Mostrando entradas con la etiqueta Horace McCoy. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Horace McCoy. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de diciembre de 2011

CINE FÓRUM: CORAZÓN DE HIELO (Kiss Tomorrow Goodbye de Gordon Douglas, 1950)

Por segunda vez, acudimos al cine negro para retomar nuestra sección más analítica, la de cine fórum (la primera fue con ocasión de Historia de un Detective de Dmytryk, ¿recuerdan?). La película a comentar hoy es una cinta de Gordon Douglas que, en nuestra opinión, dio sus mejores trabajos precisamente para este género (nos acordamos de la trilogía de filmes policíacos protagonizadas por Frank Sinatra, aunque Corazón de Hielo nos sigue pareciendo su mejor obra con diferencia) y para el western, con algún que otro éxito en la ciencia ficción y en la comedia.
Kiss Tomorrow Goodbye es un filme singular dentro del ciclo negro. Y lo es a pesar del protagonista (James Cagney, el típico gángster) y del clasicismo del arranque: un flashback que nos transporta desde un juicio hasta la cárcel. Allí, el peligroso delincuente Ralph Cotter se fuga del campo de trabajos de la prisión gracias a la hermana de otro convicto. La joven no sabe que Cotter no ha dudado en asesinar a sangre fría a su hermano con tal de facilitar la huida. Un comienzo tan efectivo —la secuencia de la fuga tiene un ritmo maravillosamente endiablado— como repetido en varias de las mejores tramas oscuras. Aquí sirve para dar el pistoletazo de salida a la historia basada en la novela de Horace McCoy que se centra en este gángster sin escrúpulos.

Sin duda lo mejor de la película es la descripción del carácter de Cotter (Cagney). Douglas lo presenta como un tipo frío que actúa de forma independiente, aunque siempre procura compañía femenina. Y es que Cotter tiene éxito con las mujeres gracias a su particular encanto basado en un carácter violento. Esta especie de atracción masoquista está muy bien retratada gracias a la experimentada interpretación de Cagney.


Cuando el actor rueda el largometraje se encuentra en su tercera etapa como profesional. Después de una primera fase (años treinta) donde se encasilló en papeles parecidos a éste, y de una segunda (la década de los cuarenta) donde hizo todo lo contrario, arranca este período con Raoul Walsh y la excelente Al Rojo Vivo (White Heat, 1949), justo la película anterior a la que estamos comentando. En ambas, Cagney vuelve a su registro más famoso: el de delincuente psicópata y manipulador que parece encarnar al mismísimo diablo.

Para acompañar a James Cagney en su anárquico deambular, Douglas se vale de unos personajes secundarios donde no se salva nadie, donde todos parecen condenados. Algunos a causa del contacto con el protagonista; otros ya lo estaban antes: policías y abogados corruptos, delincuentes de poca monta, charlatanes al frente de sectas que se dedican a estafar ancianos, y niñas de papá caprichosas y extravagantes. En definitiva, una sociedad putrefacta que parece que estaba esperando a Cotter para su total descomposición.


La secuencia que vamos a analizar corresponde al ecuador de la cinta. Cotter se acerca al taller que regenta un confidente de la policía con la intención de tenderle una trampa a un inspector corrupto. Para ello, Cagney le enseñará un fajo de billetes al mecánico:



La secuencia que hemos visto dura dos minutos y medio y se desarrolla entre un fundido encadenado y un fundido a negro. La primera parte la rueda Douglas en un plano general, con el mecánico en primer término y Cagney en segundo. El confidente se da cuenta de la presencia del gángster y, entonces, arranca la música inquietante de Carmen Dragon que ya no abandonará a la acción en toda la secuencia.

Cuando ambos personajes se encuentran, Douglas pasa al plano medio, al plano contra plano y al plano en escorzo para iniciar un dialogo entre los dos. La conversación centra esta segunda parte de la secuencia donde destaca la diferente postura de ambos: el dueño del taller apoyado en la pared, como protegiéndose cuando en realidad es él el que lleva el arma; y Cagney acercándose con una actitud mucho más fría y amenazante. Una luz sobre el mecánico es premonitoria de lo que va a pasar luego.

Cuando Cotter abandona el taller se inicia la tercera parte. Douglas mueve el objetivo y deja que el mecánico se aleje para observar su desagradable caminar. Aunque es un sujeto que cae mal desde el principio, con este movimiento de cámara, seguido de una panorámica, el director acentúa aún más el rechazo del espectador hacia el personaje. A continuación, un plano medio estático nos muestra la conversación telefónica entre el mecánico y el inspector de policía.

El silbido de Cotter inicia la cuarta y última parte de la secuencia, la del ataque del gángster. Esta parte —la mejor— parece más propia de un thriller o de una película de terror por tres circunstancias: el barroquismo de la imagen (el contrapicado sobre Cagney acentúa la violencia y eleva la figura del gángster con propósitos intimidatorios); el claroscuro del encuadre, con la única luz de una lámpara que cuelga del techo, muy parecida a la vista antes en el diálogo de la segunda parte; y la actuación de Cagney, sobresaliente. Esa mirada, cuando arroja el cuerpo del mecánico al foso, como si fuera un enterrador en el cementerio, es inquietante. Pero lo peor es que hay un instante, justo al final, en el que Cagney hace un gesto y mueve la cabeza para contemplar su obra. Terrorífico.


Ver Ficha de Corazón de Hielo.

jueves, 29 de mayo de 2008

DANZAD, DANZAD, MALDITOS (They Shoot Horses, Don't They? de Sydney Pollack, 1969)

Esta semana hemos perdido a varios profesionales de la Industria del Cine en un solo día, a un productor, a un director y a un actor. Y es que todos eran la misma persona: Sydney Pollack. De su dilatada carrera es difícil elegir una película para rendirle un merecido homenaje. Creo que su primer éxito como director puede servirnos muy bien para tal propósito.




Danzad, Danzad, Malditos es una adaptación de la novela “They Shoot Horses, Don’t They?”, de Horace McCoy. Una gran metáfora, extraída de la vida misma, al basarse en los maratones de baile de la década de los treinta en Estados Unidos, durante la época de la Gran Depresión. En aquellos eventos, los desesperados concursantes participaban en una angustiosa prueba de resistencia, para ganar unos pocos dólares o para que se fijaran en ellos los cazatalentos de Hollywood.

Sydney Pollack consigue reflejar a la perfección aquella terrible situación en, prácticamente, un solo escenario. La crisis que atenaza al País se concentra en el salón de baile, donde las personas en paro luchan por sobrevivir. El maestro de ceremonias (Gig Young) representa al gobierno. Él dirige la vida de las parejas que danzan sin cesar al son de las canciones que tocan los músicos (los políticos). La simbología, tan evidente, es relatada por los propios actores para que no haya ninguna duda. Así, Jane Fonda, una de las concursantes, compara a sus compañeros con el ganado: “... la única ventaja que tenemos sobre ellos (los animales) es que nosotros sabemos que vamos al matadero”.

Pero casi peor que los mandatarios es el público que asiste al espectáculo. Son aquellas personas que han provocado la crisis o que viven ajenas a ella o que simplemente “pagan por ver las desgracias de los demás, para sentirse mejor”. El aforo permanece medio vacío en los bailes iniciales, y sólo comienza a llenarse cuando la situación se vuelve dramática. Asisten entusiasmados a las pruebas de carreras entre los participantes al borde del agotamiento o al final del maratón, cuando mujeres embarazadas están a punto de perder el hijo que llevan dentro o cuando los concursantes se juegan literalmente la vida.

El mérito de Pollack es conseguir que el espectador sienta un profundo desasosiego cuando la realidad, así reflejada, se aleja del drama social y se adentra en la tragedia psicológica. Y es que la cinta parece, por momentos, una película de catástrofes. La situación de los personajes no puede ser peor: viven hacinados y duermen en camastros que parecen improvisados para atender a los supervivientes de un terremoto. Médicos y enfermeras pululan entre ellos para asistirles en sus últimos instantes de vida. La enfermedad, la locura y el odio hacen mella entre los concursantes que ven como su cuerpo -y su mente- se van degradando paulatinamente. No hay consuelo; hasta el sexo se vuelve sucio y desesperado. Es como si una epidemia, producida por la insalubridad del lugar, se extendiera entre ellos.

Igual que la contemporánea Easy Rider (Dennis Hopper, 1969), la estructura de Danzad, Danzad, Malditos incluye insertos que adelantan el final (flash-forward). Desde el arranque, y coincidiendo con los créditos, el realizador juega con el tiempo presentando tres escenas a la vez: un flash-back de la infancia de Michael Sarrazin (otro de los concursantes), donde se ve un caballo cayendo de rodillas y su sacrificio posterior; una secuencia, en tiempo presente, del protagonista paseando por la playa; y una voz en off, que representa el futuro, relatando las reglas del concurso. Sydney Pollack, hábilmente, hace coincidir la norma del maratón “el que toque el suelo con las rodillas queda eliminado” con la citada escena del caballo. Todo un resumen de lo que veremos a continuación.

Con Danzad, Danzad, Malditos, Pollack consiguió un importante éxito (la película fue nominada para nueve estatuillas, de las cuales sólo consiguió la del oscar al mejor actor secundario para Gig Young) que le sirvió para lanzar su carrera como realizador. Tal como éramos, Tootsie o Memorias de África son algunas de sus mejores obras. Su colaboración con Robert Redford es legendaria; pero también su excelencia a la hora de actuar es digna de mencionar. Su trabajo en la reciente Michael Clayton (Tony Gilroy, 2007), donde también era productor, parece dar la razón a aquellos que afirman que era mejor actor que director. Descanse en paz Sydney Pollack.

Ver Ficha de Danzad, Danzad, Malditos.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...