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martes, 28 de noviembre de 2023

LAS JAURÍAS (Les meutes de Kamal Lazraq, 2023)

Desde la Sección Oficial del XX Festival de Cine Europeo de Sevilla ayer pudimos ver Las jaurías, una coproducción marroquí-francesa-belga y otros países árabes (Qatar, Arabia Saudí), dirigida por Kamal Lazraq, nacido en Casablanca, la ciudad en la que se desarrolla el filme.

La película arranca de una manera bastante desagradable —no soporto las secuencias donde se maltratan animales—, con una pelea ilegal de perros, una escena que tiene consecuencias: el dueño del can perdedor contrata a dos personas, padre e hijo (interpretados por Abdellatif Masstouri y Ayoub Elaid, respectivamente, que hacen dos papeles creíbles) para secuestrar a uno de los jugadores clandestinos. El problema es que, después de secuestrarlo, el sujeto muere. A partir de ahí, los dos protagonistas tendrán que recorrer la ciudad para deshacerse del cadáver…

Cinta oscura de realismo sucio, con los tonos cálidos del ambiente nocturno y sórdido de los bajos fondos de Casablanca, y con cámara inquieta en mano, que se vuelve violenta cuando se desata la acción. Ese es el entorno en el que se desarrolla esta especie de road movie dentro de la ciudad. Un largometraje de cine negro, con dos protagonistas desesperados en una huida hacia delante, incapaces de hacer desaparecer el cuerpo de un hombre, que parece regresar de los muertos para hacerles la vida imposible.


Película que me recuerda a dos comedias de humor negro, aquella de Ted Kotcheff, Este muerto está muy vivo (1989), y a esa otra —mucho mejor— de Claude Autant-Lara, La travesía de París (1956), donde Jean Gabin y Bourvil atravesaban la capital francesa ocupada por los nazis, no con un cadáver, sino con un cargamento de carne fresca de contrabando. Tanto una como otra tenían como misión arrancar las carcajadas del público, cosa que dudamos sea el objeto de Las jaurías.

Si bien la cinta de Lazraq puede que en algún momento muy concreto provoque la sonrisa del público, enseguida pasa a su lado más oscuro, al de la tensión. Una cinta que nos dice que las jaurías del título no se refieren precisamente a los perros, sino a sus dueños. Algo que ya intuíamos cuando el ser humano es el peor animal que existe en la Tierra.







martes, 12 de agosto de 2008

LA TRAVESÍA DE PARÍS (La Traversée de Paris de Claude Autant-Lara, 1956)

La historia, al final, coloca a cada uno en su sitio. Una frase que encaja con el reconocimiento de la sociedad y del mundo del cine hacía la figura de uno de los mejores realizadores franceses: Claude Autant-Lara (nacido en agosto de 1901). En la década de los sesenta fue criticado abiertamente por los jóvenes directores de la Nouvelle Vague. Este ataque influyó decisivamente en su carrera, y sólo gracias a su trabajo y al repaso de toda su obra nadie duda hoy en día en considerarlo uno de los grandes cineastas galos de todos los tiempos. Entre las películas que nos dejó sobresale con luz propia la cinta que hoy vamos a comentar: La Travesía de París.



Se trata de un relato corto de Marcel Aymé -uno de los autores franceses con más obras adaptadas al cine- ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Auntant-Lara se aprovecha de la situación en la que vivían los habitantes de la capital (ocupación alemana) para confeccionar una excelente película. El resultado es una curiosa combinación de elementos neorrealistas con tintes de comedia y humor negro que recuerda mucho a lo que se estaba haciendo en España durante la posguerra. Y es que el estilo esperpéntico del filme se aproxima más a la obra de nuestro Berlanga que a cualquier otro cineasta francés de la época.

El realizador, con pocos planos –y con gran habilidad-, sumerge la historia en el tono correcto nada más comenzar el largometraje: de los créditos, con las tropas germanas desfilando por los Campos Elíseos, pasa a una secuencia donde mezcla el realismo con la metáfora. Así, alguien se esconde en un refugio mientras un “velo-taxi” (bicicleta para pasajeros) se cruza con una resignada cola de racionamiento y un ciego, desafiando a la autoridad, canturrea la marsellesa. Perfecta introducción para la trama principal que se desarrolla en una especie de road movie, en el interior de París, con Jean Gabin y Bourvil como protagonistas. La extraña pareja tiene que transportar un cargamento de estraperlo (unas maletas que esconden carne fresca) y recorrer casi toda la ciudad para entregar la mercancía.

El director se decanta claramente por dos elementos: los personajes y el entorno hostil por donde se ven obligados a desenvolverse en su viaje casi surrealista. Son tan importantes Gabin y Bourvil -sobre todo el primero que se me antoja un trasunto del propio Autant-Lara, en su calidad de artista y por su ambigüedad en las relaciones con el enemigo- como los obstáculos que se ven obligados a salvar: a saber, el jefe (un excesivo Louis de Funes, como siempre), los alemanes, los colaboracionistas, los gendarmes y los perros, los únicos que se huelen –literalmente- lo que esconden las maletas. De esta manera las situaciones divertidas se suceden de forma natural.

Pero el director no engaña al espectador, todo lo contrario, sitúa la acción siempre de noche, acorde con los oscuros tiempos de ocupación, y el viaje que propone tiene mucho de existencial; los personajes evolucionan con el metraje y los miedos, prejuicios, envidias, y demás miserias de la Francia de Vichy aparecen con toda su crudeza. Lo peor es que algunos caracteres siguen vigentes hoy en día. De hecho el cineasta se guarda un último guiño al concluir la cinta –muy adecuada la simbología- que no hace sino confirmar algo muy cierto: la Historia, al final, coloca a cada uno en su sitio.

Ver Ficha de La Travesía de París.

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