La Pícara Puritana es una adaptación de la obra de teatro “The Awful Truth” de Arthur Richman, y se trata del mejor remake, con diferencia, de las cuatro versiones que se llevaron a la gran pantalla. El filme se centra en uno de los temas recurrentes de la comedia: la guerra de sexos. En este caso los contendientes son el matrimonio Warriner: Lucy (Irene Dunne) y Jerry (Cary Grant), que se disponen a divorciarse después de salir a la luz mentiras e infidelidades por ambas partes –un profesor de canto que se toma demasiadas libertades, o un falso viaje de negocios, donde el moreno de bombilla no consigue disimular que se ha escapado a otro lugar-. En ese estado de cosas, Lucy decide casarse con un pesado pretendiente, al que no quiere, pero que dispone de millones de razones –y de dólares- suficientes para convencerla. Jerry no soporta la situación y hace todo lo posible para entorpecer la relación. Sus poco eficientes, pero muy divertidas, tácticas son: los celos (fallidos, a quién se le ocurre ligar con una cabaretera); o las continuas apariciones en la antigua vivienda conyugal, motivadas por la resolución judicial de la separación que le da derecho a visitar al… ¡perro!, después de una “custodia” conseguida por Lucy in extremis.
Estructurada en sketchs, la película va in crescendo en intensidad cómica conforme las zancadillas de Jerry van surtiendo efecto. Así, una secuencia donde Lucy intenta demostrar sus dotes como cantante de ópera, es boicoteada por Jerry involuntariamente, en una de las pocas concesiones que hace McCarey al slapstick; o una habitación se convierte en la reunión improvisada de los amantes de Lucy, a medida que van llegando al piso, en otro recurso eficaz del cineasta: el vodevil.
Estructurada en sketchs, la película va in crescendo en intensidad cómica conforme las zancadillas de Jerry van surtiendo efecto. Así, una secuencia donde Lucy intenta demostrar sus dotes como cantante de ópera, es boicoteada por Jerry involuntariamente, en una de las pocas concesiones que hace McCarey al slapstick; o una habitación se convierte en la reunión improvisada de los amantes de Lucy, a medida que van llegando al piso, en otro recurso eficaz del cineasta: el vodevil.

El director consigue su propósito de magnificar el enredo cuando encuadra lo que interesa gracias a una cámara nada estática. El movimiento del objetivo enmarca la puesta en escena que parece surgir de un detallado estudio anterior; preparación que ponemos en duda debido a la conocida capacidad de improvisar de Leo McCarey. Lo que sí parece seguro es el duro trabajo en la sala de montaje, donde la sucesión de miradas y gestos ayudan, y mucho, al éxito del proyecto.
Si el realizador hace un trabajo de altura no es menos cierto que gran parte del mérito en el acabado final lo tiene la soltura en la actuación de los dos protagonistas: Irene Dunne - junto a Carole Lombard y Claudette Colbert mi trío de comediennes favorito- hace su mejor papel dentro del género. Una actriz que vale igual para un roto que para un descosido (excelente en la primera versión de Tú y Yo, esta vez un melodrama, también de McCarey) y que sale airosa del duelo interpretativo junto a una estrella como Cary Grant.
De la elegancia de Cary Grant y de su aptitud para la comedia ya se ha hablado mucho, pero en esta película está especialmente brillante en su ironía y cinismo. Además se beneficia del feeling que surgió entre él y su compañera de reparto y que propició que compartieran cartel en un total de tres películas. Junto a ellos, un elenco de secundarios donde destaca Cecil Cunningham, en el papel de la deslenguada Tía Patsy; personaje ideal para lucimiento de los guionistas –y para su desahogo cuando pueden huir de sutilezas al crear sus diálogos-, con frases que se convierten en dardos envenenados y que, generalmente, cierran la escena con alguna suerte de sentencia demoledora, pero desternillante.
Y llegó el momento de presentar la secuencia que vamos a comentar. Se trata del sketch de la venganza de Lucy. El personaje interpretado por Irene Dunne se dispone a contraatacar después de que Jerry haya boicoteado su romance millonario. Ahora es ella la que pretende arruinar la velada de compromiso de boda de su esposo. La estrategia es directa: va a hacerse pasar por la hermana de Jerry, aprovechando una de las mentiras de su marido (para justificar la voz femenina que contestó al teléfono en su habitación, Jerry le dijo a su prometida que se trataba de su hermana).
Nosotros nos callamos ya, aquí llega Jerry a la importante cita con su prometida y sus futuros suegros, todos pertenecientes a la clase social más alta de la ciudad:
La secuencia que acabamos de presenciar dura siete minutos y tiene un prólogo que incluye la llegada de Cary Grant, y se centra en las excusas (mentiras) de Jerry para explicar porqué su hermana no ha podido venir –le falta la más importante: porque no existe-. Es una introducción de lo que se avecina, una acumulación de mentiras que no traerá consecuencias muy agradables para Jerry.
El sketch realmente arranca cuando llega Lucy por sorpresa, haciéndose pasar por la hermana de Jerry. El vestido, la forma de caminar y de hablar es la propia de una profesional de la barra americana. Irene Dunne está simpatiquísima y el propio Cary Grant no puede disimular su risa en varios momentos de la secuencia.
El director plantea la puesta en escena de una forma sencilla y útil cuando la reparte en dos secciones: la de la derecha para los suegros, y la de la izquierda para Cary Grant y su novia. Será el montaje y, en alguna ocasión, el elegante movimiento de la cámara las herramientas que utilice para la unión de ambas acciones.
McCarey divide la secuencia en tres partes diferenciadas entre sí según la situación donde se encuentre Irene Dunne. En la primera, Lucy, que se ha hecho ya con los mandos de la acción, se presenta a todos los personajes y se sienta con la suegra. Como haría el mejor Chaplin, la actriz utiliza su pañuelo para poner en apuros a la lady. McCarey sigue a Lucy en su charlotada y utiliza con habilidad el montaje para unir miradas y gestos cuando ella anuncia que los dos hermanos son poco menos que alcohólicos. Es una técnica que ya no abandonará el director, y que incluso hará aumentar de frecuencia a lo largo del resto de la secuencia.
En la segunda parte, después de pedir una jarra de whisky, Lucy se coloca al lado de su hermano desmintiendo una y otra vez todo lo que cuenta Jerry. Más adelante, se sienta entre la desconcertada pareja (por si hacía falta explicitar más su intención); deja entrever cuál es su profesión: la más antigua del mundo; e insinúa que son todos unos ladrones.
Como traca final, Irene Dunne imita el baile que hemos podido presenciar en una escena muy divertida de la primera mitad de la película. Aquella en la que Cary Grant le presenta a un ligue (Joyce Compton), que sorprende con una danza escandalosa, donde un chorro de aire hace que su falda se eleve por encima de la cabeza cada vez que dice la palabra “wind”. El vuelo del vestido de Marilyn Monroe en La Tentación vive arriba queda rasante en comparación con el de Joyce.
Para rematar la faena, McCarey utiliza un guiño al espectáculo de varietés donde los falsos hermanos se despiden del “público” -con Cary Grant ya rendido- antes del definitivo fundido con el que concluye esta secuencia que espero les haya gustado.
Nosotros nos callamos ya, aquí llega Jerry a la importante cita con su prometida y sus futuros suegros, todos pertenecientes a la clase social más alta de la ciudad:
La secuencia que acabamos de presenciar dura siete minutos y tiene un prólogo que incluye la llegada de Cary Grant, y se centra en las excusas (mentiras) de Jerry para explicar porqué su hermana no ha podido venir –le falta la más importante: porque no existe-. Es una introducción de lo que se avecina, una acumulación de mentiras que no traerá consecuencias muy agradables para Jerry.
El sketch realmente arranca cuando llega Lucy por sorpresa, haciéndose pasar por la hermana de Jerry. El vestido, la forma de caminar y de hablar es la propia de una profesional de la barra americana. Irene Dunne está simpatiquísima y el propio Cary Grant no puede disimular su risa en varios momentos de la secuencia.
El director plantea la puesta en escena de una forma sencilla y útil cuando la reparte en dos secciones: la de la derecha para los suegros, y la de la izquierda para Cary Grant y su novia. Será el montaje y, en alguna ocasión, el elegante movimiento de la cámara las herramientas que utilice para la unión de ambas acciones.
McCarey divide la secuencia en tres partes diferenciadas entre sí según la situación donde se encuentre Irene Dunne. En la primera, Lucy, que se ha hecho ya con los mandos de la acción, se presenta a todos los personajes y se sienta con la suegra. Como haría el mejor Chaplin, la actriz utiliza su pañuelo para poner en apuros a la lady. McCarey sigue a Lucy en su charlotada y utiliza con habilidad el montaje para unir miradas y gestos cuando ella anuncia que los dos hermanos son poco menos que alcohólicos. Es una técnica que ya no abandonará el director, y que incluso hará aumentar de frecuencia a lo largo del resto de la secuencia.
En la segunda parte, después de pedir una jarra de whisky, Lucy se coloca al lado de su hermano desmintiendo una y otra vez todo lo que cuenta Jerry. Más adelante, se sienta entre la desconcertada pareja (por si hacía falta explicitar más su intención); deja entrever cuál es su profesión: la más antigua del mundo; e insinúa que son todos unos ladrones.
Como traca final, Irene Dunne imita el baile que hemos podido presenciar en una escena muy divertida de la primera mitad de la película. Aquella en la que Cary Grant le presenta a un ligue (Joyce Compton), que sorprende con una danza escandalosa, donde un chorro de aire hace que su falda se eleve por encima de la cabeza cada vez que dice la palabra “wind”. El vuelo del vestido de Marilyn Monroe en La Tentación vive arriba queda rasante en comparación con el de Joyce.
Para rematar la faena, McCarey utiliza un guiño al espectáculo de varietés donde los falsos hermanos se despiden del “público” -con Cary Grant ya rendido- antes del definitivo fundido con el que concluye esta secuencia que espero les haya gustado.


