lunes, 21 de abril de 2014

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO IV (VII)

En Nace una canción, Hawks repitió diálogos, personajes, actores secundarios[1] y utilizó el mismo decorado para copiar la puesta en escena del original sin ningún recato. Cuando filmó un gag que no estaba en Bola de fuego era porque ya lo había empleado en otras películas, nos referimos a la secuencia en la que Danny Kaye, ante la mirada sorprendida del resto de colegas, intenta cubrir con una maleta la espalda desnuda y el trasero de Virginia Mayo (4.16).[2]

fig. 4.16

La única variación notable del argumento, la que justifica el paso de comedia a musical, es la profesión del grupo de estudiosos: los científicos ocupados en elaborar una enciclopedia ahora son musicólogos investigando sobre nuevas melodías. La adaptación corrió a cargo de Harry Tugend que se limitó a realizar los cambios necesarios sin aportar mucho más; tanto es así que ni siquiera aparece en los créditos (sólo se menciona la historia original escrita por Billy Wilder y Thomas Monroe). El resto de diferencias son mínimas: los profesores son siete en vez de ocho, los limpiacristales, en vez del basurero, sustituyen el slang por el jazz, y son los que le abren los ojos al profesor Frisbee (Danny Kaye) para que salga al exterior a tomar nota de los nuevos sonidos. La cabaretera se llama Honey (Virginia Mayo) y canta el “Boogie Boogie” en vez del “Drum Boogie”, pero el resto de la historia es la misma: la joven se refugia en la vivienda de los académicos a causa de su relación con un gánster (Steve Cochran).

fig. 4.17
 Aunque persiste la referencia al cuento de Blancanieves, los “enanitos” tienen menos presencia en la trama, igual que el mafioso que sólo aparece al final, y todo debido al metraje que ocupan los números musicales. Así, Hawks omite la presentación de los profesores en el bosque y cambia el baile con Honey por una jam session (4.17) que, en opinión de Quim Casas, “es la peor secuencia del filme, carente de ritmo e imaginación” (1988, p.234). A pesar de dicha escena, es en ese aspecto, en el de la música, donde se encuentran los logros de la película.[3] Parece que Hawks sólo puso verdadero interés, como aficionado al jazz que era, en hacer de Nace una canción un documento donde se pudiesen ver y escuchar a leyendas del jazz como Louis Armstrong, Benny Goodman (que interpreta a uno de los profesores),[4] Tommy Dorsey, Mell Powell, Lionel Hampton y Charlie Barnet, entre otros. Primero por separado (4.18), en el arranque de la cinta cuando Frisbee recorre los locales de moda; después juntos, en secuencias como la de la grabación o la del final, sin duda lo mejor del largometraje (4.19).
  
fig. 4.18
Allí, los músicos se enfrentan a los matones y Hawks mezcla el suspense de la trama con el número musical. Lo que intenta el grupo es hacer caer, con las vibraciones, un pesado objeto sobre el gánster que les está amenazando. Hawks reúne para la ocasión una orquesta, más que una banda, repleta de talentos, y sigue uno de los principios del musical, el de concluir el filme con el número de mayor calidad —y duración— en una apoteosis final.

fig. 4.19





[1] Mary Field, por ejemplo, vuelve a ser la mecenas enamorada del joven profesor, aquí interpretado por Danny Kaye.
[2] El gag ya lo había rodado, con mucha más gracia, en La fiera de mi niña; más tarde lo repitió en Su juego favorito.
[3] Los directores musicales de Nace una canción fueron Hugo Friedhofer y Emil Newman. Este último, hermano de Alfred Newman, el responsable de la banda sonora de Bola de fuego.
[4] Quizás lo más divertido de la película sea cuando el profesor Magenbruch (Benny Goodman) se queja de que no se puede tocar el clarinete sin partitura. El resto de músicos de jazz le comentan que Benny Goodman solía hacerlo, Magenbruch responde: “¿Benny Goodman? Nunca he oído hablar de él”.


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