
Uno se ha vuelto de lo más desconfiado. Acude al cine con la escopeta
cargada y con la mecha encendida cuando se trata de ver una película
promocionada hasta la saciedad; aunque no sea norteamericana. En el caso de Alatriste,
tuve que dejar el fusil en el ambigú y apagar la mecha nada más comenzar
la cinta; justo cuando vi a Viggo Mortensen emergiendo de las aguas, ¡buen
comienzo, vive Dios! Y es que el largometraje de Agustín Díaz Yanes,
sobre las novelas de Pérez Reverte, se puede calificar de muy interesante.
Interesante, pero desigual. Veamos primero lo que falla en esta producción:
La narración es discontinua y distorsiona el resultado final.
La trama se interrumpe por doquier, quebrando su unidad en varias ocasiones. La
culpa es de un guión que ha querido abarcar mucho para tan poco tiempo –y eso
que la cinta dura dos horas y media-. Le ocurre lo mismo que al clásico de aventuras El Hidalgo de los mares. Allí, Raoul Walsh quiso incluir en
una misma cinta varios libros de C.S. Forester. El resultado fue una trama que
se partía en dos. Tanto en aquella ocasión, como en Alatriste, los guionistas
tendrían que haberse conformado con menos base literaria o bien haber realizado
una secuela. Pero no ha sido así. Por culpa de esa no-linealidad echamos en
falta más secuencias que reflejaran la labor de aprendizaje entre el capitán y
su protegido; la ruptura con el Conde de Guadalmedina de una forma más
progresiva; o haber alargado la escena en la que los dos amigos, Alatriste y
Quevedo, se enfrentan a partidarios de Góngora, por citar sólo algunos
ejemplos.
El casting de la película también es irregular. Si el
personaje de Viggo Mortensen y sus compañeros es muy adecuado –estupendos
Echanove, Dechent y Eduard Fernández- no lo son tanto los “grandes de España”,
Noriega y Javier Cámara. Nadie se imagina a éste último gobernando la nación y,
en cuanto al primero, parece que ha prevalecido más el querer incluir a un
actor de primer nivel en una cinta española, que en ser fiel al espíritu de la
novela. Y hay que hablar de la “voz” del protagonista. No me voy a explayar
aquí, sólo indicar que somos el país que mejor nivel de actores de doblaje
tiene ¿por qué no utilizarlos cuando es evidente que hacen falta?
Dicho esto, aquí vienen las razones por las que creo que Alatriste
es una obra importante: lo es por el tratamiento de la luz en algunos planos.
Agustín Díaz Yanes y su director de fotografía han sabido captar la misma
atmósfera que rodea los cuadros de Velázquez. Esto sucede, por ejemplo, cuando
Viggo Mortensen se ata las botas después de una noche de amor con Ariadna Gil,
o cuando el propio capitán acude para pagar el rescate de su ahijado.
También merece la pena observar el atractivo tono crepuscular
que envuelve a los personajes, sobre todo al propio Alatriste. La decadencia
del imperio español se refleja en sus rostros cansados, en sus cicatrices, en
sus ropajes y en el progresivo pesimismo que destila toda la cinta. La ironía
del autor queda patente en algunos diálogos donde se denuncian los males que
siempre ha padecido nuestro país. La ambientación, el buen tratamiento del
protagonista y las muy aceptables escenas de capa y espada - capa raída y
espada sangrante – acompañan a todo lo anterior para conseguir un balance
final favorable.
Ver ficha de Alatriste.

