domingo, 8 de febrero de 2026

MARINEROS A LA FUERZA (Saps at Sea de Gordon Douglas, 1940)

Stan Laurel y Oliver Hardy nacieron como pareja en la segunda mitad de la década de los veinte, cuando el empresario Hal Roach tuvo la brillante idea de unirlos en 1926. Con la llegada del sonoro, Roach alternó la producción de cortos de la pareja con la de largometrajes. Fueron los años de mayor fama de los cómicos. Pero las cosas cambiaron a partir de 1935: Laurel and Hardy ya sólo se dedicaron a hacer largometrajes, sus contratos seguían siendo anuales, pero la relación entre Stan Laurel y Hal Roach se iba deteriorando cada vez más. Su última película con Roach sería Marineros a la fuerza:


Stanley (Stan Laurel) y Ollie (Oliver Hardy) trabajan en una fábrica donde se calibran bocinas de todo tipo. Aunque hay absurdos carteles que ordenan trabajar en silencio, la factoría es ensordecedora, tanto que muchos de los obreros terminan enloqueciendo. Ollie es uno de ellos, está a punto de perder la razón y cuando oye un ruido se pone violento. Para curarse de los nervios, el médico (James Finlayson) le receta leche de cabra y un paseo en yate. Stan y Ollie le hacen caso al doctor y se compran un carnero y alquilan un barco, pero como tienen miedo al mar se quedan amarrados al muelle. Mientras tanto, el ladrón Nick Grainger (Richard Cramer) escapa de la justicia y se refugia a bordo... 

Marineros a la fuerza fue a la postre la última gran película de Laurel and Hardy. Como si de una premonición se tratase, el filme resultó un homenaje al cine cómico clásico, una despedida en toda regla gracias al tono vintage que destilaba todo el metraje y que se tradujo en un éxito notable. El largometraje se estructuró en dos cortos muy diferenciados: el primero tenía lugar en la fábrica y en el domicilio de la pareja, mientras que el segundo transcurría en el barco.

 
En la primera parte, los gags en el automóvil que terminaban con una explosión de un viejo modelo T, y los del apartamento con grifos, luces y demás objetos funcionando al revés, recordaban mucho al viejo estilo. Además la participación de Ben Turpin, un veterano humorista de Mack Sennett, y la colaboración de Harry Langdon en el guion, le dieron ese toque clásico tan atractivo.

La segunda parte de Marineros a la fuerza tiene momentos tan divertidos como el peligro de ordeñar a una cabra en un muelle, tan cerca del agua; o los problemas de dormir en un espacio tan reducido, compartido, claro está, con el chivo. Con respecto a la secuencia del “banquete” solo decir que recuerda mucho a la célebre escena de Charles Chaplin en La quimera del oro (The Gold Rush, 1925) donde Charlot ingería los cordones de un zapato a modo de espaguetis.

Al acabar el rodaje, la pareja de cómicos fundó su propia compañía y se embarcó en una gira por todo el mundo. Cuando finalizaron la tournée, firmaron un contrato, primero con la Fox y más tarde con la Metro que, paradójicamente, les supuso aún menos control sobre sus películas que el que gozaban en los estudios de Hal Roach y del que tanto se quejaron. La intromisión de los directivos y la falta de presupuesto resultaron fatal. El reflejo en taquilla fue tan malo como Stan suponía, y la carrera del “Gordo y el Flaco” languideció hasta desaparecer.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Marineros a la fuerza en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas

domingo, 25 de enero de 2026

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO III (XIII)

La compañía de siempre de Frank Capra, la Columbia, fue la que acudió al rescate cuando Harry Cohn aceptó el intercambio que Capra le propuso: el director le entregaría uno más de los proyectos que Balaban había desestimado, A Woman of Distinction,[1] a cambio de que la Columbia le cediese a la Paramount los derechos de Broadway Bill y el negativo.[2] Con dicha jugada, Capra podría rehacer su cinta de 1934 con un considerable ahorro económico al poder utilizar escenas de la película original tan costosas como las tomas de las carreras de caballos. También vería realizado su sueño de rodar un musical y de contar con un protagonista al que le gustasen los caballos: Bing Crosby. El actor era una de las estrellas disponibles de la Paramount que además estaba encantado con la idea, tanto que posiblemente fue su intercesión la que resultó decisiva para que Frank Capra pudiera por fin volverse a poner detrás de la cámara.[3]


Los esfuerzos por economizar condujeron a Capra a reclamar al gremio de guionistas su coautoría en el libreto de Broadway Bill, por aquello de la idea sobre el final. La gestión no llegó a buen puerto, como tampoco lo hicieron los intentos para contratar a Robert Riskin al objeto de que reescribiera el guion.[4] Al principio fue el propio director el que se encargó de las tareas de guionista, pero finalmente acudió a varios escritores del estudio que actualizaron algunas secuencias y añadieron unos pocos diálogos.[5] Fueron cambios poco significativos que se tradujeron en mínimas correcciones al guion técnico a la vista del resultado final: una reproducción casi exacta de lo rodado en 1934. De hecho, muchas secuencias son literalmente extraídas del negativo de Broadway Bill, como las citadas del hipódromo (utilizadas en los créditos y en la escena crucial del final), las de la secuencia del rumor telefónico o las del arranque. 

En general, toda la puesta en escena es calcada al filme original, otra maniobra para ahorrar dólares que se unía a la de contratar a un director de fotografía que no perdiese mucho tiempo en iluminar el plató ni en preparaciones costosas, dado que los lugares donde irían las cámaras y las posiciones de los actores estaban más que estudiadas de antemano. George Barnes fue finalmente el “eficiente” operador elegido,[6] un técnico que ya había trabajado con Capra en Juan Nadie, que repetiría en Aquí viene el novio y que ya fotografió a Crosby en uno de los éxitos del actor: Las campanas de Santa María (The Bells of St. Mary’s de Leo McCarey, 1945).

La misma política de eficacia fue la seguida en la contratación de los actores: Capra quería profesionales “de una sola toma”. Gente que fuera capaz de memorizar perfectamente su papel (Crosby era famoso por eso, por tener una “mente fotográfica”) y con la seguridad suficiente para no necesitar demasiados ensayos y para rodar de corrido sin tener que repetir las tomas. El ahorro que le supuso la presencia de una actriz protagonista no muy conocida, Coleen Gray (3.31) —llevaba pocas películas en su haber, pero alguna tan importante como Río Rojo (Red River de Howard Hawks, 1948)—, le permitió a Capra contratar un extenso y excelente elenco de actores secundarios que le aseguraron un rodaje rápido y correcto, en parte porque la mayoría ya había participado en la cinta original.[7] 

Entre ellos, Clarence Muse, que repetía como “Whitey”, el mozo de cuadras negro, ahora algo más avejentado; Frankie Darro, volvía a dar vida al jockey Williams, imprescindible para que Capra pudiese usar las tomas de la carrera; y Raymond Walburn, de nuevo como Pettigrew (“Profesor” en vez de “Coronel”), sorprendentemente igual de aspecto físico después de quince años (compárese 3.32 con 3.24, en una de las escenas más graciosas de la película, en la que el timador, el Coronel, cae en su propia trampa). Es precisamente en esa secuencia en la que actúa el entrañable Oliver Hardy en una de sus últimas apariciones en la gran pantalla. Sin Stan Laurel, su inseparable compañero,[8] “El Gordo” hace un pequeño papel, casi un cameo, que mezcla ficción con realidad al presentarse con su bombín característico y su registro cómico habitual en un lugar que, como propietario de caballos que era, solía frecuentar con regularidad en la vida real.

Continuará...

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[1] A Woman of Distinction fue finalmente dirigida por  Edward Buzzell en 1950 y protagonizada por Ray Milland y Rosalind Russell. Aquí se tituló Los Escándalos de la Profesora.

[2] A partir de ese momento, Broadway Bill pasó a ser propiedad de la Paramount y permaneció fuera de circulación hasta 1990, todo para no hacerle competencia al remake. En las posteriores exhibiciones, reestrenos y revisiones de la cinta, el logo que aparece en los créditos de Broadway Bill ya no es el de la Columbia sino el de la Paramount.

[3] Al menos eso era lo que opinaba Capra: “Creo firmemente que de no haber sido por las presiones de Crosby, la Paramount me habría mantenido sin trabajar durante años, como un castigo adecuado por liderar a los directores rebeldes” (Capra 2007, p.417).

[4] Sobre este asunto también hay polémica. La versión oficial es que a Riskin no le pareció suficiente la oferta de la Paramount. La oficiosa es completamente contraria: la viuda del escritor, Fay Wray, siempre sostuvo que Riskin quería participar en el proyecto, pero que fue Capra el que no le dejó.

[5] Hasta seis guionistas colaboraron en el nuevo guion, aunque en los créditos sólo constan dos: Melville Shavelson y Jack Rose.

[6] El director de fotografía contratado inicialmente fue Ernest Laszlo. Aparece en los créditos junto a George Barnes, pero pronto fue despedido por no poner mucho de su parte para hacer que Crosby aparentase menor edad, sobre todo en las escenas que compartía con su pareja, Coleen Gray, veinte años más joven que él.

[7] Hasta diez actores repitieron colaboración, casi todos representando el mismo papel: Raymond Walburn, Clarence Muse, Ward Bond, Douglas Drumbille, Frankie Darro, Margaret Hamilton, Charles Lane, Pat Moriarty, Irving Bacon y Paul Harvey.

[8] Hardy sólo actúo sin “El Flaco” en dos ocasiones más: Zenobia (Gordon Douglas, 1939) y El Luchador de Kentucky (The Fighting Kentuckian de George Waggner, 1949).  Su última aparición en la gran pantalla fue justo después de Lo quiso la suerte, por supuesto con Stan Laurel: Atoll K (Leo Joannon, 1951).






lunes, 12 de enero de 2026

EL HIDALGO DE LOS MARES (Captain Horatio Hornblower, R.N. de Raoul Walsh, 1951)

Jack L. Warner no se lo pensó dos veces cuando compró los derechos de la trilogía de C.S. Forester en cuanto esta fue escrita en 1939 (“The Happy Return”, “Ship of the Line” y “Flying Colors”, números 6, 7 y 8 de la serie Hornblower), aunque luego se tardase más de una década en rodar la película. 


Gregory Peck, que siempre había querido interpretar a Horatio Hornblower, se tomó muy en serio su papel y se preparó a conciencia para ello: antes de empezar recibió clases de navegación y estudió a fondo la guerra naval del siglo diecinueve. Al finalizar el rodaje quedó tan satisfecho de su trabajo que propuso filmar una secuela, proyecto que por desgracia nunca se llevó a cabo. 

La historia que narra El hidalgo de los mares arranca en el Pacífico, en aguas de América Central, con la fragata inglesa “Lydia” bajo el mando de Horatio Hornblower (Gregory Peck). Las intenciones del capitán son entregar armas y municiones al líder mestizo “El Supremo”, aliado de Inglaterra y enemigo común de España. Hornblower cumple su misión y además captura el navío español “Natividad” que también entrega a su tiránico aliado. Lo que no sabe el oficial británico es que España e Inglaterra han firmado una alianza para unir sus fuerzas contra Francia y, por tanto, ahora urge recuperar el “Natividad” antes de que “El Supremo” cometa una barbaridad... 

El hecho de que el propio Forester comprimiese sus tres libros para hacer una sola película se nota demasiado en un guion desigual que se parte en dos: la primera parte, la que se desarrolla en el Pacífico, es mucho más entretenida, con el alto ritmo típico de los filmes de Raoul Walsh y con un desenlace que deja las cosas tan tranquilas que luego es muy difícil de remontar. La acción de la segunda parte se hace de rogar ya que el enamoramiento durante el viaje, la llegada a Inglaterra y el nuevo destino ocupan mucho metraje. La película de aventuras se transforma en un melodrama y el conjunto se resiente de ello.


Por si eso fuera poco, la historia de amor no encajaba con los libros de Forester. Virginia Mayo era demasiado sensual y de ello se quejó Gregory Peck. Walsh atendió las recomendaciones del actor y ordenó que se reescribiera el guion. Los problemas con el libreto no fueron nada comparados con los retrasos provocados por el mal tiempo. Walsh quiso rodar de la forma más realista posible y siempre que pudo embarcó a su equipo a bordo, pero eso tenía un coste en días de producción perdidos a causa de los temporales tan habituales en el mar del Norte. 

El combate naval más interesante de los que salen en la cinta es aquel que se desarrolla en el primer tercio del filme cuando se enfrentan la fragata “Lydia” de Hornblower contra el navío “Natividad” del cacique centroamericano. La secuencia se convierte en uno de los combates navales más bellos nunca dirigidos gracias a la combinación de agilidad en la acción y síntesis narrativa que siempre caracterizó a Raoul Walsh.

El mérito de Walsh es mayor si tenemos en cuenta que antes apenas había dirigido películas de ambiente naval. Destacan tan sólo un par de comedias en los años treinta. Desde luego no fueron estas cintas, sino El hidalgo de los mares la culpable de que Walsh le cogiera el gusto al cine del mar. De hecho, la aventura del capitán Hornblower resultó la antesala de una serie de cintas navales que realizó Walsh ya fuera de la Warner. Fue una trilogía que dirigió en poco más de un año y que arrancó con una de las obras importantes del género: El mundo en sus manos.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El hidalgo de los mares en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





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