La belleza del diablo (La beauté du diable, 1950)
Al
final de la Segunda Guerra Mundial, muchos cineastas exiliados regresaron a sus
países de origen una vez liberados por los aliados. Fue el caso de René Clair, que
volvió a Francia después de doce años de ausencia (los de la guerra más los que
pasó en el Reino Unido en los años treinta). El prestigio logrado fuera de su
patria, con filmes tan afortunados como El fantasma va al Oeste, Me
casé con una bruja y Diez negritos, le permitieron seguir
rodando en la posguerra cintas tan atractivas como las que traemos hoy a nuestro
programa doble:
La belleza del diablo, la primera de ellas, es una versión libre del Fausto de Goethe filmada en clave de comedia fantástica: El viejo profesor de universidad, Fausto (Michel Simon), intenta conseguir la fórmula para fabricar oro. Cuando el joven diablo Mefistófeles (Gérard Philipe) le tienta con el éxito a cambio de que le entregue su alma, Fausto se niega una y otra vez. El ángel caído no renuncia a su misión y recurre a todas las triquiñuelas posibles, entre ellas la de intercambiarse por el anciano (ahora Philipe es un lozano Fausto, y Simon un viejo Mefistófeles), o la de hacerle vivir con anticipación la gloria prometida, incluido el romance con una joven distinguida.
La cinta se vuelve más y más barroca a medida que Fausto acumula experiencias. Incapaz de renunciar a algunas de ellas, la disputa entre el académico y el diablo se recrudece hasta tal punto que es difícil saber si la trama se encuentra en el presente o en el futuro soñado.
René
Clair, experto en estas lides (no olvidemos su pasado como cineasta de
vanguardia en la época silente), convierte la comedia en una película surrealista.
Lo hace con denuncia incluida a la guerra fría cuando Fausto logra hacer su ansiado
oro y lo vende a un príncipe dictador. Con el diablo de su parte, el tirano logra
comprar con el oro armas de destrucción masiva. El planeta asolado que Fausto
ve en su particular máquina del tiempo le hará desistir del trato con el
demonio.
Con secuencias tan logradas como la del espejo, en el que se puede ver lo que depara el futuro (un ejemplo de cine dentro del cine), Clair rueda un largometraje muy agradable ⸺para los sesudos críticos se trata de una cinta menor, si no fallida⸺, con dos monstruos de la interpretación gala como son Michel Simon y Gérard Philipe. Un duelo de altura en la vida real, que reproduce el que se presenta en la ficción; con el tour de force añadido del citado intercambio de personajes.
Mujeres
soñadas (Les belles de nuit, 1952)
La siguiente película de
René Clair, Mujeres soñadas, es otra colaboración con Gérard
Philipe, dentro del mismo género de la comedia fantástica, y con un guion muy
en la línea de La belleza del diablo: Philipe es ahora un músico
fracasado que malvive gracias a unas pocas clases de piano. Su situación es tan
desesperada que a lo único que aspira es a que llegue la hora de dormir para soñar
con una vida plena de triunfos y de amores con las mujeres que, en la vida real, ama en secreto.
Igual que en La belleza del diablo, la trama se vuelve cada vez más confusa y desbordante, con decorados muy cercanos a los ideados por Josef von Sternberg; y con viajes dalinianos a través del tiempo ⸺en esta ocasión al pasado⸺, desde el romanticismo hasta la prehistoria, pasando por la guerra de Argelia y la revolución francesa. El exceso de tramas dentro de la trama roza de nuevo el surrealismo y acelera la película hasta una catarsis donde se mezclan todas las épocas soñadas.
La moraleja de Mujeres soñadas es prácticamente la misma que la del filme anterior: al joven músico le sucede lo que a Fausto, ya no desea dormir más porque sus sueños se han convertido en pesadillas. Quiere volver a la realidad, que ahora valora en su justa medida, que es bastante mejor de lo que en un principio parecía.
Mujeres soñadas es también, como La belleza del diablo, una coproducción italo-francesa, con intérpretes de ambos países como Paolo Stoppa o Gina Lollobrigida. Claro que la indiscutible estrella es Gérard Philipe. Un actor al que le van muy bien esos personajes tristes, bohemios, casi desahuciados, que sueñan con una vida mejor, pero que la realidad los atrapa en una dura y melancólica existencia. Un registro que hallará la sublimación en la excelente Montparnasse 19.


