
Arranca la undécima
edición del festival de cine europeo de Sevilla, con muchas expectativas puestas
en la película española que se proyecta en el Teatro
Lope de Vega, en la gala inaugural. Antes de comentar las virtudes —y
los defectos— de este policíaco de Manuel Gómez Pereira que abre la Sección Oficial, pero que no compite en ella, vamos a echar un vistazo al otro apartado importante
del festival: la Sección EFA, o grupo de películas que optan a los premios
de la Academia de Cine Europeo.
De este capítulo
del concurso, ayer pudimos ver Blind (2014), una cinta noruega del
realizador Eskil Vogt que nos dejó sorprendidos por su singular propuesta. Vogt
nos ofrece la particular “visión” de Ingrid, una ciega que se inventa a su
antojo el mundo que le rodea. La joven discapacitada fantasea con la relación
que surge entre una pareja de vecinos, los solitarios Einar y Elin, un obseso
sexual, el primero, y una madre soltera, la segunda. Al mismo tiempo que construye una historia entre ellos, Ingrid interpreta a su manera los silencios de Morten, su marido. Se lo imagina observándola o
chateando con otra mujer, que podría ser Elin, ¿por qué no? ¿Y si Elin fuera
ciega también? ¿Y si en vez de un niño tuviera una niña? ¿Y si…? Un sinfín de
preguntas que provocan que las distintas subtramas se diversifiquen mientras se
mezclan con la realidad o se separan de ella. Un caos imaginativo que roza la comedia,
envuelto en el mantra que resulta ser la repetitiva música de la original cinta
de Eskil Vogt.
Pero vayamos a
la película protagonista del día de ayer,
La ignorancia de la sangre. Un
ejemplo más de que el cine de género es la solución para sacar a flote la
maltrecha industria cinematográfica de nuestro país. Es la estrategia
por la que siempre hemos apostado, la que nos parece más adecuada para atraer
al público a las salas hasta conseguir, digamos, una “masa crítica” suficiente de
espectadores que crea en el cine patrio y que haga posible que otras propuestas
menos comerciales triunfen también.
En este sentido,
nada que reprochar a la última película del veterano Gómez Pereira. Un director
que ya triunfara en la primera mitad de los noventa con cuatro comedias muy
divertidas, pero que ahora se pasa al bando del cine negro para probar suerte dentro,
repito, de esta iniciativa comercial casi generalizada. Lo hace adaptando un
best seller de Robert Wilson, escritor británico que tiene una saga
protagonizada por el inspector Falcón, policía español de ficción afincando en
Sevilla.
La trama doble
de la cinta de Gómez Pereira nos remite a las novelas negras que se estilan
ahora, las que vienen de fuera de nuestro país, pero también las de dentro. Los
aficionados al noir reconocerán la estructura de la película y el salto de género
dentro de la cinta, desde el cine policíaco al negro hasta desembocar en el thriller. Todo para ganar la atención
del público al conseguir que la acción vaya en aumento y no decaiga nunca. Hasta
aquí las bondades del filme, las debidas al argumento, pero también a Gómez
Pereira que maneja bien el ritmo que reclama la historia para asegurar el entretenimiento
del público, lo cual no es poco.
Los defectos
(hay unos cuantos, ahora veremos) impiden que la cinta se apunte el tanto de la
producción de calidad con el que seguro soñarían el guionista, los intérpretes
y el director; los mismos que provocan, a nuestro entender, los principales
fallos del largometraje: el guión adaptado, más allá de caer en un par de situaciones
inverosímiles, tropieza en bastantes diálogos estereotipados, aquellos que ya
hemos oído y leído cientos de veces, como los que surgen entre el héroe y su mujer/novia/amante
cuando ésta le reprocha que le salpiquen a ella y a su hijo los casos del policía,
o los que se suceden entre los agentes de la ley, o entre éstos y los mafiosos. Un libreto acartonado que chirría en la primera parte del
filme, hasta que el interés de la trama logra que el espectador consiga obviarlo.
De los actores, nada
que objetar al protagonista, un buen Juan Diego Botto en el papel del policía
desvalido que nos recuerda a otros personajes del cine negro (no sé por qué nos
viene a la memoria el Philip Marlowe de William Powell en
Historia de un detective,
quizás por estar casi siempre a merced de los “malos” y por tener entre ellos a
una mujer peligrosa como archienemiga). Tampoco le ponemos pegas a Paz Vega o a
Cuca Escribano, pero sí a Alberto San Juan que es, en nuestra opinión, el que se lleva la
peor parte (al parecer, sustituyó a Hugo Silva que era el actor elegido para el
papel). Con un registro dramático falso, diríamos que forzado, San Juan no
acierta con el rol de su personaje y confirma nuestra preferencia por sus actuaciones
en las comedias. Lo mismo que nos ocurre con Gómez Pereira: también nos decantamos
por sus comedias.
Y no es que lo
haga mal el realizador, ya hemos dicho que maneja muy bien los tiempos y el
ritmo, lo que no nos gusta del todo es la puesta en escena y la gestión del objetivo,
sobre todo cuando usa —abusa— de los primeros planos como si estuviera dirigiendo
una serie de televisión. Somos de la opinión de que esos encuadres hay que reservarlos
para escenas donde queremos resaltar el aspecto íntimo del personaje. Si los
utilizamos sin ningún control, cuando lleguen esas secuencias perderán la
fuerza, y el efecto que deseamos conseguir con ellos se diluirá o desaparecerá.
A pesar de todo,
La
ignorancia de la sangre es un buen intento de llevar nuestro cine por
el acertado camino de lo comercial, como
La isla mínima (de bastante más
calidad),
Celda 211,
Grupo 7,
No habrá paz para los malvados,
La
caja 507 y algunas más que han conseguido que nuestras películas por
fin se cuelen entre las preferencias del público, compitiendo en la cartelera
con la implacable oferta norteamericana.
Ver Ficha de La ignorancia de la sangre.