Sabemos que
el ser humano es más duro de lo que imaginamos, que aguanta lo indecible el daño
físico y mental hasta el desmayo o la locura. Pero lo que desconocemos es de lo
que somos capaces de hacer bajo la presión de una amenaza latente de muerte en
tiempos de guerra; de los actos que llevaríamos a cabo para aportar nuestro
granito de arena a la causa o, por el contrario, de lo que no haríamos con tal
de sobrevivir. Saul Dibb nos da su opinión camuflada con una trama de amor en
la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial:
La película narra la historia de Lucile (Michelle Williams) y Bruno (Matthias Schoenaerts), francesa y alemán, respectivamente, enamorados el uno del otro desde que la primera aloja, por obligación, al segundo en su casa. En realidad, la vivienda es propiedad de madame Angelier, la suegra de Lucile (Kristin Scott Thomas), una mujer estirada que, en palabras de Bruno, da más miedo que los propios invasores. Madame Angelier sospecha que su nuera se ha casado por el dinero de su hijo, ahora prisionero de los alemanes. Con la llegada del teniente Bruno las cosas se complican aún más entre ellas: la suegra odia a Bruno como a todos los nazis, mientras que Lucile vive su particular historia de amor a través de la música que Bruno y ella practican. La trama pronto traspasa la frontera del chalé cuando Bruno es el encargado de leer todas las denuncias anónimas que los alemanes han recibido desde la ocupación.
Una frase,
en el arranque de la cinta, resume la película: “si quieres conocer bien a alguien
espera que llegue la guerra”. En efecto, todos y cada uno de los personajes
sufren un cambio a partir de la llegada de los alemanes. Desde el alcalde y su
mujer, los caciques del pueblo, hasta Benoit, un pobre agricultor lisiado,
todos dejan ver sus mezquindades y envidias y aprovechan la coyuntura para saldar viejas cuentas.
Tampoco se salvan de la evolución la propia Lucile, el teniente Bruno y madame Angelier cuando un suceso implica a todos los habitantes de la villa, y deja ver la cruel actitud de los nazis. Implicarse en la resistencia contra los alemanes, vivir como si no pasara nada o colaborar con ellos, son las tres opciones a elegir. Algunos no tienen alternativa, otros hacen la vista gorda y muchos, generalmente los pobres, no tienen nada que perder; sólo la vida.
Dos, por
tanto, son los temas que aborda el filme de Saul Dibb: el entendimiento de una
pareja enfrentada por un conflicto, pero reconciliada a través del amor —y de
la música—, una historia romántica que deja caer la oportuna metáfora de las
buenas relaciones actuales entre el pueblo francés y el alemán gracias a la Unión
Europea; y la revelación del verdadero carácter de las personas, oculto tras
una vida aparentemente pacífica, cuando la guerra sacude los cuerpos y las
almas de todos.
Con una correcta interpretación, en especial la de Kristin Scott Thomas que acapara la atención del espectador cuando sale en pantalla, y con una música excelente, transcurre esta novela autobiográfica de la escritora judía Irene Nemirovsky. Autora que no sobrevivió a la guerra, pero sí su manuscrito que ahora cobra vida en las salas de cine cuando se cumplen setenta años del fin de la contienda mundial.
Con una correcta interpretación, en especial la de Kristin Scott Thomas que acapara la atención del espectador cuando sale en pantalla, y con una música excelente, transcurre esta novela autobiográfica de la escritora judía Irene Nemirovsky. Autora que no sobrevivió a la guerra, pero sí su manuscrito que ahora cobra vida en las salas de cine cuando se cumplen setenta años del fin de la contienda mundial.
Ver ficha de Suite francesa.


