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martes, 3 de mayo de 2016

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (XII)

Si bien Río Lobo guarda más relación con Río Bravo, su estructura se encuentra más cercana a El Dorado en cuanto a que arranca con un prólogo de similar duración, que marca la diferencia con los otros dos filmes. Es una introducción que también se organiza como si fuera un mediometraje independiente, con inicio, nudo y desenlace, pero que en esta ocasión Hawks se limita simplemente a supervisar.
  
La realización del prólogo corre a cargo de Yakima Canutt, el director de la segunda unidad, que narra con buen ritmo y minuciosidad el original atraco al tren. Aunque Hawks delega en Canutt, su presencia se deja notar en algunas secuencias como las de la muerte del teniente Forsythe (4.47) o la del encuentro entre McNally y Cordona en la cueva. La primera, recuerda a la escena de Sólo los ángeles tienen alas en la que fallece el amigo del líder; tanto allí como en Río Lobo, Hawks recurre a una experiencia propia cuando servía en aviación y vio morir a un joven que se había roto el cuello (Entrevistas TCM). La línea de diálogo es casi la misma en ambas cintas: el moribundo dice que no siente dolor, que se siente extraño; su compañero le confirma que se ha desnucado.

4.47


La segunda secuencia toma como referencia el arranque de El Dorado, el momento en el que el sheriff Harrah se encuentra con Thornton, cada uno a un lado de la ley. En Río Lobo, McNally, Cordona y Tuscarora también están en bandos opuestos y, de la misma forma que los personajes de El Dorado, recuerdan los viejos tiempos mientras John Wayne se aproxima disimuladamente a unos rifles. En los dos largometrajes, un Mitchum —en el primero, Robert, en el segundo, Chris, su hijo—  es el que amenaza a Wayne con dispararle si continúa acercándose a las armas. 

La presencia de Chris Mitchum en la última película de Hawks se nos antoja, más que un homenaje a El Dorado, un deseo no cumplido de ver a Robert Mitchum de nuevo al frente del reparto. Hawks se contentó con el hijo del actor al que le asignó el papel de Tuscarora, el joven del grupo, un personaje que finalmente quedó poco definido. Sin la personalidad de Colorado ni el humor de Mississippi,[1] Tuscarora sólo guarda cierto parecido con el último al compartir con él la habilidad en el manejo del cuchillo.


Precisamente, la ausencia de Robert Mitchum o de cualquier otro actor de la misma entidad es el principal fallo de la película. Como sabemos, Hawks siempre había basado sus mejores películas en el sólido pilar argumental del enfrentamiento entre dos fuertes caracteres. Con Río Lobo no tenía por qué ser diferente, de hecho Hawks reconoció que el guión lo habían escrito para John Wayne y Robert Mitchum: “… el no contar con Mitchum no nos ayudó en nada. Era una historia construida claramente para dos personajes fuertes” (Bogdanovich 2007, p.296). Hawks consiguió convencer a Wayne enseguida. El actor accedió sin necesidad de leer el guión, sólo hizo una pregunta: “¿Tengo que hacer de borracho esta vez?” (McBride 1988, p.156). Con Mitchum las cosas no fueron tan fáciles, aunque en realidad fue la productora la que no quiso invertir en otro profesional del mismo porte.[2] 
Se vol­vía a repetir la historia de Hatari!, sólo que allí la película se amparaba más en el hecho de rodar en África un docu-filme sin apenas argumento y, prácticamente, no se notó la ausencia de una segunda estrella. En Río Lobo, sin embargo, contar con un antagonista del mismo caché que Wayne era el ser o no ser del largometraje. Hawks intentó paliar la situación contratando a Jorge Rivero,[3] un actor desconocido —y, por tanto, barato— que prome­tía, pero que no logró solucionar el problema. Hawks sabía desde el principio que el proyecto estaba abocado al fracaso: “No pude hacer gran cosa […]. Los dos chicos que aparecían (Rivero y Chris Mitchum) no podían con Wayne […], así que no teníamos nada que hacer” (ibídem, p.132).

Al faltar ese segundo “peso pesado”, y con él su conflicto interno para superar la adicción al alcohol, también falla una trama ya lastrada por el hecho de la ausencia de motivación, digamos profesional: McNally no es un agente de la ley y, por consiguiente, no tiene por qué rechazar la ayuda que puedan aportar los habitantes del pueblo. No está presente la causa principal que empujó a Hawks a rodar Río Bravo. Es decir, desaparecen los dos temas centrales que hacían importante el filme. Tanto es así, que al final de la cinta, son los granjeros los que consiguen acabar con Hendricks, y Wayne no tiene más remedio que sentenciar que el mérito es de la gente del pueblo: “han reconquistado su ciudad”.





[1] Nótese que todos ellos, Ricky Nelson, James Caan y Chris Mitchum llevan, en sus respectivas películas, como apodo un río de Estados Unidos: Colorado, Mississippi y Tuscarora.
[2] Cinema Center Films fue la compañía que financiaba el filme y la que se negó a poner más dinero sobre la mesa para incorporar al casting a otro actor de primera línea.
[3] Actor mexicano, deportista, que representó a su país en los juegos panamericanos en la especialidad de natación y waterpolo.


lunes, 8 de febrero de 2016

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (VII)

4.2.2. El Dorado (Howard Hawks, 1966).

Al finalizar Río Bravo, Hawks ya tenía claro que su siguiente proyecto sería la tan deseada aventura en África, de la que hemos hablado, y que se saldó con el éxito de Hatari! (1962). Otra cinta que describía la vida cotidiana de un grupo de amigos en peligro, esta vez por culpa del entorno salvaje, y de nuevo con la amistad y la profesionalidad como banderas. Tras Hatari!, el cine de Hawks entró en declive a través de Su juego favorito (1964) y Peligro… Línea 7000 (1965), un bache casi más profundo que el de Tierra de faraones. Como hizo entonces, Hawks recurrió al western para salvar la situación. Así nació El Dorado. 


















Cuando uno analiza los argumentos en los que se basan las películas de la última etapa de Howard Hawks, más claro ve la obsesión del realizador por abstraerse de la trama, por utilizarla como excusa para ocuparse de lo que para él era la esencia del filme: el retrato de personajes y el estudio de situaciones ya abordadas previamente. Lo que Hawks quería era seguir indagando en las relaciones entre ciertos caracteres después de cambiar el valor de algunas variables. Mientras rodaba Río Bravo, Hawks veía el resultado de lo que iba filmando y se preguntaba que pasaría si el alcohólico en vez del ayudante fuera el sheriff, o que ocurriría si cambiaba al joven pistolero por alguien que no hubiese manejado un arma en su vida:

“Siempre que ruedo una escena me pregunto: ‘¿Cómo sería todo al contrario?’. No hay un motivo especial por el que seguir una línea recta. Siempre se puede incluir un giro, y lo vemos sobre la marcha. Así trabajo con los guionistas” (Entrevistas TCM).

A Hawks le gustaba experimentar y fue lo que hizo con El Dorado, una película que siempre negó que fuera un remake de Río Bravo. Entendemos a Hawks en su defensa, a veces vehemente, de la singularidad de la película en cuanto a que alega que no es una copia, plano a plano, como la realizada con Bola de fuego. Con El Dorado y, luego veremos, con Río Lobo, el grado de entropía que explicábamos en la introducción es cada vez más elevado, desde luego mucho más que en Nace una canción, donde es prácticamente mínimo. El caso de El Dorado se corresponde más con el concepto de “Reiteración-Variación” definido por Francis Vanoye, que con el de repetición. El escritor compara el cine de Hawks con el de Eric Rohmer, en concreto con su serie de los Cuentos Morales, también con los westerns que rodó Budd Boetticher con Randolph Scott o con las tres películas que Ingmar Bergman filmó en torno al Silencio de Dios. Todas ellas hacen pensar “en la música, en las variaciones sobre un tema, en la reescritura de obras para diversas formaciones musicales o en la reorquestación […]. Estamos ante una estructura poética y musical, con efectos de rimas situacionales, de amplificaciones o reducciones de motivos, de inversiones, transformaciones, etc.” (Vanoye 1996, p.50).

Para “reorquestar” Río Bravo, Hawks se hizo con los derechos de la novela “The Stars in their Courses”, de Harry Brown. El director utilizó el libro simplemente como referencia, como una historia de la que partir para llegar a lo que le interesaba. El guion lo escribió Leigh Brackett siempre atenta a las indicaciones de Hawks y en perfecta sintonía con lo que el realizador pretendía desde su participación en el libreto de Río Bravo. Se puede decir que la escritora recogió el testigo de manos de Jules Furthman para continuar con la trilogía. Como a Hawks no le convencía el tono trágico que inundaba la historia original, decidió cambiarla enseguida de tal forma que en El Dorado, de la novela de Brown apenas queda el planteamiento del conflicto:[1]





[1] A Harry Brown no le gustó nada lo que hicieron con su novela y siempre renegó de la película. Hasta luchó para que retirasen de los créditos el título de su libro.



lunes, 12 de octubre de 2015

EL AUTOREMAKE EN EL CINE: CAPÍTULO 4.2 (I)

Continuamos con el capítulo iniciado el año pasado referente a la obra de Howard Hawks. Después de ver el primer epígrafe dedicado a Bola de fuego y a su remake, Nace una canción, ahora nos adentramos en los entresijos de Río Bravo y sus posteriores remakes, El Dorado y Río Lobo. Espero que os gusten:


4.2. ¿A quién le toca hacer de borracho?
4.2.1. Río Bravo (Howard Hawks, 1959).

Ni siquiera Howard Hawks, amparado en su independencia, fue capaz de esquivar la crisis que sacudió al cine en la década de los 50. Ya hemos comentado que la televisión hizo mucho daño a la industria cinematográfica, y que ésta intentó diferenciarse de la pequeña pantalla ofreciendo un producto de gran formato y a todo color. Megaproducciones como Tierra de faraones (Land of the Pharaohs de Howard Hawks, 1955) eran habituales en las salas de la época, si bien los fracasos, cuando sucedían, eran de las mismas proporciones. Desengañado con lo mal aceptada que fue por crítica y público su historia del faraón Keops, Hawks decidió alejarse de la dirección durante cuatro años; tiempo que empleó en viajar a Europa para replantearse su profesión. Al regresar a Los Ángeles tenía unas cuantas cosas claras: ya no volvería a hacer una película histórica, intentaría contar siempre con actores de primera línea [1] y, ante todo, daría prioridad a los personajes sobre la trama.[2] Algo que no era nada nuevo en su forma de entender el cine, pero que en cierto sentido fue más premeditado a partir de ese periodo de reflexión. De esa toma de conciencia habló Hawks en numerosas ocasiones:

“Ha llegado la televisión y han utilizado tantos argumentos que la gente empieza a cansarse […]. Si conseguimos impedir que sepan de qué va la historia, quizás consigamos mantener su interés. Y esto pasa por personajes que den una motivación a la historia: las situaciones suceden porque el personaje ‘cree’, no porque lo escribas tú” (Bogdanovich 2007, p.283).

Con tales premisas, intentó llevar a cabo un viejo proyecto, una película de aventuras que se rodaría en África, con Gary Cooper como protagonista y distribuida por la Warner Brothers.[3] Pero nada salió como estaba previsto, la producción fue cancelada y Hawks se enfrentó a la Warner en un pleito que se saldó con una propuesta: el estudio participaría en la financiación y distribución de la siguiente película de Hawks, Río Bravo, un western que haría el número tres de su carrera.[4]

El guión escrito por Jules Furthman y Leigh Brackett narra cómo el sheriff de Río Bravo, John T. Chance (John Wayne), tras acusar de asesinato y detener a Joe Burdette, se prepara a rechazar el asalto a la cárcel por parte de Nathan Burdette, hermano del primero y cacique del pueblo. Para resistir el ataque cuenta con Dude (Dean Martin), su ayudante, un borracho que ahoga sus penas en alcohol a causa de un desengaño amoroso, y con Stumpy (Walter Brennan), un viejo tullido. Al tiempo que se prepara el enfrentamiento, llegan a Río Bravo, Feathers (Angie Dickinson), una jugadora de cartas perseguida por la justicia, y Wheeler (Ward Bond), un comerciante amigo de Chance que termina por ofrecerle su ayuda. Cuando Wheeler es asesinado por la banda de Burdette, el joven Colorado (Ricky Nelson), guardaespaldas del comerciante, también se ofrece para ayudar al sheriff, que de nuevo rechaza todo tipo de auxilio. Tras una escaramuza, donde Dude se deja sorprender por los matones de Burdette, y donde Feathers y Colorado, sin el consentimiento del sheriff, colaboran para reducir a los pistoleros, Colorado consigue ser admitido en el grupo. El desenlace se precipita cuando de nuevo Dude cae en poder del cacique: Burdette negocia con Chance un intercambio de prisioneros que tiene lugar en las afueras del poblado. Es allí, durante el canje, cuando se produce el último tiroteo que acaba con Burdette y su banda.






[1] Para Tierra de Faraones, Hawks quiso contratar a John Wayne, pero las agencias de casting le impusieron a Jack Hawkins.
[2] También opinaba que las escenas eran más importantes que el argumento: “Sólo debes hacer buenas escenas. Encadenar una escena con la siguiente sin preocuparse por la parte lógica, sin preocuparse por buscar cómo enlazarlas, sólo que sean buenas” (Entrevistas TCM: Howard Hawks)
[3] La película finalmente se rodó en 1962 para la Paramount y tuvo un gran éxito. Se tituló Hatari! y fue protagonizada por John Wayne.
[4] Los dos anteriores fueron Río Rojo (1948) y Río de sangre (The Big Sky, 1952), aunque Hawks también participó en la dirección de El Forajido (The Outlaw de Howard Hughes, 1943) y en Viva Villa (Viva Villa! de Jack Conway, 1934).


miércoles, 2 de abril de 2008

EL DORADO (Howard Hawks, 1966)

El Dorado es un remake de Río Bravo (1959) y un anticipo de Río Lobo (1970), todas de Howard Hawks, uno de los grandes. Con esta trilogía el genial director quiso ofrecer una alternativa a Solo ante el peligro (High Noon de Fred Zinnemann, 1952). Y lo consiguió: el sheriff sólo necesita de sus colaboradores (un borracho, un anciano y un muchacho imberbe) para solucionar sus problemas, dejando al margen al pueblo que para eso lo eligió. Sin menospreciar la trama, lo que más me interesa a la hora de comentar una obra de autor -y ésta lo es, digan lo que digan- es descubrir los elementos, en este caso hawksianos, que la configuran. Veamos algunos de ellos:


Como ocurría en Río Rojo (Red River, 1948), aquí también nos encontramos con un grupo de amigos unidos frente al peligro. La amistad en letras mayúsculas es uno de los grandes temas que Howard Hawks analizó a lo largo de su carrera, pero a diferencia de lo que sucedía en Río Rojo y Río de Sangre (The Big Sky, 1952), en El Dorado los personajes se mueven en un entorno cerrado, la película es más claustrofóbica y no existen esos rodajes de exteriores que dan un aire más épico a las anteriores producciones. Sólo su “mano invisible” (como la del mercado, que decía Adam Smith) a la hora de rodar permanece como denominador común de estas tres grandes cintas. Y es que la cámara, en los filmes de Hawks, prácticamente no se nota. Él no quería por nada del mundo que extraños movimientos del operador -la mayoría para lucimiento del director de fotografía o del propio realizador- estropeasen o desviasen la atención del espectador. Así no es de extrañar la profusión de planos generales, planos fijos a la altura de los ojos o planos americanos con ligeros movimientos sólo usados para encuadrar a los actores. De esta forma cuando Hawks usaba un travelling o una panorámica resaltaba la acción mucho más que cualquier otro director con la misma técnica.

Pero donde podemos encontrar al verdadero Howard Hawks es “buceando” en los protagonistas. En El Dorado, como en el resto de películas de Hawks, los actores se encuentran muy identificados con los personajes. Es lo que buscaba el realizador a la hora de hacer un casting, y a la hora de escribir un guión. Supeditaba la parte escrita al actor en cuestión y no dudaba en variarla o en improvisar si con ello lograba esa perfecta unión personaje-actor. Así Robert Mitchum logra hacer uno de los mejores papeles de su vida al interpretar a un complejo personaje hundido en el alcohol. Este actor da aquí muestras de hasta donde puede llegar una estrella de cine si se encuentra bien dirigida.


John Wayne, con el que trabajaría en cinco ocasiones, interpreta al héroe hawksiano por excelencia, el líder que no duda en ayudar a su amigo evitando muestras explicitas de ese apoyo (como hiciera Cary Grant en Sólo los Ángeles tienen alas o el propio Wayne en Río Bravo y otras).

Mississippi (James Caan), el joven aprendiz, es otro clásico en la temática de Hawks (Matt al principio de Río Rojo, Ricky Nelson en Río Bravo o Chips en Hatari! son varios ejemplos).

Con El Dorado el espectador puede presenciar un western distinto; el cinéfilo puede dedicarse a disfrutar de la interpretación de los personajes sin distraerse con los movimientos de cámara; y el aficionado, en general, seguro que va a pasar un rato entretenido junto a una película narrada al estilo clásico, lejos de las innovaciones que se imponían en el mundo del cine en los años sesenta.

Ver Ficha de El Dorado

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