Mostrando entradas con la etiqueta René Clair. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta René Clair. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2020

2 X 1: “LA BELLEZA DEL DIABLO” y “MUJERES SOÑADAS” (René Clair)

La belleza del diablo (La beauté du diable, 1950)

Al final de la Segunda Guerra Mundial, muchos cineastas exiliados regresaron a sus países de origen una vez liberados por los aliados. Fue el caso de René Clair, que volvió a Francia después de doce años de ausencia (los de la guerra más los que pasó en el Reino Unido en los años treinta). El prestigio logrado fuera de su patria, con filmes tan afortunados como El fantasma va al Oeste, Me casé con una bruja y Diez negritos, le permitieron seguir rodando en la posguerra cintas tan atractivas como las que traemos hoy a nuestro programa doble:

La belleza del diablo, la primera de ellas, es una versión libre del Fausto de Goethe filmada en clave de comedia fantástica: El viejo profesor de universidad, Fausto (Michel Simon), intenta conseguir la fórmula para fabricar oro. Cuando el joven diablo Mefistófeles (Gérard Philipe) le tienta con el éxito a cambio de que le entregue su alma, Fausto se niega una y otra vez. El ángel caído no renuncia a su misión y recurre a todas las triquiñuelas posibles, entre ellas la de intercambiarse por el anciano (ahora Philipe es un lozano Fausto, y Simon un viejo Mefistófeles), o la de hacerle vivir con anticipación la gloria prometida, incluido el romance con una joven distinguida.

La cinta se vuelve más y más barroca a medida que Fausto acumula experiencias. Incapaz de renunciar a algunas de ellas, la disputa entre el académico y el diablo se recrudece hasta tal punto que es difícil saber si la trama se encuentra en el presente o en el futuro soñado.

 

René Clair, experto en estas lides (no olvidemos su pasado como cineasta de vanguardia en la época silente), convierte la comedia en una película surrealista. Lo hace con denuncia incluida a la guerra fría cuando Fausto logra hacer su ansiado oro y lo vende a un príncipe dictador. Con el diablo de su parte, el tirano logra comprar con el oro armas de destrucción masiva. El planeta asolado que Fausto ve en su particular máquina del tiempo le hará desistir del trato con el demonio.

Con secuencias tan logradas como la del espejo, en el que se puede ver lo que depara el futuro (un ejemplo de cine dentro del cine), Clair rueda un largometraje muy agradable ⸺para los sesudos críticos se trata de una cinta menor, si no fallida⸺, con dos monstruos de la interpretación gala como son Michel Simon y Gérard Philipe. Un duelo de altura en la vida real, que reproduce el que se presenta en la ficción; con el tour de force añadido del citado intercambio de personajes.

 

Mujeres soñadas (Les belles de nuit, 1952)

La siguiente película de René Clair, Mujeres soñadas, es otra colaboración con Gérard Philipe, dentro del mismo género de la comedia fantástica, y con un guion muy en la línea de La belleza del diablo: Philipe es ahora un músico fracasado que malvive gracias a unas pocas clases de piano. Su situación es tan desesperada que a lo único que aspira es a que llegue la hora de dormir para soñar con una vida plena de triunfos y de amores con las mujeres que, en la vida real, ama en secreto.

Igual que en La belleza del diablo, la trama se vuelve cada vez más confusa y desbordante, con decorados muy cercanos a los ideados por Josef von Sternberg; y con viajes dalinianos a través del tiempo ⸺en esta ocasión al pasado⸺, desde el romanticismo hasta la prehistoria, pasando por la guerra de Argelia y la revolución francesa. El exceso de tramas dentro de la trama roza de nuevo el surrealismo y acelera la película hasta una catarsis donde se mezclan todas las épocas soñadas.

La moraleja de Mujeres soñadas es prácticamente la misma que la del filme anterior: al joven músico le sucede lo que a Fausto, ya no desea dormir más porque sus sueños se han convertido en pesadillas. Quiere volver a la realidad, que ahora valora en su justa medida, que es bastante mejor de lo que en un principio parecía.

Mujeres soñadas es también, como La belleza del diablo, una coproducción italo-francesa, con intérpretes de ambos países como Paolo Stoppa o Gina Lollobrigida. Claro que la indiscutible estrella es Gérard Philipe. Un actor al que le van muy bien esos personajes tristes, bohemios, casi desahuciados, que sueñan con una vida mejor, pero que la realidad los atrapa en una dura y melancólica existencia. Un registro que hallará la sublimación en la excelente Montparnasse 19.


 




miércoles, 4 de julio de 2012

PREMIO DE BELLEZA (Prix de Beauté de Augusto Genina, 1930)


El caso de Louise Brooks es único en el mundo del cine. Una actriz norteamericana que triunfó en Europa gracias, principalmente, a dos películas, a dos obras maestras de George Wilhelm Pabst. Hoy la recordamos en una cinta menos conocida que las anteriores, pero igualmente interesante; para nosotros su última gran película europea.























El largometraje lo dirigió Augusto Genina, un realizador italiano que trabajó mucho fuera de su país (también en España, recordemos Sin Novedad en el Alcázar de 1940) y que tuvo el placer de contar con Louise Brooks en esta maravillosa cinta francesa. El filme se rodó al final del período silente y, aunque concebido como mudo, su versión más conocida es una sonorizada con música y doblaje en algunas secuencias. Decir que la película critica a los concursos de belleza y a todo lo que rodea ese mundo, incluido los contratos con las productoras cinematográficas, es quedarse algo corto: la cinta es mucho más.

El argumento, en parte especular, se basa en una idea de René Clair. El director francés se encargó también del guión; pero no lo hizo solo: Pabst se unió al proyecto. Incapaz de dejar a Louise Brooks, después de los dos largometrajes que convirtieron en mito a la actriz del “Casco Negro”, La Caja de Pandora —o Lulú, como prefieran— (Die Büchse der Pandora, 1929) y Tres Páginas de un Diario (Tagebuch einer Verlorenen, 1929), George Wilhelm Pabst siguió a su musa en este claro antecedente de películas sonoras del corte de Ha nacido una estrella:

Lucienne (Louise Brooks) es una joven trabajadora que sueña con ser Miss Europa. Sin que su novio lo sepa, se apunta al concurso de belleza y es seleccionada para representar a Francia en el certamen internacional de San Sebastián. El éxito complica tanto su relación sentimental que tendrá que elegir entre una prometedora carrera como actriz y una vida normal junto a su novio.

La doble autoría en el guión, más la dirección de Genina, convierte a Prix de Beauté en una cinta muy atractiva. Se nos ocurre que la primera parte, la que narra la vida cotidiana de la pareja junto a su amigo íntimo, tanto en el trabajo como en vacaciones, puede ser más del estilo de René Clair. Genina rueda la trama realista como si perteneciera a la corriente de películas documentales de vanguardia (las de Dziga Vertov, por ejemplo). Lo hace tan bien, que el resultado del arranque nos parece igual de adelantado a su época que el de la excelente Gente en Domingo (Menschen am Sonntag de Siodmak, Ulmer, Zinnemann y Wilder, 1930).

La segunda parte, más dramática, con Louise Brooks en el registro que le dio la fama, es completamente diferente, pero igualmente interesante. Lulú —¡también se llama así!— desde que sale del anonimato, gracias al concurso, se ve acosada por los hombres y arrastrada sin quererlo, sin ser consciente de ello, a un destino trágico. Lógicamente, esta fase de la historia tiene todos los ingredientes para que el autor no sea otro que Pabst.

Independientemente del responsable de cada secuencia, lo que está claro es que la cinta es propiedad de Louise Brooks. La estrella está más bella si cabe que en La Caja de Pandora. Muy simpática en ese primer acto realista, casi un documental sobre la propia actriz, el que asignamos a Clair; y estupenda en el melodrama final más cercano a la obra de Pabst. 

Premio de Belleza, insistimos, es la película menos conocida del periodo europeo de Louise Brooks, pero no por ello deja de ser una excelente muestra de lo que la actriz era capaz de hacer. La estrella se aseguró su pase a la eternidad gracias a los elogios de los directores de la Nouvelle Vague. Tanto Truffaut como Godard se dejaron impresionar por la belleza de la actriz y por los personajes que interpretó. Fue tal la influencia, que quisieron rodar sus películas como si fueran homenajes a la memoria de Lulú. En Vivir su vida (Vivre sa Vie de Godard, 1960), Anna Karina es una Louise Brooks revivida. En Jules et Jim (Truffaut, 1962), las andanzas del triángulo protagonista se nos antoja  muy cercanas a las de la primera parte de Prix de Beauté.

Después de la cinta de Genina, Louise Brooks volvió a Estados Unidos para convertirse en una estrella al estilo Hollywood. No nos explicamos qué pudo suceder para que la actriz nunca llegara a triunfar en su país. Sí sabemos que no era como las demás: era culta e  inteligente, una intelectual que dedicó buena parte de su vida al ensayo literario y que nunca se dejó amedrentar por el agobiante sistema de estudios.

Una fuerte personalidad que renunció a formar parte del Star-System… Y claro, eso allí no se perdona.


Os dejo con un clip del tema principal de la película:


 Ver Ficha de Premio de Belleza.





Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...