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lunes, 13 de mayo de 2019

2 X 1: "CANOA" y "EL APANDO" (Felipe Cazals)

Canoa (1976)

A mediados de los años setenta, el cine del director mexicano Felipe Cazals sube de nivel con un par de películas donde el contexto político y social del México de 1968 cobra protagonismo. Igual que en Europa, en el país centroamericano surgieron todo tipo de protestas que, si bien no fueron tan célebres como las de, por ejemplo, el mayo francés, si fueron igual de duras.

El ya prestigioso director mexicano, nacido en España, Felipe Cazals, sufrió esa represión de primera mano, una experiencia que se vio reflejada en sendas cintas unos años después. La primera de este par de magníficos largometrajes, Canoa, se basa en una historia real sucedida en la población del título:

Unos jóvenes aficionados al montañismo son linchados por los vecinos de la aldea, liderados por el párroco, un cura que ejerce de líder espiritual y político. La confusión, intencionada o no, creada al sospechar que los muchachos son estudiantes comunistas, y que vienen a matar al sacerdote, es la causa de la tragedia.


Los jóvenes protagonistas son en realidad trabajadores de la universidad, no estudiantes, y, desde luego, no tienen nada que ver con aquellos ni con el movimiento de protesta. Para recoger la terrible historia con toda su crudeza, Cazals utiliza una puesta en escena violenta, feísta y oscura. La rebelión estudiantil de la capital permanece en el fondo de este pseudo-documental narrado por un falso testigo (Salvador Sánchez). La trama se va enredando en torno a él hasta que llega a confundirse lo real con lo narrado cuando el testimonio viene desde el mismo corazón de las terribles escenas. La tensión in crescendo se vuelve insoportable; las secuencias cruentas, tenebristas, configuran una estética tan negra como oscura es la época retratada por Cazals.

Presentación de "Canoa" por Guillermo del Toro:



El apando (1976)

Conocida en España por "Celda de castigo", la siguiente película de Cazals, El apando, se produjo el mismo año que Canoa y también se basaba en experiencias reales sucedidas en 1968 en México, aunque en este caso era la adaptación de la novela homónima escrita por José Revueltas.

El literato, conocido activista político, sufrió la represión ese mismo año de 1968 cuando fue arrestado e internado en la tristemente famosa cárcel de Lecumberri. Los dos años encerrado fueron los desencadenantes de una de las más célebres novelas mexicanas contemporáneas.

Con El apando, Cazals fue fiel al libro a la vez que continuaba con su particular cuadro de los horrores mexicanos. La denuncia de las condiciones extremas de la vida de los internos de Lecumberri se amplificaba con la repugnante catadura del trío de personajes protagonistas. La trama gira alrededor de los presos de una celda de castigo (en México denominada "el apando") que planean introducir droga en la prisión; uno de ellos de nuevo interpretado por el gran Salvador Sánchez.


Película, por tanto, de género carcelario, otra vez narrada mezclando el presente en la cárcel, con el pasado de los delincuentes cuando todavía no han sido detenidos. Dos de los presidiarios no soportan al tercero, pero tienen que aguantarse porque la madre ––en el colmo del feísmo y la crudeza–– es la anciana elegida para introducir la droga en el interior de su cuerpo.

Con secuencias tan impresionantes como la escena de la pelea final ––véase el curioso, efectivo y horrible método para reducir a los amotinados––, y con planos tan expresivos como los del preso sacando la cabeza de la celda, como si la tuviera cortada, El apando ha pasado con toda justicia a ser una de las mejores cintas del cine mexicano.



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martes, 29 de enero de 2019

ROMA (Alfonso Cuarón, 2018)

Camino de los Óscar, parece inevitable detenerse un momento para comentar la última película del realizador mexicano Alfonso Cuarón que, como si fuera un Kubrick redivivo, vuelve después de cinco largos años para acaparar nominaciones y premios (recordemos que su filme anterior, Gravity (2013), se llevó la friolera de siete galardones de la Academia). Y lo hace con una cinta radicalmente diferente, en la temática, en la estética y, en fin, en la intención.



La historia de Cleo, una empleada de hogar que trabaja para una familia de clase media en el México de primeros de los setenta, es un fiel reflejo de una desigualdad social sin vías de solución. De una diferencia de clases explicada desde el cariño, eso sí, y de la nostalgia del propio director que asegura haber rodado una película autobiográfica.

Un filme del mejor Cuarón. Igual que en aquella excelente película, Y tu mamá también (2001), en Roma “también” hay viajes en automóvil para ir de falsas vacaciones a la playa mientras el país estalla. Lo novedoso de la flamante propuesta de Cuarón es la fotografía expresionista en blanco y negro; y las secuencias realistas de El halconazo, un suceso tan trágico como poco conocido en Europa, pero del que no es ajeno el cine mexicano ––otros cineastas se hicieron eco de los acontecimientos que sacudieron ese país a finales de los sesenta y primeros de los setenta (Felipe Cazals, por ejemplo, en Canoa y en El apando trató las revueltas estudiantiles de 1968, largometrajes de los que prometo hablar más pronto que tarde).



Roma es, por tanto, muchas cosas, también un tour de force técnico con incontables y larguísimos travellings; con dominio de la profundidad de campo; con una perfecta puesta en escena, que aprovecha como nadie el formato panorámico; sin música, pero con sonidos fuera de cuadro; con eficaces planos detalles y con una estética que parece traspasar el charco para viajar a la Europa central y oriental a visitar a Tarkovsky o a Béla Tarr.

Repleta de atractivas metáforas, la primera, digamos el eje de la cinta, es aquella que nos cuenta cómo se desintegra poco a poco el entorno que rodea a la protagonista, el del exterior de la casa, pero también el del interior cuando la familia modélica donde trabaja Cleo sucumbe como si fuera un microcosmos representativo de aquella sociedad. Otras simbologías a destacar son el nacimiento de un niño, viciado por una relación perversa; el turismo desproporcionado, que no cabe en la cochera llena de excrementos del perro, apariencia frente a realidad; y el avión que todo lo ve, pero no puede intervenir: como el propio Cuarón, testigo de la incapacidad del ser humano para resolver sus problemas, entre ellos el de la desigualdad.

En la catarsis que es la secuencia de la playa, sin duda de lo mejor de la cinta, y, en concreto, en el plano emotivo que sirve de cartel promocional, parece que se haya superado esa barrera social. No es más que un espejismo. Otro encuadre, el del final, coloca las cosas en su sitio.  



Ver ficha de Roma.


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