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lunes, 13 de julio de 2026

PIRATAS DEL CARIBE: LA MALDICIÓN DE LA PERLA NEGRA (Pirates of the Caribbean: The Curse of The Black Pearl de Gore Verbinski, 2003)

A finales de los cincuenta, la defunción del subgénero de piratas era un hecho. Las causas del agotamiento de la fórmula son variadas y hay que buscarlas en el fin del sistema de los grandes estudios, y en la crisis del cine que, en general, había sido vencido por la televisión. También intervinieron en su decadencia el tratamiento de las películas de piratas como un subproducto perteneciente a la serie B, y el tono de parodia o comedia con el que ya se estaban identificando dichos filmes.


Las productoras no se atrevieron a invertir en historias de piratas —o pasaron sobre el tema de puntillas y siempre con malos resultados— hasta la reinvención del cine de aventuras en los años ochenta, cuando directores como George Lucas o Steven Spielberg asaltaron las taquillas y el cine recuperó bastante de lo perdido en la década anterior. De esta época destacan Piratas (Pirates, Roman Polanski, 1986), un filme del todo fallido por las mismas causas de siempre: por rozar la parodia, y la anodina Hook (Steven Spielberg, 1991), una historia aburrida de la que hasta el “mago” del cine reconoció sentirse disgustado. 

En la década de los noventa nada cambió, si acaso fue todavía peor debido al desastre de La isla de las cabezas cortadas. Con el tema bajo la suerte de una maldición, los escritores Ted Elliott y Terry Rossio tuvieron la osadía de enfrentarse a él como si quisieran hacer frente a un reto. Lo que pretendían Elliott y Rossio (creadores de Aladdin y Shrek) era llevar a cabo un proyecto como el de Jurassic Park, pero al revés, es decir, a partir de un parque temático hacer una película. 

La pareja de guionistas escribieron a primeros de los noventa un tratamiento basado en la atracción más querida de Disneyworld: “Piratas del Caribe”, y con el respaldo de Steven Spielberg se lo presentaron a la Disney. En un principio, la compañía se negó. Años después, ya con el productor Jerry Bruckheimer al mando, se dio luz verde al proyecto. El director contratado fue el prometedor Gore Verbinski que traía como garantía el éxito arrollador de The Ring (2002). La experiencia en dicha película de terror le vendría muy bien a Verbinski para afrontar la trama de Piratas del Caribe:

El capitán Jack Sparrow (Johnny Deep) quiere recuperar su barco el “Perla negra” ahora en poder de su segundo, el capitán Barbosa (Geoffrey Rush). Tanto Barbosa como el resto de la dotación sufren la maldición del tesoro de Hernán Cortés. El castigo consiste en vagar como muertos en vida hasta que no restituyan todo el botín a su cofre original. La última de las monedas, en forma de medallón, la tiene Will Turner (Orlando Bloom), un náufrago a la deriva al que recoge el navío “Dauntless”. A bordo viaja el gobernador de Jamaica (Jonathan Pryce) y su hija Elizabeth (Keira Knightley)... 


Como ocurre en la atracción de Disney, la historia se asemeja a una montaña rusa donde el guion es una mera excusa para presenciar un sinfín (casi dos horas y media) de secuencias de acción. Los efectos digitales ayudan en la consecución del objetivo que no es otro que entretener sin más pretensiones. Para explicar la buena aceptación por parte del público de un largometraje que no se distancia mucho de La isla de las cabezas cortadas, hay que tener en cuenta algunas cosas más aparte de lo estrictamente visual: el enorme presupuesto gastado en promoción con la existencia previa de una atracción Disney muy conocida; la buena gestión de Jerry Bruckheimer, otro “mago” del cine y la televisión; y el reparto popular con el trío de ases: Johnny Deep, Geoffrey Rush y Orlando Bloom, que en esos años triunfaba gracias a la saga de El señor de los anillos.

Otras razones que justifican que Piratas del Caribe superase por fin la particular maldición que pesaba sobre el género hay que buscarlas en un libreto que, si bien recurría a lugares comunes de las películas de piratas (Port Royal, Jamaica, Tortuga, el tesoro, la hija del gobernador, etc.), lo mezclaba todo con una trama fantástica de muertos vivientes tan de moda entre el público joven. Secuencias trepidantes que por supuesto incluían algunos pasajes del recorrido de la atracción del parque temático. Elliott y Rossio los introdujeron en el guion con habilidad: la canción pirata al comienzo y al final del largometraje; el perro que no quiere abrir la puerta de la cárcel —Jack les dice a su compañeros cautivos que no se molesten que no se va a mover del sitio, en clara referencia al chucho inmóvil de Disneyworld—; el pirata durmiendo la mona entre cerdos; el ron que trasiega Barbosa ya convertido en cadáver y que se le escapa  de entre las costillas, etc. La relación entre el lugar de esparcimiento y la cinta se realimentó cuando después del estreno la Disney introdujo mejoras en la atracción, entre otras una réplica del propio Johnny Deep caracterizado de Jack Sparrow. 

A pesar del éxito de Piratas del Caribe, da la impresión de que con la película se ha recuperado el género sólo de una forma provisional antes de enterrarlo definitivamente. Eso será cuando se agote la explotación exclusiva del tema por parte de la saga —que ya va por su quinta película—, o lo que es lo mismo, cuando las cuentas de todo lo referente a la franquicia (películas, atracciones, videojuegos, merchadising, etc.) dejen de cuadrar.


El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Piratas del Caribe en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas




domingo, 14 de diciembre de 2025

LA MUJER PIRATA (Anne of the Indies de Jacques Tourneur, 1951)

La célebre cinta de Jacques Tourneur se basa en la pirata Anne Boney, aunque el personaje principal no tiene mucho que ver con la legendaria filibustera:

Anne Providence (Jean Peters) es una pirata que al mando del “Reina de Saba” saquea barcos ingleses para vengarse de la muerte de su hermano. Tras hundir a uno de esos navíos, rescata de la bodega a un prisionero, un corsario francés llamado Pierre Francois (Louis Jourdan) al que recluta como piloto. Pierre es en realidad el capitán LaRochelle, espía forzoso al servicio de las autoridades británicas, que mantienen su barco, el “Molly O’Brien”, requisado en Port Royal. Para ganarse la confianza de Anne, el corsario francés le hace creer que está enamorado de ella y que posee el mapa del tesoro de Morgan...



El argumento original de Herbert Ravenel Sass es el resultado de un brainstorming donde nombres de personajes, buques y lugares correspondientes a la historia real se combinan para dar con una entretenida trama de ficción: En la película no sólo aparece Anne Bonny, conocida con toda la intención como el capitán Providence (vivía allí), sino también el pirata Barbanegra con su buque el “Revenge”. Lo original del argumento de La mujer pirata es que ahora es la protagonista la que domina la acción y el supuesto héroe es el que bascula alrededor de ella. Eso sí, el habitual papel femenino, el de víctima, no desaparece del todo ya que hay otra mujer en la historia: Molly, la esposa de Pierre, que ocupa ese lugar vacante.

En La mujer pirata el realizador se permite jugar con la fotografía para conseguir el efecto dramático deseado, en este caso con el excelente tecnicolor de la Fox. El contraste es manifiesto dentro de la taberna donde se emborrachan los piratas, y donde Anne y Barbanegra desentonan con los azules de sus vestidos entre un mar de beiges, marrones o colorados. Lo mismo sucede en el club donde Pierre acude a entrevistarse con los ingleses. Ellos van de un azul intenso, frío, mientras la gama cromática ambiente es de tonos cálidos. Otro ejemplo: cuando Barbanegra ya supone una amenaza, a partir de su visita a la isla donde los piratas están limpiando fondos, Tourneur lo viste con una casaca de un color rojo chillón que ya no abandonará hasta el final.


Además de dominar el color, Tourneur era un maestro en gestionar el ritmo de la película. Un ritmo que no decae en ningún momento: con las elipsis adecuadas y la acción continuada, el director no deja un instante de respiro. Sólo descansa en las muy bien llevadas escenas de amor entre Anne y Pierre, pero siempre con la tensión latente que lleva implícito el fuerte carácter de la capitana Providence.

El éxito de la cinta de Tourneur animó a las productoras a repetir personaje. La Universal probó con Maureen O’Hara en La isla de los corsarios. Otra película destacada con una bucanera al mando fue La isla de las cabezas cortadas, filme célebre por el dudoso honor de estar en posesión del récord Guiness al mayor fracaso económico. Largometraje que no es tan malo como se dijo y que contaba con Geena Davis en el papel estelar. 

Lo que está claro es que ninguna de las dos “islas” ha podido igualar a La mujer pirata. La dirección del gran Tourneur, y la interpretación de Jean Peters, estelar en las secuencias de acción, tienen la culpa. La escena final cuando Anne arremete contra sus propios hombres que quieren rendirse, y cuando desafía a Barbanegra desde la tabla de jarcia es una de las joyas del cine de aventuras de siempre.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a La mujer pirata en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





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