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lunes, 27 de noviembre de 2023

LA TEORÍA UNIVERSAL (Die theorie von allem de Timm Kröger, 2023)

Tercer día en el XX Festival de Cine Europeo de Sevilla y ya estamos en el ecuador del certamen. Ayer asistimos a dos películas alemanas: la primera de ellas, dentro de la Sección EFA, El cielo rojo, se encuentra dirigida por Christian Petzold, tiene un título muy a Eric Rohmer, y un estilo también parecido al del cineasta francés ya fallecido. Una historia simple a cuatro bandas (cuatro jóvenes en una casa en el bosque) aunque centrada en uno de ellos que quiere escribir una novela. Pequeñas sorpresas, una metáfora (el bosque se quema y refleja los sentimientos de unos y otros, pero también el fuego purifica y sale a relucir el amor) y pocas cosas más son las que se pueden extraer de esta cinta que, no obstante, viene con el beneplácito de la Berlinale donde ganó los premios más importantes.

Después de El cielo rojo asistimos dentro de la Sección Oficial a la proyección de una película también alemana: La teoría universal. Realizado por Timm Kröger, el filme narra el viaje que el joven Johannes Leinert (Jan Bülow) hace a Suiza para asistir a un congreso de mecánica cuántica junto al profesor que le está dirigiendo la tesis.

El alumno defiende una teoría basada en el multiverso, pero el profesor no la admite. Cuando aparece Karin (Olivia Ross), una pianista de jazz, todo se vuelve del revés y comienzan a suceder cosas extrañas: Karin sabe cosas de la vida de Johaness que es imposible que sepa; uno de los asistentes al congreso muere, pero Johaness lo vuelve a ver vivo; se descubre un túnel con extrañas propiedades…

La película, rodada en blanco y negro, tiene un sabor a cine clásico que permite disfrutar a los cinéfilos sólo por las imágenes y el ambiente que rodea a la trama. Un entorno de suspense a la vieja usanza, con el mejor estilo expresionista alemán, envuelto en una música invasiva que recuerda mucho a Bernard Herrmann y, por tanto, nos remite a Alfred Hitchcock.

Pero es un espejismo. Si la forma es muy disfrutable, el fondo no acompaña del todo. La película se queda lejos de ser una cinta redonda cuando el suspense da paso al misterio, y cuando el misterio se queda en eso: en misterio que alimenta una cinta fantástica más de ciencia ficción. Una pena porque el realizador (con estudios y experiencia de director de fotografía) pone todo el empeño en darle al largometraje un envoltorio muy atractivo, pero el guion (también escrito por Kröger) no acompaña y el resultado no es todo lo óptimo que debería.  





jueves, 9 de noviembre de 2017

UN SOL INTERIOR; BARBARA

Ayer de nuevo nos encontramos con una jornada desigual, con dos películas francesas, de calidad dispar y ambas dentro de la Sección Oficial. Que compitan entre sí para obtener el Giraldillo de Oro nos obliga a hacer una comparación entre ellas: sin duda gana la primera que vamos a comentar ––aunque tampoco es para tirar cohetes––:

UN SOL INTERIOR (Un beau soleil intérieur, Claire Denis, 2017)

A Claire Denis la teníamos como una directora un poco encasillada en temas exóticos, africanos, de las antiguas colonias europeas. Todo debido a sus películas más conocidas (en especial Beau Travail, 1999). Equivocados estábamos pues su nueva cinta no tiene nada que ver con esa temática


Un sol interior es una comedia urbana muy cercana a las películas de Woody Allen, con una protagonista indecisa y neurótica muy bien interpretada por Juliette Binoche que se comporta de forma maníaco-depresiva a lo largo del ajustado metraje (cómo me gustan las películas que duran 90 minutos, ¡cada vez más escasas!):

Isabelle (Juliette Binoche) es una mujer madura, separada y con problemas afectivos. A su edad ansía encontrar el amor verdadero, pero lo busca en relaciones fallidas con un banquero y un actor, los dos hombres casados (uno de ellos interpretado por el director Xavier Beauvois, del que ya hemos hablado en Les Gardiennes); pero también con una persona de diferente estrato social y con otra de su entorno profesional; y hasta con su ex...


La cinta sigue ese derrotero de búsqueda sin éxito. La estructura de la totalidad del filme es la misma que la de cada relación que entabla la protagonista: no avanza demasiado y se pierde en diálogos circulares, algunos simpáticos que hacen sonreír a la audiencia, pero otros terminan cansando.

La buena interpretación de la desesperada Juliette Binoche, el encuentro sorpresa de Gerard Depardieu en una conclusión abierta que es lo mejor de la cinta, y el ambiente general a filme nouvelle vague -reconozco mi debilidad por ese cine francés-, en especial al de los cuentos morales de Eric Rohmer, vienen al rescate de una película que, vale, al final deja buen sabor de boca.




BARBARA (Mathieu Amalric, 2017)

El actor-director Mathieu Amalric vino a la sala de cine a presentarnos su película sobre Barbara, cantante francesa ya fallecida. Habló de su obra como una especie de biopic de la estrella de la canción gala; artista muy conocida en su país, pero que en el  nuestro no lo es tanto. Comentó el realizador que por esa razón en España se podría tomar la cinta como un filme de ficción, cosa que también era cierta, aseguró.


Tanta ambigüedad pronto se vio confirmada en un largometraje musical (recomendamos la banda sonora) que mezclaba hasta cinco capas. La organización del festival comparaba el filme con una muñeca rusa, yo más bien creo que es como una cebolla recién cortada difícil de digerir.

Las capas. A saber: la película en sí; los retazos de documental con imágenes reales de la diva; la trama especular donde el director (Amalric) es también el realizador en la ficción empeñado en hacer una película de Barbara; las imágenes de dicha película, ejemplo de cine dentro del cine; y la ensoñación del director por la actriz/cantante/personaje (no se sabe en realidad por cuál de ellas).


Todo ello en un batiburrillo críptico, pretencioso y hasta irritante que se queda muy lejos de otros ensayos más conseguidos como los de La noche americana (La nuit americáine, Francois Truffaut, 1973) o la reciente Mia Madre (Nanni Moretti, 2015), entre varios ejemplos de metacine, si es que se puede llamar así.

Quizás en el país vecino tenga otro tipo de repercusión, pero lo que es aquí o, mejor dicho, lo que significó para mí, fue el de un intento fallido de originalidad que sólo recuperaba el pulso del interés con las canciones de Barbara, interpretadas por ella o por la actriz que la encarna, Jeanne Balibar, a la sazón ex esposa del director.





lunes, 8 de febrero de 2016

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (VII)

4.2.2. El Dorado (Howard Hawks, 1966).

Al finalizar Río Bravo, Hawks ya tenía claro que su siguiente proyecto sería la tan deseada aventura en África, de la que hemos hablado, y que se saldó con el éxito de Hatari! (1962). Otra cinta que describía la vida cotidiana de un grupo de amigos en peligro, esta vez por culpa del entorno salvaje, y de nuevo con la amistad y la profesionalidad como banderas. Tras Hatari!, el cine de Hawks entró en declive a través de Su juego favorito (1964) y Peligro… Línea 7000 (1965), un bache casi más profundo que el de Tierra de faraones. Como hizo entonces, Hawks recurrió al western para salvar la situación. Así nació El Dorado


















Cuando uno analiza los argumentos en los que se basan las películas de la última etapa de Howard Hawks, más claro ve la obsesión del realizador por abstraerse de la trama, por utilizarla como excusa para ocuparse de lo que para él era la esencia del filme: el retrato de personajes y el estudio de situaciones ya abordadas previamente. Lo que Hawks quería era seguir indagando en las relaciones entre ciertos caracteres después de cambiar el valor de algunas variables. Mientras rodaba Río Bravo, Hawks veía el resultado de lo que iba filmando y se preguntaba que pasaría si el alcohólico en vez del ayudante fuera el sheriff, o que ocurriría si cambiaba al joven pistolero por alguien que no hubiese manejado un arma en su vida:

“Siempre que ruedo una escena me pregunto: ‘¿Cómo sería todo al contrario?’. No hay un motivo especial por el que seguir una línea recta. Siempre se puede incluir un giro, y lo vemos sobre la marcha. Así trabajo con los guionistas” (Entrevistas TCM).

A Hawks le gustaba experimentar y fue lo que hizo con El Dorado, una película que siempre negó que fuera un remake de Río Bravo. Entendemos a Hawks en su defensa, a veces vehemente, de la singularidad de la película en cuanto a que alega que no es una copia, plano a plano, como la realizada con Bola de fuego. Con El Dorado y, luego veremos, con Río Lobo, el grado de entropía que explicábamos en la introducción es cada vez más elevado, desde luego mucho más que en Nace una canción, donde es prácticamente mínimo. El caso de El Dorado se corresponde más con el concepto de “Reiteración-Variación” definido por Francis Vanoye, que con el de repetición. El escritor compara el cine de Hawks con el de Eric Rohmer, en concreto con su serie de los Cuentos Morales, también con los westerns que rodó Budd Boetticher con Randolph Scott o con las tres películas que Ingmar Bergman filmó en torno al Silencio de Dios. Todas ellas hacen pensar “en la música, en las variaciones sobre un tema, en la reescritura de obras para diversas formaciones musicales o en la reorquestación […]. Estamos ante una estructura poética y musical, con efectos de rimas situacionales, de amplificaciones o reducciones de motivos, de inversiones, transformaciones, etc.” (Vanoye 1996, p.50).

Para “reorquestar” Río Bravo, Hawks se hizo con los derechos de la novela “The Stars in their Courses”, de Harry Brown. El director utilizó el libro simplemente como referencia, como una historia de la que partir para llegar a lo que le interesaba. El guion lo escribió Leigh Brackett siempre atenta a las indicaciones de Hawks y en perfecta sintonía con lo que el realizador pretendía desde su participación en el libreto de Río Bravo. Se puede decir que la escritora recogió el testigo de manos de Jules Furthman para continuar con la trilogía. Como a Hawks no le convencía el tono trágico que inundaba la historia original, decidió cambiarla enseguida de tal forma que en El Dorado, de la novela de Brown apenas queda el planteamiento del conflicto:[1]





[1] A Harry Brown no le gustó nada lo que hicieron con su novela y siempre renegó de la película. Hasta luchó para que retirasen de los créditos el título de su libro.



viernes, 1 de junio de 2012

CINE Y TAPAS: LA PANADERA DE MONCEAU (La Boulangere de Monceau de Eric Rohmer, 1963)


El olor a pan recién horneado, a croissants, a palmeras de chocolate y a bollería en general, es nuestra excusa para volver a la sección culinaria del blog. Para presentar nuestro menú, hoy nos apoyamos en los primeros trabajos de uno de los principales valedores de la Nouvelle Vague: Eric Rohmer.
























La Boulangere de Monceau es el primero de los seis Cuentos Morales de Eric Rohmer, uno de los tres grupos de películas que son los pilares básicos de la obra del director francés (los otros dos son Las Comedias y Proverbios y Los Cuentos de las Cuatro Estaciones). De los Cuentos Morales, los primeros, La Panadera… y La Carrera de Suzanne (La Carriere de Suzanne, 1963) son dos cortos, ambos  producidos por Barbet Schroeder, que se reserva en la cinta que nos atañe el papel protagonista. El que luego tendría una carrera como director en Estados Unidos (recuérdese, entre otras, El misterio Von Bulow o Mujer blanca soltera busca…) se convierte así en mecenas del realizador galo.

A pesar de que la película de Rohmer es un filme artesanal, rodado en 16 mm y con escasos medios, ya se adivina por dónde va a transcurrir la mayor parte de su obra. También se presiente que ha nacido un cineasta moderno, comprometido con la nueva ola y sobrado de talento.

La sencilla trama narra como un estudiante se enamora a primera vista de Sylvie, una joven que pasea por las calles de París. Intentando dar con ella, obsesionado por entablar una relación más íntima, el joven pasa siempre por una panadería donde la dependienta se le insinúa ligeramente. Como un juego, y para contrarrestar el fracaso de no encontrar a su amor platónico, el joven intenta seducir a la panadera.

El estilo característico de Rohmer ya está ahí, casi desde el principio de su obra: la desdramatización de los personajes, el realismo en la puesta en escena, la acción que transcurre a un ritmo lineal, pausado pero con las escenas muy bien encadenadas. Cada secuencia, en apariencia muy simple, tiene consecuencias en las siguientes, también sencillas, y todas juntas configuran una historia más compleja de lo que parece. La voz en off, los actores desconocidos, las imágenes del mercado rodadas en exteriores, el realismo que lo impregna todo, le da una frescura a la película que influirá decisivamente en los realizadores contemporáneos y posteriores.

La Panadera de Monceau hay que verla como una obra independiente, pero también como una introducción de la serie a la que pertenece. Sigue el esquema del hombre que persigue a una mujer con la que sueña casarse, pero que en el camino se encuentra con otra de la que también se siente atraído aunque sea la antítesis de la primera (en el físico, en la clase social o en la religión, o en varios de esos aspectos juntos); después vendrá el conflicto cuando tenga que elegir una de las dos. Una introducción, decimos, o un borrador de, por ejemplo, Mi Noche con Maud (Ma Nuit chez Maud, 1969) otro de los cuentos morales que sigue la misma estructura.

Con el título de la cinta de Rohmer nos hubiera bastado para incluir este medio metraje en nuestra serie particular de películas gastronómicas, pero es que, además, algunos alimentos son protagonistas de la trama: así, las galletas son utilizadas para establecer un código en las citas entre el estudiante y la dependienta; el olor a hortalizas, el sabor a cerezas y a otros frutos forman parte de las mañanas de este joven mientras persigue a su amada. Incluso, el propio Rohmer siente una atracción especial por lo que ofrece la panadería en cuestión cuando se para en planos detalle del pastel de melocotón, del bizcocho borracho, de la tarta de manzana o del pastel lorenés.

 Ver Ficha de La Panadera de Monceau.


Y ahora las tapas:



Bar Casa Paco (Calle Luis Huidobro, 23, Sevilla)

Pertenece al Huerto de Santa Teresa, pero para los que no vivimos por allí decimos que Casa Paco es el mejor bar de Nervión. Es un local pequeño, un bar de barrio cualquiera de los cientos que hay en Sevilla, al menos ese es su aspecto exterior, pero que está siempre a reventar. No tiene ni sillas ni taburetes —lo siento—, sólo una barra que, cuando regresas, se te antoja cada vez más pequeña. Todos estos inconvenientes se soportan bien —y pronto se olvidan— cuando por fin te acomodas y empiezan a servirte un festival de tapas.

Los nombres de las materias primas son conocidos: que si solomillo, que si champiñones, ortiguillas, huevos de choco, etcétera. Todo resulta familiar, pero no es más que un espejismo, hay que estar atentos a los apellidos: merluza rellena de langostinos, bacalao en salsa de espinacas, pulpo… a la ¡parrilla! con salsa de boletus… Es decir, comida de aquí, pero elaborada como si estuviéramos en El Bulli, eso sí, sin que el bolsillo se entere, que también es importante.

Cuando a estas delicias (preguntar por la especialidad del día) le unes un surtido de caldos muy bien elegido, dispuesto ante tus ojos en estantes de madera, y bien servido, y unos precios muy asequibles, es cuando te das cuenta de por qué el bar está siempre a rebosar de clientes. Conscientes en Casa Paco del éxito, y de lo incomodo del sitio, hará cosa de un año decidieron abrir otro local más amplio y moderno “a la vuelta de la esquina”, en la calle Muñoz Seca. Allí te puedes sentar sin miedo: las tapas son las mismas.

Ya sea en el local de siempre, o en el otro, o en el pequeño restaurante que tienen enfrente, te garantizo que disfrutaras de las mejores viandas de la ciudad. Y, quién sabe, a lo mejor nos vemos por allí algún día.




martes, 14 de junio de 2011

EL EXTRAÑO CASO DE ANGÉLICA (O Estranho caso de Angélica de Manoel de Oliveira, 2010)

El extraño caso de Manoel de Oliveira, deberíamos decir. Un director con 102 primaveras que sigue haciendo una película al año —a veces se permite el lujo de hacer también un corto—. Y no una película cualquiera, sino un filme que suele colocar en los más prestigiosos certámenes (Cannes y Toronto en este caso) donde se lleva, como poco, buenas críticas.



Quizás por lo cercano de un cine que se salta lo peninsular para acercarse más al punto de vista francés. (Rohmer, Rivette, etc., podrían estar ahí, junto a Oliveira que, por otro lado, ya ejercía cuando ellos todavía eran unos niños). Cierto que su filmografía peca de minoritaria, pero mantiene un tono literario y pausado que gusta a sus incondicionales entre los que nos encontramos desde hace bastante tiempo, concretamente desde que nos deslumbró aquel Valle Abraham (Vale Abraao, 1993).

El Extraño caso de Angélica es un cuento, una fábula, un sueño. Según el director portugués, la cinta esta basada en una experiencia propia y en un proyecto que llevaba guardado en el cajón desde los años cincuenta. La trama es muy sencilla: un fotógrafo (Ricardo Trepa) interesado en las antiguas costumbres, en las labores del campo a la manera tradicional, es contratado por una familia de la nobleza para retratar el cadáver de una mujer fallecida poco después de su boda. Esa noche, mientras está efectuando su trabajo, mientras el objetivo de su cámara enfoca el rostro de la joven (Pilar López de Ayala), cree observar como la finada le devuelve la mirada con sonrisa incluida. A partir de aquí, el fotógrafo, como si fuera una más de sus instantáneas, quedará impresionado por la imagen de la joven y obsesionado por ella.


En su penúltima película (¡ya tiene otra en preproducción!) el realizador centenario parece dialogar con la muerte: a su edad, no le incomoda el trato cercano con la parca e incluso se alía con ella en este singular y sosegado largometraje. Y es que Oliveira no se da ninguna prisa en retratar la “enfermedad” del joven y su evolución. Encuadra en planos fijos al fotógrafo, que permanece en una especie de trance a medio camino entre la realidad y el más allá, entre la necrofilia y el amour fou. Sólo mueve la cámara cuando la acción que se muestra pertenece a lo onírico, a la fantasía.

Aunque, en entrevistas recientes, el director niega cualquier referencia al pasado y afirma que ha querido llevar el antiguo guión al momento actual, sin embargo, es innegable que la actitud del protagonista pertenece a otra época. También su indumentaria, casi decimonónica, así como el ambiente y el vestuario de la mansión donde transcurren los sorprendentes hechos. La insistencia en retratar a los campesinos con el azado, sin maquinaria, van en ese mismo sentido. Vemos una correspondencia clara entre el antagonismo presente-pasado, en el comportamiento de los personajes, y el contraste, realidad-ficción, o mejor dicho, vida-muerte, de la trama principal. Y probablemente sea eso lo más atractivo de la buena película de Manoel de Oliveira.


Ver Ficha de El Extraño Caso de Angélica.


jueves, 17 de febrero de 2011

CINE EN DVD: LA MUÑECA (Die Puppe de Ernst Lubtisch, 1919)

Hace un par de meses la distribuidora 39 Escalones lanzaba al mercado Un Ladrón en la Alcoba; la excelente comedia de Ernst Lubitsch donde su refinado “toque” brilla con todo su esplendor. Habíamos decidido escribir sobre este conocido largometraje, pero cotilleando los extras que publicita la compañía hemos descubierto algo por lo que sentimos debilidad: el DVD contiene otra cinta del gran director berlinés. Se trata del cuento La Muñeca (Die Puppe, 1919), un mediometraje de su etapa muda.



El extra es una simpática producción basada en el relato de E.T.A. Hoffmann y, en esta ocasión, tiene casi tanto interés como la película principal. Es una pequeña joya donde el espectador podrá observar la frescura y el ingenio de Lubitsch en esa fase tan temprana del cinematógrafo.

Die Puppe narra la historia de Lancelot (Hermann Thimig), un joven al que obligan a casarse en contra de su voluntad. Después de una persecución que nos recuerda la que sufrirá Buster Keaton en sus Siete Ocasiones (Seven Chances, 1925), donde una multitud de novias le acosan sin cesar, el joven se refugia en un monasterio.
Allí, los obesos monjes están arruinados y ven al muchacho como su salvación cuando se enteran de la dote millonaria que le(s) espera si se casa. Los religiosos sólo viven para celebrar copiosos almuerzos y deciden proponerle al joven que se haga con los servicios de una muñeca mecánica para convertirla en su esposa y así poder cobrar la fortuna. Lubitsch no se detiene ante nada en esta comedia: ataca a la iglesia e introduce las fantasías sexuales cuando utiliza a la muñeca —“tan buena para los solteros y los viudos, como para los misóginos”— como posible sustituta de la mujer.


Pero ni siquiera las féminas mecánicas le dejan en paz al tímido joven. El fabricante le enseña a Lancelot todo el “muestrario”, pero se lo enseña a la vez y lo que consigue es que las muñecas vuelvan a atosigarle de nuevo. Es una escena delirante en la que Lubitsch emplea una graciosa —por simple— coreografía en una especie de salón sin muebles con juguetes esparcidos por el suelo.

La trama se enreda cuando el aprendiz del fabricante de androides rompe por descuido el robot que ha elegido el protagonista. El repelente chaval habla con el público para desahogarse de los malos tratos sufridos; y se nos antoja que Lubitsch hace un autorretrato cuando miramos su biografía y descubrimos que de pequeño fue ayudante de su tío, un sastre judío. Para evitar ser castigado, el niño propone a la modelo (Ossi Oswalda), en la que se ha basado su jefe para construir las muñecas, que suplante al robot.

A partir de aquí las situaciones cómicas son más previsibles, pero Lubitsch sigue con sus atrevidas insinuaciones sexuales cuando la falsa muñeca sale del desván y se dirige al dormitorio de su dueño. Mientras éste se cree que han sido los monjes quienes le dan permiso para que se acueste con la muñeca, la película pasa definitivamente la frontera de cinta para todos los públicos a filme de adultos.

Sólo ver el arranque de este cuento da una idea de la imaginación de Lubitsch: el propio director construye la casa de muñecas y el decorado naíf con sus manos. Será una maqueta del que luego veamos a tamaño natural, donde la luna y el sol son dibujos parecidos a los de Georges Melies; los bosques son de papel y los caballos de mentira. Algo que nos recuerda a lo que hará muchos años después Eric Rohmer en su excelente Perceval le Gallois (1978).


Todos los amantes del cine conocemos la espléndida filmografía de Ernst Lubitsch en su etapa estadounidense, pero olvidamos que cuando llegó a América ya era uno de los mejores directores de cine, con una importantísima carrera a sus espaldas. Y, prácticamente, ya tenía depurado su famoso estilo cinematográfico. Un estilo que fue adquiriendo con trabajos como Die Puppe.


Ver Ficha de La Muñeca.

jueves, 19 de agosto de 2010

CINE EN DVD: LOURDES (Jessica Hausner, 2009)

El próximo día 25, Cameo Media tiene previsto lanzar una edición en DVD para alquiler de una película que paso rozando nuestras carteleras hace unos meses, pero que no carece de interés. Se trata de la última cinta de la directora austríaca Jessica Hausner, ganadora de varios premios en Venecia, y del Giraldillo de Oro, el galardón más importante del festival de Sevilla de cine europeo (allí es donde pudimos verla).



Lourdes es un filme muy especial. Una película que necesita reposar en nuestra mente varios días para poder hablar de ella. Desde luego no es la típica cinta religiosa, al uso de la Iglesia, que se solía hacer en los años 50 para recrear la vida de los santos y los milagros a ellos atribuidos. Es una obra más realista y profunda que, aunque tiene como eje o punto de giro la aparente curación milagrosa, sin embargo trata de algo menos divino; y más complejo: la propia naturaleza humana.

Christine es una joven inválida (atentos a la estupenda Sylvie Testud, una actriz ya reconocida), paralítica de cuello para abajo, atada a su silla de ruedas, que viaja a Lourdes con un grupo de discapacitados, acompañados por enfermeras y voluntarios pertenecientes a la Orden de Malta. Para Christine la esperanza de una curación repentina queda fuera de sus expectativas; realmente ella utiliza la visita a la ciudad de los milagros como excusa para salir de su casa y poder viajar acompañada. En el grupo hay personas con distintas dolencias (o sin ninguna aparente), más o menos creyentes, que no provocan compasión al espectador (mérito de la directora), pero sí una sensación desagradable en cuanto a que la visión realista, casi documental, de su vida rutinaria, y los cuidados por parte de los voluntarios, se presentan con toda su crudeza.


A los enfermos hay que añadir una serie de personajes sanos que circulan en su entorno, e interaccionan con ellos. A veces para evocar sus sueños de conseguir una vida normal (los flirteos de sanitarias y uniformados); otras para infundirles esperanza, como la piadosa enfermera jefe, cuyo comportamiento esconde un secreto; o la compañera de habitación de Christine: Frau Hartl, un personaje sujeto a la interpretación del público, entre testigo principal de los sucesos extraordinarios que van a acontecer o verdadero artífice de ellos. El resto forma parte del coro de la película: desde las turistas cotillas que se acercan al lugar por puro morbo, hasta los escépticos que discuten con un cura que acude a la fe como único argumento posible, pero que se relaja contando chistes irreverentes. Digamos, que la ambigüedad preside esta original cinta.

Y es que es difícil acomodar la película de Jessica Hausner a alguna tendencia o autor concreto. Nos da por pensar en Eric Rohmer cuando intentamos situar Lourdes, pero lo hacemos con todas las reservas –entre ellas la falta de diálogo- ya que lejos de ser el epígono del francés, la obra de Hausner sólo se aproxima a él por el realismo, la desdramatización de personajes y situaciones, y la aparente simpleza del guión. El resto es personal: como los largos silencios protegidos por encuadres fijos que obligan al espectador a adivinar los pensamientos de los protagonistas; y la poco habitual estructura dramática, donde el punto de giro (el milagro) se hace esperar demasiado tiempo. Hasta ese momento, auque se esbocen algunos caracteres, la película es más descriptiva que otra cosa. Allí destaca la exposición que hace Jessica Hausner del negocio millonario que genera la fe.

Es a partir de la sanación de Christine cuando se desatan (sin desmadrarse) los celos, las envidias y la sensación de la existencia de un Dios caprichoso que de entre todos los necesitados elige a la menos creyente. Además de aleatorio, el poder divino otorga un favor dudoso, sujeto al análisis parcial de médicos católicos, deseosos de añadir milagros a la cuenta particular de la Iglesia. Curaciones que nadie asegura vayan a durar siempre. Milagros que pueden tener o no caducidad dependiendo de si el beneficiado se muestra digno de ellas; o simplemente porque ha pasado por un episodio de mejoría transitoria. Es decir, seguimos con la incertidumbre. También presente en el final abierto; e incluso tras él.


Ver Ficha de Lourdes.

jueves, 14 de enero de 2010

MI NOCHE CON MAUD (Ma Nuit chez Maud de Eric Rohmer, 1969)

No nos queda más remedio que apartarnos de cualquier proyecto que tuviéramos en mente. Tenemos que dejar las siguientes reseñas en el borrador para hacernos eco de la desaparición de un grande del cine: casi con noventa años ha muerto Eric Rohmer.

El director galo se llamaba en realidad Jean-Marie Maurice Scherer (tomó prestado los nombres y apellidos del genial Erich Von Stroheim y del escritor Sax Rohmer, el autor de las novelas de Fu Manchú). Fue uno de los pilares de la Nouvelle Vague y redactor jefe de su tribuna, la prestigiosa “Cahiers du Cinema”. Es decir, hablamos de toda una autoridad cinematográfica.



Con un tipo de cine muy reconocible, especializado en sencillos temas que se iban tejiendo con inteligentes diálogos, Rohmer utilizaba a sus actores -generalmente actrices desconocidas, aunque no es el caso de la película que vamos a comentar- y conseguía extraer el cien por cien de su capacidad para contar sus historias originales. De sus cintas, quizás la más conocida –y mi favorita- es la que traemos hoy a este espacio.

Mi Noche con Maud es la cuarta película de la primera de sus series, Los Cuentos Morales. Es la historia de un hombre que tiene una particular relación con una mujer divorciada, precisamente los días en los que se enamora platónicamente de otra. El largometraje comienza cuando un ingeniero, en su nuevo destino de provincias, se siente atraído por una mujer rubia que además es católica practicante como él. Desde la primera vez que Jean-Louise (Jean-Louis Trintignant) ve a Francoise en la Iglesia, sabe que acabará casándose con ella. En esos días de aproximación se encuentra con Vidal, un viejo amigo del instituto, marxista convencido. Mientras discuten acerca de Pascal y de la esperanza matemática, Vidal le presenta a Maud, que resulta ser muy diferente a lo que aparenta Francoise (Rohmer no se anda con rodeos, la sitúa en las antípodas: Maud es morena, liberal y se acaba de divorciar). Gracias a una nevada oportuna Jean-Louis pasará la noche con ella.


El realizador francés ordena la trama. En primer lugar utiliza, en el arranque y al final, la voz en off del protagonista para destacar que todo el filme se desarrolla bajo su punto de vista. Luego divide la película en un precioso prólogo, el del acercamiento entre Jean-Louis y Francoise; seguido de la noche con Maud, y de dos breves citas entre Jean-Louis y ambas mujeres. Finaliza, magistralmente, con una escena donde el encuentro entre los tres personajes propicia que salga a la luz una revelación sorprendente.

Es, sin embargo, la noche del título lo que más nos atrae. De hecho nos parece lo mejor que ha realizado Rohmer nunca. Con la inestimable ayuda del español Néstor Almendros, su habitual director de fotografía, el cineasta galo utiliza planos fijos muy largos -y contraplanos de igual duración- para que los personajes dialoguen libremente sobre el amor y el matrimonio, o sobre la religión y las matemáticas, sin la molestia del montaje. La simpleza del rodaje no impide que la elección de la puesta en escena sea adecuada, con estudiados acercamientos y alejamientos –no sólo físicos- entre Maud y Jean-Louis en la mejor secuencia de la película: cuando Vidal abandona el piso y se quedan ellos dos solos. Entre esas cuatro paredes podemos apreciar su forma austera de rodar. La que utiliza para que la trama fluya con sencillez y eficacia hasta la colisión sexual.

Ma Nuit Chez Maud supuso el descubrimiento mundial del cine de Rohmer, y también su reconocimiento (fue nominada para dos oscar y para la Palma de Oro de Cannes, entre otros premios). Creo que es la película ideal para recordar a Eric Rohmer. Un director criticado, incluso despreciado por muchos, pero que a nosotros se nos antoja imprescindible para entender esto del cine. Nosotros le admiramos.

Ver Ficha de Mi Noche con Maud.



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