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sábado, 15 de noviembre de 2014

A PIGEON SAT ON A BRANCH REFLECTING ON EXISTENCE (En duva satt pa en gren och funderade pa tillvaron de Roy Andersson, 2014); EL CAPITAL HUMANO (Il capitale umano de Paolo Virzi, 2013)

Ni la lluvia ni cualquier otro contratiempo nos mantuvo lejos de la gran pantalla aquí, en Sevilla, en la penúltima jornada del festival de cine europeo. Ayer comprobamos las bondades de dos de las cintas más esperadas. Antes de ir con la flamante ganadora de León de Oro de Venecia, comentemos rápidamente la que se proyectaba dentro de la sección EFA:



El capital humano (Il capitale umano, 2013) es un drama dirigido por un viejo conocido del festival, Paolo Virzi, que ya compitió anteriormente con Caterina va in cittá y del que comentamos en su día la buena película que fue La prima cosa bella. La cinta que nos atañe comienza como la obra maestra de Bardem, Muerte de un ciclista (1955): un automóvil atropella a un ciclista que acaba de salir de su trabajo de camarero en una fiesta navideña; el conductor, o conductores, no ayudan al herido y se dan a la fuga.

Igual que en el filme de Bardem, dos familias de diferentes clases sociales se encuentran implicadas en el siniestro, pero, a diferencia de Muerte de un ciclista, no sabemos quién ha sido el causante del accidente. Un recurso de guión que mantiene el suspense, y que lo aumenta gracias a la estructura en capítulos, y a que cada uno de ellos narra el mismo suceso desde distintos puntos de vista.



Si bien, no se puede decir que la organización de la película y el argumento sean muy originales, en general la cinta se deja ver por su crítica social (de nuevo nos remitimos a la de Bardem y le damos mucho más mérito: allí el director español tenía que vérselas con un régimen que miraba las películas con lupa) en especial por la denuncia de un sector del mundo de los negocios que apuestan por la especulación agresiva, y por la hipocresía en las relaciones humanas cuando la mayoría de ellas se basan en intereses personales.

El largometraje de Virzi viene al festival con un recorrido impresionante de más de treinta premios y con la reciente noticia de haber sido elegido por su país para representarlo en los Óscar. Veremos si se lleva el premio del público por el que compite aquí en Sevilla.


Ver Ficha de El capital humano.


De vuelta a la sección oficial, ayer se proyectaba una de las favoritas para llevarse el Giraldillo de Oro: A pigeon sat on a branch reflecting on existence es la última entrega de la trilogía sobre la existencia, rodada por el director sueco, Roy Andersson, y posiblemente la mejor a tenor de los éxitos que va cosechando allá donde se proyecta.



La cinta es un conjunto de cuadros ligeramente entrelazados con el humor como protagonista y con el surrealismo como su pareja de baile. Ambos unidos para denunciar el comportamiento humano, egoísta y cruel, con la siempre difícil herramienta que es la comedia.

La serie de sketchs —la mayoría de ellos— tienen como nexo de unión a dos vendedores ambulantes de artículos de broma. Ellos, con su apariencia sombría y triste, contrastan con los objetos con los que comercian de la misma forma que, en un sentido más general, a lo largo de todo el filme, Andersson enfrenta lo despiadado del ser humano con las risas del público.



El humor del director sueco es difícilmente clasificable. Sus personajes tienen el rostro pintado de blanco, como los mimos (la palabra griega “mimo” significa imitación de la realidad), pero sin los contornos tan definidos. Son mimos “deprimidos” y sin consuelo que se comportan con la resignación propia del que sabe que formar parte de la humanidad es la madre de todas las desgracias. Lo hacen dilatando el tiempo, sin prisa, en un entorno también sin personalidad y rematando el elaborado gag con una sorpresa final que desencadena la risa. Por buscar alguna similitud, podíamos decir que el personaje típico de Andersson es el que solía interpretar Buster Keaton, pero participando en una película de Jacques Tatí.

El único problema que presenta la cinta es el alto nivel con el que arranca: los tres gags sobre el enfrentamiento con la muerte son estupendos, también el de la academia de baile y los que tienen lugar en un bar, con salto en el tiempo incluido. Con tal comienzo, mantener el mismo ritmo de carcajada por sketch durante 101 minutos es casi imposible. A pesar de que la cinta va decayendo con el tiempo, con algunos picos divertidos casi al final, el conjunto resulta muy recomendable; y saludable. A nivel colectivo se puede aplicar lo mismo que a nivel personal: lo mejor para combatir la depresión es reírse de uno mismo.




lunes, 8 de septiembre de 2014

SIN TECHO NI LEY (Sans toit ni loi de Agnès Varda, 1985)

Septiembre, el fin de las vacaciones, los últimos días de verano y… el festival de Venecia. Este año no ha habido muchas sorpresas, al parecer el premio estaba cantado y el León de Oro se lo ha llevado una cinta sueca que maravilló a todo el mundo en su estreno: A Pigeon Sat on a Branch Reflectingon Existente de Roy Andersson. Pero no vamos a hablar de la flamante ganadora de La Mostra sino de otra película que ya obtuvo el galardón hace casi treinta años.
























La cinta de Agnès Varda no sólo se hizo con el prestigioso premio veneciano sino que se llevó varias nominaciones a los César de ese año (ya saben, los Óscar franceses), entre ellos el de mejor actriz protagonista, Sandrine Bonnaire, que finalmente ganó. Mucho reconocimiento, todo justo, para un filme que puede ser la obra maestra de la cineasta belga. Una película que, por cierto, pudimos ver hace un par de años en el pasado festival de cine europeo de Sevilla gracias a la retrospectiva que nos regaló la organización del certamen.

Sin techo ni ley es un drama social que representa muy bien todo lo que le interesa a Varda. Primero, porque es un largometraje a medio camino entre la ficción y el documental, muy en la línea de una de las mejores documentalistas de siempre, toda una leyenda viva de este género a nivel mundial; segundo, porque trata un tema querido por Varda cuando describe el desarraigo social y la marginalidad y trata de indagar en las causas que llevan a una persona a rechazar el sistema impuesto por la sociedad occidental.

Como en sus mejores documentales, Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse, 2000) y su continuación, Dos años después (Les glaneurs et la glaneuse… deux ans après, 2002), con los que tiene mucho en común, la realizadora expone aquí la vida de una indigente a lo largo del duro invierno francés. La película arranca cuando un agricultor descubre el cadáver de una joven en medio del campo. Varda se vale del suspense —¿qué le habrá ocurrido a esta mujer?— para narrar en un largo flash-back la historia de la casi adolescente, Mona (a gran nivel nuestra querida actriz chabroliana Sandrine Bonnaire, con tan sólo dieciocho años, en el papel que le lanzó a la fama).


La directora se sirve de las herramientas que mejor conoce, las del documental, para elaborar una estructura muy atractiva que explica lo que le sucede a Mona en su descenso hacia la desesperanza. Son falsos documentos, entrevistas de ficción que se organizan al inicio o al final de sucesivos cortos ligeramente entrelazados (como los utilizados por Woody Allen en varias de sus películas, recordemos: Toma el dinero y corre, Zelig, Acordes y desacuerdos, entre otras). En ellos, Mona se encuentra con un grupo heterogéneo de personajes: otro indigente que fuma hierba; la criada de una anciana senil; una pareja de pastores; una bióloga que lucha contra una plaga; un inmigrante tunecino y, en fin, con todo tipo de personas marginadas o solitarias por una u otra circunstancia.

Sans toit ni loi es una película que no hay que perderse por su trama, pero también por la composición de las imágenes que gestiona la veterana directora con la aparente sencillez de una maestra. Dos ejemplos: un plano largo nada más comenzar, la protagonista está en la playa, sale del agua, se ha dado quizás el último baño de la temporada —probablemente es septiembre (como ahora)—, pero nada conocemos de ella, da la impresión de que viene del mar directamente, de hecho, los narradores así es como lo cuentan. La segunda es una panorámica (véanla en el trailer de abajo) donde Mona se cruza con una joven de su edad a la entrada de una panadería, ella entra hecha un desastre, sucia, mal vestida, sin nada que llevarse a la boca, la otra sale bien abrigada, con pan y otros alimentos, la cámara deja a Mona y sigue a esta última, finalmente se para en un árbol desnudo, viene el invierno…

Ver Ficha de Sin techo ni ley.




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