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domingo, 20 de abril de 2025

EL NAVEGANTE (The Navigator de Buster Keaton y Donald Crisp, 1924)

A partir de 1923 y hasta su fichaje por la Metro, Buster Keaton realizó las doce películas que le permitieron entrar en la leyenda. Cintas estructuradas de forma inteligente, repletas de secuencias bien planificadas donde la condición atlética de Buster lograba que saliera bien parado de situaciones harto complicadas. Entre aquellas películas, en la cima de ellas, se sitúa El navegante, cuya trama no puede ser más disparatada:













Se ha declarado la “insignificante” guerra entre dos pequeños y lejanos países. Uno de los gobiernos ha comprado el buque de carga “Navigator” mientras el otro quiere impedir que el enemigo lo pueda utilizar. Los conspiradores sueltan las estachas y el barco queda a la deriva únicamente con dos pasajeros a bordo: Betsy (Kathryn McGuire) y Rollo (Buster Keaton). A la mañana siguiente ambos recorren el barco, pero se dan cuenta de que están solos. Los primeros días son horribles, no saben nada de navegación, ni de ninguna cosa, ya que a ambos les sobra el dinero y nunca han tenido que trabajar... 

En El Navegante, Keaton le da un matiz nuevo a su personajillo cuando lo viste de multimillonario, de joven rico que jamás ha hecho nada por sí mismo. Su vecina, Betsy, es otra “niña bien” que tampoco ha dado, nunca mejor dicho, un palo al agua. Tras una serie de mal entendidos ambos serán los únicos pasajeros y tripulantes de un barco a la deriva, “The Navigator”.

Como en los mejores filmes del humorista, el mercante, los elementos del atrezo y el decorado en general interaccionan con el personaje proporcionando la materia de la acción. Los conflictos de Buster con objetos y máquinas que no domina, o con la naturaleza hostil (en este caso con el océano, pero también con el viento y la lluvia) son la causa del conjunto de los muy bien conectados y excelentes gags. Con el agravante de que, en esta ocasión, a la habitual condición patosa del protagonista se le une lo perdido que se encuentra el señorito sin nadie que le sirva o cuide de él.

Sin duda, lo más divertido vendrá cuando el total desconocimiento de la pareja en casi todo, y en especial en lo referente a la navegación, les haga ser más atrevidos de lo normal, con el peligro —y las risas— que eso conlleva. “La ignorancia es la felicidad”, reza uno de los intertítulos de la película que resume la trama a la perfección. Sin que nadie les oriente, el aprendizaje por intuición de Rollo finalmente le acerca al surrealismo cuando no entiende lo diferente que es el medio acuático con respecto al terrestre. 

En la secuencia submarina, el buzo se coloca la escafandra con un cigarrillo en la boca, lía un hatillo con las herramientas, prepara un letrero de “peligro, hombres trabajando” y se lleva el almuerzo como si de un albañil se tratase. Bajo el agua, Keaton utiliza un cubo para lavarse las manos, usa una langosta para cortar un cable, y se sirve de un pez espada para luchar contra otro en un duelo de mosqueteros. 

Y todo esto sin inmutarse. Su seriedad era el sello del artista —su contrato le obligaba a no sonreír nunca en las películas ni en público—; para la crítica, El navegante es uno de los filmes importantes de Buster Keaton. Para el propio humorista era el mejor; y eso es decir mucho. 

 

El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El Navegante en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas






domingo, 10 de noviembre de 2019

DE REPENTE, EL PARAÍSO (It Must Be Heaven de Elia Suleiman, 2019)

La segunda película de la sección oficial que hemos visto en el festival de cine europeo de Sevilla, ha resultado ser un experimento desigual, no del todo fallido, que por momentos arranca las risas del público.


El palestino Elia Suleiman escribe, dirige y protagoniza una comedia surrealista al estilo de las películas de Roy Andersson (del que, por cierto, esperamos ver aquí, en pocos días, su última propuesta). Sin apenas palabras, el realizador árabe asiste perplejo a escenas cotidianas en diversos países mientras espera conseguir financiación para una película; para esta misma cinta.

Suleiman no tiene mucho éxito. Las razones por las que le rechazan su obra tienen que ver con una trama que podría ocurrir en cualquier país (como si Palestina no fuera cualquier país), y no lo que se supone debe acontecer en un pueblo sometido, prácticamente en guerra. Los sucesivos productores esperan que la cinta de un director palestino haga referencia a la intifada, a los atentados, a la invasión hebrea, al bloqueo económico o a la reivindicación como nación.

El cineasta, a modo de sátira, se queda perplejo con esta situación, y con todo lo que presencia lejos de su patria; pero también en su propia ciudad, donde deja algún títere con cabeza. Ahí reside lo irregular de su obra: la crítica es parcial. El ejemplo más claro es el del arranque. Quizás el episodio más gracioso, casi lo mejor de la película, una broma con la religión católica de fondo. Bien, pero ¿dónde está la denuncia de la otra parte?



Aunque la ejecución resulte algo intencionada, la idea de partida es buena: para los habitantes de París o Nueva York, un palestino puede sonar muy lejano, como de otro planeta. Es normal que se asocie con el conflicto árabe-israelí, y que su presencia pueda parecer hostil o, como poco, exótica y extraña. Sin embargo, con De repente, el paraíso, Suleiman le da la vuelta a dicha premisa cuando se interpreta a sí mismo, desconcertado (acierta la organización del festival al compararlo con Tati o con Buster Keaton), con la mirada impasible asegura que el mundo llamado occidental es aún más bizarro que el de su patria.

Organizado en sketches, el largometraje toma la apariencia de falso documental y, progresivamente, distorsiona la realidad para demostrar la tesis del director. Así, se suceden las persecuciones policiales, como si fueran coreografías de un musical; o la violencia, las restricciones a la libertad, la desigualdad social y racial son tan habituales como las armas que portan los ciudadanos, igual que si fueran complementos de moda. Hasta la irónica música del final va en ese mismo camino: los locos son los otros; o, lo que es lo mismo: los palestinos son personas como todas las demás.







martes, 17 de febrero de 2015

CINE Y TAPAS: EL NAVEGANTE (The Navigator de Buster Keaton y Donald Crisp, 1924)

Somos conscientes de que hemos tenido desatendida demasiado tiempo nuestra sección cinematográfico-culinaria (aunque no la costumbre de ir al cine y de tapear; esos hábitos  no los desatendemos); quizás por eso hemos querido volver a lo grande, con una obra maestra.


The Navigator es una genialidad nacida de la colaboración de tres enormes figuras del cine: Buster Keaton, Joseph M. Schenck y Clyde Bruckman. Del primero, del que sobran las presentaciones y que junto a Chaplin es la gran leyenda de la comedia, hablaremos más tarde. El segundo, a la sazón cuñado de Keaton, fue el productor que hizo posible películas tan importantes como la que hoy comentamos; un empresario que dejó total libertad de actuación al humorista y que cuando faltó (cuando Keaton pasó a ser un asalariado más de la Metro), ya nada llegó a ser lo mismo. Por último, Bruckman fue el excelente guionista y creador de gags que Keaton necesitaba. Juntos hicieron las no menos geniales Las tres edades, La ley de la hospitalidad, El moderno Sherlock Holmes y Siete ocasiones. Su fructífera colaboración terminó con la imprescindible El maquinista de la General, dirigida por ambos, aunque Bruckman también intervino en la que se considera la última gran cinta de Keaton: El cameraman.

En El Navegante, Keaton le da un matiz nuevo a su personajillo cuando lo viste de multimillonario, de joven rico que jamás ha hecho nada por sí mismo y que, después de ver a una pareja de novios, le entra el capricho de casarse con Betsy, su vecina de enfrente. La supuesta novia (Kathryn McGuire) es otra niña rica que tampoco ha dado un palo al agua en su vida. Tras una serie de mal entendidos ambos serán los únicos pasajeros y tripulantes de un barco a la deriva, “The Navigator”.


Como en los mejores filmes de Keaton, sus problemas con objetos y máquinas que no domina, o con la naturaleza hostil (en este caso con el océano) son la causa del conjunto de los muy bien conectados y excelentes gags. Con el agravante de que, en esta ocasión, a la habitual condición patosa del protagonista se le une lo perdido que se encuentra el personaje sin nadie que le sirva o cuide de él.

Otra novedad es lo bien acompañado que se encuentra Keaton cuando Betsy lucha codo a codo con él en su particular “batalla” contra los elementos. La joven abandona pronto su rol de joven bella en peligro (el habitual desencadenante de la acción en la mayoría de las cintas de "cara de palo"), para mostrarse igual de incompetente que su compañero, y para repartirse las risas de los espectadores.  

Sin duda, lo más divertido vendrá cuando la total ignorancia de la pareja en casi todo, y en especial en lo referente a la navegación, les haga ser más atrevidos de lo normal, con el peligro —y las risas— que eso conlleva.

Se preguntarán, después de esta pequeña presentación, ¿qué pinta una película de Buster Keaton en una sección gastronómica como esta? Pues bien, la solución se encuentra en los siguientes cinco minutos en los que Buster y Betsy se disponen a preparar un apetitoso desayuno de café con huevos y bacon. Y es que ¡no veas el hambre que entra con ese aire marino…!



 Ver Ficha de El Navegante.



Y ahora las tapas:

Casa La Viuda (Calle Albareda, 2, Sevilla)

En pleno centro de Sevilla, entre Sierpes y Tetuán —ahí es nada—, se encuentra este mesón que siempre ha presumido de ser el mejor bar de tapas de toda la ciudad y, por extensión, unos de los mejores de España. Un local con solera, que se inauguró en el siglo XVII y estuvo al servicio de los sevillanos hasta 1950. Tras un periodo en el que se pasó al bando de las entidades financieras, el bar fue recuperado para volver a ser un referente en esto del buen comer. Y no lo decimos nosotros solo, es una casa recomendada por las mejores guías, entre ellas la Michelín de la que tiene el orgullo de ser el primer bar andaluz en alcanzar, en 1930, una de sus codiciadas estrellas.

La fama de La Viuda no es de extrañar si echamos un vistazo a la variadísima carta que aguarda en casa mesa de su céntrica terraza o del interior del local. Allí podremos saborear platos tradicionales, “de cuchareo”; tapas y raciones de pescaíto frito; todo tipo de ensaladas —no se pierdan los cogollos— y, en general, buena cocina andaluza de siempre con materia prima de alto nivel. Guisos del día como las papas con bacalao o la caldereta de venado son muy apreciados; también las croquetas de jamón y del caldo del cocido o las patatas a lo pobre con gulas al ajillo son conocidos por sus parroquianos.

En fin, un bar, éste, ideal para reponer fuerzas después de las compras o de los paseos por el centro. Aquí todo, de verdad que todo, está bueno; se lo dice alguien asiduo a Casa La Viuda.


sábado, 15 de noviembre de 2014

A PIGEON SAT ON A BRANCH REFLECTING ON EXISTENCE (En duva satt pa en gren och funderade pa tillvaron de Roy Andersson, 2014); EL CAPITAL HUMANO (Il capitale umano de Paolo Virzi, 2013)

Ni la lluvia ni cualquier otro contratiempo nos mantuvo lejos de la gran pantalla aquí, en Sevilla, en la penúltima jornada del festival de cine europeo. Ayer comprobamos las bondades de dos de las cintas más esperadas. Antes de ir con la flamante ganadora de León de Oro de Venecia, comentemos rápidamente la que se proyectaba dentro de la sección EFA:



El capital humano (Il capitale umano, 2013) es un drama dirigido por un viejo conocido del festival, Paolo Virzi, que ya compitió anteriormente con Caterina va in cittá y del que comentamos en su día la buena película que fue La prima cosa bella. La cinta que nos atañe comienza como la obra maestra de Bardem, Muerte de un ciclista (1955): un automóvil atropella a un ciclista que acaba de salir de su trabajo de camarero en una fiesta navideña; el conductor, o conductores, no ayudan al herido y se dan a la fuga.

Igual que en el filme de Bardem, dos familias de diferentes clases sociales se encuentran implicadas en el siniestro, pero, a diferencia de Muerte de un ciclista, no sabemos quién ha sido el causante del accidente. Un recurso de guión que mantiene el suspense, y que lo aumenta gracias a la estructura en capítulos, y a que cada uno de ellos narra el mismo suceso desde distintos puntos de vista.



Si bien, no se puede decir que la organización de la película y el argumento sean muy originales, en general la cinta se deja ver por su crítica social (de nuevo nos remitimos a la de Bardem y le damos mucho más mérito: allí el director español tenía que vérselas con un régimen que miraba las películas con lupa) en especial por la denuncia de un sector del mundo de los negocios que apuestan por la especulación agresiva, y por la hipocresía en las relaciones humanas cuando la mayoría de ellas se basan en intereses personales.

El largometraje de Virzi viene al festival con un recorrido impresionante de más de treinta premios y con la reciente noticia de haber sido elegido por su país para representarlo en los Óscar. Veremos si se lleva el premio del público por el que compite aquí en Sevilla.


Ver Ficha de El capital humano.


De vuelta a la sección oficial, ayer se proyectaba una de las favoritas para llevarse el Giraldillo de Oro: A pigeon sat on a branch reflecting on existence es la última entrega de la trilogía sobre la existencia, rodada por el director sueco, Roy Andersson, y posiblemente la mejor a tenor de los éxitos que va cosechando allá donde se proyecta.



La cinta es un conjunto de cuadros ligeramente entrelazados con el humor como protagonista y con el surrealismo como su pareja de baile. Ambos unidos para denunciar el comportamiento humano, egoísta y cruel, con la siempre difícil herramienta que es la comedia.

La serie de sketchs —la mayoría de ellos— tienen como nexo de unión a dos vendedores ambulantes de artículos de broma. Ellos, con su apariencia sombría y triste, contrastan con los objetos con los que comercian de la misma forma que, en un sentido más general, a lo largo de todo el filme, Andersson enfrenta lo despiadado del ser humano con las risas del público.



El humor del director sueco es difícilmente clasificable. Sus personajes tienen el rostro pintado de blanco, como los mimos (la palabra griega “mimo” significa imitación de la realidad), pero sin los contornos tan definidos. Son mimos “deprimidos” y sin consuelo que se comportan con la resignación propia del que sabe que formar parte de la humanidad es la madre de todas las desgracias. Lo hacen dilatando el tiempo, sin prisa, en un entorno también sin personalidad y rematando el elaborado gag con una sorpresa final que desencadena la risa. Por buscar alguna similitud, podíamos decir que el personaje típico de Andersson es el que solía interpretar Buster Keaton, pero participando en una película de Jacques Tatí.

El único problema que presenta la cinta es el alto nivel con el que arranca: los tres gags sobre el enfrentamiento con la muerte son estupendos, también el de la academia de baile y los que tienen lugar en un bar, con salto en el tiempo incluido. Con tal comienzo, mantener el mismo ritmo de carcajada por sketch durante 101 minutos es casi imposible. A pesar de que la cinta va decayendo con el tiempo, con algunos picos divertidos casi al final, el conjunto resulta muy recomendable; y saludable. A nivel colectivo se puede aplicar lo mismo que a nivel personal: lo mejor para combatir la depresión es reírse de uno mismo.




jueves, 17 de febrero de 2011

CINE EN DVD: LA MUÑECA (Die Puppe de Ernst Lubtisch, 1919)

Hace un par de meses la distribuidora 39 Escalones lanzaba al mercado Un Ladrón en la Alcoba; la excelente comedia de Ernst Lubitsch donde su refinado “toque” brilla con todo su esplendor. Habíamos decidido escribir sobre este conocido largometraje, pero cotilleando los extras que publicita la compañía hemos descubierto algo por lo que sentimos debilidad: el DVD contiene otra cinta del gran director berlinés. Se trata del cuento La Muñeca (Die Puppe, 1919), un mediometraje de su etapa muda.



El extra es una simpática producción basada en el relato de E.T.A. Hoffmann y, en esta ocasión, tiene casi tanto interés como la película principal. Es una pequeña joya donde el espectador podrá observar la frescura y el ingenio de Lubitsch en esa fase tan temprana del cinematógrafo.

Die Puppe narra la historia de Lancelot (Hermann Thimig), un joven al que obligan a casarse en contra de su voluntad. Después de una persecución que nos recuerda la que sufrirá Buster Keaton en sus Siete Ocasiones (Seven Chances, 1925), donde una multitud de novias le acosan sin cesar, el joven se refugia en un monasterio.
Allí, los obesos monjes están arruinados y ven al muchacho como su salvación cuando se enteran de la dote millonaria que le(s) espera si se casa. Los religiosos sólo viven para celebrar copiosos almuerzos y deciden proponerle al joven que se haga con los servicios de una muñeca mecánica para convertirla en su esposa y así poder cobrar la fortuna. Lubitsch no se detiene ante nada en esta comedia: ataca a la iglesia e introduce las fantasías sexuales cuando utiliza a la muñeca —“tan buena para los solteros y los viudos, como para los misóginos”— como posible sustituta de la mujer.


Pero ni siquiera las féminas mecánicas le dejan en paz al tímido joven. El fabricante le enseña a Lancelot todo el “muestrario”, pero se lo enseña a la vez y lo que consigue es que las muñecas vuelvan a atosigarle de nuevo. Es una escena delirante en la que Lubitsch emplea una graciosa —por simple— coreografía en una especie de salón sin muebles con juguetes esparcidos por el suelo.

La trama se enreda cuando el aprendiz del fabricante de androides rompe por descuido el robot que ha elegido el protagonista. El repelente chaval habla con el público para desahogarse de los malos tratos sufridos; y se nos antoja que Lubitsch hace un autorretrato cuando miramos su biografía y descubrimos que de pequeño fue ayudante de su tío, un sastre judío. Para evitar ser castigado, el niño propone a la modelo (Ossi Oswalda), en la que se ha basado su jefe para construir las muñecas, que suplante al robot.

A partir de aquí las situaciones cómicas son más previsibles, pero Lubitsch sigue con sus atrevidas insinuaciones sexuales cuando la falsa muñeca sale del desván y se dirige al dormitorio de su dueño. Mientras éste se cree que han sido los monjes quienes le dan permiso para que se acueste con la muñeca, la película pasa definitivamente la frontera de cinta para todos los públicos a filme de adultos.

Sólo ver el arranque de este cuento da una idea de la imaginación de Lubitsch: el propio director construye la casa de muñecas y el decorado naíf con sus manos. Será una maqueta del que luego veamos a tamaño natural, donde la luna y el sol son dibujos parecidos a los de Georges Melies; los bosques son de papel y los caballos de mentira. Algo que nos recuerda a lo que hará muchos años después Eric Rohmer en su excelente Perceval le Gallois (1978).


Todos los amantes del cine conocemos la espléndida filmografía de Ernst Lubitsch en su etapa estadounidense, pero olvidamos que cuando llegó a América ya era uno de los mejores directores de cine, con una importantísima carrera a sus espaldas. Y, prácticamente, ya tenía depurado su famoso estilo cinematográfico. Un estilo que fue adquiriendo con trabajos como Die Puppe.


Ver Ficha de La Muñeca.

jueves, 12 de febrero de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 13 al 19 de febrero de 2009)

Comenzamos la semana en viernes 13, pero como no somos supersticiosos vamos a repasar lo que nos ofrecen las cadenas de televisión autonómicas y nacionales: algunas obras maestras de Coppola, Eastwood o Bergman; junto con otras cintas no menos interesantes de Don Siegel, John Carpenter, Regis Wargnier, Stanley Donen o Sam Mendes. Nos alegra ver la representación del cine español, que al menos en reposición por televisión puede competir en calidad con otros filmes extranjeros. Así, podremos disfrutar de películas de Mario Camus (excelentes las dos), de Berlanga o de Chicho Ibáñez Serrador.

Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)

Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955). Alberto Closas, Lucía Bosé. (Popular TV, viernes 13 a las 16:15)

Un largometraje importantísimo en la filmografía española de la Dictadura por lo que conlleva de disensión y por la calidad de la cinta.

En primer lugar, la trama se aparta descaradamente del código moral, digamos "correcto", de los largometrajes de la época: una pareja que mantiene una relación adúltera, atropella a un ciclista, pero callan su crimen para no ser descubiertos. Las dudas del protagonista (Alberto Closas, recuperado para el cine español, procedente del exilio) y, sobre todo, la actitud amoral de ella (Lucía Bosé, espléndida), que se aferra a la seguridad que le proporciona su matrimonio y que sólo acepta ofrecer un donativo a la familia del ciclista, son el arma perfecta de Bardem para arremeter contra la clase dominante. Una burguesía acomodada que contrasta con la pobre situación en la que se encuentra el entorno de la victima.

Con habilidad, y andando de puntillas por el guión, Bardem utiliza el empleo del personaje que interpreta Closas (profesor de Universidad) para conseguir que Muerte de un ciclista sea la primera cinta donde se atisba un movimiento estudiantil inconformista con su situación, aunque, por supuesto, sin hacer mención al régimen franquista.

No sólo el significado histórico y político es destacable, también el buen hacer del director, con un excelente manejo de la puesta en escena y un montaje muy estudiado, repleto de transiciones efectivas. Así, el humo de los cigarrillos pasa de la boca de uno al rostro del otro; una botella que lanza un personaje, en una reunión social, da paso a una piedra arrojada por un estudiante en la facultad; o la madre del protagonista habla de la muerte, y Bardem encadena el plano con la cara de Lucía Bosé.

A pesar de que la rígida censura impone a Bardem un final moralizante, la película concluye de tal forma que resulta un todo perfecto -prácticamente acaba como empieza, pero cambiando los papeles de los protagonistas- donde el director aprovecha la intromisión, le da la vuelta y la utiliza para incluir una simbología no prevista: la clase obrera triunfa sobre la alta burguesía.



La Gran Evasión (The Great Scape de John Sturges, 1963). Steve McQueen, James Garner, Richard Attenborough, Charles Bronson, Donald Pleasence, James Coburn. (7RM, sábado 14 a las 01:30)

Fabuloso reparto para una de las películas más comerciales de todos los tiempos, con una música que forma parte ya de la historia del cine… leer más



La Reina de Nueva York (Nothing Sacred de William A. Wellman, 1937) Carole Lombard, Fredric March. (Veo TV, sábado 14 a las 23:00)

Una mujer de provincias, Hazel Flagg (Carole Lombard, la reina de la comedia) se hace pasar por una enferma terminal para ver cumplido su sueño de viajar a Nueva York… leer más



El Héroe del Río (Steamboat Bill Jr. de Charles F. Reisner, 1928). Buster Keaton, Ernest Torrence. (Popular TV, lunes 16 a las 00:30)

Comedia dirigida por Charles F. Reisner, pero con Buster Keaton como alma de la película. Apartado de la dirección, después de la poca rentabilidad de la excelente El Maquinista de la General (The General, 1927), a estas alturas nadie duda que fuera el genial humorista el verdadero realizador de El Héroe del Río.

Keaton interpreta a su célebre personajillo esta vez procedente de Boston y, de nuevo, en un ambiente que desconoce: el del Sur. La trama es la típica de sus películas más célebres, es decir el patoso enamorado de la chica equivocada. Por conseguirla tendrá que luchar con múltiples obstáculos: contra su padre, desilusionado por ver que su hijo se ha convertido en un petimetre del Norte; contra su futuro suegro, cacique del pueblo y rival en los negocios, propietario de un barco mucho más nuevo que el del padre de Keaton; y, en general, contra el ambiente naval y la propia Naturaleza.

La habilidad de Buster -todo un atleta- nos hace creer que no puede evitar que las estachas, cabos, mangueras y obenques del barco de su padre se le enreden por doquier. Y es que la acción de la fuerza gravitatoria parece que afecta más a Keaton que al resto de los mortales. Además está la presencia hostil del propio río, que ejerce tanto poder de atracción sobre los personajes que éstos se pasan más tiempo sumergidos entre sus aguas que en tierra firme.

Pero si la cinta puede considerarse una obra maestra es por su último cuarto de hora, cuando se desata un temporal apocalíptico de viento y lluvia. Es la catarsis humorística más grande jamás filmada. Una enorme parodia de las películas de catástrofes, casi antes de que se inventaran. Los edificios van deshaciéndose literalmente al paso del inexpresivo Búster, que no entiende lo que ocurre. Los planos generales de esta larga secuencia son ya leyenda y, vistos hoy en día, no pierden nada de su atractivo. Al revés, ganan en efectividad al comparar sus artesanales efectos visuales con los "tramposos" digitales de las películas modernas.



Bronco Billy (Clint Eastwood, 1980). Clint Eastwood, Sondra Locke. (TV3, martes 17 a las 18:20)

El filme narra las relaciones entre un propietario de un circo (Clint Eastwood) y su ayudante (Sondra Locke) y contiene innumerables guiños a los western, a las antiguas comedias basadas en el slasptick y a la vida social americana en general… leer más


Despedimos la sección hasta la semana que viene. Hasta entonces os dejamos en compañía de Buster (yo no me acercaría mucho a él)



jueves, 31 de enero de 2008

MI TÍO (Mon Oncle de Jacques Tati, 1958)

Unos créditos, sobre tablones de anuncios, y el ruido de la maquinaria de una obra cercana, dan paso a una secuencia donde unos perros callejeros corretean por los suburbios de la ciudad mientras suena una famosísima composición musical. Es el arranque de Mon Oncle, una obra de arte –con marco y todo, ya que la citada escena de los canes se repite al final- de Jacques Tati.

En Mi Tío, pese al inevitable paso de los años, se abordan dos temas que no tienen fecha de caducidad: la pérdida de personalidad que supone vivir acorde a las exigencias del desarrollo –desarrollo “comercial”, no humano-; y el abandono de los hijos como consecuencia directa de dicha situación. Las dos cuestiones son hábilmente tratadas bajo el punto de vista de Monsieur Hulot (el trasunto del propio Jacques Tati) cuando su cuñado decide darle un empleo en la fábrica donde trabaja para mantenerle alejado de su hijo pequeño y, de lo que él cree, son malas influencias. Gracias al humor contenido -y no exento de dramatismo- Tati consigue transmitir al espectador su ansia por parar el mundo en el que le ha tocado vivir.

El cineasta galo pasa por ser el mejor cómico que ha dado nuestro país vecino (sólo con Mi Tío consiguió un Oscar y el premio especial del jurado en Cannes), muy por encima de los excesos de Louis de Funes y más creativo que Fernandel o Bourvil. Y más original. Su estilo ha sido estudiado hasta la saciedad y, mientras unos aseguran que Tati pertenece a un humor, digamos judío, emparentado muy de cerca con aquellos pioneros del cine mudo (Keaton, Lloyd o el mismísimo Chaplin), otros creemos que posee una personalidad propia al reinventar la comedia; aunque eso sí, lo hace partiendo de principios clásicos.



Es cierto que casi la totalidad de su obra –MiTío es un ejemplo claro- trata un tema ya desarrollado por Chaplin en Tiempos Modernos (Modern Times, 1936): la difícil adaptación del hombre a la vida moderna. Incluso ambos cineastas se valen de un personaje universal (Charlot, Hulot) para protestar y revelarse, a su modo, ante esta situación. Pero, aunque el fondo sea el mismo, la forma desde la que Tati plantea la trama es sensiblemente diferente: así, los planos generales adquieren mayor importancia al ser el entorno casi tan importante como los personajes, tanto que sus cintas se consideran como obras de culto para los arquitectos de todas las épocas –véase la casa del cuñado, eje central de la trama, que hasta posee “ojos”que vigilan en la oscuridad; o el edificio donde vive Hulot, que recuerda al “13 Rue del Percebe” de F.Ibañez-; es diferente también el uso comedido del slapstick, que provoca más la sonrisa que la carcajada, pero que asegura su continuidad a lo largo de todo el metraje; y, sobre todo, destaca la minuciosidad en la elaboración de los gags.

Esto último, que ha sido muy criticado, nos parece fundamental para entender la obra del genial director. Y es que cuando Tati planifica hasta el mínimo detalle parece una victima más de aquello que denuncia. Sólo hay que presenciar como discurre el tráfico en sus calles: los vehículos prácticamente iguales, de tres en tres, perfectamente alineados; perfectamente alienados. Sólo hay que ver a esos perros callejeros del arranque. Sus correrías por las calles desiertas, al amanecer, nos llevan a la mansión donde se van a desarrollar los hechos. Uno de ellos, a regañadientes, traspasa la verja en calidad de resignada mascota. El resto se queda fuera; como Jacques Tati: son los que se resisten a formar parte del sistema.


Ver Ficha de Mi Tío.
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