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lunes, 15 de marzo de 2021

2 X 1: "NIDO DE NOBLES" y "TÍO VANIA" (Andrei Konchalovsky)

Nido de nobles (Dvoryanskoe gnezdo, 1969)

A partir de la muerte del dictador Stalin, en la Unión Soviética comienza un período muy fructífero en cuanto a producciones cinematográficas se refiere. Con un cine más humano, menos sujeto a las normas del partido, surgió una generación de directores que trabajaron en aquella época conocida por el “deshielo”. Realizadores que, no obstante, sufrieron graves problemas de censura.

Es el caso de Andrei Konchalovsky, hermano mayor de Nikita Mikhalkov (su nombre verdadero es Andrei Mikhalkov Konchalovsky). El director aguantó unos años en Rusia, pero finalmente tuvo que exiliarse a Estados Unidos donde continuó su carrera. Antes de eso, Konchalovsky rodó a finales de la década de los sesenta dos películas muy similares, justo después de que su segunda cinta, La felicidad de Asia (1967), fuera prohibida.

Nido de nobles, la primera de ellas fue un encargo para celebrar el 150 aniversario del nacimiento del escritor Ivan Sergeyevich Turgueniev. Una superproducción, con excelente ambientación, vestuarios y decorados, que Konchalovsky aceptó para superar el trauma de la censura, pero que resolvió con un cine caligráfico, excesivamente académico, aunque no carente de personalidad.

 

El filme cuenta la historia del caballero Fiodor Lavretsky, un noble que no se considera como tal; muchos de los de su clase tampoco lo admiten entre los suyos porque su madre era una plebeya (la típica criada que se casa con el amo). Lavretsky vuelve a Rusia después de una vida en París tras separarse de su esposa. Regresa a la hacienda de su infancia donde ya nada es lo mismo: la casa abandonada y un amor imposible con la vecina lo sumen en una depresión. Cuando la exmujer aparece de sorpresa todo empeora aún más…

Konchalovsky deja que el punto de vista de la trama descanse en los ojos del protagonista, que deambula por la sociedad de fin de siglo a punto de desmoronarse. La descomposición de la nobleza y el orgullo de Fiodor son las buenas noticias para la propaganda soviética, pero las malas son consecuencia de la producción misma: la brillante ambientación crea una “peligrosa” sensación de nostalgia por los pícnics de los nobles en los campos en primavera, y, en general, por la vida social de la clase privilegiada.

 

Tío Vania (Dyadya Vania, 1970)

A continuación de Nido de nobles, Andrei Konchalovsky pasó a dirigir otra adaptación literaria (hecho que caracteriza muchas de las cintas del deshielo soviético), en este caso una versión del Tío Vania de Antón Chéjov, quizás una de las obras de teatro más veces llevada a la grande y a la pequeña pantalla; recordamos, por su calidad y originalidad, la adaptación de Louis Malle, Vania en la calle 42 (Vanya on 42nd Street, 1994), aunque esta no se queda atrás.

La trama es sobradamente conocida: Vania y su sobrina Sonia trabajan la finca para darle todos los beneficios a su hermana, que se casó con el que se suponía era un gran erudito, un noble profesor, que en realidad es un fraude. La hermana muere y la segunda mujer del profesor, Yelena, es mucho más joven y atractiva, tanto que desestabiliza a la familia cuando Vania y el doctor que asiste al cuñado se enamoran de ella.

Los sucesivos triángulos amorosos que se viven en la vieja y destartalada casa avivan el fuego de cada personaje: Sonia se desvive por el doctor, pero este no la hace caso y solo desea a Yelena, igual que Vania. Todos odian al profesor, casado con una mujer tan joven como su sobrina. Cuando el profesor anuncia que quiere vender la finca, único sustento de Vania, su sobrina y su madre, todo se descontrola y parece que se acerca la tragedia.

 

Konchalovsky aborda el clásico de Chejov aireando la obra de teatro con una cámara que recorre la mansión en ruinas, llena de goteras. La vivienda hace aguas por todas partes, igual que el régimen zarista de fin de siglo tal como demuestran las viejas fotos del zar, la hambruna y la pobreza que se vive en el exterior reflejada por las miserias del interior.

El director ruso gestiona el filme de la misma forma, y con el mismo equipo técnico, que el de Nido de nobles. La desolación y algunos personajes son calcados. El doctor (Sergei Bondarchuk, además de buen actor, un gran director) podría ser el protagonista de la cinta anterior, con amor imposible incluido. Aquí, las referencias a la situación rusa son aún más explícitas cuando el médico denuncia la hambruna de las clases más desfavorecidas; además, se adelanta a su época con un discurso ecologista que suena a cercano; entre otras cosas dice que estamos destruyendo el planeta por la tala indiscriminada de árboles.





jueves, 16 de julio de 2009

COLABORACIÓN: Adiós muchachos (Au revoir les enfants, Louis Malle; 1987)



Pese a que antes de morir en noviembre de 1995 todavía le quedaría tiempo para rodar otros tres títulos más a lo largo de la década siguiente, la divertida y buñueliana Milou en mayo y las maravillosas Herida y Vania en la calle 42, el francés Louis Malle nos había presentado ya en 1.987 el que en verdad ha de ser considerado su auténtico testamento cinematográfico. A los 55 años y con una sólida y reconocida carrera profesional a sus espaldas, el maestro de la nouvelle vague se atreve a saldar por fin cuentas con su pasado rodando la película que siempre había querido rodar y para la que llevaba preparándose psicológicamente más de media vida. En esta sutil y delicada obra maestra Malle lleva a la pantalla uno de los recuerdos que más marcaron su infancia y posterior existencia, un recuerdo traumático y doloroso que nos traslada a una fría mañana de enero de 1944 en el patio del Pequeño Colegio del Carmen, un internado católico al sur de París cerca de Fontenebleau en el que el futuro cineasta cursaba estudios. Un recuerdo que persiguió a Malle hasta el final de sus días. Es la propia voz del realizador la encargada de cerrar el film para ratificarlo. “Han pasado – confiesa- más de 40 años [de aquello] pero hasta el día de mi muerte, yo recordaré cada segundo de esa mañana de enero”.
Julien Quentin, alter ego de Malle en el film, es un chaval de 12 años, segundo de los hijos de una familia parisina de clase media alta y posición acomodada. Estamos en octubre de 1943 y los alemanes siguen campando a las anchas por las calles de la capital; aunque todo indica que falta poco para que se marchen, la situación amenaza con recudrecerse, por lo que los Quentin deciden envíar a sus hijos a estudiar a un internado religioso a las afueras de la ciudad. A poco de iniciarse las clases llega al centro un nuevo alumno llamado Jean Bonnet, un muchacho avispado e inteligente de orígen judío que enseguida capta la atención de Julien. Los dos chicos traban desde el primer momento una bonita amistad que se cimentará en los meses siguientes a través de juegos, lecturas, conversaciones… Todo cambía de raíz el día en el que dos miembros de la Gestapo irrumpen en el aula de Quentin y Bonnet y se llevan a este segundo junto a otro compañero y al propio superior del colegio acusado de haberles dado cobijo. De inmediato, todos los alumnos son convocados en el patio del centro donde se produce el encuentro final con los prisioneros y la emotiva despedida que da pie al título de la obra.
La realidad nos dice no obstante que las cosas no sucedieron exactamente así. Hans Helmunt Michel, el chico en el que está basado el personaje de Bonnet, llegó al internado donde estudiaba Malle apenas iniciado el curso del 43 después de haber pasado toda una serie de calamidades y penurias. Su padre, un médico judío de Frankfurt, se suicidó cuando el pequeño sólo contaba 3 años y su madre acabaría siendo arrestada años después en París por la policia francesa en la célebre “redada del Velódromo de Invierno”. Hans pudo escapar junto a su hermana menor y encontrar refugio en el hogar de una amiga de la familia que más tarde conseguiría que lo admitieran como alumno del Colegio del Carmen por mediación de su director, el padre Jacques. Sin embargo, a diferencia de lo que se nos cuenta en la cinta, Michel y Malle nunca fueron amigos; es más, según confesaría más tarde, el segundo no sintió en ningún momento simpatía alguna por su nuevo compañero. Algo hasta cierto punto normal. Al principio de la película, Julien aparece descrito como un niño mimado, caprichoso y algo redicho y resabiado, y no es de extrañar que la llegada de un alumno que se mostraba más listo e inteligente que él le tocase y no poco las narices. Aquella fatídica mañana de enero comenzó a anidar en el corazón de Malle una profunda desazón que le perseguirá toda la vida, un fastidio y un vacío por no haberse acercado lo suficiente a alguien que quizá podía haber sido su alma gémela. Ya en los comienzos de su carrera, el cineasta baraja la posibilidad de fabular y contarnos cómo hubiese sido esa amistad, pero no puede. La tarea le lleva más de 40 años, tal es el peso de los recuerdos y de la culpa. Malle reccorre el camino inverso al de su amigo y compañero de generación François Truffaut quien sí fue capaz de trazar un certero retrato de su infancia en su conocida y celebrada opera prima Los cuatrocientos golpes.
Resulta especialmente sobrecogedor que la amistad que se nos narra en la película nunca existiera, que sea solamente una proyección de su director que se vale de la magia del cine para convertir en realidad una situación personal traumática. Y resulta así, porque Au revoir les enfants es uno de los más bellos cantos a la amistad jamás rodados, narrado con ternura, honestidad y una sensiblidad a flor de piel. Malle vuelve a una época y a un escenario que ya había retratado anteriormente en su cine (Lacombe Lucien) y a un tema como es el de la pérdida de la inocencia que no era ajeno en su filmografía (El soplo al corazón). Sin embargo, el carácter autobiográfico y a la vez fabulador de la cinta le proporciona una dimensión extraordinaria. El film de Malle es pura sensiblidad, la sensibilidad hecha cine, sus cimientos esa mágica y rara poesía que llevan impresas la tristeza y la melancolía. Permítanme para finalizar confesarles un pequeño secreto. Me tengo por un espectador tremendamente sensible, aunque pocas han sido las películas que a lo largo de mi vida han conseguido arrancarme las lágrimas en una sala de cine. Adiós muchachos ha sido una de ellas.
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