
Los Angeles, 21 de marzo de 1.994. 66ª Ceremonia de Entrega de los Premios de la Academia norteamericana en Hollywood. Fernando Trueba conquista el segundo Oscar en la historia del cine español en la categoría de Mejor Film en Lengua no Inglesa, una década después de que José Luis Garci se hiciese con el primero con
Volver a empezar. Recuerdo que es el galés Anthony Hopkins el encargado en aquella ocasión de abrir el sobre y anunciar el nombre de la ganadora, "And the Oscar goes to…
Belle epoque". Toda una alegría y una sorpresa que casi nadie espera. Ciertamente, el film español no entra aquel año en ninguna de las apuestas ni figura en las quinielas a favoritos en una edición dominada por la presencia de producciones asiáticas. Tres de las cinco aspirantes al galardón proceden del Lejano Oriente y la cosa parece estar entre la china
Adiós a mi concubina de Chen Kaige y la taiwanesa
El banquete de bodas de Ang Lee. Finalmente y por fortuna ambas deben morder el polvo y la dorada estatuilla se viene para España. Trueba emocionado sube a recoger su premio y lo agradece sorprendiendo a los académicos un discurso que ya forma parte de nuestra historia y nuestra memoria. Especialmente inolvidables son sus últimas palabras:
"I would like to believe in God, but I just believe in Billy Wilder. So, thank you Mr. Wilder" ("Me gustaría creer en Dios, pero sólo creo en Billy Wilder, así que, gracias Sr Wilder")
A pesar del guiño, no cabe considerar
Belle Epoque como la mas "wilderiana" de las comedias de su autor. Trueba aseguró en alguna ocasión que en el guión que el mismo escribió junto a Rafael Azcona y su hermano David incorporó algún elemento autobiográfico correspondiente a sus años de juventud. Hay también una película anterior en la filmografía del realizador,
El año de las luces, que guarda no pocas conexiones con
Belle epoque y que en parte se toma como su precursora. En aquella como en ésta, se nos narra el despertar a la vida sexual y afectiva de un adolescente si bien ambas transcurren en períodos cronológicos distintos. En cuanto a las referencias cinéfilas, más que al "Dios" Wilder el director se muestra más próximo a su igualmente admirado Jean Renoir y a títulos como
La regla del juego o
Una partida de campo que comparten con Belle epoque su marcado tono bucólico y un cierto carácter de alabanza hacia la vida rústica El film suele también compararse con el western de Raoul Walsh
Un rey para cuatro reinas más que nada por sus similitudes en el punto de partida argumental (en esta cinta de 1.956, Walsh nos cuenta la historia de un vaquero que recala en un rancho regentado por una mujer y sus cuatro nueras en el que al parecer se halla escondido un tesoro) No, no es la comedia más wilderiana de Trueba, y sin embargo, el espíritu de tío Billy sobrevuela a lo largo y ancho de todo el metraje (recuérdese por ejemplo el pasodoble que bailan unos travestidos Jorge Sanz y Ariadna Gil durante la fiesta de disfraces y que a mí al menos me remite a esa otra rumba que se marcan Jack Lemmon y Joe E. Brown en la inolvidable
Con faldas y a lo loco).
Y es que
Belle Epoque no es ni más ni menos que una fiesta de principio a fin. Trueba logra que el espectador se contagie y acabe participando de ese gozoso canto a la libertad y a la alegría de vivir que es su película. No es casualidad que su trama se sitúe cronológicamente en los úlimos días de la Segunda República española, un período que aquí se presenta como uno de los más felices y prósperos de nuestra reciente historia, preludio y contrapunto del oscuro pozo en el que está a punto de zambullirse el país para no salir en cuarenta años. En esta particular "belle epoque" se hace muy fácil la exhaltación de la "joie de vivre" y el amor por la vida dados los vientos de libertad que soplan por doquier y que recorren todos los ámbitos de la vida nacional: el pensamiento, la enseñanza, las relaciones sentimentales el sexo… El escenario en el que se desarolla la historia también aparece como un oasis de paz y armonía en medio del convulso panorama político que sacude al país en esos momentos. Trueba y los suyos se marcharon a rodar
Belle epoque a un viejo caserón sito en el Algarbe portugués, una región especialmente bella y luminosa que resulta un marco ideal para los intereses de la película.
No obstante, el guión – no podía ser de otra manera estando escrito por quienes está escrito- tiñe la historia de cierta melancolía y amargura que terminan por dar al conjunto de la obra el carácter de una tragicomedia. La obra arranca con un hecho trágico como es el suicidio de los dos guardiaciviles narrado desde una perspectiva humorística que lo convierte casi en un avatar chusco, y concluye con el ahorcamiento del párroco que empaña en parte el final de la historia nos deja un sabor final agridulce. La película tiene como protagonista a Fernando, un ex seminarista que sirive como soldado en el ejercito español y que decide desertar de él en vísperas del estallido del golpe fascista del 36. En su huida el joven encuentra refugio durante unos días en casa de Manolo, un artista retirado y alejado del mundanal ruido que le brinda su amistad y le adopta como pupilo y cocinero. Cuando Fernando está a punto de abandonar la casa de su mentor, éste recibe la visita de sus cuatro hijas que acuden a pasar junto a su padre las vacaciones de verano. Fuertemente impresionado por la belleza de las jóvenes, el muchacho decide cambiar de opinión y quedarse un tiempo más, un tiempo en el que acabará seduciendo sucesivamente a cada una de ellas sin saber de quien está en realidad enamorado.
No cabe duda de que el peso interpretativo de esta comedia coral recae en su quinteto de jóvenes protagonistas sobre quienes nada hay que objetar. Tanto Jorge Sanz, un actor en constante progresión, como sus cuatro compañeras de catre, quiero decir de reparto están más que correctos en sus respectivas composiciones. Sin embargo, y tratándose de una comedia azconiana y de raíces berlanguianas – y está claro que
Belle Epoque lo es- algo habrá que decir de su impagable elenco de secundarios. Algo habra que decir por ejemplo de esos Gabino Diego y Chus Lampreave que dan pie a algunos de los momentos más hilarantes y disparatados de la cinta o de ese impresionante Agustín González en un papel que bordada y en el que nunca nos cansábamos de verle. Qué se puede hacer finalmente si no es postrarse de rodillas ante un monstruo de la interpretación como Fernando Fernán Gómez, un actor capaz de convertir en oro todo lo que tocaba y que aquí además se revela como el auténtico espíritu de la película con un personaje hecho a la medida mezcla de bondad y escepticismo. Cómo no acabar perdiéndose en esa mirada triste y lánguida final suya con la que despide no solo a una hija sino también a una época y un tiempo irrepetibles que nunca más han de represar. Como diciendo, tarde o temprano esto tenía que pasar, yo ya me lo olía desde el principio. A fin de cuentas…, nada ni nadie es perfecto.