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jueves, 16 de abril de 2009

SILENCIO SE... GRABA (Semana del 17 al 23 de abril de 2009)

…Y sólo queda una semana para La Feria; que no es para hacer rabiar a dexter, todo lo contrario, seguro que se alegrará al ver en la habitual tabla de recomendaciones su querida Diarios de Motocicleta. Pero también hay otras películas interesantes: como los westerns personales de Lawrence Kasdan, Sergio Leone, Robert Aldrich o Raoul Walsh; y los grandes filmes clásicos de Howard Hawks, William Wyler, Leo McCarey y Alfred Hitchcock; además de algunas joyas que harán las delicias del espectador cinéfilo.

Pinchar en la tabla para verla mejor (las películas en rojo no son necesariamente las mejores, son las que se comentan más abajo)


Comentarios de algunas de las cintas recomendadas:

Me enamoré de una bruja (Bell, Book and Candle de Richard Quine, 1958). James Stewart, Kim Novak. (TV3, viernes 17 a las 18:25)

Divertida comedia de Richard Quine, que no pretende la carcajada, pero consigue la sonrisa continua del espectador a lo largo del metraje.

El realizador cuenta con su actriz fetiche, Kim Novak, protagonista de sus mejores filmes. La estrella, muy elegante, vestida por Jean Louis, es una hechicera más sutil que la interpretada por Veronika Lake en otro largometraje inolvidable: Me casé con una bruja (I Married a Witch de René Clair, 1942). Además tiene a su lado a James Stewart, su compañero en la excelente Vértigo (Alfred Hitchcok), realizada ese mismo año. A pesar de que en las dos cintas contemporáneas los personajes y la trama son radicalmente diferentes, existe una curiosa coincidencia que las une: la presencia de algo mágico y fantástico que flota en el ambiente.

Sin apartarnos del casting, hay que decir que los secundarios son de verdadero lujo: Jack Lemmon y Elsa Lanchester. A esta última se la recuerda por otra película de corte fantástico: La novia de Frankestein (Bride of Frankestein de James Whale, 1935), pero es justo reconocer que también participó –brillantemente- en varias películas interesantes, algunas al lado de su marido, Charles Laughton.

El lastre de este tipo de largometrajes, su evidente guión -sólo viendo quienes son los actores y el título de la película ya podríamos deducir casi la totalidad de la trama-, es solventado con maestría por Richard Quine. Para ello el director propone una sucesión de agradables escenas, dentro de una comedia ligera, todas adornando el objetivo principal del filme: el inevitable conjuro en el que caerá el no tan inocente James Stewart.



Don Quijote de La Mancha (Rafael Gil, 1947). Rafael Rivelles, Juan Calvo. (Castilla-La Mancha TV 2, sábado 18 a las 00:30)

La célebre obra de Cervantes sobre “El Caballero de La Triste Figura”, ha sido llevada al cine o a la televisión en multitud de ocasiones. Ya sea en clave de humor, o bien adornado con tintes trágicos, o sirvendo de motivo musical o presentado para la animación, las distintas versiones han tenido siempre un interés especial por lo universal del personaje. De todas ellas destacan, por su carácter personal, las realizadas por G.W. Pabst (1933), la inacabada de Orson Welles (1955) o la excelente debida a Grigori Kozintsev (1957). En un escalón ligeramente inferior podríamos situar al Quijote de Rafael Gil, del que vamos a hablar en la siguientes líneas.

La cinta es una de las más fieles al texto de Cervantes, y quizás ese puede que sea el motivo por el que ha sido tradicionalmente tachada de película despersonalizada. Y es que desde sus comienzos ya nació con esa etiqueta: un proyecto de CIFESA para realizar una superproducción a la española –así se califica al largometraje en los propios créditos-, un encargo que, lógicamente, cayó en las manos de uno de los tres mejores directores “caligrafistas” de la época (Rafael Gil, junto a Juan de Orduña y Sáenz de Heredia).

El director español comienza su carrera como documentalista y sirve a los intereses republicanos durante la Guerra Civil, hasta que, en 1939, se pasa al régimen franquista. A partir de aquí se inicia su verdadera trayectoria cinematográfica; un prolífico recorrido donde alterna películas de importancia (sobre todo sus primeras comedias, algunos melodramas y eficaces adaptaciones literarias) con otras, digamos oficialistas, muchas de ellas carentes de interés hoy en día, pero otras dignas de mención por su indudable calidad. Entre ellas destaca esta buena versión de Don Quijote de La Mancha.


A pesar de las secuencias propias del ciclo histórico (los “Glorias” al inicio y al final de la película, o algunos discursos “patrióticos” de Don Quijote, clara distorsión de la verdadera intención de Cervantes), el filme contiene grandes momentos como los travellings que enmarcan el arranque y la conclusión de la primera parte; la escena de los molinos; o las secuencias de los combates con el bachiller, al más puro estilo del cine de aventuras que se realizaba en Hollywood. Son ejemplos del buen oficio de Gil que, con una puesta en escena muy académica, consigue unas tomas que parecen extraídas de los mejores grabados de la novela.

Para el reparto se siguió con la costumbre –equivocada- de los primeros años de la posguerra de situar al frente del casting a un reputado actor de teatro. La responsabilidad recayó en Rafael Rivelles, que no desentona en su papel, pero que se excede en la declamación propia de las tablas. A su lado, Juan Calvo interpreta a uno de los mejores Sancho Panzas de la gran pantalla. Su protagonismo en el episodio del gobernador de la Ínsula, no lo desaprovecha el actor y convierte la secuencia en casi lo mejor de la película. El resto del elenco acompaña muy bien a la pareja principal. Tanto Fernando Rey como Manolo Morán (mi debilidad, no dejaré de alabar la espontaneidad de este magnífico profesional) y una jovencísima Sara Montiel, cumplen con nota su trabajo.

Creo que la cinta de Rafael Gil no ha sido tratada con la justicia que merece debido a su inclusión dentro del cine de propaganda. Opino que si nos abstraemos de su carácter político y nos fijamos en los aspectos puramente cinematográficos nos daremos cuenta de sus bondades: la excelente dirección de Rafael Gil, que aprovecha los recursos que la productora le asigna, para conseguir una impecable puesta en escena.



Un Rostro en la multitud (A Face in the Crowd de Elia Kazan, 1957). Andy Griffith, Patricia Neal. (Popular TV, Lunes 20 a las 00:30)

Crítica social a cargo de uno de los directores más críticos de la sociedad americana. A pesar de que recuerda a películas como Juan Nadie (Meet John Doe de Frank Capra, 1941), resulta pionera en la denuncia contra la televisión y su capacidad de crear –y destruir- ídolos de masas; por lo que, finalmente, es un antecedente directo de filmes como Network, un mundo implacable (Network de Sidney Lumet, 1976). Destacan las interpretaciones de Patricia Neal y del debutante Andy Griffith. No perderse el arranque, con la canción dedicada a la libertad del personaje interpretado por Griffith, y el final cargado de una fotografía expresionista que sirve para amplificar el drama.

viernes, 13 de junio de 2008

EL GRAN FLAMARION (The Great Flamarion de Anthony Mann, 1945)

Seguramente, Anthony Mann sea recordado por las películas que realizó en los años cincuenta y, en especial, por aquellos maravillosos western protagonizados por James Stewart, donde los rodajes en exteriores cobraban una importancia no vista hasta entonces. Sin embargo, este gran director, comenzó su carrera con filmes de serie B, generalmente policíacos, para modestas productoras y con actores de segundo nivel. Eran películas de gran calidad, muy bien realizadas por Mann que, de esta forma, supo ganarse la confianza de los grandes estudios. De todas estas cintas rodadas en los años cuarenta destaca una en especial: El gran Flamarion.



El largometraje contaba la historia de un tirador excepcional (Flamarion, interpretado por Erich Von Stroheim) al que un matrimonio le servía de blanco en su número circense. Fuera de los escenarios el tirador se convertía en la victima de las intrigas de la siniestra pareja; en especial de la mujer, Connie (Mary Beth Hughes), una femme fatale que “coleccionaba hombres” y quería deshacerse de su marido. El guión era una adaptación de la novela “The Big Shot” de Vicki Baum. En manos de Mann, el libro traspasaba el género del drama y se adentraba en el suspense, en el cine negro y hasta en el fantástico. Esa metamorfosis supongo que sería propiciada por el éxito de cintas tan legendarias como Perversidad (Scarlett Strett de Fritz Lang, 1945) o El ángel azul (Der Blaue Engel de Josef Von Sternberg, 1930). Ambas coincidían con Flamarion al tratar el mismo tema: lo bajo que puede caer un hombre introvertido y solitario en manos de una mujer sin escrúpulos.

Lejos de su espectacular forma de rodar, por la que se haría famoso, Mann se encierra en decorados claustrofóbicos y utiliza las luces y las sombras de forma sorprendente. Algunos ejemplos: cuando nos presenta a los personajes del drama, el número de tiro resulta ser un mal presagio de lo que iba a suceder en realidad; o mientras Connie habla con Flamarion –al que engaña-, podemos ver, detrás de ellos, las sombras de la actuación de un equilibrista encima de su monociclo, un equilibrista que acaba de formar parte de la colección de Connie.


El gran Flamarion contiene multitud de detalles que no son los habituales en una película de bajo presupuesto. Así, Mann introduce diversos planos a lo largo del metraje donde los espejos dan un significado que va más allá del simple reflejo de los personajes. También se recrea en aspectos tan avanzados como la forma de seducir de Connie mientras acaricia un revolver; símbolo fálico que utilizará Arthur Penn en Bonnie and Clyde... ¡más de veinte años después!

El hecho de presentar la acción entre bambalinas hace que The Great Flamarion, gracias a esa atractiva forma de tocar varios géneros, también pertenezca a la serie de filmes que surgieron después del estreno de El fantasma de la ópera. Directores tan hábiles como Todd Browning (Freaks, 1932) o Edmund Goulding (El callejón de las almas perdidas, 1947) supieron aprovechar el filón y consiguieron verdaderas obras maestras. La cinta de Anthony Mann mantiene esa misma línea y no duda en poner en boca de sus personajes una muy conocida metáfora: “La vida es un teatro y todos tenemos un papel en ella”.

Ver Ficha de El Gran Flamarion.

martes, 20 de mayo de 2008

ANATOMÍA DE UN ASESINATO (Anatomy of a Murder de Otto Preminger, 1959)

Se cumple hoy el centenario del nacimiento de uno de los grandes actores que ha dado el cine norteamericano. Nadie como James Stewart para representar al cine clásico de calidad. Decenas de películas me vienen a la memoria donde la inconfundible figura alta, delgada, desgarbada, pero elegante del actor acompañaba la trama para dotarla de personalidad. Hoy, con tal motivo, vamos a hablar de dos cintas protagonizadas por la estrella de Hollywood: Anatomía de un Asesinato y El Vuelo del Fénix.



Pocas cintas consiguen atraer la atención del espectador justo antes de que comience la acción. En Anatomía de un Asesinato, su director lo logra plenamente gracias a una excelente música de Duke Ellington – homenajeado en la película con un pequeño papel- y a unos famosos créditos del especialista Saul Bass: unos siniestros recortes de lo que parece ser un muñeco; un cadáver de papel.

Aunque hoy parezca absurdo, el largometraje fue muy polémico en su día. Incluso fue prohibido en alguna ciudad de Estados Unidos. La causa de tanto alboroto surgió por culpa del vocabulario empleado por los personajes.
Palabras tales como "puta", “penetración”, “anticonceptivo” o “pantys” (¿?) provocaron que hasta el propio padre de James Stewart calificara la cinta de “sucia” y encabezara una campaña en contra de ella. Pero el director era Otto Preminger. Hacía ya años que controlaba todos los aspectos de sus producciones y nada de esto le preocupaba en absoluto. Siguió adelante con el proyecto que a la postre resultó ser una de sus grandes obras. Fue nominada para siete oscar y aunque no ganó ninguno por culpa de Ben-Hur -una de las injusticias a las que nos tienen acostumbrados los miembros de la Academia- obtuvo muy buena acogida por parte de crítica y público.


El largometraje está basado en el best seller de Robert Traver y narra el juicio contra el teniente del ejército Manion (Ben Gazzara) acusado de matar al violador de su mujer, Laura. En un principio, Preminger pensó en Lana Turner para dicho papel, pero la caprichosa actriz no quiso ponerse unos pantalones que el propio director había elegido y, además, se empeñaba en que la vistiera el prestigioso Jean Louis. El típico tira y afloja entre director y estrella no llegó a producirse. Preminger no le dio opción: la despidió y contrató a Lee Remick, prácticamente una debutante, a la que parece que le vaya a estallar la blusa en cualquier momento.

Otto Preminger era, ante todo, un gran director de actores. Muy duro según ellos, pero gracias a su dureza obtenía lo mejor de cada uno, aunque fuera ya un profesional consagrado. Es el caso del protagonista: James Stewart. Toda la acción se desarrollaba bajo su punto de vista, el del abogado encargado de la defensa. Con su notable actuación, Stewart “inventó” una personalidad que navegaba entre el rigor del hombre de derecho y la sencillez de un aficionado a la pesca y al jazz que se tomaba la vida con gran sentido del humor. Así, su habilidad ante juez y jurado era del mismo nivel que su capacidad para mantener a Laura –y a su “blusa”- lejos de su espacio vital.

De la parte técnica merece la pena destacar el acertado uso de la profundidad de campo. Gracias a ella podemos observar, en una secuencia legendaria, como George C. Scott (el fiscal) se interpone deliberadamente entre el testigo al que interroga y el abogado, dificultando de esta forma la visión entre ambos y el intercambio de señas. Stanley Kramer repetirá la misma operación en otra famosa película del género: La Herencia del viento (Inherit the Wind, 1960), esta vez con Spencer Tracy como abogado defensor.

Anatomía de un Asesinato es de una ambigüedad extraordinaria –característica esencial en las mejores cintas de Preminger-, el espectador en ningún momento sabe si el acusado es culpable o inocente. Y es que, comenzando por la, digamos "alegre", Lee Remick y continuando por el barman amigo del muerto o el propio teniente Manion, nadie parece decir la verdad en este juicio. El que no miente es el director que se limita a exponer la vista oral con largos y planificados planos secuencia, sin decantarse por uno u otro lado. Cualquier realizador habría caído en la tentación de usar el flash-back para acompañar las declaraciones de los testigos; Preminger no lo hace, de esta forma consigue dar al espectador una libertad absoluta para decidir; una decisión nada fácil. Esto es, precisamente, lo que más me atrae de cualquier película de Otto Preminger, lo que sigue después del final: el debate asegurado entre los espectadores que han tenido la suerte de verla.

Ver Ficha de Anatomía de un Asesinato

EL VUELO DEL FÉNIX (The Flight of The Phoenix de Robert Aldrich, 1965)

Si los años sesenta, en Hollywood, destacan por algo es por la cantidad de producciones de temática variada, cargadas de estrellas y en formatos visuales grandiosos, todo para intentar frenar la crisis que se había desatado en el sector a mediados de la década anterior. La llegada del televisor y la progresiva desaparición del sistema de estudios hizo que directores como Robert Aldrich se embarcaran en proyectos comerciales más o menos afortunados. El vuelo del Fénix responde a los primeros.



La cinta de Aldrich prácticamente recupera las películas de catástrofes, género casi olvidado desde aquellos excelentes filmes de la década de los treinta como San Francisco (W.S. Van Dyke, 1936) o Chicago (In old Chicago de Henry King, 1937) –ambos rivalizaron en efectos especiales y en taquilla- o esa maravilla que es Huracán sobre la Isla (The Hurricane, de John Ford, 1937). La pertenencia de The flight of the Phoenix a dicha modalidad de largometrajes se me antoja algo artificial y debida, quizás, al marketing más que a la trama en sí. Y es que el accidente sucede en el arranque –coincidiendo con los créditos-, el resto es una historia de supervivencia en el desierto y, sobre todo, un perfecto dibujo de caracteres enfrentados.

De los contrastes que nos presenta Aldrich destaca el de la lucha por ver quien consigue ponerse al mando: si el comandante piloto, un James Stewart que se culpa a sí mismo del accidente, amargado y criticando cualquier sugerencia; o el ingeniero que tiene la descabellada idea de fabricar un nuevo avión con los restos del antiguo (Hardy Kruger). Esta subtrama principal se encuentra acompañada de otras secundarias. Entre ellas la protagonizada por el estirado oficial inglés (Peter Finch) que quiere resolver el problema al viejo estilo -dando su vida por los demás- con la oposición del cobarde sargento, que no está por la labor; o la del doctor que tiene que cuidar –más bien controlar- a su paciente, un enfermo mental (brillante Ernest Borgnine) que en nada ayuda a la ya de por sí desesperada situación.

El nexo de unión entre los distintos personajes lo da un acertadísimo Richard Attenborough, en uno de sus mejores papeles. Es el segundo de a bordo, un piloto navegante que es un alcohólico, pero que se empeña en unir las habilidades de cada uno y facilitar la labor del que manda para conseguir el objetivo deseado: el de sobrevivir.

Aunque el punto fuerte del largometraje se encuentra en la riqueza de sus personajes -todos esconden alguna historia-, lo cierto es que algunos están algo desaprovechados, posiblemente por los cortes que tuvo que sufrir la cinta debido a su larga duración. Aún así supera ampliamente a la versión del 2004, donde los mejores efectos especiales no compensan la falta de personalidad de los protagonistas y donde se echa de menos el, para mí, decisivo elemento, el personaje encarnado por Attemborough.

El filme también tiene su punto de propaganda y la simbología es evidente: americanos, ingleses y alemanes resuelven sus diferencias, superando el último conflicto bélico, y trabajando juntos para ganar el que en ese momento se libraba: el de la Guerra Fría.

Con El vuelo del Fénix, Robert Aldrich consigue realizar un producto comercial de gran calidad, no sin antes superar muchas dificultades, incluso hasta desgracias personales –el largometraje fue dedicado a la memoria de Paul Mantz, un legendario especialista, piloto de pruebas, que falleció durante el rodaje cuando, superando a la ficción, el extraño avión realmente se estrelló-. Vista hoy en día, la película aún conserva toda su fuerza y todo el suspense. Aldrich no deja que el espectador se relaje ni un minuto y todavía se guarda una sorpresa final que, sin duda, es lo mejor de la cinta.
Ver Ficha de El Vuelo del Fénix

martes, 22 de enero de 2008

EL HOMBRE DE LARAMIE (The Man from Laramie de Anthony Mann, 1955)

El Hombre de Laramie es el último western de los cinco que hicieron juntos Anthony Mann y James Stewart. Ambos protagonizaron una de las colaboraciones más fructíferas que ha dado el cine si tenemos en cuenta que todas las cintas son obras importantes del género. Aquí, Anthony Mann, lleva a la pantalla un relato aparecido en el Saturday Evening Post. Se trataba de una peculiar adaptación del “Rey Lear” de Shakespeare, en la que el director se centraba en dos aspectos, por un lado uno de los temas más recreados del western: la venganza; por el otro el tradicional enfrentamiento de Caín y Abel.



La historia original no podía estar más repleta de tópicos: Stewart era un forastero que llegaba a un pueblo de Nuevo México, dominado por un cacique y sus hijos, con la amenaza siempre presente de los indios. Sin embargo, en manos de Mann, la trama, en apariencia muy manida, se convierte en una “perla” para los amantes del western y del cine en general. Y es que las historias que contaba el director se convertían desde el principio en obras personales. Mann les daba la vuelta a los personajes, sobre todo al que encarnaba James Stewart. El héroe era presentado como un hombre crispado, la mayoría de las veces con turbio pasado y que finalmente se redimía después de un duro itinerario. A sus oponentes les confería una atractiva ambigüedad; casi siempre aparecían ayudando a Stewart o ganándose su confianza, pero finalmente el enfrentamiento entre ambos era inevitable. La violencia explicita del largometraje aún sorprende hoy en día.


El Hombre de Laramie tenía una dificultad añadida al ser la primera película de Mann en Cinemascope. Enseguida se adaptó al nuevo formato y parece que se sentía cómodo con él tal como demuestra en algunos de los planos. Así podemos observar como los caballos encuadran la pantalla en toda su longitud o el propio Stewart lo hace cuando aparece recostado dentro de una celda. Los interiores siempre presentan una mesa en primer plano, enmarcando perfectamente la escena, aportando una sensación de amplitud y confort. Pero quizás, lo más destacable, sea el efecto dramático conseguido con las impresionantes panorámicas de un paisaje semidesértico. En Mann la naturaleza es un personaje más y, gracias al nuevo formato, es el complemento perfecto del protagonista al proporcionarle el carácter épico que necesita. Si además incluimos una muy lograda canción (“The Man From Laramie”, de Lester Lee) en los momentos de mayor belleza visual, el resultado es difícil de superar.


Ver Ficha de El Hombre de Laramie.

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