martes, 31 de enero de 2012

PUENTES Y SOMBRAS: I-3

Un grupo de grandes eucaliptos observaba la glorieta de Tablada, justo por donde pasaba el Peugeot 207. Merche no se decidió a descapotarlo cuando salió del garaje porque, aunque la mañana era soleada, había amanecido con niebla y la temperatura rondaba los quince grados.  El vehículo negro, con tapicería de cuero blanca, cruzó la rotonda y siguió por la avenida Juan Pablo II; el pontífice daba nombre a la calle en recuerdo de su primera visita a la ciudad en 1982 y del lugar donde se ofició una multitudinaria eucaristía.
Mientras Merche avanzaba, soplaba un viento fresco del norte que animaba a los plátanos de sombra a mover sus ramas. Los árboles aún eran jóvenes, pero ya enseñaban a las otras especies como sembrar la acera de hojas; llevaban haciéndolo desde verano y no terminarían hasta enero. La hilera de la derecha cumplía su misión de esconder el recinto ferial de la carretera. En parte, gracias al seto de tuyas que la acompañaba y a la serie de naranjos amargos que discurría por el interior de la acera. Los cítricos estaban cargados de fruta como si fueran adornos de una Navidad prematura. Algunos aguanta­rían así hasta últimos de marzo; mes en el que se daría por terminada la campaña de recogida de naranjas amargas por toda la ciudad. Una operación cuyo destino preferente eran las fábricas inglesas de mermelada.
Merche pisaba el acelerador con ansiedad. Aún tenía que llegar a La Cartuja, buscar el edificio Expo 2 y localizar la redacción de “La Voz de Híspalis”.  Se maldijo por no haber tenido más paciencia, por no haber esperado unos meses antes de comprarse el coche. Podría haber adquirido el nuevo modelo de 207 con GPS y ahora no estaría con esa sensación de perdida. Miró el reloj digital del ordenador de abordo y comprobó que ya pasaba un minuto de la hora concertada para la entrevista.
El Peugeot se incorporó a la autovía de circunvalación y cruzó por debajo del túnel que lo conduciría a la avenida Carlos III. La vía se había convertido en una de las arterias principales de la ciudad. Discurría paralela al cauce del Guadalquivir y era el límite oeste de la Isla de La Cartuja. A su izquierda, se levantaba un talud, o muro de defensa, que protegía el recinto de la Exposición del 92 de posibles inundaciones. Entre la vegetación frondosa que lo cubría se distribuía un jardín botánico espontáneo: alcornoques, encinas, pinos, olivos e higueras convivían con los arbustos que revestían el muro hasta la unión con la avenida.
Merche decidió acceder al aparcamiento de la Zona Oeste, fuera del moderno barrio empresarial. Antes de bajar del Peugeot, manipuló el espejo retrovisor para convertirlo en espejo. No necesitaba ningún retoque de maquillaje; sólo se ajustó el peinado. Su oscura y larga melena estaba recogida en una ancha trenza que despejaba su exótico rostro. De tez caribeña, como su madre, con una piel morena favorecedora, era alta y no excesivamente delgada. Vestía un jersey rojo oscuro que combinaba perfectamente con su falda negra. El suéter era de cuello vuelto, tan holgado que descubría un escote poco habitual en una prenda de invierno.
Después de comprobar lo atractiva que estaba, consultó su situación comparándola con el plano improvisado que había fabricado la semana pasada, cuando le confirmaron el lugar de la cita. El dibujo de la arrugada servilleta señalaba el Camino de los Descubrimientos con una flecha. Allí debía estar el edificio que albergaba el diario. El problema radicaba en las dimensiones de la avenida: un kilómetro que recorría longitudinalmente casi todo el recinto ferial de la Exposición Universal.
Todavía en pleno desarrollo, después de su abandono inicial, la Expo se había convertido en un espacio innovador. Edificios diseñados por los más prestigiosos arquitectos acompañaban a los pocos pabellones que quedaban del certamen. Merche caminaba por el Camino de los Descubrimientos y seguía intentando adivinar el jeroglífico en el que se había transformado su mapa de emergencia. A ambos lados de la calle se alternaban bloques de hormigón aún sin personalidad, en plena construcción, con figuras arquitectónicas irregulares revestidas de vidrio. “Debería estar por aquí”, pensó Merche mientras levantaba la cabeza buscando el número de la calle como una turista en un país extranjero. La apabullaba el conjunto de tres edificios con forma cúbica que se alzaban ante ella. Todos con las fachadas tapizadas de elementos de aluminio y cristal.
“Edificio Expo 2”. Por fin, este es.
Con determinación, atravesó la puerta giratoria y se adentró en una sala minimalista. A la derecha, al lado de un mostrador vacío coronado con una lámina del skyline de Nueva York, un tablero ofrecía información de la situación que las empresas ocupaban en las distintas plantas. A la izquierda, tres ascensores de gran tamaño esperaban cerrados. Merche se acercó al tablero. Cuando se disponía a escrutar la guía sintió que alguien le tocaba el brazo. Un hombre trajeado, de unos cuarenta años, con el pelo brillante y engominado, peinado hacia atrás, la abordó bruscamente.
—¿Necesita ayuda? Estos edificios inteligentes, en vez de facilitar las cosas, lo que hacen es complicarlas.
Merche sintió su desagradable aliento a coñac barato, pero fue amable con él.
—Sí, gracias. Estaba buscando la redacción de “La Voz de Híspalis”.
—Pues precisamente voy para allá. Si quiere seguirme… —El hombre tendió el brazo señalando el grupo de ascensores.
—Muchas gracias.
—¿Viene de visita o por negocios? —Se entrometió el hombre, mientras pulsaba el botón de llamada del ascensor—. Se lo pregunto porque allí conozco a todo el personal y puedo facilitarle las cosas —presumió  el personaje.
—En realidad, voy a una entrevista de trabajo. Tengo una cita con Cecilia Ramos —dijo Merche antes de que el sujeto volviera a cogerle del brazo para llevarla dentro del ascensor. Merche se estaba poniendo alerta. No tenía cuerpo para aguantar ninguna clase de flirteo. Además, siempre le habían molestado esas personas que andaban manoseando a la gente sin apenas conocerlas.
—Cecilia es muy amiga mía —dijo con suficiencia el hombre—. Pero es raro el día que no está de mal humor. De todas formas no te preocupes demasiado. Si tienes algún problema con ella me lo dices.
El tuteo tampoco le gustó nada a Merche, que sin embargo continuó guardando la compostura.
—Creo que podré arreglármelas sola.
—Estupendo. Ahora mismo te llevo a su despacho. Espero que consigas el trabajo, porque presiento que vamos a ser muy buenos amigos. —El ascensor se paró en el cuarto piso y esta vez el sujeto fue más lejos cuando la agarró de la cintura para empujarla suavemente hacia la planta.
—Soy Jaime Morales, prácticamente el dueño de la empresa —dijo ufano, mientras la sujetaba y se inclinaba para darle dos besos.
Merche se apartó bruscamente y le tendió la mano visiblemente enfadada.
—Merche Emanuele; encantada —mintió.
El día soleado de fuera se estaba tornando gris en el interior del edificio.
—Lo mismo digo: un placer. —Jaime disimulaba mal el rechazo cuando le ofreció a Merche una mano lánguida y sudorosa.
Después del bochornoso saludo, atravesaron un corto pasillo con puertas a ambos lados y llegaron a la entrada de la sala de redacción. Esta vez Merche se adelantó a Jaime para no dar lugar al roce acostumbrado.
—Ahí tienes a Cecilia; en su salsa —ironizó Jaime, mientras señalaba un apartado entre el caótico mar de mesas que se desplegaba ante los ojos de Merche. Allí, una mujer embarazada discutía con un hombre mucho más joven que ella. De aspecto cansado, con las ojeras invadiendo las mejillas, Cecilia gritaba algo ininteligible a su oponente. Su melena, de un incierto rojo oscuro, estaba recogida en una descuidada coleta y finalizaba en un flequillo irregular cuyas raíces evidenciaban el color blanco original del pelo. Cecilia no mostraba la fragilidad que se le espera a una mujer en estado de buena esperanza. De hecho, sorprendía la fiereza con la que estaba tratando al chaval: le estaba rompiendo unas fotografías en la cara para después tirarlas a la papelera.
La situación cada vez se presentaba peor. El nubarrón amenazaba tormenta violenta, con rayos y truenos. Merche estaba a punto de llorar.
—Mi despacho está al otro lado del de Cecilia. —Jaime señaló el habitáculo contiguo, separado del resto por tres pequeñas mamparas—. Pásate por allí después de la entrevista y nos vamos a tomar un café.
—No sé si tendré tiempo —se excusó Merche, que sospechó que Jaime era un asiduo al bar de enfrente, y que sus cafés eran de alta graduación.
—Claro que sí. —Jaime la miraba de arriba abajo apoyado en el quicio de la puerta. Se limpió la boca con la mano en un gesto desagradable que parecía confirmar que se estaba relamiendo—. Además, podemos celebrar que has conseguido el trabajo. En caso contrario ya me encargaré yo de que te lo den. 
“¿A cambio de qué?”, pensó Merche, que se sintió violentada mientras Jaime la desnudaba con sus ojos lascivos. Le entraron ganas de pegarle con todas sus fuerzas o de salir corriendo de allí. Una vez más, se contuvo: se limitó a darse la vuelta.
—Lo tendré en cuenta. Gracias por todo —masculló Merche ya de espaldas.
Armándose de valor se arrastró hacia la mesa de Cecilia. Mientras caminaba, sentía la mirada de Jaime atravesándole la ropa como si estuviera expuesta a un campo de rayos x.

22 comentarios:

  1. Ays Ethan!!! Esto engancha eh?? jejeje! Estupendo!!

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    1. Me alegro que despierte tu interés. Un saludo!

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  2. Muy buenos los diálogos, mucho ritmo, tensión...a ver cómo sigue :)

    Un abrazo ;)

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    1. Sí, la cosa no se le presenta muy bien a Merche. Ya veremos...
      Un abrazo!

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  3. Describes muy bien no sólo el entorno sino los personajes, el masculino lo has clavado.

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    1. Por desgracia hay mucha gente que da ese perfil ¿verdad?

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  4. Hola Ethan,
    no sabía que ahora escribías, podría ser un perfecto guión para una película. Enhorabuena, me ha gustado mucho. Un beso violeta, Maribel

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    1. Eso dicen los editores que tiene posibilidades cinematográficas.
      Un saludo!

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  5. Me sumo a la opinión de esas posibilidades cinematográficas que otros ya han advertido. Muy visual, Ethan.

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    1. Mi pasión por el cine se nota demasiado, no lo hago a propósito, pero parece inevitable...

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  6. Personajes de carne y hueso..más carne que hueso :-)

    Seguimos a la espera por capitulos..ainsss

    Saludos

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    1. Sí, jajaja, algunos sólo ven la carne. Seguiremos colgando páginas en la novela mientras podamos.
      Saludos!

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  7. La verdad es que he leído el primer capítulo y tiene muy buena pinta. Me gustan los thrillers y la novela negra, para que lo vamos a negar

    te seguimos,

    un saludo

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    1. Bienvenidos al blog! Me alegro de que os guste la historia.
      Un saludo!

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  8. Muy bien escrito, ese tipo, Jaime que insoportable, me has hechos sentir fastidio por él, lo de la seducción y la perseverancia, en éste es despreciable por completo, muy buen trabajo, te metes en la historia, aunque a tu personaje le falta caracter para evitar éstos abusos. También agrego que me has intimidado un poco, creo que la próxima ves miraré con mayor pudor esa hermosa parte que resalta al final de la espalda de las damas. Un abrazo.

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    1. Este Jaime tiene todas las papeletas para caer mal. Merche se encuentra un poco superada, además Cecilia tampoco tiene buena pinta que digamos, a ver qué pasa...
      Un abrazo!

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  9. Me gusta mucho Ethan tu descripcion de los personajes.
    Tengo que reconocer que soy vago para leer este tipo de relatos,pero por respeto a ti ,me puse a leerte y me gusta,me gusta.
    Un abrazo

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    1. Me alegro de que te guste, un abrazo Atticus!

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  10. Muy bueno el capítulo, muy trabajadas las descripciones. De hecho seguro que ya has conseguido que tus lectoras odien a alguien, je ,je.
    A la espera de más entregas.
    Saludos.

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    1. Como he dicho más arriba, este personaje, Jaime, es un tipo bastante reconocible y, por desgracia, no son pocos lo que se parecen a él. De todas formas, Cecilia tampoco es manca.
      En unos días seguimos con la novela, pero antes algo de cine...
      Saludos!

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  11. Está interesante. Me gusta como lo escribes, ethan. Bueno, he decidido no leer más entradas de la novela porque prefiero conseguirla. Cuando me apetezca la leo del tirón y listo. Así me resulta un tanto desesperante porque no sé cuándo vas a poner el próximo capítulo.

    Un saludo y hasta la próxima

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    1. Puede que tengas razón y esto de leer poco a poco resulte un tanto desesperante; a lo mejor lo que hago es colgar de golpe todo el capítulo uno y el dos, que es que lo puedo desvelar. Gracias y un abrazo!

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