A caballo entre
el cine mudo y el sonoro, el genio cinematográfico que fue el director danés
Carl Theodor Dreyer realiza una película singular, casi contemporánea al
Drácula de Tod Browning, menos famosa que ésta, pero igual de influyente y,
como poco, de la misma calidad.
La cinta de Dreyer es la primera que dirigió después de su obra maestra La Pasión de Juana de Arco. También es su debut en el cine hablado aunque pertenezca más al período silente. En efecto, el uso de intertítulos, los pocos diálogos y la sonorización posterior al rodaje confirman que se trata de una película de transición. Este hecho no supone ningún menoscabo al filme, sino todo lo contrario: gracias al tratamiento de la imagen muy por encima de la palabra podemos disfrutar de un despliegue de recursos cinematográficos destinados a contar una historia fantástica, un sueño o una ilusión, verdaderamente única.
Dreyer se vale
del director de fotografía Rudolph Maté (que ya brillara en la citada “Juana de
Arco” y poco antes de emigrar a Estados Unidos donde continuará una carrera
ascendente como técnico y posteriormente como director) y de su propio criterio
para adaptar libremente la colección de relatos de Joseph Sheridan Le Fanu
titulada “Las criaturas del espejo”. Es tan personal la versión de Dreyer que
la película podría situarse dentro de la corriente vanguardista de la década
anterior (hablamos de Delluc, L’Herbier, etcétera), de la surrealista
contemporánea de Buñuel y Dalí o de la expresionista de Wiene o Murnau (aquí es
inevitable citar a Nosferatu).
La historia de
Dreyer se centra en el deambular de un personaje principal, Allan Grey
(interpretado por Julian West al modo expresionista de, por ejemplo, Conrad
Veidt en Caligari), que arranca como si fuera un espectador más,
observando, espiando y recorriendo inquietantes lugares sin saber si son reales
o imaginarios —Dreyer avisa de este extremo en la introducción—. Es tan pasiva su
actitud en el primer tercio del largometraje que el resto de personajes se
comportan como apariciones (o la aparición es él) y actúan casi sin tener en
cuenta la presencia de Grey. Es la parte más surrealista de la cinta. Aquí, las
sombras cobran vida, los insertos de carteles de las posadas toman partido por
formas espectrales, y hasta la silueta de un campesino se torna en la estampa
del temible segador: la muerte.
Grey protagoniza
la acción en la segunda fase, desde que se aloja en el Castillo de
Courtempierre. Entre los muros vive un hombre con sus dos hijas. El padre,
atormentado, sufre por una de ellas que yace enferma en la cama. La joven tiene
unas marcas en el cuello que hacen presagiar lo peor. Grey sospecha del
siniestro doctor que la visita todas las noches, mientras él lee con
detenimiento un tratado sobre vampiros.
Es la tercera
parte la que le da la fama a la película por un par de detalles que se repetirán
a lo largo de la historia del cine: el sueño de Grey que vive su propia muerte,
y la angustia de uno de los personajes cuando es sepultado en un molino por una
lluvia de harina. Para nosotros, esta fase de la cinta también es la mejor,
pero por otro motivo: por ser una excelente mezcla de las dos anteriores. Grey
se desdobla en cuerpo y alma para pasear invisible a los demás por los lugares
de la acción —como al principio—, pero, simultáneamente, su cuerpo es el
protagonista activo de la trama.
Vampyr fue —nos
parece increíble— un fracaso en su día, tanto que el director danés tardaría
años en recuperarse. Por suerte lo hizo y nos dejó algunas películas (sólo
citarlas dan escalofríos): entre ellas Ordet, Gertrud y Dies Irae. Las tres
obras maestras. Para nosotros Vampyr también lo es.
Os dejo con una
secuencia de la primera parte de Vampyr; Dreyer y Maté hicieron cosas como
estas:
Ver Ficha de Vampyr.






