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lunes, 29 de agosto de 2016

CAFÉ SOCIETY ( Woody Allen, 2016)

Después de la simpática Irratonial Man (2015), Woody Allen recupera la nostalgia por tiempos pasados, que se nos antoja fueron mejores para él, con una agradable película de guión especular:























Café Society se podría encuadrar en la serie de filmes a los que últimamente nos tiene acostumbrados el director neoyorquino donde la melancolía predomina sobre una trama melodramática con ligeros toques de humor. Desde Midnight in Paris (2011), paradigma de este tipo de largometrajes —el mejor de todos ellos—, Woody Allen alterna su particular visión del mundo soñado (vivido en su infancia y juventud) con historias más o menos acertadas del mundo actual. Se trata de una especie de actualización de sus películas “turísticas” (Roma, París, Barcelona, etc.) donde la forma parece haberse impuesto definitivamente sobre el fondo.

Algo que se puede apreciar en Café Society gracias al notable esfuerzo fotográfico de Vittorio Storaro (Apocalipsis Now, El último emperador,…), operador a las órdenes de Allen también contratado para su siguiente película. Storaro acude a los clásicos para resolver algunos planos con maestría: así, utiliza sólo las luces de las velas en el interior, como hiciera Kubrick en Barry Lyndon, o encuadra una secuencia de amor entre los límites de una cueva imitando al mejor John Ford. El director de fotografía alterna los tonos cromáticos con clara intención dramática y gestiona admirablemente el formato scope, para que Woody Allen se luzca en su primera incursión con el video digital.


Con la belleza de las imágenes como principal herramienta, Allen presenta al Hollywood de los años treinta en todo su esplendor. Por supuesto no abandona su discurso acerca del sexo, la muerte o la religión (se ensaña especialmente con su comunidad judía); ni tampoco prescinde de su personaje preferido, el atolondrado héroe que Woody solía interpretar aquí adjudicado a Jesse Eisenberg. El joven protagonista es de los destacados del casting, y por momentos se parece al propio Woody en la primera mitad, y a Joseph Cotten en la segunda cuando camina maravillosamente inseguro por un plató que se asemeja al de Gilda.

Mientras secuencias de la Warner o la Metro de los años dorados de la industria americana salpican el metraje de clasicismo, Allen se mueve por un trama muy afín a aquellas donde triunfaban Barbara Stanwyck o Jean Harlow (las dos aparecen en pantalla). Además lo hace utilizando insertos de lo que parece un filme de gangsters con final a lo James Cagney, todo con una intención entre satírica, desmitificadora y melancólica muy agradable a la vista del espectador.

Así, entre notas de Jazz, celuloide con sabor clásico, pequeños toques de humor y muy buena fotografía discurre esta nueva propuesta de un director que agradecemos siga dirigiendo películas.




Ver ficha de Café Society


lunes, 1 de febrero de 2010

LA CINTA BLANCA (Das Weisse Band de Michael Haneke, 2009)

A veces los hechos del pasado son un lastre difícil de soportar. Es comprensible que se busquen las causas que pudieron originar la mayor catástrofe de la Humanidad: la Segunda Guerra Mundial. Y más si uno ha nacido en Alemania. Todo esto es lícito. Lo que no es demasiado ético es culpar a toda una generación, los padres de los futuros genocidas, de la muerte de los más de cincuenta millones de personas. Es decir, no estoy de acuerdo con Michael Haneke, o por lo menos no con lo que yo creo que ha querido insinuar.



Y es que, en mi opinión, la intención del director germano con su última película ha sido la de justificar la actitud de los jóvenes alemanes nacidos con el siglo XX –futuros nazis- como respuesta a la rígida educación sufrida, a la estricta religión temerosa de Dios, o a la estructura aún feudal de muchas regiones centro europeas en esos años. Curiosamente la misma sufrida por jóvenes de muchos países en todo el mundo y, que sin embargo, no desembocó en la subida al poder de alguien como Hitler. La carga es pesada, sí, y el Holocausto todavía duele, pero los alemanes, como Haneke, tendrán que vivir con ello y asumir quienes fueron los que tuvieron una responsabilidad directa en lo acontecido.

Dicho esto, y abstrayéndonos de la intención de Haneke (si es que era esa), la cinta tiene tanta calidad que puede que sea la mejor del realizador hasta la fecha, y eso es decir mucho. Desde luego en su aspecto formal, pero también en el tratamiento del guión y en el espectacular trabajo de todo el elenco de actores; muy bien caracterizados gracias al exquisito maquillaje y al cuidado casting que presenta, por ejemplo, a los cabezas de familia de los distintos clanes con dura expresión facial o con defectos físicos en ojos, o heridas en el rostro; todo para elevar el nivel de dureza de la trama.



Del continente de la cinta no podemos estar más que agradecidos al cineasta muniqués. Debemos dar gracias a que Haneke haya recuperado para nosotros el tono escandinavo de los filmes de Bergman o Dreyer. Del tratamiento de la luz tan realista -no recuerdo haber visto nada igual desde Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975)-; una luz inversamente proporcional a la miseria representada (y no me refiero sólo al aspecto económico). De haber elegido el blanco y negro (el negro sobre el blanco en algunos planos sencillamente geniales de la campiña) para darle el tono adecuado al drama y resaltar aún más los vestidos de luto y las cabelleras rubias; salvando las distancias, tan amenazantes como aquellas de El Pueblo de los Malditos (The Village of The Damned de Wolf Rilla, 1960).

También agradecemos que Haneke siga comprometido con su personal visión cinematográfica. Que los encuadres fijos sigan allí el tiempo necesario para que el espectador asuma lo que acaba de ver, lo que está sucediendo fuera de campo, y lo que puede suceder a partir de ese momento.

Del contenido ya hemos hablado. Sólo resaltar otra posible sutileza (de Haneke nunca se sabe): la secuencia que se desarrolla en la iglesia, el día de la confirmación; una escena clave para reflejar la actitud pasiva de los padres de cara al exterior. Nos preguntamos si es una metáfora de la postura del pueblo alemán durante el Genocidio, que sintiéndose creadores del monstruo no se atrevieron a pararlo.


Ver Ficha de La Cinta Blanca.
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