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jueves, 28 de mayo de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 29 de mayo al 4 de junio de 2009)

Acción, aventuras, películas del oeste, salpicadas de alguna obra maestra (Ciudadano Kane, Mystic River, Johnny Guitar), es la destacada oferta que nos presentan las diferentes cadenas de televisión en abierto. La acción se puede encontrar, entre otros lugares, en pleno desierto arábigo, al lado del teniente Lawrence, durante la Primera Guerra Mundial, o en Stalingrado, durante la Segunda; en la selva junto a Mowgli; atrapados en Somalia, después de que nuestro helicóptero haya sido abatido; intentando regresar al futuro, desde el salvaje Oeste; o en la India, con Kim y su padre, un maduro Errol Flynn. Si no queremos tanta acción, y preferimos el cine patrio al extranjero, podemos acudir a películas de Berlanga, Saura o a las cintas de los dos “Jose Luís”: Cuerda y Garci. Mientras ustedes eligen nosotros vamos a refugiarnos en un par de islotes para comentar algunas de las películas recomendadas

Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)

Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Los Cuatro jinetes del Apocalipsis (The Four Horsemen of The Apocalypse de Vincente Minnelli, 1962). Glenn Ford, Ingrid Thulin. (Radiotelevisión del Principado de Asturias, sábado 30 a las 23:30)

La Guerra, la Peste, el Hambre y la Muerte, Los Cuatro jinetes del Apocalipsis, todos son invocados al principio y al final de esta versión de la famosa novela de Vicente Blasco Ibáñez. La adaptación corresponde a la potente Metro-Goldwyn-Mayer en una época de vacas flacas para el cine... leer más



La Taberna del Irlandés (Donovan’s Reef de John Ford, 1963). John Wayne, Lee Marvin, Elizabeth Allen. (Canal Sur, domingo 31 a las 15:50)

Aventuras en una isla paradisíaca es lo que nos propone John Ford en su etapa final como director. Esta película significó, a la postre, la última colaboración entre el maestro y su actor preferido, John Wayne. Como hiciera Howard Hawks el año anterior con Hatari! (dan escalofríos escribir estos nombres), Ford rueda un divertimento para su disfrute y el de los actores. Todo esto se nota en el resultado final de la cinta que, aunque se trata de una de las obras más flojas del cineasta, hay que reconocer el encanto especial que tiene ver a John Wayne y Lee Marvin pelearse sin motivo alguno, sólo “por tradición”.

La película tiene un argumento bastante simplón: la vida tranquila en el atolón (y eso incluye los puñetazos de vez en cuando) se ve alterada cuando llega una estirada mujer de la clase alta. Totalmente desubicada, muy lejos de su Boston natal, no entiende la actitud de los habitantes –en especial la de “Guns” (Wayne)- y pretende lo imposible: cambiarla.

El vacuo guión se convierte en una entretenida comedia gracias a la dirección de Ford que se centra más en los actores que en la historia. Los rodajes debían ser tan divertidos como aparecen en pantalla. De hecho, mientras rodaban una de los planos de la pelea en la taberna, John Wayne realmente se estrelló contra una mesa, después de recibir la embestida de Lee “Boats” Marvin. La toma no era la que estaba prevista, pero a Ford le gustó tanto que mandó positivarla inmediatamente.

A la presencia, sin duda comercial, de Wayne y Marvin, hay que añadir la gratificante actuación de Dorothy Lamour, en un papel que le viene como anillo al dedo. La actriz parece tener un pacto con el diablo. Rozando los cincuenta, Dottie aparece bellísima, tan exótica como siempre, dando vida a su personaje preferido: el de la indígena que canta como los ángeles. Sin duda un guiño del propio Ford a su excelente largometraje Huracán sobre la isla (The Hurricane, 1937), una de las primeras películas de catástrofes, donde la actriz exhibía su famosa pose de joven-indígena-con-sarong.

Lo que demuestra el buen humor y lo relajado que estaba Ford con su Donovan's Reef es que no dudó en incluir tantos elementos de su querida Irlanda como pudo. Un ejemplo: el nombre de uno de los barcos que aparece en la película es Inisfree. ¿Se acuerdan de aquel pueblo donde fue a vivir cierto Hombre Tranquilo?



Los Implacables (The Tall Men de Raoul Walsh, 1954). Clark Gable, Jane Russell, Robert Ryan. (Canal 9, domingo 31 a las 23:45).

Una de las tres colaboraciones de Walsh con un Gable en su última, pero interesante etapa como actor en la que pocos confiaron a excepción del gran realizador. Es un western épico donde se nota la clara influencia de Griffith… leer más





Mediterráneo (Gabriele Salvatores, 1991). Diego Abatantuono, Claudio Bigagli. (Aragón Televisión, miércoles 3 a las 03:15)

Comedia ganadora del oscar a la mejor película extranjera en 1991, dirigida con un ligero tono dramático que la hace muy atractiva.

La cinta narra como unos soldados italianos desembarcan en una isla griega, en plena Segunda Guerra Mundial. Aunque al principio parece desierta, pronto descubrirán que no están solos. Sin una orden concreta, y con la radio estropeada, deciden quedarse allí hasta que el mando italiano les asigne otra misión. Entre otras cosas porque el pequeño territorio parece ajeno a la contienda; es una verdadera isla en medio del caos y sólo algunos sucesos puntuales les recordarán que son militares. Mientras esperan un destino que nunca llega, dedican su vida a hacer realidad sus sueños más queridos, aquellos que la guerra, la familia o la pobreza no les han permitido realizar.

Gabriele Salvatores se vale de un reparto coral para hacer una película pacifista donde, a medida que la disciplina se va relajando, van surgiendo espontáneamente las distintas personalidades que permanecían aletargadas: pintores frustrados, amantes tímidos y homosexuales reprimidos emergen gradualmente, coincidiendo con la desaparición paulatina del uniforme. La paradoja está servida: la Guerra ha sido la que ha propiciado que los soldados se encuentren a sí mismos y haya paz en su interior.



El filme pertenece al estilo que crearon los hermanos Taviani para sus mejores películas, aquellas que sorteaban la historia trágica con un lirismo reconfortante gracias a la inclusión de elementos fantásticos o de sueños imposibles. También se entronca con las películas protagonizadas por Massimo Troisi, en especial la excelente El cartero y Pablo Neruda (Michael Radford, 1995), con la que guarda más de un elemento común. Igual que en aquel filme, y como un componente más del reparto, el mar siempre está presente en la película de Salvatores. Es el que da colorido a una brillante fotografía; el responsable de la llegada del "invasor" y de otros curiosos personajes; el que ejerce de barrera física, cuando impide la salida de la isla. Una barrera "blanda" que nadie (o casi nadie) quiere cruzar.

martes, 20 de mayo de 2008

EL VUELO DEL FÉNIX (The Flight of The Phoenix de Robert Aldrich, 1965)

Si los años sesenta, en Hollywood, destacan por algo es por la cantidad de producciones de temática variada, cargadas de estrellas y en formatos visuales grandiosos, todo para intentar frenar la crisis que se había desatado en el sector a mediados de la década anterior. La llegada del televisor y la progresiva desaparición del sistema de estudios hizo que directores como Robert Aldrich se embarcaran en proyectos comerciales más o menos afortunados. El vuelo del Fénix responde a los primeros.



La cinta de Aldrich prácticamente recupera las películas de catástrofes, género casi olvidado desde aquellos excelentes filmes de la década de los treinta como San Francisco (W.S. Van Dyke, 1936) o Chicago (In old Chicago de Henry King, 1937) –ambos rivalizaron en efectos especiales y en taquilla- o esa maravilla que es Huracán sobre la Isla (The Hurricane, de John Ford, 1937). La pertenencia de The flight of the Phoenix a dicha modalidad de largometrajes se me antoja algo artificial y debida, quizás, al marketing más que a la trama en sí. Y es que el accidente sucede en el arranque –coincidiendo con los créditos-, el resto es una historia de supervivencia en el desierto y, sobre todo, un perfecto dibujo de caracteres enfrentados.

De los contrastes que nos presenta Aldrich destaca el de la lucha por ver quien consigue ponerse al mando: si el comandante piloto, un James Stewart que se culpa a sí mismo del accidente, amargado y criticando cualquier sugerencia; o el ingeniero que tiene la descabellada idea de fabricar un nuevo avión con los restos del antiguo (Hardy Kruger). Esta subtrama principal se encuentra acompañada de otras secundarias. Entre ellas la protagonizada por el estirado oficial inglés (Peter Finch) que quiere resolver el problema al viejo estilo -dando su vida por los demás- con la oposición del cobarde sargento, que no está por la labor; o la del doctor que tiene que cuidar –más bien controlar- a su paciente, un enfermo mental (brillante Ernest Borgnine) que en nada ayuda a la ya de por sí desesperada situación.

El nexo de unión entre los distintos personajes lo da un acertadísimo Richard Attenborough, en uno de sus mejores papeles. Es el segundo de a bordo, un piloto navegante que es un alcohólico, pero que se empeña en unir las habilidades de cada uno y facilitar la labor del que manda para conseguir el objetivo deseado: el de sobrevivir.

Aunque el punto fuerte del largometraje se encuentra en la riqueza de sus personajes -todos esconden alguna historia-, lo cierto es que algunos están algo desaprovechados, posiblemente por los cortes que tuvo que sufrir la cinta debido a su larga duración. Aún así supera ampliamente a la versión del 2004, donde los mejores efectos especiales no compensan la falta de personalidad de los protagonistas y donde se echa de menos el, para mí, decisivo elemento, el personaje encarnado por Attemborough.

El filme también tiene su punto de propaganda y la simbología es evidente: americanos, ingleses y alemanes resuelven sus diferencias, superando el último conflicto bélico, y trabajando juntos para ganar el que en ese momento se libraba: el de la Guerra Fría.

Con El vuelo del Fénix, Robert Aldrich consigue realizar un producto comercial de gran calidad, no sin antes superar muchas dificultades, incluso hasta desgracias personales –el largometraje fue dedicado a la memoria de Paul Mantz, un legendario especialista, piloto de pruebas, que falleció durante el rodaje cuando, superando a la ficción, el extraño avión realmente se estrelló-. Vista hoy en día, la película aún conserva toda su fuerza y todo el suspense. Aldrich no deja que el espectador se relaje ni un minuto y todavía se guarda una sorpresa final que, sin duda, es lo mejor de la cinta.
Ver Ficha de El Vuelo del Fénix

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