lunes, 9 de octubre de 2017
2 X 1: “ALMAS EN EL MAR” y “LOBOS DEL NORTE” (Henry Hathaway)
jueves, 22 de abril de 2010
CINE EN TV: CUANDO MUERE EL DÍA; CUENTA CONMIGO
Cuando Muere el Día (Sundown de Henry Hathaway, 1941). Gene Tierney, Bruce Cabot, George Sanders. (Popular TV, sábado 24 a las 21:00).Sundown, realizada en 1941 por Henry Hathaway, cuenta una historia contemporánea que se desarrolla en la Segunda Guerra Mundial con África como escenario. La cinta obtuvo tres nominaciones a los Oscar: la de mejor dirección artística, mejor fotografía y mejor música a cargo del prestigioso Miklos Rozsa (no ganó ninguno, los dos primeros se los llevo Que verde era mi valle, la gran triunfadora). Una película de corte colonialista -una de las especialidades de Hathaway, sus películas más recordadas proceden de ese subgénero de aventuras, pensemos en Tres lanceros bengalíes o La jungla en armas, todas ellas rebosantes de ritmo- que promete entretenimiento de altura, pero que no cumple debido a que la acción se hace esperar demasiado, a que el protagonista es poco carismático (Bruce Cabot) y a que sobra el grandilocuente final.
Pero aquí primaba la propaganda bélica, y la opción de los productores de apoyar la intervención de Estados Unidos en la contienda era habitual. Por ello la trama era bien distinta a aquellas otras cintas propias de las sesiones dobles de los sábados por la tarde. En este caso un destacamento británico tenía que evitar que los nazis suministraran armas a los nativos y así apoyar una sublevación contra los ingleses. Para conducir la historia, Hathaway toma la decisión de hacer prácticamente dos películas en una (quizás esa sea la causa de la ausencia de ritmo) y divide la acción en una subtrama de espionaje y otra más propia del género de aventuras.

La presencia de una princesa medio árabe, medio occidental, consigue darle un empujón a la película para situarla por encima de otros productos de serie B de la época. Me refiero a la aparición estelar de Gene Tierney. Su belleza exótica la encasillaron, en esos primeros años de carrera, en papeles de mestiza misteriosa y mujer inalcanzable. Desde luego lo era para los espectadores de la pantalla (inalcanzable) que debían soñar con ella en esos oscuros días de conflicto mundial. En esta cinta y en la siguiente que rodó ese año (El embrujo de Shangai, de Joseph Von Sternberg) estaba preciosa; su mirada felina y los rasgos orientales fueron determinantes para conseguir superar el casting frente a otras candidatas. Y nosotros nos alegramos de ello, porque gracias a estos papeles pudimos verla en obras maestras como Laura o Noche en la ciudad.
Gene Tierney se encontraba secundada de un grupo de actores que no llegaron nunca a brillar como ella: aunque George Sanders estaba perfecto como oficial británico ordenancista y rígido, Bruce Cabot, el verdadero protagonista de la historia, no convence como héroe. Y eso que estaba muy bien rodeado por otros secundarios de lujo como Sir Cedric Hardwicke o Harry Carey (protagonista legendario de los primeros western de John Ford). Todos ellos cerraban una película coral destinada a entretener al público y a que éste apoyara la causa aliada.
Cuenta Conmigo (Stand by me de Rob Reiner, 1986). Wil Wheaton, River Phoenix, Corey Feldman, Kieffer Sutherland. (Canal 9, domingo 25 a las 10:30)
Es curioso como el tiempo conforma y agrupa las películas según sus estilos cinematográficos con bastante exactitud, perfilando muy bien los lindes entre décadas. Al menos en el cine norteamericano. Si tuviéramos que hablar de los filmes más representativos de los ochenta seguramente nombraríamos a aquellos directores de la “barba” surgidos en la década anterior (Coppola, Spielberg, Scorsese, Lucas, etc.); no dejaríamos de comentar el resurgimiento de los largometrajes de aventuras, fantásticos, de terror o de ciencia ficción; y tampoco podríamos pasar por alto un subgénero infantil-juvenil donde jóvenes actores daban vida a pequeños héroes que buscaban tesoros, se hacían amigos de extraterrestres o viajaban al futuro (o regresaban de él). Los Goonies, Regreso al futuro, El Secreto de la Pirámide, E.T., etc. son aquellas películas ochenteras que marcaron a toda una generación. De todas ellas hay una que podría representarlas perfectamente: Cuenta Conmigo de Rob Reiner.
Basada en un relato de Stephen King, “The Body”, la cinta narra las leves aventuras de cuatro niños en Castle Rock, un pequeño pueblo de Oregón. La historia transcurre en un largo flash-back cuando un escritor recuerda la primera vez que él y sus tres amigos vieron un hombre muerto. Con una estructura de road movie, los cuatro compañeros se adentran en la campiña para hallar el cadáver de un hombre que había desaparecido, y para hacerlo antes que sus enemigos, una pandilla de adolescentes mayores que ellos.
Con la excusa de la aventura para descubrir el finado -McGuffin ideal- Rob Reiner construye un filme emotivo donde la amistad entre los protagonistas, la lealtad y el cariño por encima de clases y prejuicios sociales, es lo verdaderamente importante. El director no disimula su verdadera intención cuando las mejores –y más largas- secuencias son aquellas donde apenas hay acción. Donde no sucede nada interesante que no sea el diálogo entre los cuatro, los juegos, las risas o los cuentos.

El estereotipo de los amigos del colegio (el listo, el gamberro, el gordito, etc.) pronto es reemplazado por aspectos más profundos en la definición de los personajes. Un guión nominado al Oscar va configurando la personalidad de los niños que utilizan el viaje para huir de sus problemas domésticos mientras buscan el cariño de sus compañeros: Gordie (el futuro escritor) vive momentos difíciles, aislado en su propia casa desde la muerte de su hermano mayor; Chris sobrevive a una familia humilde con un padre alcohólico; Teddy intenta evadirse, con su comportamiento extravagante, de la presión social que supone ser hijo de un loco; y Vern, el gordito, pretende superar sus miedos en compañía de los otros tres.
Con pinceladas de autocrítica a la sociedad americana -quien no sepa jugar bien al fútbol americano es un fracasado- y con contrastes entre comportamientos (la pandilla protagonista frente a los otros cuatro más mayores, prácticamente unos delincuentes) Rob Reiner dibuja muy bien la historia con un centro claro: la relación entre el fuerte del grupo y el inteligente (entre Chris y Gordie). La trama se vuelve creíble no sólo por las buenas interpretaciones (el malogrado River Phoenix muy bien secundado por el resto; más los hallazgos ya asentados de Corey Feldman o Kieffer Sutherland) sino por un entorno y una situación reconocible por el público: ¿quién no ha disfrutado del verano con un grupo de amigos parecido?
viernes, 28 de marzo de 2008
EL BESO DE LA MUERTE (Kiss of Death de Henry Hathaway, 1947)

El sólido guión es de Ben Hecht y Charles Lederer, toda una garantía. Las tomas de Nueva York son reales, así se anuncia en los créditos. Esto da más credibilidad a una trama que en su inicio parece algo manida: un ex-convicto (Victor Mature), presionado por el fiscal, delata a sus compañeros. Su retirada de la vida delictiva no va a ser nada cómoda; sobre todo a partir del momento en que los criminales quieran saldar la deuda contraída con él. Los paralelismos con obras clave del género policíaco como Forajidos (The Killers de Robert Siodmak, 1946) o Retorno al Pasado (Out of The Past de Jacques Tourneur, 1947) son mínimos gracias a dos elementos: la actuación de los protagonistas y el personal tratamiento del guión, por parte del director.
De los actores destaca uno: nuestro homenajeado. Pocos profesionales tuvieron un inicio tan sonado. Widmark consiguió en su debut la nominación al oscar al mejor actor secundario, amén de otros premios importantes de la crítica. Y es que el papel de Tommy Udo es de aquellos que perduran en nuestra memoria cinéfila. Se unen al que interpretara Robert Mitchum en La Noche del Cazador (The Night of The Hunter de Charles Laughton, 1955) o al de Joe Pesci en Casino (de Martín Scorsese, 1995), por poner dos ejemplos –uno clásico, otro moderno- de los muchos asesinos maravillosos que ha dado el cine.

El Tommy Udo de Widmark provoca escalofríos. Su risa de hiena es verdaderamente terrorífica y hiela la sangre si se escucha en versión original. Y además es un aviso. Algo -nada bueno- va a suceder a continuación. Hay una secuencia, muy conocida, que no por verla muchas veces deja de impresionar: aquella en la que Udo arroja por las escaleras, sin compasión, a una inválida, con silla de ruedas incluido. Aún no me explico como consiguió pasar la censura imperante en el Hollywood de los años cuarenta.
La cinta es de Henry Hathaway, un director siempre en alza al que habrá que considerar muy cercano a los grandes, e incluso pertenecer a ese selecto grupo. El realizador consigue crear una atmósfera inquietante a lo largo de toda la trama; incluso en las escenas donde la vida transcurre con cierta alegría, hay una especie de amenaza permanente que no deja respirar tranquilo al protagonista –ni al espectador-. Es clara la pertenencia del filme al género negro, pero gracias al buen hacer de Hathaway la película se convierte en un thriller que roza por momentos el cine de terror.
El Beso de la Muerte ha sido objeto de remakes en clave de western o dentro del mismo género policiaco, pero, como suele pasar, ninguno ha llegado a la altura del original. En parte porque ninguno incluía en el reparto a un actor excepcional: a Richard Widmark.
Ver Ficha de El Beso de la Muerte
jueves, 17 de enero de 2008
NIÁGARA (Henry Hathaway, 1953)
En el arranque, Hathaway nos presenta a los personajes sin utilizar los diálogos, sólo con una voz en off que se me antoja innecesaria. Así nos damos cuenta de lo perturbado que se encuentra Loomis cuando le vemos paseando de madrugada muy cerca del violento salto de agua; o de la “ligereza” de Rose: Marilyn desnuda entre las sábanas, fingiendo que duerme cuando llega su marido. La simbología, con las cataratas siempre presentes, es evidente, pero no carece de atractivo. Y es que los celos justificados de Loomis y los planes criminales de su mujer son tan peligrosos como el río cuando se precipita hacia el abismo.

Niágara, sólo con los elementos citados, ya podría considerarse una muy buena muestra del género negro, pero contiene un detalle que, en mi opinión, hace que sea la mejor película de Hathaway (y de Brackett, como productor): la inclusión en el drama de una pareja de estadounidenses de la clase media que llega a la zona de vacaciones. En efecto, el matrimonio Cutler y, sobre todo la mujer (una convincente Jean Peters), dan el contrapunto ideal a la terrible historia de celos. La joven ama de casa se ve involucrada en la trama casi sin quererlo. Es como si alguien del público se levantara de la butaca del cine y traspasara la pantalla para ver de cerca los acontecimientos. Gracias a ese tratamiento del guión tan original, la historia, en su mayor parte, se cuenta bajo el punto de vista de... ¡Un espectador!

Pero es que además está Marilyn Monroe. No me importa en absoluto si los rodajes eran un caos por culpa de sus ausencias o si su inseguridad en el plató hacía que los directores tuvieran que repetir las tomas cien veces. Lo cierto es que la cámara se enamoraba de su presencia -y nosotros también-. Es una delicia verla en pantalla, en cada secuencia con un vestido distinto y cada vez más provocativo. La escena donde canta “Kiss me” (la tararea, que resulta más sensual), mientras Joseph Cotten la vigila desde la ventana, ha pasado con toda justicia a la historia del cine. La citada melodía es parte importante de la acción -un buen truco de guionista avezado-, siempre que alguien la silba o suena desde el campanario de la ciudad, sabemos que algo está a punto de suceder.
En definitiva, Niágara es de esas películas imprescindibles que no nos cansamos de ver y que guardamos celosamente en nuestra colección, como una joya del séptimo arte.




