El cine ha sido —y es— mi afición, mi pasión podríamos decir, pero la lectura y la escritura siempre han estado presentes en mi vida. Creo que sólo hay una cosa más gratificante que leer historias: contarlas. Recuerdo una infancia rodeado de tebeos, los que compraba con la paga del fin de semana y los que yo mismo fabricaba de forma rudimentaria para entretenerme. También me viene a la memoria —esto es más reciente— algunos guiones escritos con mucho entusiasmo, y gran torpeza, destinados a cortometrajes que nunca se realizaron o a largometrajes (uno de ellos se perdió en el complicado, por no decir imposible, mundo de los concursos) que sólo llegaron a existir en mi imaginación.

Es cierto que he tenido períodos en los que apenas he escrito nada, pero entre temas profesionales y artículos de cine, algunos publicados en revistas culturales, periódicos o en diversos espacios digitales, casi siempre he estado liado con esto de juntar palabras. Sin embargo, quitando los pinitos de guionista, nunca me había puesto en serio a escribir algo de ficción. Fue después del verano pasado, el del 2010, cuando por circunstancias personales y profesionales que no vienen a cuento se me presentó la oportunidad de disfrutar de todo un año sabático. Era el momento de intentarlo, de empezar una novela, de ver si era capaz de aguantar un ritmo de escritura diario, de documentarme en serio, de planificar una historia y, en fin, de crear y dar vida a unos personajes.
Con gran temeridad por mi parte (aún no sé cómo fui capaz) me lié la manta a la cabeza y me puse en marcha. Es cierto que ya tenía una idea, pero era sólo eso, una ligera idea de lo que quería contar. Tardé un mes entero en fabricar el esqueleto de la novela y en escribir “la biblia” de los personajes principales. Aquello era demasiado complicado y estuve a punto de tirar la toalla antes de comenzar a rellenar ese esquema, antes de empezar a escribir en serio.
Pero lo hice. Me puse a darle a la tecla poco a poco. Con más miedo que vergüenza, conseguí escribir una página al día después de corregir, leer, releer y volver a corregir. ¡Una página potable (que a mí me parecía potable) después de varias horas de trabajo! Otra vez la sombra del abandono planeó sobre mi mente. Con esas dudas estaba cuando llegó el Festival de Cine Europeo de Sevilla 2010, una excusa perfecta para aparcar el libro. Recuerdo que me sentí algo frustrado: aquello se iba a quedar en un experimento, en otro intento fallido de algo que me venía demasiado grande. Me dediqué a lo mío, a ver películas y a escribir sobre cine; y me olvidé de la novela que se quedó esperando en un archivo perdido, de una carpeta escondida, en el dichoso ordenador.continúa en Génesis de una novela negra II
Cómo conseguir el libro.






































