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lunes, 13 de abril de 2026

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO II (1)

Una vez completados los capítulos correspondientes a Frank Capra, Howard Hawks y Raoul Walsh del ensayo "El Autoremake en el Cine", hoy iniciamos en el blog el epígrafe dedicado a otro director carismático del cine clásico: Tod Browning. Espero que os guste:




II

 

TOD BROWNING

 

—Did you Watch me? I gave all of me! I was greater than any real vampire!

El Conde Mora (Bela Lugosi) presume delante de Luna (Carroll Borland), en la escena final de Mark of The Vampire (1935).

 

 

2.1. Entre Dickens y Poe.

2.1.1. Fuera de la Ley (Outside The Law de Tod Browning, 1921).

No es extraño, al contrario, es más bien habitual observar cierta carga autobiográfica en la obra de todo artista, ya sea pintor, literato o cineasta. Hay ocasiones en las que la vida y obsesiones del autor son los acicates principales para llevar a cabo la mayoría de sus proyectos. El caso de Tod Browning podría ser el paradigma de esta situación extrema, desde luego hay pocos tan claros en el mundo del cine como el del creador de La Parada de los Monstruos (Freaks, 1932). Un director que bien podría formar parte de ese desfile de personajes deformes, psíquica y físicamente, que tanto le gustó dibujar en la gran pantalla.


El realizador estadounidense tiene cabida en nuestro ensayo debido a dos películas mudas, Fuera de la Ley y La Casa del Horror, con unos argumentos tan atractivos para Browning que no se resistió a repetirlos cuando el sonido llamó a la puerta de los estudios. Aunque sí nuestra teoría es cierta —luego la comentaremos—, pudo haber motivaciones extras que le empujaron a embarcarse en cada uno de los remakes.

Charles Albert Browning nació en Louisville, Kentucky, donde se crió junto a su primo, un célebre jugador de béisbol que luego hizo fortuna como empresario,[1] pero que bebía más de la cuenta. Ambas circunstancias, la situación acomodada de su familia y el alcoholismo —que le acarreó más de un problema personal y profesional—, fueron una constante en la vida de Browning; la cara y la cruz de una existencia enigmática que comenzó cuando tenía 16 años. A esa temprana edad, el joven Charles abandonó a su familia para enrolarse en un circo ambulante tras enamorarse de una de las bailarinas. Bajo las carpas hizo de todo, de presentador de criaturas insólitas, de contorsionista, de payaso y de actor en inquietantes espectáculos de magia.[2] 

En aquella época, se rodeó de seres extraños e, incluso, llegó a convivir con ellos. Personalidades con un interior en permanente ebullición, con alguna discapacidad, real o simulada. Son los freaks que luego retrataría en la gran pantalla, gente que conoció Browning en el circo, pero también en los bajos fondos. Caracteres oscuros con los que, de alguna manera, se sentía identificado debido a su adicción al alcohol, a su afición a todo lo oculto, la magia y lo sobrenatural y a su misantropía. Su aversión al trato humano se fue forjando a través de dichas experiencias, pero también de sus desastres matrimoniales[3] y, en especial, del accidente que sufrió en 1915.[4] Si Browning pasó toda su juventud en el ambiente poco recomendable de los feriantes, también decimos que frecuentó los suburbios, se juntó con todo tipo de delincuentes y vagabundos, y experimentó vivencias que le proporcionaron la mayoría de los argumentos que más tarde desarrollaría en sus películas.[5]


Tres años antes de su accidente, en 1912, cuando trabajaba como actor de vodevil, Browning fue contratado por la Biograph. En la legendaria productora participó en comedias slapstick y en varios cortos dirigidos por Griffith. El cambio no resultó demasiado brusco para él ya que el cine era considerado como una atracción de feria más. Junto a Griffith, como muchos otros,[6] Browning aprendió el oficio de cineasta cuando el propio modelo de representación clásico se estaba inventando. De hecho, llegó a participar como ayudante de dirección y guionista en Intolerancia.[7] En 1915, y hasta 1939, inició una carrera como director de cine que le llevó a realizar una docena de cortos y casi cincuenta largos. Un cuarto de siglo en el que estuvo trabajando para la Universal y la Metro Goldwyn Mayer, de una a otra compañía,[8] casi siempre de la mano de uno de los dos hombres que fueron determinantes en su carrera: el productor Irving Thalberg,[9] responsable de varios de los éxitos de Browning.

El otro colaborador, cuyo nombre siempre se ha relacionado con el de Browning, fue Lon Chaney. Si bien, algunos dudan de que su asociación fuera fija,[10] lo cierto es que Browning hizo diez películas con Chaney. Estamos de acuerdo con Quim Casas cuando afirma que “Resulta difícil encontrar en el cine norteamericano de la era clásica una compenetración tan rotunda entre un actor y un realizador” (1999, p.92). El “hombre de las mil caras”, que se nos antoja fue el alter ego de Browning,[11] solía dar vida a personajes que podía haber conocido el director en su juventud: desarraigados, atormentados y marginados, que se desdoblaban en su propia ambigüedad —o literalmente—, que actuaban al otro lado de la ley, en general arrastrados por las circunstancias, que escondían una parte buena, pero que aparecía cuando ya era demasiado tarde. 

En ocasiones, su personaje en la ficción fingía una discapacidad —lesiones o amputaciones que finalmente sufría de verdad en un espectacular punto de giro final— y padecía trastornos psicológicos y alteración de la personalidad, la mayoría de las veces como consecuencia de un amor no correspondido.[12] En otras películas, como en Fuera de la Ley, el actor simplemente ofrecía doble repertorio al hacerse cargo de dos personajes diferentes. En El Trío Fantástico (The Unholy Three, 1925) llegó aún más lejos a la hora de representar varios papeles:[13] de día era un ventrílocuo que insuflaba vida a muñecos, personas y animales, y de noche un ladrón que, además, se disfrazaba de anciana para engañar a sus víctimas.

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[1] Se llamaba “Old” Pete Browning, creador del bate modelo Slugger y de la compañía Hillerich & Bradsby.

[2] En uno de estos números, el del “Cadáver Viviente”, Browning tenía que permanecer enterrado en un ataúd durante horas. De ahí vino su apodo: “Tod”, que en alemán significa muerte.

[3] En 1906 contrajo matrimonio con Amy Louise Stevens, pero se divorció de ella tras cuatro tortuosos años. En 1911 se casó con Alice Wilson, pero también estuvo a punto de separarse a causa de una relación escandalosa con la actriz Anna May Wong, por aquel entonces menor, a la que, precisamente, Browning le dio un pequeño papel en Fuera de la Ley (luego participaría más activamente en Con la Corriente, Drifting, 1923).

[4] Un accidente de automóvil: se estrelló contra un tren cargado de raíles. Las heridas le dejaron secuelas para toda la vida en forma de cojera y de obligación de llevar dentadura postiza y bigote para ocultar la deformidad de la boca. En el siniestro murió su amigo William Elmer Booth.

[5] Experiencias que debieron marcar a Browning de por vida, como la de haber visto a una madre asesinar a sus hijos por no tener que darles de comer (Serrano 2011).

[6] Erich Von Stroheim, W.S. Van Dyke, Raoul Walsh, etc.

[7] Hasta tuvo un pequeño papel como actor en el episodio contemporáneo donde hacía de piloto de coches de carreras.

[8] Se llevaba fatal con los directivos de los estudios y fue sonado su despido de la Universal en 1923. En 1924, lo contrató la Metro Goldwyn Mayer, pero en 1931 volvió a la Universal para hacer Drácula. Finalmente, terminó su carrera en la MGM, su estudio preferido de siempre.

[9] Thalberg comenzó trabajando para Carl Laemmle como jefe de producción de la Universal con tan solo 21 años. Allí coincidió con Browning y a punto estuvo de conseguir que le dieran la dirección de El Jorobado de Notre Dame. En 1923, abandonó la Universal para unirse a la Metro. Unos meses más tarde ya contaba con Browning entre los directores a nómina de la MGM. Le produjo, entre otras, El Trío Fantástico, La Sangre Manda, La Casa del Horror y Los Pantanos de Zanzíbar, todas interpretadas por Lon Chaney.

[10] Debido a la aversión que Chaney tenía a los alcohólicos. Su mujer lo era y esa fue la causa de su separación y de que le asignaran a él la custodia de su hijo (Melton 2011).

[11] Chaney era hijo de sordomudos, la discapacidad de sus padres le obligaba a hablar con ellos en el lenguaje de las señas y desde pequeño vio como la gente trataba a su familia como unos freaks más. Ambos, Browning y Chaney, enfermaron de cáncer, de laringe el primero, y de garganta el segundo, que les impidió hablar en la última etapa de su vida. Para Chaney fue una terrible paradoja por el defecto de sus padres, que finalmente le alcanzó a él —como sucedía en sus películas—, y porque acababa de llegar el sonoro al cine. 

[12] Ambas circunstancias, la de la discapacidad fingida y la del desamor, se dan en Maldad Encubierta (The Blackbird, 1926) y en Garras Humanas (The Unknown, 1927).

[13] Chaney repitió el personaje de El Trío Fantástico en 1930 (The Unholy Three de Jack Conway), una versión sonora que a la postre significó su última película. 




domingo, 25 de abril de 2021

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (I)

Hace siete años, ofrecíamos en el blog la posibilidad de leer on line el capítulo IV, dedicado al director Howard Hawks, del ensayo "El Autoremake en el cine". En unos dos años, de forma alternativa con otras publicaciones, fuimos completando el epígrafe. Hoy volvemos con aquella propuesta y la ampliamos con el capítulo V dedicado al gran realizador Raoul Walsh. Para poner en antecedentes al lector, hay que decir que Autoremake es un palabro acuñado en el libro para designar a la versión de una película realizada por el mismo director que ya se encargó del proyecto original. 
Sin más preámbulos, comencemos, o mejor dicho, continuemos con El Autoremake en el cine:

V

 

RAOUL WALSH

 

—Remember what Johnny Dillinger said about guys like you and him? He said you were just rushing toward death.

Doc (Henry Hull) advierte a Roy Earle (Humphrey Bogart) en High Sierra (1941).

 

 

5.1. El salto de la liebre.

5.1.1. El último refugio (High Sierra de Raoul Walsh, 1941).

 Si con Capra y Hawks llegamos a la conclusión de que sus repeticiones no son otra cosa que una consecuencia directa de su carácter de autor cinematográfico, con Raoul Walsh casi se puede decir lo mismo, aunque no lo parezca en una primera aproximación: Walsh, en la mejor época de su carrera, la que transcurre como asalariado de la Warner Bro­thers, y en la que se concentran sus mejores cintas, era el prototipo de director bajo contrato de unos grandes estudios donde los guiones, el reparto y la mayoría de los elementos de la producción solían escapar casi siempre a su control directo. Una situación que para nada molestaba al realizador, muy a gusto con dicho sistema; de hecho, el inicio de su decadencia vino a raíz de la inestabilidad que supuso el dejar de trabajar para la Warner. Podríamos decir que Walsh era el realizador con el que soñaban los grandes magnates de la industria cinematográfica: un profesional que manejaba cualquier género, eficiente en su trabajo y con muy buenos resultados en taquilla. 


Dicho esto, y conscientes de no ser inmunes a la polémica habitual que suele acompañar a cualquier trabajo sobre Walsh,[1] somos de la opinión que detrás de este artesano se escondía un verdadero autor: un cineasta con un estilo concreto dentro de la variedad argumental de sus largometrajes, un director que le daba su impronta personal a personajes y situaciones, que aún partiendo de géneros opuestos, de tramas totalmente diferentes, fue capaz de realizar una obra compacta repleta de caracteres reconocibles y elementos constantes. Las mejores pruebas que respaldan nuestra opinión las tenemos en este capítulo, en los cuatro filmes que vamos a analizar, todos pertenecientes a su mejor etapa como director, todos ellos de excelente factura.

Nacido en Nueva York, en 1887, Albert Edward Walsh tuvo una infancia feliz al lado de su madre, española de nacimiento, y de su padre, un irlandés, empresario del sector textil, que se enriqueció en la guerra Hispano-Americana fabricando uniformes. Su niñez, idealizada siempre por el director, se truncó repentinamente a la muerte de su madre, cuando él apenas tenía quince años. El trágico suceso le cambió tanto la vida que decidió vivirla lejos de casa. Como ocurrió con la mayoría de los pioneros del cine, la entrada de Walsh en la profesión fue precedida de los más diversos oficios: desde marino mercante a cowboy, pasando por oscuros trabajos relacionados con los bajos fondos. Walsh, siempre empujado por su espíritu aventurero, entró en la industria en 1913 como extra en películas de género de la Biograph gracias a su condición de jinete experto. Allí fue actor y ayudante de dirección de Griffith[2] que, al poco tiempo, le propuso realizar sus propias películas. 

En su carrera, Walsh llegó a tratar a personalidades tan influyentes y famosas como Mark Twain, Jack London, James Corbett, Wyatt Earp o Pancho Villa, al que dirigió en un biopic sobre la vida del legendario militar mexicano (The Life of General Villa, 1914).[3] En 1915, Walsh se unió al proyecto de William Fox con, entre otras, Regeneration, un antecedente del cine de gangsters muy apreciado hoy en día. En su periodo silente, Walsh no sólo trabajó para la Fox, sino también para compañías independientes, algunas fundadas por actores-productores como Douglas Fairbanks y Gloria Swanson. Gracias a éxitos como El ladrón de Bagdad, producido por el primero, Walsh sí gozó en el cine mudo del control directo de todos los elementos de la producción.[4] Así, en La frágil voluntad (Sadie Thompson, 1928), cinta financiada con dinero de la Swanson, Raoul Walsh dirigió, escribió el guion e incluso interpretó uno de los papeles principales.

La llegada del sonoro fue, como para la mayoría de los cineastas, un punto de inflexión en la carrera de Walsh, en este caso negativo por lo que significó de inestabilidad en su obra y por el accidente que sufrió mientras dirigía En el viejo Arizona,[5] su primera talkie: el director buscaba localizaciones para la película cuando una liebre, deslumbrada por los faros del vehículo, saltó y atravesó el parabrisas destrozando el ojo derecho de Walsh. Desde entonces, el parche en el rostro del realizador, como en los de John Ford o Nicholas Ray, siempre acompañaría a su estampa de director clásico de Hollywood.[6]

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[1] Terenci Moix titula su capítulo sobre el director: “Artesano o Maestro” (1996, p.576). José María Latorre también hace referencia a las “estériles y envejecidas discusiones” sobre si Walsh fue un autor o no (2008, p.13).

[2] En 1915, Griffith le dio a Walsh el papel de John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln, en su obra maestra, El nacimiento de una nación.

[3] Codirigida con Christy Cabanne.

[4] En Regeneration, además de dirigir y producir, Walsh también escribió el guion.

[5] En el viejo Arizona fue finalizada en 1929 por Irving Cummings y protagonizada por Warner Baxter que, igual que Cummings, estaba sustituyendo a Walsh. Como en La frágil voluntad, las pretensiones de Walsh eran encargarse de la realización y de la interpretación. Ambos sustitutos tuvieron suerte: el primero fue nominado por su trabajo, el segundo se llevó el Óscar.

[6] Un accidente que aceleró su ceguera en los últimos años de vida. La enfermedad de Walsh, igual que la de Fritz Lang y otros, fue provocada por culpa de la exposición continuada a la luz de las lámparas Klieg usadas en los rodajes.




jueves, 27 de mayo de 2010

CINE FÓRUM: LAS DOS HUÉRFANAS (Orphan of the Storm de David Wark Griffith, 1921)

Seguro que en más de una ocasión se ha parado a preguntarse cosas tan transcendentales –y pasajeras- como cuál es la razón de nuestra presencia en el Universo, de dónde venimos y a dónde vamos, etc. Crisis existenciales a parte, y centrándonos en nuestra afición favorita, podemos contestar sin dudar a una pregunta más concreta ¿de dónde viene el cine actual? (porque sólo Dios sabe hacia dónde va; me temo lo peor), la respuesta es clara: David Wark Griffith.



Es de Griffith, y de una de sus mejores películas, de lo que vamos a hablar en nuestro espacio particular de cine fórum. La importancia histórica de su obra ha sido tratada en múltiples ensayos, y la influencia de su cine es comparable a la dependencia de las elementales normas gramaticales para quien se dedica a escribir. La comparación no es gratuita si coincidimos con la mayoría en asegurar que fue Griffith quien sentó las bases del lenguaje cinematográfico.

Esa forma moderna de narrar una historia dramática para la gran pantalla se estaba inventando –experimentando- en cintas como Las Dos Huérfanas. La grandeza del cine de Griffith es que uno se puede asomar a él desde dos perspectivas diferentes (lo vamos a hacer) y admirarlo por igual: desde el punto de vista del espectador que va a disfrutar de las imágenes, con independencia de la transcendencia de lo que está viendo –este espectador se sorprenderá de la belleza de algunos planos, los que consiguen superar la distancia entre el cine sin sonido, y con técnica rudimentaria, y el cine actual (estamos hablando de casi un siglo)-; y desde el punto de vista del cinéfilo que se coloca en el lugar del que está presenciando los albores de un nuevo arte, el nacimiento de sus reglas básicas y, por tanto, comprendiendo porqué el cine es como es.

En Orphans of the Storm, Griffith construye la historia de dos hermanas (no de sangre) unidas por el destino a pesar de la diferencia de clase social. Henriette (Lillian Gish) es la de origen humilde, la que cuida de Louise (Dorothy Gish) que es ciega y fue abandonada por una familia de la aristocracia francesa en el periodo anterior a la Revolución. En plena contienda civil y durante el reinado del terror, las dos jóvenes se separan involuntariamente. Mientras Louise es obligada a mendigar por las calles de París, Henriette se enamora de Chevalier de Vaudrey, un joven acaudalado que intenta evitar la guillotina. Henriette no cesa en la búsqueda de su hermana invidente y varias veces está a punto de reunirse con ella (se ha hablado mucho de la secuencia en la que Henriette oye la voz de Louise desde su ventana: tiene tanta emoción que el espectador parece que también la está escuchando, a pesar de ser una película muda). Henriette finalmente cae en desgracia cuando el joven De Vaudrey es apresado y condenado a muerte. Ella correrá la misma suerte cuando es acusada, por los secuaces de Robiesperre, de traidora por encubrir a un aristócrata.

Para llevar a la gran pantalla la dramática historia de las huérfanas, Griffith utiliza la nueva sintaxis narrativa. Escenas y secuencias se unen para hacer fluida la trama. Insertos en flash-back ayudan a comprender el comportamiento de los personajes y a subrayar lo que es importante recordar. El uso del montaje paralelo cobra una gran importancia cuando se trata de simultanear las desventuras de una y otra protagonista, o para dar la tensión necesaria. Es curioso como un filme de clara propaganda antianarquista y antibolchevique (aunque la trama ataca las actitudes feudales de la aristocracia en los primeros minutos de la cinta, la historia denuncia sobre todo el anarquismo de la revuelta en clara referencia a lo sucedido en Rusia unos pocos años antes del estreno; por si hubiera alguna duda, Griffith explica su posición en el primer intertítulo de la cinta) influyera tanto en el cine soviético: el montaje que ya utilizaba Griffith es amplificado por Eisenstein y Pudovkin en sus magníficas propuestas.

Con la inestimable ayuda de su operador, Billy Bitzer (el primer gran director de fotografía), Griffith experimenta con el objetivo, el movimiento de cámara y la luz para sus propósitos expresivos. Es un pionero del travelling (inventado por nuestro compatriota Segundo de Chomón, según varios autores); mueve la cámara hacia los personajes, o los personajes hacia la cámara para dar sensación de profundidad; utiliza el primer plano y los insertos de planos detalle, para que el punto de vista del espectador no sólo se fije en el encuadre tradicional, sino que supere la frontalidad teatral y se acerque mucho más a la historia.

Además se implicaba con los actores. Griffith era un director que utilizaba siempre a su grupo de profesionales (como harían Ford y otros) y conocía muy bien sus posibilidades. Un ejemplo lo tenemos con las hermanas Gish: Lillian la más conocida de las dos (en parte porque casi todas las películas de Dorothy han desaparecido) era mejor como actriz dramática, mientras Dorothy, mucho más alegre, era muy buena en las comedias. La posibilidad de que Dorothy interpretara el papel de Henriette, mientras que el de la ciega y sufridora Louise lo hiciera Lillian fue sugerido por esta última. Griffith lo tenía claro: la que se iba a enfrentar a la guillotina sería Lillian.

La secuencia elegida para nuestro cine fórum es una de las últimas de la película. Quizás la más importante, la que viene a continuación del juicio donde Henriette es acusada de traidora y condenada a muerte. Lo que vamos a ver y comentar son, en realidad, dos puntos de vista diferentes de la misma secuencia. En primer lugar, la secuencia sin montaje paralelo, es decir una versión editada que he encontrado en la red para disfrutar de las imágenes (y de la música que acompaña). La segunda, es la versión original, donde vamos a poder observar la habilidad narrativa de Griffith. (No hay acompañamiento musical debido a que youtube me ha censurado el sonido por motivos de copyright que no logro entender).




Lo que acabamos de ver se trata de una edición moderna que centra la acción en Henriette, es decir suprime todo lo que sucede entorno a Dantón, que luego veremos en la versión original. Gracias a este montaje podemos admirar la plasticidad de Griffith y la soberbia actuación de las hermanas Gish, sorprendentemente contenidas para la época.

La secuencia se divide en dos partes: la del traslado de Henriette a la guillotina y la que transcurre en el cadalso. Las referencias a lo largo de la secuencia al Nuevo Testamento son claras. La “pasión” de Henriette incluye desde la corona de espinas (en este caso es una rosca de pan con palos de madera), las burlas de los ciudadanos, el buen soldado, hasta la Verónica, que en este caso es su propia hermana. Es precisamente esa escena la que transmite más emoción, cuando Louise se acerca a Henriette, la abraza, la besa y le seca el rostro. Griffith mantiene el plano mientras Dorothy se aferra a Lillian. El genial director sabe que está rodando algo grande.

En la segunda parte, en la plaza, Griffith juega con la multitud y con los primeros planos. Hay pequeños detalles que hacen del conjunto una obra maestra: Bitzer utiliza el efecto de las bandas opacas para resaltar los tambores que anuncian la ejecución (un antecedente al formato panorámico); mientras Lillian Gish sigue con su sufrimiento, a su hermana ciega le giran la cabeza en dirección al patíbulo. Son momentos de angustia entre los que destaca la mirada de súplica al verdugo (insisto en la contención de la interpretación de Miss Gish) y el final: siempre me ha impresionado el balanceo de Henriette sujeta a la tabla de madera para colocarla boca abajo, en posición mortal. Me recuerda a esa otra imagen, casi de película de terror, cuando ejecutan a una bruja en otra obra maestra: Dies Irae (Carl Theodor Dreyer, 1943).





Esta es la versión original, donde Griffith se luce con el innovador montaje paralelo. Une las dos acciones (la de Henriette y la de Dantón), alternando las escenas. Al principio de una duración mayor, pero a medida que se acerca el final, el tiempo entre secuencias va disminuyendo. Este efecto consigue aumentar la tensión. Es su famoso Last-Minute Rescue que tanto se utilizara en los seriales donde las heroínas eran rescatadas en el último segundo. Griffith se permite una licencia histórica –y se pasa con ella- cuando incluye a Robespierre como “malo” de la película y a Dantón prácticamente como el héroe salvador.

Como citábamos en la reseña, en las escenas donde Dantón pide clemencia hacia su protegida, Griffith utiliza muy bien a los extras y rueda planos generales donde predomina lo horizontal para dar sensación de multitud, con planos donde los actores se acercan a la cámara para resaltar la profundidad. También se puede apreciar el uso del travelling en las tomas de la tropa que acude al rescate; y el montaje: pasando del plano general al primer plano de Dantón o a las patas de los caballos; e incluso las osadas angulaciones para acentuar el estrés, como el violento contrapicado cuando los jinetes atraviesan un arco. Estamos seguros de que Eisenstein tomaría buena nota de todo ello para su teoría del montaje de atracciones y su Acorazado Potemkin.

¿Llegará a tiempo Dantón para detener la ejecución y salvar a Henriette?


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