el más pequeño detalle, importa en una cinta que es, de nuevo, un thriller disfrazado de drama social como ocurre en varias películas de su ya extensa filmografía: El hijo, El joven Ahmed, La promesa, etc. Todas ellas con protagonistas menores de edad, con los que los Dardenne se manejan estupendamente, y a los que eligen como objetivos de sus películas por ser más indefensos, por facilitar que los mensajes de sus filmes calen más hondo.

En Tori y Lokita lo que se denuncia son las carencias de los inmigrantes a los que una negación de papeles por parte de las autoridades es casi lo mismo que una invitación a delinquir. Lo que se ve en la película es ficción, pero a nadie se le escapa que esto mismo les está ocurriendo a muchos como ellos, que Tori o Lokita pueden ser perfectamente cualquiera de los miles de migrantes que llegan a Europa de forma ilegal.






miércoles, 9 de noviembre de 2022

HOLY SPIDER (Ali Abbasi, 2022)

De vuelta a la Sección Oficial del XIX Festival de Cine Europeo de Sevilla, ayer pudimos ver una película coproducida por Dinamarca, Suecia, Francia y Alemania del director iraní, pero afincado en Dinamarca, Ali Abbasi. La cinta se titula Holy Spider, es la que presenta el país escandinavo a los Óscar, en la sección de habla no inglesa, y se trata del primer largometraje que el realizador rueda sobre su nación de origen.

 

La cinta se ocupa de la historia real acaecida entre los años 2000 y 2001 en Mashhad (ciudad santa iraní, lugar de peregrinación al santuario del imán Reza) donde un asesino en serie mató a 16 prostitutas. La protagonista de la historia es Rahimi (Zar Amir-Ebrahimi, premio a la mejor actriz en Cannes), una periodista que acude a Mashhad para investigar el caso totalmente abandonado por las autoridades y la policía, que asisten a la matanza de mujeres pecadoras con cierta simpatía por el asesino. 

Película cruda, thriller de violencia explícita difícil de soportar por el espectador, con características propias del género, pero con una diferencia clara al servir la historia para denunciar a un sistema laxo con la violencia machista y que niega los derechos de las mujeres. Así, el blanco principal de las criticas del filme es doble: por un lado la presentación de un asesino en serie de libro que, aunque se escuda en su labor “de limpieza” de la sociedad, asesinando mujeres sucias y pecadoras, en realidad es alguien con una adicción a matar, que disfruta haciéndolo, y que cada vez lo hace con mayor avidez, y menos control, cometiendo errores.

 

Por otro lado, el director subraya un hecho, quizás el más grave, del que se ocupa en el último tercio del largometraje, y es la actitud de una parte importante de los ciudadanos y de, lo que es peor, las altas instancias del poder, cuando ven en el criminal una especie de héroe. Actitud que se traslada a las nuevas generaciones, en concreto al hijo del asesino. 

El fundamentalismo religioso que ocupa todos los poderes del estado, entre ellos la justicia, tampoco sale bien parado en una película que ya ha sido condenada por las autoridades iraníes, que han puesto todas las trabas posibles para impedir su rodaje ⸺al final tuvo que filmarse en Jordania, después de varios intentos en Irán y Turquía⸺ y que, en palabras de la organización del festival, la han comparado con “Los versos satánicos” de Salman Rushdie.







martes, 8 de noviembre de 2022

LA OREJA (Ucho de Karel Kachyna, 1970)

Una de nuestras secciones favoritas, ya lo fue el año pasado, del festival de cine europeo de Sevilla es Hacia otra historia del cine europeo. Se trata de una retrospectiva de películas restauradas donde, como dice el título de la sección, se da una visión particular de la historia del cine. En el certamen de este año se proyectan cintas que fueron censuradas o ignoradas en su día por motivos políticos o por mala o nula distribución. Es el caso de La oreja del director checo Karel Kachyna. Prohibida cuando se estrenó en 1970 por el gobierno comunista prosoviético de Checoslovaquia, solo pudo ser estrenada en 1989 tras la caída del muro de Berlín y, posteriormente, formó parte de la sección oficial del festival de Cannes en 1990.

 

La trama de La oreja transcurre a lo largo de una noche después de una fiesta del partido. El matrimonio formado por el alto funcionario comunista Ludvik (Radoslav Brzobohatý) y por la alcohólica Anna (Jirina Bohdalová, ambos pareja en la vida real) regresan a su casa después de la fiesta y se dan cuenta de que sus llaves han desaparecido, de que han cortado la luz y el teléfono y de que alguien les espía desde un automóvil al otro lado de la calle. La noticia de que han arrestado a un ministro del partido les hace ponerse en lo peor: temen que el próximo que caiga sea Ludvik… 

Planteada como un diálogo a dos, la cinta, en su mayor parte a oscuras, como oscuros son los tiempos en los que viven, discurre mientras Ludvik intenta deshacerse de todos los documentos que puedan comprometerle al tiempo que tiene que soportar reproches de lo más ácidos y punzantes por parte de Anna. La sospecha de que la policía del partido los escucha (de ahí el título de la película) flota en el sórdido ambiente en el que también se tambalea el matrimonio.

 

El director gestiona el rodaje con una puesta en escena a base de contrapicados para subrayar aún más la tensión; y de insertos en flashbacks de tan solo unas horas antes, durante la fiesta, donde Ludvik recuerda ciertas conversaciones con miembros del partido, que no hacen si no acrecentar aún más las sospechas de que está a punto de ser purgado. De estas secuencias destacan los planos y contraplanos con miradas a la cámara, como si fuera el objetivo de un Yasujiro Ozu erguido. 

Angustiosa, incómoda, oscura, la propuesta de Karel Kachyna, demasiado osada en su tiempo como para pasar desapercibida. De hecho, tuvieron que transcurrir dos décadas para que finalmente pudiera ser vista. La vida real finalmente se confundió y superó a la ficción: Kachyna, como Ludvik, fue perseguido y censurado por el partido.






domingo, 10 de julio de 2022

EL FIN DE SHEILA (The Last of Sheila de Herbert Ross, 1973)

Nadie duda de que la reina de las novelas de intriga sea Agatha Christie. Sus libros se han traducido a más de cien idiomas y aún se siguen vendiendo con éxito en todo el mundo. Películas basadas en argumentos de la escritora británica las ha habido en casi todas las décadas, si bien durante los años setenta y ochenta la fiebre por los whodunit favoreció la producción de la mayor parte de las versiones. Moda que se inició precisamente con una de las mejores adaptaciones de Agatha Christie: Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express, Sidney Lumet, 1974).


La calidad del filme, plagado de estrellas, eclipsó otra cinta parecida que se había estrenado el año anterior. Un largometraje que no adaptaba ninguna novela de Christie, pero que en mi opinión fue mejor que cualquier otro de la serie y además fue decisivo para continuar con el resto de películas de la escritora. La cinta en cuestión se tituló El fin de Sheila, y su ingenioso guion muy bien podía haberlo firmado la propia Agatha Christie:

En la costa sur de Francia se halla fondeado el “Sheila”, yate de lujo propiedad del productor de cine Clinton Green (James Coburn). El magnate ha organizado un juego en el que participan seis personas, las que estuvieron presentes en la fiesta donde murió su mujer Sheila un año antes. Todos con oscuro pasado del que se quiere aprovechar Clinton con un juego de búsqueda de pistas en el que se pondrán a la luz los secretos inconfesables de los participantes. El juego se desarrolla con normalidad hasta que Clinton aparece asesinado entre las ruinas de un monasterio...

Con una estructura muy similar al resto de películas del género, es decir con reparto estelar (James Mason, Raquel Welch, James Coburn...) en el que todos los personajes poseen un móvil para matar, y con el giro final que da al traste con la conclusión más convencional, discurre esta película de Herbert Ross. Cinta que no es casual que recuerde a juegos de mesa como el Cluedo ya que el proyecto nació como resultas de un pasatiempo parecido:


A finales de los años sesenta llegaron a ser famosos los encuentros entre celebridades para resolver los puzles que Anthony Perkins y su pareja de entonces, el letrista y compositor Stephen Sondheim, organizaban en Manhattan. Sonada fue la búsqueda del tesoro de 1968 donde varios actores y personalidades del mundo del cine (entre ellos Herbert Ross) recorrieron Nueva York en sus limusinas tras las pistas que iban dejando Perkins y Sondheim. Ross quedó maravillado por el ingenio de la pareja y les propuso plasmar sus ideas en un guion de cine, de ahí nació El fin de Sheila

En Sheila, Ross, Perkins y Sondheim recurrieron a personas reales que procedían del mundillo del celuloide y conocían muy bien. El director interpretado por James Mason se parecía demasiado a Orson Welles; el guionista al que daba vida Richard Benjamín era un trasunto del propio Anthony Perkins; Raquel Welch prácticamente se interpretaba a sí misma; y la agente Christine era claramente Sue Mengers, muy conocida en el circuito cinematográfico, a la que Ross le había propuesto el papel, pero que rechazó en beneficio de su cliente Dyan Cannon.

Así pues, gracias al guion especular, todo quedaba en casa: el juego, el misterio y la autocrítica hacia los estratos de Hollywood, incluyendo los trapos sucios. Quizás por eso la relación entre algunos actores no fue nada amistosa —James Mason en contra de Raquel Welch, Ian McShean en contra de Raquel Welch… y Raquel Welch contra todos—. De hecho, Mason confesó que la actriz era “la más egoísta y maleducada con la que había tenido el placer de trabajar.” 

Las rencillas entre tanta estrella podían ser hasta comprensibles, lo que no resultó tan normal fueron algunos desastres, como la amenaza de bomba por parte del grupo terrorista Septiembre Negro (el que había atentado en las olimpiadas de Munich meses antes), o el hundimiento del primer yate seleccionado para interpretar al “Sheila”. Una embarcación que se fue a pique cerca de Mykonos cuando se dirigía a Niza, la ciudad donde se rodó la película.



El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El fin de Sheila en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





domingo, 6 de febrero de 2022

EL BARCO FANTASMA (The Ghost Ship de Mark Robson, 1943)

Hablar de misterio y terror en Hollywood y no nombrar a Val Lewton sería una temeridad. Lewton, de ascendencia rusa (se llamaba en realidad Vladimir Leventon), trabajó unos cuantos años con David O. Selznick antes de ser contratado por la RKO en 1942 para producir películas de terror de serie B. En competencia directa con la Universal, los largometrajes de Lewton resultaron más sofisticados que los de sus oponentes. Realizados con menos dólares y menos monstruos, pero con más inteligencia, Lewton demostró que sugerir las imágenes era mejor que mostrarlas. Lo implícito ganaba a lo explícito gracias al poder de imaginación del espectador, un elemento con el que contaba el productor para suplir la falta de presupuesto.


Después de una primera etapa donde predominaban las historias de mujeres amenazadas por toda clase de peligros (La mujer pantera, Yo anduve con un zombi, La séptima víctima, etc.), Lewton quiso cambiar de tercio y produjo una cinta totalmente diferente. En El barco fantasma era un hombre el perseguido por las fuerzas del mal:

Recién salido de la Escuela Naval, Tom Merriam (Russell Wade) embarca como tercer oficial en el “Altair”, un carguero que se dirige a la costa oeste sudamericana para transportar ganado. El destino de Merriam ha sido solicitado por el capitán Stone (Richard Dix) que ve en el nuevo oficial un retrato de sí mismo cuando era joven. Antes de salir a la mar, Merriam descubre que su anterior en el cargo ha fallecido en extrañas circunstancias, además uno de los marineros ha sido encontrado muerto en cubierta, presumiblemente de un ataque al corazón... 


A pesar de que el director de la cinta es Mark Robson, la película tiene todo el sello de Val Lewton. Es un filme angustioso que transcurre en su mayor parte a bordo de un mercante cuyo demente capitán tiene unas ideas acerca de la autoridad propias de un paranoico megalomaníaco. El suspense se apoya en ruidos, luces y sombras, puertas que se abren o cierran, pensamientos atronadores, miradas, y diálogos inquietantes. Para muchos, la técnica de Lewton de mostrar lo menos posible es un antecedente claro de la estética del cine negro.

En filmes anteriores y posteriores de Mark Robson también se ve la mano “invisible” de Val Lewton. Tanto Robson como Robert Wise, se foguearon en la sala de montaje de la RKO justo cuando comenzaban a trabajar para Lewton. Los dos participaron en la edición de El cuarto mandamiento de Orson Welles, y Robson, además, fue el montador de Estambul, también de Welles. Es curioso observar la cantidad de puntos en común que hay entre Estambul y El barco fantasma; ambos largometrajes destilan una atmósfera insana, a bordo de un barco, en el que el héroe lucha por su vida, pero nadie le hace caso.


El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El barco fantasma en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





domingo, 5 de diciembre de 2021

2 X 1: "GAS-OIL" y "EL DESORDEN Y LA NOCHE" (Gilles Grangier)

Gas-Oil (1955)

En la segunda mitad de los años cincuenta, el director parisino Gilles Grangier hace dos películas con su amigo íntimo y máximo colaborador en tantas cintas, Jean Gabin. Dos policíacos que se sitúan entre sus mejores largometrajes, ambos nombrados en el excelente documental del recientemente fallecido Bertrand Tavernier (Las películas de mi vida, 2016).

El primero, Gas-Oil, es un thriller donde Jean (Jean Gabin), un camionero, pasa la noche con su novia (Jeanne Moreau) y al regresar a su casa atropella el cadáver de un hombre. Al ponerlo en conocimiento de la policía, le confiscan el camión y todo se complica. Para colmo, una banda de gánsteres y la viuda del finado acosan al camionero mientras buscan los 50 millones que supuestamente tenía el fallecido.

Trama entretenida basada en una novela de Georges Bayle, con Jean Gabin y Jeanne Moreau como pareja estelar. Un noir con tintes de melodrama donde la amistad y el compañerismo entre camioneros tiene mucho que decir. Sobre todo, en el trepidante final, complicado de rodar, pero muy bien resuelto por el realizador.

 

Desenlace en el que, al parecer, no se ponían de acuerdo Gabin, Grangier y el tercero en discordia en la mayoría de las películas del director: el guionista Michel Audiard. Dicen que los gritos entre los tres los oyeron a distancia los vecinos de Grangier, que corrieron a contarle el final a sus amigos antes de que se estrenara la película.

La acción, el amor, la amistad, pero también la crítica social tienen su hueco en una película tan completa como costumbrista. Porque, en realidad, la culpa de que la policía acuse a Jean de asesinato la tiene el hecho de que el camionero oculte con quién ha estado la noche del accidente; todo por el temor a los cotilleos y habladurías de los pueblos de la Francia profunda. 


El desorden y la noche (Le désordre et la nuit, 1958)

Grangier y Audiard adaptan otra novela policíaca, esta vez de Jacques Robert, y de nuevo acuden a Jean Gabin para que se sitúe al frente del reparto. Si bien, el actor vuelve a su registro más conocido, el del inspector con gabardina y sombrero. No es Maigret, pero se le parece, también la historia podría haberla firmado Georges Simenon, el autor de las aventuras del famoso comisario:

En la investigación de la muerte de un camello, el inspector Vallois (Jean Gabin) interroga a la amante y principal sospechosa, la drogadicta Lucky (Nadja Tiller). Al enamorarse de ella, el policía pone en peligro todo el caso además de su carrera. Mientras tanto, una farmacéutica (Danielle Darrieux) parece ser el cerebro de la organización criminal.

Con algunos puntos en común con Gas-Oil (los dos largometrajes arrancan con la muerte de un mafioso al que algunas mujeres querían verlo bajo tierra), pero bastante diferente en su desarrollo, Grangier hace una de sus películas mayores, quizás su obra más conocida junto a Arquímedes, el vagabundo (Archimède, le clochard, 1959) con la que Gabin se llevó el Oso de plata en Berlín.



En El desorden y la noche, Grangier vuelve a recurrir a una actriz legendaria de la escena francesa, Danielle Darrieux, para acompañar a Gabin en otro polar (cine negro francés) con trazas de thriller, que visto ahora sorprende por lo, desgraciadamente, actual de una trama que transcurre alrededor del narcotráfico.

Noir de posguerra, con reminiscencias del realismo poético y ecos del ciclo negro americano (todas estas novelas y películas negras se acumularon en la Francia ocupada y salieron a la luz después de la liberación). Cine de luces y sombras, donde los personajes tienen problemas para dormir y no les importa pasear bajo la lluvia. Cine de tugurios y jazz (estupenda banda sonora) en el que Grangier aprovecha para, de nuevo, cargar contra ciertos estamentos sociales y políticos, esta vez al más alto nivel.





martes, 9 de noviembre de 2021

THE INNOCENTS (De uskyldige de Eskil Vogt, 2021)

El vacío que dejó aquel filme sueco de terror, Déjame entrar (2008), lo acaba de llenar The Innocents, una película que compite por el premio del público en la Selección EFA del Festival de Cine de Sevilla, sección destinada a las producciones nominadas a los galardones de la Academia de Cine Europeo.

 

Mientras en la cinta sueca un niño autista se hacía amigo de una moderna vampira, en la noruega que nos atañe, la pequeña Ida, recién llegada a una comunidad de vecinos, entabla amistad con Ben, un niño con ciertos poderes que todavía no controla, y que poco a poco irá compartiendo con su nueva amiga. El problema surge cuando el juego se convierte en una guerra entre Ben y la hermana de Ida, una discapacitada mental en apariencia inofensiva. Una batalla que pronto sufrirán todos los vecinos.

Trama muy atractiva del director y guionista Eskil Vogt, y segundo largometraje después de Blind (2014), cinta donde otra minusválida (una ciega) creaba todo un mundo imaginario en torno a ella. La calidad de la película se adivina desde la primera escena, en la que Ida abre los ojos después de una siesta en el coche. La duda de si todo lo que se narra a continuación no es más que un sueño flota en el ambiente, como en algunos largometrajes tan interesantes, pero tan diferentes, como 1917. Una duda que pronto se queda en el camino hacia un final que remite a El pueblo de los malditos, Los chicos del maízLa cinta blanca y otras cintas de terror.



Porque en The Innocents, el director logra un filme original del nada nuevo subgénero de “niños malvados”, con tensión creciente como corresponde a una buena película de miedo y secuencias para (no)olvidar si se quiere dormir bien. Pero también con interesantes reflexiones acerca de la educación de los niños, de la desatención en favor de otros que necesitan más ayuda, del reflejo de los padres en ellos...; y, claro, de los discapacitados mentales graves: ¿qué sienten? ¿Qué piensan? ¿Se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor?

Preguntas que se añaden a ciertas afirmaciones que se deducen de la trama: los niños con superpoderes son mucho más peligrosos que los adultos debido, precisamente, a la inocencia que subraya el título, a no controlar sus capacidades y a no pensar en las consecuencias de sus actos. Parafraseando a Chicho Ibañez Serrador, la cuestión no es Quién puede matar un niño, sino A quién puede matar un niño.






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