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viernes, 1 de junio de 2012

CINE Y TAPAS: LA PANADERA DE MONCEAU (La Boulangere de Monceau de Eric Rohmer, 1963)


El olor a pan recién horneado, a croissants, a palmeras de chocolate y a bollería en general, es nuestra excusa para volver a la sección culinaria del blog. Para presentar nuestro menú, hoy nos apoyamos en los primeros trabajos de uno de los principales valedores de la Nouvelle Vague: Eric Rohmer.
























La Boulangere de Monceau es el primero de los seis Cuentos Morales de Eric Rohmer, uno de los tres grupos de películas que son los pilares básicos de la obra del director francés (los otros dos son Las Comedias y Proverbios y Los Cuentos de las Cuatro Estaciones). De los Cuentos Morales, los primeros, La Panadera… y La Carrera de Suzanne (La Carriere de Suzanne, 1963) son dos cortos, ambos  producidos por Barbet Schroeder, que se reserva en la cinta que nos atañe el papel protagonista. El que luego tendría una carrera como director en Estados Unidos (recuérdese, entre otras, El misterio Von Bulow o Mujer blanca soltera busca…) se convierte así en mecenas del realizador galo.

A pesar de que la película de Rohmer es un filme artesanal, rodado en 16 mm y con escasos medios, ya se adivina por dónde va a transcurrir la mayor parte de su obra. También se presiente que ha nacido un cineasta moderno, comprometido con la nueva ola y sobrado de talento.

La sencilla trama narra como un estudiante se enamora a primera vista de Sylvie, una joven que pasea por las calles de París. Intentando dar con ella, obsesionado por entablar una relación más íntima, el joven pasa siempre por una panadería donde la dependienta se le insinúa ligeramente. Como un juego, y para contrarrestar el fracaso de no encontrar a su amor platónico, el joven intenta seducir a la panadera.

El estilo característico de Rohmer ya está ahí, casi desde el principio de su obra: la desdramatización de los personajes, el realismo en la puesta en escena, la acción que transcurre a un ritmo lineal, pausado pero con las escenas muy bien encadenadas. Cada secuencia, en apariencia muy simple, tiene consecuencias en las siguientes, también sencillas, y todas juntas configuran una historia más compleja de lo que parece. La voz en off, los actores desconocidos, las imágenes del mercado rodadas en exteriores, el realismo que lo impregna todo, le da una frescura a la película que influirá decisivamente en los realizadores contemporáneos y posteriores.

La Panadera de Monceau hay que verla como una obra independiente, pero también como una introducción de la serie a la que pertenece. Sigue el esquema del hombre que persigue a una mujer con la que sueña casarse, pero que en el camino se encuentra con otra de la que también se siente atraído aunque sea la antítesis de la primera (en el físico, en la clase social o en la religión, o en varios de esos aspectos juntos); después vendrá el conflicto cuando tenga que elegir una de las dos. Una introducción, decimos, o un borrador de, por ejemplo, Mi Noche con Maud (Ma Nuit chez Maud, 1969) otro de los cuentos morales que sigue la misma estructura.

Con el título de la cinta de Rohmer nos hubiera bastado para incluir este medio metraje en nuestra serie particular de películas gastronómicas, pero es que, además, algunos alimentos son protagonistas de la trama: así, las galletas son utilizadas para establecer un código en las citas entre el estudiante y la dependienta; el olor a hortalizas, el sabor a cerezas y a otros frutos forman parte de las mañanas de este joven mientras persigue a su amada. Incluso, el propio Rohmer siente una atracción especial por lo que ofrece la panadería en cuestión cuando se para en planos detalle del pastel de melocotón, del bizcocho borracho, de la tarta de manzana o del pastel lorenés.

 Ver Ficha de La Panadera de Monceau.


Y ahora las tapas:



Bar Casa Paco (Calle Luis Huidobro, 23, Sevilla)

Pertenece al Huerto de Santa Teresa, pero para los que no vivimos por allí decimos que Casa Paco es el mejor bar de Nervión. Es un local pequeño, un bar de barrio cualquiera de los cientos que hay en Sevilla, al menos ese es su aspecto exterior, pero que está siempre a reventar. No tiene ni sillas ni taburetes —lo siento—, sólo una barra que, cuando regresas, se te antoja cada vez más pequeña. Todos estos inconvenientes se soportan bien —y pronto se olvidan— cuando por fin te acomodas y empiezan a servirte un festival de tapas.

Los nombres de las materias primas son conocidos: que si solomillo, que si champiñones, ortiguillas, huevos de choco, etcétera. Todo resulta familiar, pero no es más que un espejismo, hay que estar atentos a los apellidos: merluza rellena de langostinos, bacalao en salsa de espinacas, pulpo… a la ¡parrilla! con salsa de boletus… Es decir, comida de aquí, pero elaborada como si estuviéramos en El Bulli, eso sí, sin que el bolsillo se entere, que también es importante.

Cuando a estas delicias (preguntar por la especialidad del día) le unes un surtido de caldos muy bien elegido, dispuesto ante tus ojos en estantes de madera, y bien servido, y unos precios muy asequibles, es cuando te das cuenta de por qué el bar está siempre a rebosar de clientes. Conscientes en Casa Paco del éxito, y de lo incomodo del sitio, hará cosa de un año decidieron abrir otro local más amplio y moderno “a la vuelta de la esquina”, en la calle Muñoz Seca. Allí te puedes sentar sin miedo: las tapas son las mismas.

Ya sea en el local de siempre, o en el otro, o en el pequeño restaurante que tienen enfrente, te garantizo que disfrutaras de las mejores viandas de la ciudad. Y, quién sabe, a lo mejor nos vemos por allí algún día.




jueves, 14 de enero de 2010

MI NOCHE CON MAUD (Ma Nuit chez Maud de Eric Rohmer, 1969)

No nos queda más remedio que apartarnos de cualquier proyecto que tuviéramos en mente. Tenemos que dejar las siguientes reseñas en el borrador para hacernos eco de la desaparición de un grande del cine: casi con noventa años ha muerto Eric Rohmer.

El director galo se llamaba en realidad Jean-Marie Maurice Scherer (tomó prestado los nombres y apellidos del genial Erich Von Stroheim y del escritor Sax Rohmer, el autor de las novelas de Fu Manchú). Fue uno de los pilares de la Nouvelle Vague y redactor jefe de su tribuna, la prestigiosa “Cahiers du Cinema”. Es decir, hablamos de toda una autoridad cinematográfica.



Con un tipo de cine muy reconocible, especializado en sencillos temas que se iban tejiendo con inteligentes diálogos, Rohmer utilizaba a sus actores -generalmente actrices desconocidas, aunque no es el caso de la película que vamos a comentar- y conseguía extraer el cien por cien de su capacidad para contar sus historias originales. De sus cintas, quizás la más conocida –y mi favorita- es la que traemos hoy a este espacio.

Mi Noche con Maud es la cuarta película de la primera de sus series, Los Cuentos Morales. Es la historia de un hombre que tiene una particular relación con una mujer divorciada, precisamente los días en los que se enamora platónicamente de otra. El largometraje comienza cuando un ingeniero, en su nuevo destino de provincias, se siente atraído por una mujer rubia que además es católica practicante como él. Desde la primera vez que Jean-Louise (Jean-Louis Trintignant) ve a Francoise en la Iglesia, sabe que acabará casándose con ella. En esos días de aproximación se encuentra con Vidal, un viejo amigo del instituto, marxista convencido. Mientras discuten acerca de Pascal y de la esperanza matemática, Vidal le presenta a Maud, que resulta ser muy diferente a lo que aparenta Francoise (Rohmer no se anda con rodeos, la sitúa en las antípodas: Maud es morena, liberal y se acaba de divorciar). Gracias a una nevada oportuna Jean-Louis pasará la noche con ella.


El realizador francés ordena la trama. En primer lugar utiliza, en el arranque y al final, la voz en off del protagonista para destacar que todo el filme se desarrolla bajo su punto de vista. Luego divide la película en un precioso prólogo, el del acercamiento entre Jean-Louis y Francoise; seguido de la noche con Maud, y de dos breves citas entre Jean-Louis y ambas mujeres. Finaliza, magistralmente, con una escena donde el encuentro entre los tres personajes propicia que salga a la luz una revelación sorprendente.

Es, sin embargo, la noche del título lo que más nos atrae. De hecho nos parece lo mejor que ha realizado Rohmer nunca. Con la inestimable ayuda del español Néstor Almendros, su habitual director de fotografía, el cineasta galo utiliza planos fijos muy largos -y contraplanos de igual duración- para que los personajes dialoguen libremente sobre el amor y el matrimonio, o sobre la religión y las matemáticas, sin la molestia del montaje. La simpleza del rodaje no impide que la elección de la puesta en escena sea adecuada, con estudiados acercamientos y alejamientos –no sólo físicos- entre Maud y Jean-Louis en la mejor secuencia de la película: cuando Vidal abandona el piso y se quedan ellos dos solos. Entre esas cuatro paredes podemos apreciar su forma austera de rodar. La que utiliza para que la trama fluya con sencillez y eficacia hasta la colisión sexual.

Ma Nuit Chez Maud supuso el descubrimiento mundial del cine de Rohmer, y también su reconocimiento (fue nominada para dos oscar y para la Palma de Oro de Cannes, entre otros premios). Creo que es la película ideal para recordar a Eric Rohmer. Un director criticado, incluso despreciado por muchos, pero que a nosotros se nos antoja imprescindible para entender esto del cine. Nosotros le admiramos.

Ver Ficha de Mi Noche con Maud.



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