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lunes, 26 de septiembre de 2016

CINE FÓRUM: DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE ELLA (2 ou 3 choses que je sais d'elle de Jean-Luc Godard, 1967)

Uno de los movimientos cinematográficos que más nos interesan y que no podía faltar en nuestra sección analítica es la Nouvelle Vague. No es la única vez que tratamos a un autor de dicho grupo (aquí se puede repasar la entrada sobre Claude Chabrol), aunque sí la primera en la que nos detenemos para hablar de la obra de quizás el director más polémico de la nueva ola francesa: Jean-Luc Godard.



El debate sobre el realizador, que lejos de haberse cerrado aún sigue dando que hablar, se mueve tanto por la sinceridad —o la falta de ella— y por la vigencia de su cine, como por el aspecto autocomplaciente y críptico que tanto irrita a algún sector de la crítica, el mismo que no duda en calificar a su obra como tendente a la boutade.

Aunque admitimos que gran parte del cine de Godard ha envejecido mal, sin embargo no dudamos de la intención rompedora del cineasta en sus primeros años, quizás la más radical y comprometida políticamente de su generación. Desde luego nadie podrá negar que Godard, junto a los Truffaut, Resnais, Rivette o Chabrol, tuvo en su haber el lograr darle frescura a un cine que se estaba agotando, y en sentar las bases del cine actual de calidad, un cine más ecléctico que mezcla la modernidad de autores como Godard con el clasicismo narrativo de siempre.



Dos o tres cosas que sé de ella es un buen ejemplo de aquellas primeras cintas de Godard donde primaba la descomposición del modelo institucional clásico impuesto por Hollywood. La no-trama de la cinta, el discurso de personajes/actores que mezclan realidad con ficción, el manejo arbitrario —no tanto— de cámara y encuadre, la susurrante voice over (la del propio Godard) y la intelectualidad de todo el conjunto configuran un modelo radicalmente opuesto a todo lo que se venía haciendo anteriormente.  

Sólo hay que fijarse en el arranque para darse cuenta de que algo estaba cambiando en el cine europeo: los primeros encuadres presentan a Marina Vlady, Godard habla de ella como la actriz que es, la describe con detalle y al final observa como gira la cabeza hacia un lado, pero "esa mirada no tiene importancia". Marina habla con el espectador y nombra a Bretch. A continuación el objetivo la sitúa en el lado contrario y ahora Godard la describe como Juliette, el personaje. La joven vuelve a mirar a otro lado, y Godard insiste en que ese movimiento no supone nada especial. En dos planos se resume perfectamente lo que Godard pretende: confundir realidad con ficción o, mejor dicho, desmontar lo poco de ficción que hay para que el espectador pueda reflexionar sobre lo que se dice, sobre las imágenes que ve, sin el artificio de dejarse llevar por la acción, por la “falsedad” del cine. La cita de Bretch no es gratuita.



A lo largo de la película la estructura clásica se difumina hasta desaparecer: así, un niño hace sus deberes, lee la redacción sobre el compañerismo, pero luego dispara a la cámara con una metralleta de juguete; Juliette lleva a su hijo a una guardería que en realidad es una casa de citas; Juliette engaña a su marido o se prostituye junto a su amiga, con la mayor de las indiferencias, una actividad más, como la de ir de compras o tomar un café; etc. Es decir, Godard destroza la narrativa acostumbrada basada en la presentación, el nudo y el desenlace y la sustituye por una agrupación premeditadamente inconexa de imágenes donde las ideas prevalecen sobre cualquier atisbo de argumento. Es una forma de diferenciar, de reivindicar, el nuevo cine revolucionario frente al clásico asociado a la burguesía. Todo es política en el cine de Godard.




Así plantea el filme en su conjunto, pero también en cada secuencia, como vamos a ver enseguida. En las escenas concebidas por Godard los personajes confunden diálogo con pensamientos, y la acción carece de continuidad y de relación con la dialéctica o con el discurso del narrador:



La secuencia que acabamos de ver sigue el mismo esquema que el resto de la película: Godard intercala planos generales de una ciudad, con escenas donde los personajes deambulan por el metraje sin ninguna razón aparente. La cinta, como se ha dicho, carece de estructura, desde luego nada que ver con la narrativa clásica de la que se aleja definitivamente tras un amago de argumento más o menos legible; algo que se puede resumir con el visionado de esta secuencia, que podría ser la primera o la última, o cualquiera de las escenas centrales, como si fuera una novela de Cortázar.

El arranque con las imágenes de unas obras públicas lo explica el propio director entre susurros y más adelante en boca de sus personajes (en la secuencia donde las dos amigas se prostituyen debaten acerca del significado de los elementos urbanos con respecto al observador que se relaciona con ellos).

A continuación, en la segunda parte de la secuencia, Juliette entra en un bar. Mientras camina habla para sí misma, y para nosotros, (dice que se considera indiferente ante la vida). Su discurso se confunde entre la realidad de la propia actriz y la ficción del personaje, ya sea en su relación con los demás o en pensamientos en alto. No sabemos a qué atenernos.

Sigue una parte más o menos normal: ella se sienta, saluda a su amiga e intercambian algunas palabras; luego, la cámara la acompaña cuando va a por tabaco. El espectador digamos que se “acomoda” con una escena que se desarrolla en condiciones habituales de narración. Es un espejismo. La cámara abandona a la actriz para pararse en una cliente de la barra. Godard quiebra por completo la narrativa cuando el personaje/actriz se vuelve hacia la cámara para contarnos su vida (¿la del personaje?, ¿la de la actriz?) que nada tiene que ver con Juliette, cuya voz en off oímos mientras pide el tabaco.

Se trata de que el espectador sienta que las imágenes son un artificio y reflexione sobre las ideas que aquí y allá va soltando el director. De nuevo el discurso bretchiano llevado a sus límites más extremos. La rotura de la narración no es gratuita, ahora hay que estar atentos.

En la última parte de la secuencia el realizador inserta un diálogo sin aparente importancia: vemos con dificultad a Juliette en contraluz —Godard insinúa que el personaje no es esencial, que cualquier cosa puede pasar, o no puede pasar nada…—, mientras Juliette se acerca a la maquina de música, se habla en off de los zapatos americanos, de que sirven para aplastar vietnamitas y sudamericanos; después Juliette habla con una pareja de las relaciones fallidas y de la guerra, todo como quien comenta la predicción meteorológica. Godard se sale con la suya.



viernes, 14 de noviembre de 2014

AIMER, BOIRE ET CHANTER (Alain Resnais, 2014)

Esperábamos ver la última película de Alain Resnais más que nada para dar el último adiós al gran director de la legendaria Nouvelle Vague desde donde se debe hacerlo, desde la butaca del cine. Lo conseguimos aquí, en el festival de Sevilla de cine europeo y dentro de la sección Oficial:


Aimer, Boire et Chanter es una cinta muy característica del estilo que ha estado persiguiendo Resnais desde los años noventa, si bien, sabemos que no hay película igual a otra en la filmografía de este autor. Un filme muy apropiado para una despedida, aunque suponemos que no de forma premeditada ya que cuando el director falleció andaba detrás de su siguiente película.

La cinta es una comedia ligera que narra el cambio que supone en la vida de tres parejas el inminente fallecimiento de un amigo común: La triste noticia del cáncer de George Riley llega cuando su grupo de amigos se dispone a ensayar una obra de teatro amateur. Entre todos deciden que George puede formar parte del elenco con la intención de ayudarle a sobrellevar la tragedia. Con George en la función, la estabilidad en la vida del grupo comienza a tambalearse cuando las tres mujeres se pelean por estar con él. Todas tienen motivos para un encuentro sexual: una es su exmujer, otra es una antigua amante y la última es su pareja en la ficción.

Decimos que la película sigue, de alguna manera, lo iniciado en los noventa y en la década siguiente por Resnais con el díptico Smoking/No Smoking (1993) y con Coeurs (2006). Todas ellas, igual que Aimer, Boire et Chanter, adaptaciones de obras de teatro del escritor inglés Alan Ayckbourn -en este caso se trata de una versión de "Life of Riley"-; y todas interpretadas por la mujer del director, Sabine Azéma.



Como ocurría con el díptico del 93, Resnais se rodea de color en su puesta en escena, utiliza dibujos para las transiciones entre las secuencias y no disimula, en absoluto, la fuente teatral del argumento original; mucho más acentuado esto último, cuando los escenarios son modernos decorados de teatro. Un alarde brechtiano que continúa con el hecho de colocar una especie de rejilla de fondo en los primeros planos para aislar más al personaje; con la sobreactuación/declamación de los actores; y con el guión especular, todo para rendir un entrañable homenaje a las tablas. Da la impresión de que el director ha querido recordar el film d’art francés. Algo así como una personal vuelta a los orígenes para evocar aquel movimiento que consiguió elevar el cine a la categoría de arte cuando tan solo era un espectáculo de feria.

Si la forma de Aimer, Boire et Chanter es consecuente con Smoking/No Smoking, y es lo mejor del largometraje, el contenido y, sobre todo, el resultado es sensiblemente inferior. Una floja despedida de Resnais que no empaña para nada su brillante carrera, pero que de forma casual, insistimos, posee un argumento muy adecuado para poner fin a su obra: todo gira en torno a un hombre que se va a morir en breve y finaliza con una escena en el cementerio muy significativa.  





jueves, 8 de mayo de 2014

LOS ROMPEPELOTAS (Les Valseuses de Bertrand Blier, 1974)

Es habitual referirse a los años setenta en Europa, y en el mundo entero, como a la época más floja del cine (lo decimos en general, puesto que sabemos de la existencia de grandes películas en ese período). Fueron los años del uso desmedido del zoom, de la descuidada fotografía en color y del manierismo desatado con exceso de simbología y modernismo mal entendido. De todos esos "logros" y alguno más que dieron al traste con demasiadas producciones que hoy en día son para olvidar. Sin embargo, algunas de estas películas, digamos de realismo sucio y provocador, algo envejecidas en la actualidad, han conseguido superar el lastre de los años sencillamente por el buen hacer de realizador e intérpretes. Es el caso de Los Rompepelotas.

























Les Valseuses (Los cojones, si empleamos una traducción literal) es un producto muy personal de su director, el escritor Bertrand Blier (hijo del actor, Bernard Blier) y no tiene nada que ver, que nadie se lleve a engaño, con las típicas y poco afortunadas comedias-norteamericanas-de-universitarios-salidos-y-desmadrados. Es el primer éxito del realizador francés y da origen a una singular carrera que comienza con cintas del mismo corte: comedias surrealistas, provocadoras, con mucha carga sexual, pero muy apreciadas por la crítica y por cierto sector que las encumbra como filmes de culto.

Los Rompepelotas son dos jóvenes, Jean-Claude y Pierrot, (Gerard Depardieu y Patrick Dewaere, respectivamente) que se dedican al robo de poca monta por diversión y buscan en las mujeres el sexo sin tapujos. No las violan, sólo intentan que ellas consientan en la práctica de un sexo alegre y distendido. Digamos que los hippys han pasado de moda y ellos son una especie de continuación del amor libre de los sesenta, pero en su versión de delincuentes pasotas. En uno de sus atracos, un robo de un automóvil que terminan por devolver, las cosas salen mal y a Pierrot le disparan en los testículos. En la huida, se les une, al principio  obligada, luego no tanto, Marie-Ange (Miou-Miou), una joven distante que se comporta en la cama como un témpano de hielo, a la que los dos amigos se empeñan en curarle la frigidez. Al mismo tiempo, Jean-Claude intenta convencer -y demostrar- a Pierrot que no debe preocuparse por las secuelas del disparo: que no lo han dejado impotente.



La cinta, por tanto, discurre a través de una serie de sucesos absurdos, con una estructura de road-movie, donde el trío se encontrará con diversos personajes tan extraños como ellos: una mujer madura (Jeanne Moreau) recién salida de la cárcel, en quizás el mejor segmento del largometraje por lo que recuerda a la excelente Jules et Jim de Francois Truffaut (1962); el hijo de la anterior, otro expresidiario, pero esta vez virgen; la flamante esposa de un militar, que viaja para ver a su marido de permiso mientras amamanta a su hijo en el tren; una familia burguesa, cuya hija (una jovencísima Isabelle Huppert, antes de que la descubra Chabrol) quiere unirse al trío de delincuentes; etcétera.

Bertrand Blier no sigue la moda -lo cual se agradece bastante- y rueda sin usar el maldito zoom, mientras prefiere mover la cámara o emplear recursos tan elegantes como el largo y cuidado travelling de la secuencia del auto-stop. También se presenta como un cinéfilo empedernido, con más referencias a películas clásicas a parte de la citada de Truffaut (anotamos una muy clara: Sucedió una noche (It Happened One Night) de Frank Capra, 1934), y con algunos elementos muy cercanos a la Nouvelle Vague (argumento personal sin una trama definida, la muy citada referencia a Jules et Jim, el hecho de adaptar una novela del propio Blier, actores adscritos al movimiento, etc.).

La cinta fue un escándalo en su día y sufrió cortes en numerosos paises que posteriormente fueron subsanados en las distintas ediciones en vídeo y DVD. Hasta se tuvo que rodar un final alternativo (evidente influencia posterior en Thelma & Louise de Ridley Scott, 1991) para poder distribuirla en Estados Unidos. Por supuesto, nosotros nos quedamos -y recomendamos- la excelente conclusión abierta del original de Blier; y la película en su totalidad.


Aquí el trailer USA, donde el filme se tituló con el nombre más convencional de "Going Places":



Ver ficha de Los Rompepelotas.


lunes, 28 de enero de 2013

NO VA MÁS (Rien ne va plus de Claude Chabrol, 1997)


Ya estábamos tardando demasiado en volver a nuestro admirado Chabrol, a quien echamos tanto de menos pese a que tenemos sus filmes, los que usamos para curar cualquier nostalgia y descubrir siempre algo nuevo. Algo como No va más.


Rien ne va plus es la única película autobiográfica reconocida por Chabrol, aunque sea un thriller y se encuentre tan lejos de la realidad —una razón más para verla: encontrar a Chabrol entre los personajes—. El guión elaborado por el director divide la cinta en tres actos muy diferenciados que traspasan varios géneros, desde la comedia al drama pasando por el suspense, para finalizar con un epílogo abierto que se sitúa en cabeza de las conclusiones mejores realizadas por el cineasta galo:

Betty y Víctor (Isabelle Huppert y Michel Serrault, pareja de genios; la musa de Chabrol dando réplica al legendario actor francés) son dos estafadores de poca monta que a pesar de llevarse treinta años se compenetran muy bien: roban a congresistas en los hoteles, pero siempre dejándoles la mitad del botín, por lo que nunca son detenidos. Una filosofía que Betty se salta en el siguiente atraco cuando conoce a su víctima, Maurice (Francois Cluzet, otro actor chabroliano). La presa quiere participar en la estafa cuando el objetivo es un maletín repleto de billetes que podrían desaparecer sin problemas de cara a la ley. Son al dueño del maletín, monsieur K (Jean-Francois Balmer, el marido de Isabelle Huppert en la versión que Chabrol hizo de Madame Bovary), y a sus matones a los que deben temer Betty, Maurice y Víctor.


Chabrol plantea, por tanto, dos temas: el conflicto triangular que se establece entre los ladrones, y el suspense ante una amenaza común. Del primero destacan la relación entre Betty y Víctor, entre la joven y el hombre ya maduro. En ocasiones hay una pulsión sexual; en otras es paternal. Todo depende del estado de ánimo de ambos; o quizás sólo de ella.

Los personajes se cruzan de la misma forma que el maletín pasa de unas manos a otras. El director advierte con cada plano que el golpe les viene grande, muy grande. Como siempre, lo mejor de Chabrol es observar a Chabrol: la mirada subjetiva en un teatro concurrido; la muerte horrible, pero silenciosa; el grito mudo, la tortura despiadada, pero desdramatizada. El director ha creado un estilo partiendo de los clásicos —en especial de Hitchcock— tan inconfundible y personal que él mismo se ha convertido en un clásico.

Chabrol reserva siempre lo mejor para el final. Al suspense del desenlace se le añade el del cinéfilo seguidor del fundador de la Nouvelle Vague. Y no defrauda: como en sus más aclamadas cintas, Chabrol aísla el diálogo, lo ningunea, para concluir con el manejo de la imagen, con el cine, con la forma superando al contenido. Así, el director gobierna la cámara y traslada el objetivo para saltarse el eje y desdoblar a los personajes, e insinuar elegantemente que el final no tiene nada de happy-end.




Ver Ficha de No va más.



miércoles, 4 de julio de 2012

PREMIO DE BELLEZA (Prix de Beauté de Augusto Genina, 1930)


El caso de Louise Brooks es único en el mundo del cine. Una actriz norteamericana que triunfó en Europa gracias, principalmente, a dos películas, a dos obras maestras de George Wilhelm Pabst. Hoy la recordamos en una cinta menos conocida que las anteriores, pero igualmente interesante; para nosotros su última gran película europea.























El largometraje lo dirigió Augusto Genina, un realizador italiano que trabajó mucho fuera de su país (también en España, recordemos Sin Novedad en el Alcázar de 1940) y que tuvo el placer de contar con Louise Brooks en esta maravillosa cinta francesa. El filme se rodó al final del período silente y, aunque concebido como mudo, su versión más conocida es una sonorizada con música y doblaje en algunas secuencias. Decir que la película critica a los concursos de belleza y a todo lo que rodea ese mundo, incluido los contratos con las productoras cinematográficas, es quedarse algo corto: la cinta es mucho más.

El argumento, en parte especular, se basa en una idea de René Clair. El director francés se encargó también del guión; pero no lo hizo solo: Pabst se unió al proyecto. Incapaz de dejar a Louise Brooks, después de los dos largometrajes que convirtieron en mito a la actriz del “Casco Negro”, La Caja de Pandora —o Lulú, como prefieran— (Die Büchse der Pandora, 1929) y Tres Páginas de un Diario (Tagebuch einer Verlorenen, 1929), George Wilhelm Pabst siguió a su musa en este claro antecedente de películas sonoras del corte de Ha nacido una estrella:

Lucienne (Louise Brooks) es una joven trabajadora que sueña con ser Miss Europa. Sin que su novio lo sepa, se apunta al concurso de belleza y es seleccionada para representar a Francia en el certamen internacional de San Sebastián. El éxito complica tanto su relación sentimental que tendrá que elegir entre una prometedora carrera como actriz y una vida normal junto a su novio.

La doble autoría en el guión, más la dirección de Genina, convierte a Prix de Beauté en una cinta muy atractiva. Se nos ocurre que la primera parte, la que narra la vida cotidiana de la pareja junto a su amigo íntimo, tanto en el trabajo como en vacaciones, puede ser más del estilo de René Clair. Genina rueda la trama realista como si perteneciera a la corriente de películas documentales de vanguardia (las de Dziga Vertov, por ejemplo). Lo hace tan bien, que el resultado del arranque nos parece igual de adelantado a su época que el de la excelente Gente en Domingo (Menschen am Sonntag de Siodmak, Ulmer, Zinnemann y Wilder, 1930).

La segunda parte, más dramática, con Louise Brooks en el registro que le dio la fama, es completamente diferente, pero igualmente interesante. Lulú —¡también se llama así!— desde que sale del anonimato, gracias al concurso, se ve acosada por los hombres y arrastrada sin quererlo, sin ser consciente de ello, a un destino trágico. Lógicamente, esta fase de la historia tiene todos los ingredientes para que el autor no sea otro que Pabst.

Independientemente del responsable de cada secuencia, lo que está claro es que la cinta es propiedad de Louise Brooks. La estrella está más bella si cabe que en La Caja de Pandora. Muy simpática en ese primer acto realista, casi un documental sobre la propia actriz, el que asignamos a Clair; y estupenda en el melodrama final más cercano a la obra de Pabst. 

Premio de Belleza, insistimos, es la película menos conocida del periodo europeo de Louise Brooks, pero no por ello deja de ser una excelente muestra de lo que la actriz era capaz de hacer. La estrella se aseguró su pase a la eternidad gracias a los elogios de los directores de la Nouvelle Vague. Tanto Truffaut como Godard se dejaron impresionar por la belleza de la actriz y por los personajes que interpretó. Fue tal la influencia, que quisieron rodar sus películas como si fueran homenajes a la memoria de Lulú. En Vivir su vida (Vivre sa Vie de Godard, 1960), Anna Karina es una Louise Brooks revivida. En Jules et Jim (Truffaut, 1962), las andanzas del triángulo protagonista se nos antoja  muy cercanas a las de la primera parte de Prix de Beauté.

Después de la cinta de Genina, Louise Brooks volvió a Estados Unidos para convertirse en una estrella al estilo Hollywood. No nos explicamos qué pudo suceder para que la actriz nunca llegara a triunfar en su país. Sí sabemos que no era como las demás: era culta e  inteligente, una intelectual que dedicó buena parte de su vida al ensayo literario y que nunca se dejó amedrentar por el agobiante sistema de estudios.

Una fuerte personalidad que renunció a formar parte del Star-System… Y claro, eso allí no se perdona.


Os dejo con un clip del tema principal de la película:


 Ver Ficha de Premio de Belleza.





viernes, 1 de junio de 2012

CINE Y TAPAS: LA PANADERA DE MONCEAU (La Boulangere de Monceau de Eric Rohmer, 1963)


El olor a pan recién horneado, a croissants, a palmeras de chocolate y a bollería en general, es nuestra excusa para volver a la sección culinaria del blog. Para presentar nuestro menú, hoy nos apoyamos en los primeros trabajos de uno de los principales valedores de la Nouvelle Vague: Eric Rohmer.
























La Boulangere de Monceau es el primero de los seis Cuentos Morales de Eric Rohmer, uno de los tres grupos de películas que son los pilares básicos de la obra del director francés (los otros dos son Las Comedias y Proverbios y Los Cuentos de las Cuatro Estaciones). De los Cuentos Morales, los primeros, La Panadera… y La Carrera de Suzanne (La Carriere de Suzanne, 1963) son dos cortos, ambos  producidos por Barbet Schroeder, que se reserva en la cinta que nos atañe el papel protagonista. El que luego tendría una carrera como director en Estados Unidos (recuérdese, entre otras, El misterio Von Bulow o Mujer blanca soltera busca…) se convierte así en mecenas del realizador galo.

A pesar de que la película de Rohmer es un filme artesanal, rodado en 16 mm y con escasos medios, ya se adivina por dónde va a transcurrir la mayor parte de su obra. También se presiente que ha nacido un cineasta moderno, comprometido con la nueva ola y sobrado de talento.

La sencilla trama narra como un estudiante se enamora a primera vista de Sylvie, una joven que pasea por las calles de París. Intentando dar con ella, obsesionado por entablar una relación más íntima, el joven pasa siempre por una panadería donde la dependienta se le insinúa ligeramente. Como un juego, y para contrarrestar el fracaso de no encontrar a su amor platónico, el joven intenta seducir a la panadera.

El estilo característico de Rohmer ya está ahí, casi desde el principio de su obra: la desdramatización de los personajes, el realismo en la puesta en escena, la acción que transcurre a un ritmo lineal, pausado pero con las escenas muy bien encadenadas. Cada secuencia, en apariencia muy simple, tiene consecuencias en las siguientes, también sencillas, y todas juntas configuran una historia más compleja de lo que parece. La voz en off, los actores desconocidos, las imágenes del mercado rodadas en exteriores, el realismo que lo impregna todo, le da una frescura a la película que influirá decisivamente en los realizadores contemporáneos y posteriores.

La Panadera de Monceau hay que verla como una obra independiente, pero también como una introducción de la serie a la que pertenece. Sigue el esquema del hombre que persigue a una mujer con la que sueña casarse, pero que en el camino se encuentra con otra de la que también se siente atraído aunque sea la antítesis de la primera (en el físico, en la clase social o en la religión, o en varios de esos aspectos juntos); después vendrá el conflicto cuando tenga que elegir una de las dos. Una introducción, decimos, o un borrador de, por ejemplo, Mi Noche con Maud (Ma Nuit chez Maud, 1969) otro de los cuentos morales que sigue la misma estructura.

Con el título de la cinta de Rohmer nos hubiera bastado para incluir este medio metraje en nuestra serie particular de películas gastronómicas, pero es que, además, algunos alimentos son protagonistas de la trama: así, las galletas son utilizadas para establecer un código en las citas entre el estudiante y la dependienta; el olor a hortalizas, el sabor a cerezas y a otros frutos forman parte de las mañanas de este joven mientras persigue a su amada. Incluso, el propio Rohmer siente una atracción especial por lo que ofrece la panadería en cuestión cuando se para en planos detalle del pastel de melocotón, del bizcocho borracho, de la tarta de manzana o del pastel lorenés.

 Ver Ficha de La Panadera de Monceau.


Y ahora las tapas:



Bar Casa Paco (Calle Luis Huidobro, 23, Sevilla)

Pertenece al Huerto de Santa Teresa, pero para los que no vivimos por allí decimos que Casa Paco es el mejor bar de Nervión. Es un local pequeño, un bar de barrio cualquiera de los cientos que hay en Sevilla, al menos ese es su aspecto exterior, pero que está siempre a reventar. No tiene ni sillas ni taburetes —lo siento—, sólo una barra que, cuando regresas, se te antoja cada vez más pequeña. Todos estos inconvenientes se soportan bien —y pronto se olvidan— cuando por fin te acomodas y empiezan a servirte un festival de tapas.

Los nombres de las materias primas son conocidos: que si solomillo, que si champiñones, ortiguillas, huevos de choco, etcétera. Todo resulta familiar, pero no es más que un espejismo, hay que estar atentos a los apellidos: merluza rellena de langostinos, bacalao en salsa de espinacas, pulpo… a la ¡parrilla! con salsa de boletus… Es decir, comida de aquí, pero elaborada como si estuviéramos en El Bulli, eso sí, sin que el bolsillo se entere, que también es importante.

Cuando a estas delicias (preguntar por la especialidad del día) le unes un surtido de caldos muy bien elegido, dispuesto ante tus ojos en estantes de madera, y bien servido, y unos precios muy asequibles, es cuando te das cuenta de por qué el bar está siempre a rebosar de clientes. Conscientes en Casa Paco del éxito, y de lo incomodo del sitio, hará cosa de un año decidieron abrir otro local más amplio y moderno “a la vuelta de la esquina”, en la calle Muñoz Seca. Allí te puedes sentar sin miedo: las tapas son las mismas.

Ya sea en el local de siempre, o en el otro, o en el pequeño restaurante que tienen enfrente, te garantizo que disfrutaras de las mejores viandas de la ciudad. Y, quién sabe, a lo mejor nos vemos por allí algún día.




viernes, 27 de enero de 2012

BETTY (Claude Chabrol, 1992)

La elección del tema, la selección de la película a comentar en estas líneas y la búsqueda depalabras que encajen, no siempre es una tarea fácil —casi nunca lo es—. En muchas ocasiones, la ingente cantidad de cintas interesantes que aún nos faltan por reseñar nos hace sentir vértigo a la hora de decidirnos por una de ellas; en otras, es la nula inspiración para dedicar unas palabras al filme elegido lo que nos deja bloqueados. Para ambos problemas siempre acudimos a la misma solución: pedimos ayuda a John Ford o a Claude Chabrol. Ellos, nuestros directores preferidos, nunca nos defraudan. En esta ocasión, es el directo galo el que viene al rescate.






















Betty es una de las películas menos conocidas, en absoluto menor, de la extensa filmografía del realizador de la Nouvelle Vague. Correspondiente a su última etapa, el largometraje es una adaptación libre de la novela homónima de Georges Simenon (no es la primera versión que hace Chabrol de un libro del creador del inspector Maigret). El director francés hace uno de sus retratos femeninos característicos: Betty (Marie Trintignant) acaba de ser forzada a separarse de Guy y a abandonar a sus dos hijas pequeñas tras haber sido expulsada del seno de una familia burguesa tradicional de Lyon. Sus continuos adulterios, consecuencia de la rígida, controlada y aburrida existencia, han sido la causa del repudio por parte de su marido y de su suegra. Entregada a la bebida y medio desahuciada, Betty es recogida en el bar de Mario (Jean-Francois Garreaud) por Laure (Stephane Audran), la amante del dueño. A partir de aquí, la trama se desarrolla a base de confesiones entre Laure y Betty acerca de la vida de las dos mujeres. Con insertos y flashbacks, entre whisky y whisky, el espectador va descubriendo la historia de Betty desde su encuentro con Guy hasta la separación. 


Chabrol se enfrenta a esos saltos en el tiempo con maestría: en primer lugar, nunca son definitivos, el realizador los presenta de forma progresiva y los relaciona con el desarrollo lineal de la trama cuando la voz en off de Stephane Audran suena en el presente, mientras la pantalla muestra la acción en el pasado. En segundo lugar, los vuelve a reproducir dentro del mismo flashback cuando Betty cuenta sus amargas experiencias a su amante, en el tiempo pretérito, de la misma forma que lo hace con Laure en la actualidad.

En el aspecto técnico, para abordar este argumento y profundizar en los sentimientos de las dos protagonistas, Chabrol se decide por una cámara intimista que condiciona la narrativa y la puesta en escena. Los primeros planos de Betty, y los de Stephane Audran —la primera musa de Chabrol— destacan por su insistencia y, aunque están muy bien rodados, se echan de menos los movimientos del objetivo tan personal de Chabrol. Apenas un desplazamiento elegante de cámara, cuando Guy y Betty se prometen, o unos planos detalle de las manos de los novios o de la propia Betty rascándose nerviosa tras la separación, nos recuerda quién está detrás dirigiendo. 


Es en el último tercio, al desencadenarse el conflicto entre las dos mujeres, que recuerda ligeramente a Las Ciervas (Les Biches,1968) por lo que tiene de suplantación de personalidades, es en ese momento, decimos, cuando el realizador muestra su sello característico, al que nos tenía acostumbrado: el objetivo se aleja, los personajes hablan tras los cristales y Chabrol observa en contrapicado como sufre una engañada Stephane Audran. La magnífica actriz —no se nos ocurre otro adjetivo— se muestra como en El Carnicero (Le Boucher, 1969), desdramatizada exteriormente, pero en ebullición en su interior y abocada a la tragedia.

En las películas de Chabrol, aparte de su oficio, siempre hay que esperar alguna genialidad. En este caso es el uso que hace de la metáfora del acuario como ciclo existencial —donde viven y mueren los peces— lo que eleva el nivel de la cinta: Chabrol enseña el estanque en el arranque; en el desarrollo, incluyendo el reemplazo de algunos animales que han perecido en sus aguas; y en el final: cuando el director rueda a través del acuario y da la sensación de que Betty se sumerge en él. La joven vuelve al circuito de la vida después de haberle usurpado a Laure —que se queda fuera— la suya. Así es como cierra Chabrol este estupendo filme, con una escena que presumimos será la  que nos quede grabada en la memoria para recordar a Betty.

Les dejo con el arranque, cuando se encuentran las dos mujeres (véase el acuario y la presentación de Stephane Audran, a la que Chabrol le da cierto suspense antes de enseñar su rostro)


Ver la ficha deBetty.






domingo, 12 de septiembre de 2010

EL BELLO SERGIO (Le Beau Serge de Claude Chabrol , 1958)

Hoy nuestro blog está de luto. Andábamos convencidos de que Claude Chabrol era inmortal -su cine lo es-, pero la sacudida provocada por la noticia de su muerte nos ha devuelto a la cruda realidad. Creo que ya hemos manifestado nuestra preferencia por el cine de Chabrol, reconocemos, también, nuestro afán de coleccionista obsesivo, casi enfermizo, de sus películas. La pena es tremenda. Y egoísta: nos habíamos acostumbrado a ver sus películas de estreno en cada otoño, aquí en el festival de Sevilla, donde su obra acudía con cierta regularidad.

El homenaje que se merece no se puede limitar a una simple reseña. Aunque ya hemos comentado algunas de sus cintas (Una doble vida, Máscaras, El Infierno), a partir de ahora nos comprometemos a aumentar la frecuencia y hablar de sus filmes más a menudo, lo que sin duda es un placer para nosotros. Y creemos que lo mejor es comenzar por el principio: El Bello Sergio.



El primer largometraje de Claude Chabrol es un hito en la historia del cine. Esta película, sobre el regreso de un hombre enfermo a su pueblo natal, significa –para la mayoría- el arranque oficial de la Nouvelle Vague. El rodaje con escasos medios es todo un ejemplo para el resto de cineastas del movimiento. Chabrol utiliza la herencia que acaba de recibir su mujer y crea la compañía AJYM (siglas del nombre de su esposa, Agnes y el de sus hijos Jean-Yves y Matthieu). El resultado es una película muy simbólica (veremos que con exceso) y algo torpe en su realización, pero entusiasta y con mucho atractivo.

El aún rudimentario Chabrol se arma de toda su cinefilia para rodar con algunos encuadres barrocos a imagen y semejanza de Orson Welles. La osadía de sus planos se agradece hoy en día casi más que en el estreno. Los fallos en la trama y en el ritmo se perdonan por la singularidad de esta cinta con respecto al resto de su obra. Todavía no tenemos al Chabrol de El Carnicero, pero sí a un apasionado por el cine: en El Bello Sergio es director, guionista, productor y hasta actor. Las ganas de hacer cine destacan sobre todo lo demás.




Ese arrebato por fotografiar una historia, en parte autobiográfica, es la que le lleva a caer en un exceso metafórico. Francois (Jean-Claude Brialy) regresa a Sardent (el pueblo donde se rueda la película) para recuperarse de la tuberculosis que sufre desde hace tiempo. Allí se encuentra con sus amigos de la infancia: Serge (Gerard Blain) y Marie (Bernadette Lafont, mítica intérprete de Chabrol). Descubre que Serge se ha quedado atrapado en el pueblo desde que dejó embarazada a Yvonne (Michele Meritz). El matrimonio forzado y el nacimiento de un hijo deficiente, y su posterior muerte, no han hecho más que empeorar las cosas y provocar la caída en picado de Serge que se consume poco a poco en alcohol. La película se convierte en el Vía Crucis particular de Francois que se sacrifica, y pone en peligro su vida, para salvar a su amigo.

La parte final del filme es demasiado explícita: cruces en las ventanas, alambradas de espinas, apaleamiento del protagonista y conversaciones con el cura del pueblo (“¿te crees Jesucristo? Eres demasiado orgulloso” “Me da igual si lo soy o no, lo que importa es ayudar a Sergio”) se vuelven, paradójicamente, contra la Iglesia. Chabrol recuerda la raíz de la religión católica y la posición actual tan lejana del clero. De hecho, el director francés declaró que lo poco de cristiano que le quedaba se esfumó con esta película.

El Bello Sergio es una de las cintas que más queremos de Chabrol. Aunque sólo sea por lo que significó: el pistoletazo de salida a una extensa producción, de una enorme calidad. Hoy hemos querido recordar a Claude Chabrol. Hoy nuestro blog está de luto.


Ver Ficha de El Bello Sergio.

lunes, 25 de enero de 2010

CINE FÓRUM: UNA DOBLE VIDA (A Double Tour de Claude Chabrol, 1959)

Retomamos nuestro cine club particular con un autor que nos entusiasma: Claude Chabrol. Más que analizar parte de su obra hemos querido homenajear al que para nosotros es el cineasta más completo de la llamada Nouvelle Vague. Para ello hemos elegido una de las secuencias que mejor define el cine del director galo. Se trata de la escena estrella de A Double Tour, la película que cambió decisivamente la carrera de Chabrol.




Después de dos buenas películas en blanco y negro (las interesantes El Bello Sergio y Los Primos) Claude Chabrol descubre con esta Doble Vida el color y el cine de género que tanto le gusta. Es decir, Chabrol comienza a ser Chabrol.

El realizador francés se traslada al campo -del que apenas saldrá ya- para observar, con su cámara y una puesta en escena por fin personal, a la burguesía que tanto conoce. Lo hace desde el cine polar (unión, a la francesa, de cine policíaco y cine negro) para describir a una familia, los Marcoux, que se enfrenta a su propia desintegración acelerada por el asesinato.

Chabrol acude a la conocida trama de la descomposición familiar provocada por la llegada de un personaje inquietante, Laszlo Kovacs (interpretado por Jean-Paul Belmondo que utiliza el alias de su papel en Al Final de la Escapada; los autores de la nueva ola se guiñan unos a otros para dar imagen de grupo, al menos al comienzo de sus carreras). Realmente, Laszlo ya lleva tiempo realizando su labor subversiva cuando la historia arranca: se ha convertido en el amante de la hija de los Marcoux (Henri y Therese); ha presentado a Henri a una amiga suya (Léda), y está utilizando su poder de persuasión para que abandone a Therese; y, en fin, poco a poco se está adueñando de sus posesiones.


La organización fílmica de A Double Tour es nítida: la trama descansa en dos partes muy diferentes separadas por un claro punto de giro (el que vamos a ver). La primera anuncia a la segunda. Sabemos que la rotura familiar va a desembocar en un suceso trágico. Sin contar con el arranque (los créditos se insertan en un inquietante flash-forward donde la cámara “roza” el cadáver de una mujer entre el caos de una habitación art decó) el guión se rompe un par de veces cuando la acción se interrumpe con dos flash-back, a cada cual mejor: el primero describe el cambio sufrido por Henri y Léda, cuando deciden que su amor salga del falso anonimato. El segundo es la confesión del crimen; un ejercicio de estilo espectacular.

El desdoblamiento de la historia –y del título- se ve reflejado en los propios personajes. Cada uno de los miembros de la familia tiene una personalidad latente que sale a la luz cuando los hechos se desbocan. Los espejos de la mansión son eficaces en la muestra de ese lado oscuro. Chabrol los utiliza para subvertir la imagen real de los personajes que se atreven a mirarse en ellos; o para distorsionar la figura de alguien que se dispone a cometer un asesinato. La cámara de Chabrol y las angulaciones de sus encuadres van tejiendo un clima turbador que define las diferentes pulsiones. Hasta que llega el crimen.

Para Claude Chabrol la estructura negra y el posible whodunit son herramientas adecuadas para usarlas en beneficio de la definición de los caracteres, y no sólo del suspense. Esta puede ser la principal habilidad de un enorme director, cinéfilo empedernido que ama su profesión; que práctica el clasicismo desde la más sorprendente modernidad.




La secuencia que vamos a presenciar se corresponde con el punto de giro antes aludido. La familia Marcoux y los invitados (Lazslo Kovaks y un amigo suyo, ambos borrachos) se disponen a comer, cuando la criada les anuncia que Léda ha sido asesinada:





La secuencia transcurre en dos escenarios: la cocina y el salón comedor. El primer plano (detalle de la preparación de una ensalada) no puede ser más propio del cine de Chabrol, siempre dispuesto a mostrar alimentos y bebidas. El cineasta francés usa la gastronomía como excusa ideal para reunir a todos los personajes en una misma escena y seguir definiendo sus posturas de una forma lo más realista posible. Aprovecha el tiempo y los espacios donde se preparan alimentos, o donde se ingieren, para insertar las páginas de guión cruciales (me estoy acordando del tremendo final de La Ceremonia). Aquí, lo que sucede en torno a la mesa, va a servir como punto de giro único del drama.

En la primera escena, la criada, a petición del lechero, acude a la casa de Léda, la vecina-amante del cabeza de familia. Allí, la encontrará muerta, pero Chabrol prefiere no mostrar el cadáver todavía para que la sorpresa en la mesa sea compartida por el espectador y los personajes. Lo que sí hace el realizador es anticipar el crimen cuando la criada enseña amenazante un cuchillo al lechero, mientras éste la persigue por la cocina. Es un plano secuencia bastante largo que finaliza cuando ella accede a acercarse a la casa de Léda.

La segunda parte se localiza enteramente en el comedor. Chabrol va de un personaje a otro; los tiene a todos en el salón gracias a la citada excusa de la comida. El matrimonio Marcoux, la hija, el primogénito leyendo el periódico, Laszlo Kovacs ebrio, molestándole (subversión explícita del personaje cuando lee en alto una noticia escandalosa), y su amigo algo alejado del grupo ya que acaba de aparecer en la trama. Estudiándose unos a otros, y Chabrol a todos. Hasta que el personaje que interpreta Belmondo (que es el que lleva las riendas del juego a pesar de la oposición de Therese) pide con insistencia la comida.

Una vez que todos están sentados Kovacs da un golpe en la mesa. Es el golpe de claqueta que señala el punto de giro: la criada anuncia que Léda está muerta. Chabrol hace un montaje espectacular, copia a Hitchcock cuando eleva el punto de vista, se salta el eje o coloca la cámara cenital; finalmente se para en Therese que le pide confirmación de la noticia a la criada. El diálogo de fondo es lo de menos; el objetivo acude al rostro de Henri. Un lento travelling hacia abajo (este es el mejor Chabrol) resalta el dramatismo del rostro ante la pérdida de su amante. El movimiento finaliza cuando Henri acude a la mano de su hija, la única que le comprende; una clara señal de complicidad. Luego hay otro movimiento de cámara magistral que se inicia desde el rostro de perfil de la criada para presentar la huida de varios personajes y dejar al marido-amante enfrente de la oposición: su mujer y su hijo. El plano final es una repetición del travelling vertical. Esta vez se centra en Therese y termina de la misma forma: con la unión de dos manos cómplices.

jueves, 14 de enero de 2010

MI NOCHE CON MAUD (Ma Nuit chez Maud de Eric Rohmer, 1969)

No nos queda más remedio que apartarnos de cualquier proyecto que tuviéramos en mente. Tenemos que dejar las siguientes reseñas en el borrador para hacernos eco de la desaparición de un grande del cine: casi con noventa años ha muerto Eric Rohmer.

El director galo se llamaba en realidad Jean-Marie Maurice Scherer (tomó prestado los nombres y apellidos del genial Erich Von Stroheim y del escritor Sax Rohmer, el autor de las novelas de Fu Manchú). Fue uno de los pilares de la Nouvelle Vague y redactor jefe de su tribuna, la prestigiosa “Cahiers du Cinema”. Es decir, hablamos de toda una autoridad cinematográfica.



Con un tipo de cine muy reconocible, especializado en sencillos temas que se iban tejiendo con inteligentes diálogos, Rohmer utilizaba a sus actores -generalmente actrices desconocidas, aunque no es el caso de la película que vamos a comentar- y conseguía extraer el cien por cien de su capacidad para contar sus historias originales. De sus cintas, quizás la más conocida –y mi favorita- es la que traemos hoy a este espacio.

Mi Noche con Maud es la cuarta película de la primera de sus series, Los Cuentos Morales. Es la historia de un hombre que tiene una particular relación con una mujer divorciada, precisamente los días en los que se enamora platónicamente de otra. El largometraje comienza cuando un ingeniero, en su nuevo destino de provincias, se siente atraído por una mujer rubia que además es católica practicante como él. Desde la primera vez que Jean-Louise (Jean-Louis Trintignant) ve a Francoise en la Iglesia, sabe que acabará casándose con ella. En esos días de aproximación se encuentra con Vidal, un viejo amigo del instituto, marxista convencido. Mientras discuten acerca de Pascal y de la esperanza matemática, Vidal le presenta a Maud, que resulta ser muy diferente a lo que aparenta Francoise (Rohmer no se anda con rodeos, la sitúa en las antípodas: Maud es morena, liberal y se acaba de divorciar). Gracias a una nevada oportuna Jean-Louis pasará la noche con ella.


El realizador francés ordena la trama. En primer lugar utiliza, en el arranque y al final, la voz en off del protagonista para destacar que todo el filme se desarrolla bajo su punto de vista. Luego divide la película en un precioso prólogo, el del acercamiento entre Jean-Louis y Francoise; seguido de la noche con Maud, y de dos breves citas entre Jean-Louis y ambas mujeres. Finaliza, magistralmente, con una escena donde el encuentro entre los tres personajes propicia que salga a la luz una revelación sorprendente.

Es, sin embargo, la noche del título lo que más nos atrae. De hecho nos parece lo mejor que ha realizado Rohmer nunca. Con la inestimable ayuda del español Néstor Almendros, su habitual director de fotografía, el cineasta galo utiliza planos fijos muy largos -y contraplanos de igual duración- para que los personajes dialoguen libremente sobre el amor y el matrimonio, o sobre la religión y las matemáticas, sin la molestia del montaje. La simpleza del rodaje no impide que la elección de la puesta en escena sea adecuada, con estudiados acercamientos y alejamientos –no sólo físicos- entre Maud y Jean-Louis en la mejor secuencia de la película: cuando Vidal abandona el piso y se quedan ellos dos solos. Entre esas cuatro paredes podemos apreciar su forma austera de rodar. La que utiliza para que la trama fluya con sencillez y eficacia hasta la colisión sexual.

Ma Nuit Chez Maud supuso el descubrimiento mundial del cine de Rohmer, y también su reconocimiento (fue nominada para dos oscar y para la Palma de Oro de Cannes, entre otros premios). Creo que es la película ideal para recordar a Eric Rohmer. Un director criticado, incluso despreciado por muchos, pero que a nosotros se nos antoja imprescindible para entender esto del cine. Nosotros le admiramos.

Ver Ficha de Mi Noche con Maud.



jueves, 16 de julio de 2009

COLABORACIÓN: Adiós muchachos (Au revoir les enfants, Louis Malle; 1987)



Pese a que antes de morir en noviembre de 1995 todavía le quedaría tiempo para rodar otros tres títulos más a lo largo de la década siguiente, la divertida y buñueliana Milou en mayo y las maravillosas Herida y Vania en la calle 42, el francés Louis Malle nos había presentado ya en 1.987 el que en verdad ha de ser considerado su auténtico testamento cinematográfico. A los 55 años y con una sólida y reconocida carrera profesional a sus espaldas, el maestro de la nouvelle vague se atreve a saldar por fin cuentas con su pasado rodando la película que siempre había querido rodar y para la que llevaba preparándose psicológicamente más de media vida. En esta sutil y delicada obra maestra Malle lleva a la pantalla uno de los recuerdos que más marcaron su infancia y posterior existencia, un recuerdo traumático y doloroso que nos traslada a una fría mañana de enero de 1944 en el patio del Pequeño Colegio del Carmen, un internado católico al sur de París cerca de Fontenebleau en el que el futuro cineasta cursaba estudios. Un recuerdo que persiguió a Malle hasta el final de sus días. Es la propia voz del realizador la encargada de cerrar el film para ratificarlo. “Han pasado – confiesa- más de 40 años [de aquello] pero hasta el día de mi muerte, yo recordaré cada segundo de esa mañana de enero”.
Julien Quentin, alter ego de Malle en el film, es un chaval de 12 años, segundo de los hijos de una familia parisina de clase media alta y posición acomodada. Estamos en octubre de 1943 y los alemanes siguen campando a las anchas por las calles de la capital; aunque todo indica que falta poco para que se marchen, la situación amenaza con recudrecerse, por lo que los Quentin deciden envíar a sus hijos a estudiar a un internado religioso a las afueras de la ciudad. A poco de iniciarse las clases llega al centro un nuevo alumno llamado Jean Bonnet, un muchacho avispado e inteligente de orígen judío que enseguida capta la atención de Julien. Los dos chicos traban desde el primer momento una bonita amistad que se cimentará en los meses siguientes a través de juegos, lecturas, conversaciones… Todo cambía de raíz el día en el que dos miembros de la Gestapo irrumpen en el aula de Quentin y Bonnet y se llevan a este segundo junto a otro compañero y al propio superior del colegio acusado de haberles dado cobijo. De inmediato, todos los alumnos son convocados en el patio del centro donde se produce el encuentro final con los prisioneros y la emotiva despedida que da pie al título de la obra.
La realidad nos dice no obstante que las cosas no sucedieron exactamente así. Hans Helmunt Michel, el chico en el que está basado el personaje de Bonnet, llegó al internado donde estudiaba Malle apenas iniciado el curso del 43 después de haber pasado toda una serie de calamidades y penurias. Su padre, un médico judío de Frankfurt, se suicidó cuando el pequeño sólo contaba 3 años y su madre acabaría siendo arrestada años después en París por la policia francesa en la célebre “redada del Velódromo de Invierno”. Hans pudo escapar junto a su hermana menor y encontrar refugio en el hogar de una amiga de la familia que más tarde conseguiría que lo admitieran como alumno del Colegio del Carmen por mediación de su director, el padre Jacques. Sin embargo, a diferencia de lo que se nos cuenta en la cinta, Michel y Malle nunca fueron amigos; es más, según confesaría más tarde, el segundo no sintió en ningún momento simpatía alguna por su nuevo compañero. Algo hasta cierto punto normal. Al principio de la película, Julien aparece descrito como un niño mimado, caprichoso y algo redicho y resabiado, y no es de extrañar que la llegada de un alumno que se mostraba más listo e inteligente que él le tocase y no poco las narices. Aquella fatídica mañana de enero comenzó a anidar en el corazón de Malle una profunda desazón que le perseguirá toda la vida, un fastidio y un vacío por no haberse acercado lo suficiente a alguien que quizá podía haber sido su alma gémela. Ya en los comienzos de su carrera, el cineasta baraja la posibilidad de fabular y contarnos cómo hubiese sido esa amistad, pero no puede. La tarea le lleva más de 40 años, tal es el peso de los recuerdos y de la culpa. Malle reccorre el camino inverso al de su amigo y compañero de generación François Truffaut quien sí fue capaz de trazar un certero retrato de su infancia en su conocida y celebrada opera prima Los cuatrocientos golpes.
Resulta especialmente sobrecogedor que la amistad que se nos narra en la película nunca existiera, que sea solamente una proyección de su director que se vale de la magia del cine para convertir en realidad una situación personal traumática. Y resulta así, porque Au revoir les enfants es uno de los más bellos cantos a la amistad jamás rodados, narrado con ternura, honestidad y una sensiblidad a flor de piel. Malle vuelve a una época y a un escenario que ya había retratado anteriormente en su cine (Lacombe Lucien) y a un tema como es el de la pérdida de la inocencia que no era ajeno en su filmografía (El soplo al corazón). Sin embargo, el carácter autobiográfico y a la vez fabulador de la cinta le proporciona una dimensión extraordinaria. El film de Malle es pura sensiblidad, la sensibilidad hecha cine, sus cimientos esa mágica y rara poesía que llevan impresas la tristeza y la melancolía. Permítanme para finalizar confesarles un pequeño secreto. Me tengo por un espectador tremendamente sensible, aunque pocas han sido las películas que a lo largo de mi vida han conseguido arrancarme las lágrimas en una sala de cine. Adiós muchachos ha sido una de ellas.

domingo, 24 de mayo de 2009

COLABORACIÓN: Los Cuatrocientos Golpes (Les Quatre Cents Coups, François Truffaut, 1959)



Se cumplen en este 2.009 cincuenta años del estreno en Cannes de Los Cuatrocientos Golpes, la emblemática opera prima del director François Truffaut y sin duda una de las mayores e incontestables obras maestras que ha dado el cine a lo largo de su historia. Como es bien sabido, la película supone también la carta de presentación de la francesa Nouvelle Vague , un movimiento llamado a revolucionar el arte cinematográfico en Europa a mediados del siglo pasado. Desde su tribuna de Cahiers du Cinema, François Truffaut y sus futuros compañeros de generación critican con dureza el cine francés de su tiempo, prisionero de la política de los viejos estudios, caduco, anquilosado en temas y estilos y que pide a gritos una urgente renovación ("un cine burgués, hecho por burgueses y para burgueses" dirá nuestro protagonista). Esta renovación no se producira precisamente hasta que los Truffaut, Malle, Godard y compañía no se decidan a cambiar la pluma y la máquina de escribir por la claqueta. La edición de Cannes de 1.959 será la gran puesta de largo para estos jóvenes airados con la exhibición de la película que vamos a comentar a continuación – que le reporta a su autor la Palma de Oro a la Mejor Dirección- y el pase fuera de concurso de Hiroshima, mon amour de Alain Resnais. En los años siguientes, los antiguos críticos de Cahiers se dedican a poner patas arriba el cine continental, creando no sólo una nueva forma de rodar películas sino también una nueva forma de admirarlas, perfilando no sólo un nuevo prototipo de cineasta sino también de espectador y dándole un impulso definitivo a eso que hoy conocemos como "cine de autor". Entiéndase que es a partir de este momento cuando el término "cine de autor" empieza a tener unas connotaciones propias, aunque este concepto como tal siempre ha existido, que a veces uno tiene la impresión y el complejo de que Ford, Wilder o Lubitsch no hubiesen sido nunca "autores" y hasta ahí podíamos llegar.
Pero dejemos ahora los valores "arqueológicos" de esta película y pasemos a repasar sus méritos artísticos propiamente dichos. Con todos mis respetos hacia la arqueología, no creo que una película como Los cuatrocientos golpes sea susceptible de ser analizada con la perspectiva de quien analiza un fósil, máxime porque lo que una película como ésta nos describe no es ni más ni menos que un trocito de vida. Truffaut lleva a la máxima expresión la regla de oro del grupo al que pertenece: sacar la cámara a la calle para retratar la realidad y la vida. No podía ser menos viniendo de alguien que llegó a confesar más de una vez que amaba más al cine que a la vida y que también en más de una ocasión se sirvió de su propia biografía para desarrollar todo una teoría acerca su oficio. De hecho, Los cuatrocientos golpes – "quatre cents coups" es una expresión que aquí se prefirió traducir literalmente pero que equivaldría más o menos a nuestro "pasar las de Cain"- resulta bastante autobiográfica y en ella se relatan algunas episodios reales de la azarosa infancia de Truffaut. Se podría decir incluso según los datos que manejamos que la película es un cuento de hadas en comparación con las verdaderas circunstancias que rodearon los primeros años del cineasta en el mundo. La película propone una mirada triste, desencantada y desde luego nada idílica hacia el mundo de la infancia, un argumento esencial en la posterior filmografía de su autor. Truffaut dedica su obra a la memoria de André Bazín, prestigioso crítico y teórico de cine galo, fundador de Cahiers que fallecía el año anterior al estreno del film. Bazin se convertirá en una especie de padre espiritual para el joven François cuando le rescate de un correccional de menores al que éste había sido enviado tras haber cometido una serie de pequeños hurtos. Algo parecido a lo que le ocurre al protagonista de su película, Antoine Doinel, a quien desde el principio intuímos carne de correccional. A sus doce años, Doinel empieza a percibir el aire de hostilidad que se respira en su casa, las desavenencias entre sus padres –o quienes dicen serlo- que, ahora descubre con pesar, nunca le han querido. El chaval descubre también que es hijo de una madre soltera y que probablemente el hombre que convive con ambos bajo el mismo techo no sea su verdadero padre- tampoco Truffaut llegó a conocer nunca al suyo. El ambiente familiar, la falta de cariño y protección llevan a Antoine a convertirse en un rebelde con causa primero en la escuela donde se hacen famosas sus pellas y trastadas y luego en el correccional en el que como antes vaticinamos acaban dando sus huesos. Al menos en este último destino, nuestro protagonista puede ver cumplido uno de sus sueños: ver el mar. El famosisímo travelling que cierra el film merece un comentario aparte. El mar que simboliza la libertad, lo inmenso, lo inabarcable… y el esperanzador mensaje final es que ahí está, Antoine consiguió llegar hasta él, después de todo mereció la pena luchar, rebelarse y "pasar las de Cain". Los cuatro minutos largos que dura esta escena fueron rodados de un modo totalmente artesanal con el operador de cámara Henri Decae sentado en el capó de un dos caballos poniéndo en peligro su propia integridad física. Así eran estos locos del cine, unos tipos capaces de jugarse el tipo por conseguir el plano perfecto, aunque luego fueran diciendo por lo bajini que ese mismo plano era baldio si no estaba al servicio de la narración. Por fortuna Decae pudo completar su escena y Antoine pudo ver el mar. Pero Doinel no se detendrá en las playas de su niñez; en una iniciativa artística sin precedentes hasta entonces, Truffaut retomará al personaje en cuatro películas más en las que, siempre con el rostro del actor y alter ego del director Jean Pierre Leaud, le veremos crecer y hacerse adulto. Sí, definitivamente, para algunos el cine era más grande que la vida e incluso la trascendía. Toda la vida es cine y los sueños cine son cantaba áquel. Truffaut sabía más que nadie que la vida era cine, pero también que nuestros propios sueños están hechos de celuloide. Tal vez por eso consiguió hacer tan buenas migas con ese otro director tan poco sospechoso de tomar la realidad como base de sus argumentos que atendía al nombre de Alfred Hitchcock.
Cary Grant corriendo delante de una fumigadora en un campo desierto, la cara de satisfacción de Antoine Doine tras haber visto el mar por vez primera… El cine nos ha aportado tanto y nos ha enseñado tantas cosas… No es de extrañar que muchos confundieran el cine con la vida y acabaran amando a áquel más que a ésta.

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