El 2013 fue el año de las películas sobre viajes existenciales en solitario; el año de Gravity (Alfonso Cuarón), que se llevó nada menos que siete Óscar y estuvo nominada a un total de diez. Pero también fue el año de otro tipo de travesías protagonizadas por héroes que se enfrentaban ellos solos a la naturaleza; al mar. Fue el año de En solitario (En solitaire, Christophe Offenstein), una cinta francesa basada en hechos reales que tomaba como punto de partida la vuelta al mundo a vela sin más tripulación que el patrón, y sin escalas; y el año de Cuando todo está perdido, en mi opinión la mejor de todas:
A 1.700 millas del estrecho de Sumatra, el velero “Virginia Joan” choca contra un contenedor a la deriva. A bordo viaja solo “nuestro hombre” (Robert Redford). La avería es muy seria, tanto que ha inundado parcialmente la cabina. Después de una serie de maniobras para separar el yate del contenedor, nuestro hombre consigue tapar el boquete y achicar todo el agua, pero se avecina un temporal. El barco se encuentra a merced de olas y viento y vuelve a inundarse. Ni el ancla flotante ni otras medidas de emergencia consiguen lo inevitable, que el velero comience a hundirse...
El arranque de la cinta ya vincula al público con el héroe cuando se oye la voz de nuestro hombre leyendo la nota que acaba de escribir donde pide perdón por no haber logrado sobrevivir a pesar de haberlo intentado todo. Después viene un largo flashback donde la acción se remonta a ocho días atrás y se divide en dos partes: la primera a bordo del velero, y la segunda en la balsa salvavidas. En ambas mitades se narran los intentos desesperados de nuestro hombre por permanecer vivo hasta el momento en el que escribe ese misterioso mensaje. ¿A quién va dirigido y qué significa?
Quizás la clave de todo se encuentre en los rivales del protagonista. Que no son otros que la propia naturaleza, la civilización que avanza implacable, y la arrogancia del hombre que cree estar por encima de cualquier situación y dominar a los elementos. Confía en los aparatos electrónicos, en la navegación por satélite, en el móvil y demás inventos que la sociedad pone a su disposición. Pero a la vez menosprecia las amenazas y se permite el lujo de, por ejemplo, no dedicar tiempo a estudiar la navegación clásica con el sextante, instrumento que se encuentra sin estrenar y que tiene que aprender sobre la marcha.
A nuestro hombre le sorprenden durmiendo las acciones de sus oponentes en varias ocasiones, y se despierta cuando ya es demasiado tarde. Se trata de un toque de atención del director sobre la irresponsabilidad de viajar solo, sobre lo infravalorada que la especie humana tiene a la naturaleza cuyo poder es ilimitado como se demuestra en las dos secuencias de los temporales. El realizador juega incluso con el punto de vista de la Tierra cuando rueda imágenes submarinas justo debajo de la balsa. La vida marina, todo armonía, se desarrolla allí con placidez mientras el náufrago sufre lo indecible por mantenerse vivo en la superficie.
Pero el verdadero monstruo del largometraje es el desarrollo humano insostenible. Representado por el contenedor a la deriva —de amenazante color rojo y ¡lleno de zapatos!, cínica paradoja que se ríe del bien de consumo destinado para andar por la tierra y totalmente inservible en la mar—, el imparable mundo capitalista se muestra despiadado con nuestro hombre. En primer lugar lo coloca en una situación extrema cuando el velero colisiona con él; más tarde lo desprecia cuando los barcos pasan de largo (otros porta contenedores iguales al mercante responsable de haber perdido la carga con la que colisiona el “Virginia Joan”) sin dignarse en mirar al protagonista del filme, insignificante en comparación con ellos.
Las palabras del prólogo “lo he intentado, pero todo está perdido”, se refieren a lo irreversible del mundo en el que vivimos, abocado hacia el desastre. Al menos, para nuestro hombre es así. Cuando se hunde en el profundo y oscuro océano y cierra los ojos, da la impresión de que ha fallecido, de que la claridad que ve en la superficie es la luz divina —y, por tanto, la mano se la tiende Dios.
El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Cuando todo está perdido en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas



La crónica de una lucha imposible.
ResponderEliminarAsí es, una lucha imposible contra la naturaleza, pero también contra el desarrollo humano insostenible.
EliminarUna película que hace pensar. Un beso
ResponderEliminarY tanto, si nos atenemos a las tres películas que se nombran en el post, la polución relaciona "Cuando todo está perdido" con "En solitario" (el velero francés se da un golpe contra un bidón abandonado), e incluso con Gravity (la catástrofe de la estación americana viene como consecuencia de la colisión con basura espacial). Los directores de todas estas cintas parecen haberse puesto de acuerdo en que el consumismo y la civilización, tal como evolucionan actualmente, se nos volverán peligrosamente en contra.
EliminarAbrazos!
Solo he visto Gravity, y le tengo que dar más oportunidades porque creo que la despaché con un 6. Yo soy aventurero de sofá, pero en alguna ocasión, como por ejemplo haciendo descenso de cañones me he topado con gente de lo más irresponsable que no consideraba el peligro en la ecuación. En cuanto a lo del capitalismo... Bueno, es muy fácil renegar de algo mientras miramos el Instagram en el móvil, ¿no? Cada uno que elija lo que quiera, que yo lo tengo muy claro.
ResponderEliminarGravity no está mal. Es otra película que nos alerta de los peligros que el propio ser humano ha puesto en orbita: Basura espacial a sortear por estaciones, satélites y cohetes. El capitalismo puede ser el menos malo de los sistemas políticos, pero tiene esas externalidades negativas que denuncia "Cuando todo está perdido".
EliminarGracias por la reseña. Te mando un beso.
ResponderEliminarGracias a ti por pasar y comentar.
EliminarAbrazos!