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lunes, 6 de enero de 2020

2 X 1: "PERFIDIA" y "LA MUJER BANDIDO" (Leslie Arliss)


Perfidia (The Man in Grey, 1943)

Durante la Segunda Guerra Mundial, igual que sucedía al otro lado del charco, en Gran Bretaña el público escapaba del temor a las bombas y demás desgracias del conflicto bélico, acudiendo en masa al cine. En las islas solo quedaban ancianos, niños y mujeres a los que había que entretener a toda costa, sobre todo a estas últimas. Si en Hollywood se instauró un género dramático de retaguardia que se llegó a llamar, “cine de mujeres” (la Warner se especializó rápidamente), en el Reino Unido no le iban a la zaga con producciones similares, en este caso a cargo de la compañía Gainsborough.

En dichos estudios sobresalió por encima de todos, Leslie Arliss, un director que se dedicó a realizar melodramas de época, todos muy parecidos, dirigidos en especial para el público femenino. De los muchos filmes de Arliss que se llevaron a la gran pantalla, destacan los dos que hoy comentamos.

La primera cinta, The Man in Grey (aquí se tituló Perfidia), fue el paradigma de lo que vino después, se puede decir que resultó el molde de cintas muy similares, ambientadas en el siglo XVII o XVIII con todo lujo de detalles. La rentabilidad de la taquilla permitió que las producciones cada vez fueran más costosas tal como se reflejaba en la suntuosidad de vestuario y decorados.



Perfidia se basa en una novela de Lady Eleanor Smith, a la sazón la escritora preferida de la Gainsborough. La estructura dramática del largometraje descansa en el personaje pérfido de Margaret Lockwood, sin duda la estrella de la película. Una malvada ambiciosa que no se corta a la hora de reconocer lo que pretende: casarse con un hombre rico, aunque sea el marido de su mejor amiga ––y aunque tenga primero que asesinar a esta––. En parte logra lo que se propone porque el esposo deseado es de la misma calaña que ella (James Mason).

Lo que Arliss ofrece con su película es un cuadrado, más que un triángulo, si tenemos en cuenta el elemento de aventura de capa y espada introducido a propósito (Stewart Granger, no podía ser otro). El galán, enamorado de la inocente víctima, estará siempre atento a los planes perversos de la Lockwood y de Mason, aunque lo tendrá muy difícil para salir bien del entuerto.



La mujer bandido (The Wicked Lady, 1945)

Leslie Arliss logró otro de sus éxitos un par de años más tarde, cuando rodó La mujer bandido. El guion, igual que en Perfidia, era del propio director, aunque esta vez adaptaba la novela de otra escritora: “Life and Death of the Wicked Lady Skelton” de Magdalen King-Hall.

Ni que decir tiene que la “malvada” Lady Skelton era Margaret Lockwood. La cinta de Arliss era ––para qué cambiar–– otro lujoso melodrama de época, con una estructura muy similar a la anterior. Quizás más en tono de aventuras que Perfidia, pero sin abandonar el consabido romance algo perverso entre la estrella y, de nuevo, un espléndido James Mason.

No obstante, todo el foco de atención del filme se centra en la Lockwood y en su particular caída a los infiernos. La ambición de la actriz ––de una belleza con un punto de morbo, que siempre me pareció muy similar a la de Joan Bennett–– es la misma de siempre: aspira a robarle el marido a la inocente de turno.



Con respecto a James Mason, ahora encarna a un bandido romántico que no quiere hacer daño a nadie, pero que tiene la mala suerte de encontrarse con Margaret Lockwood. Aburrida de su sosa vida matrimonial, la infame arpía no duda en formar parte de la banda de ladrones, dispuesta a obtener nuevas experiencias robando al lado de su nuevo amante.

El cuarto en discordia es Michael Rennie, unos años antes de convertirse en el alien de Ultimátum a la Tierra (su papel ideal: siempre nos ha parecido su interpretación tan rígida como la de un robot). El nuevo galán, que por desgracia hace que echemos en falta a Stewart Granger, ofrece la variante de enamorarse de la mujer equivocada. El resto es todo muy parecido a lo visto en Perfidia. Con mucha más acción, eso sí.



sábado, 31 de mayo de 2008

ALMAS DESNUDAS (The Reckless Moment de Max Ophüls, 1949)

Almas desnudas es la última película americana del director alemán, nacionalizado francés, Max Ophüls y, probablemente, la mejor junto a Carta de una desconocida. La cinta trata de las relaciones entre una ama de casa (Joan Bennett) y un chantajista (James Mason). El segundo amenaza con hacer públicas unas cartas de amor que situarían a la hija de la primera como principal sospechosa en un asunto de asesinato.



Quitando el prólogo, donde Ophüls nos muestra a una Joan Bennett como el centro de una familia de clase media, agobiada por las facturas y la educación de sus hijos, el largometraje tiene dos partes claramente diferenciadas. En la primera, aparece un James Mason amenazante, con traje oscuro y muy seguro de sí mismo. Mason irrumpe en el domicilio de la protagonista, con los miembros de la familia alrededor, de tal forma que la presión delictiva que ejerce sobre ella se sitúa al mismo nivel que la que puedan ejercer el suegro o la hija del ama de casa en la vida cotidiana. Pero es que el propio Ophüls -y a esto se debe, en gran parte, el atractivo de la cinta- no deja de perseguirla con la cámara, consiguiendo así aumentar la sensación de estrés. Su estilo personal, siempre acompañado de largos planos, de travellings con objetos difuminados en primer plano, o su obsesión por las escaleras, multiplica la ansiedad de la heroína -y la del espectador- hasta niveles casi intolerables.

A partir de una llamada telefónica del chantajista -magistral primer plano de James Mason- la situación cambia radicalmente y nos introduce en la segunda parte, donde el delincuente se siente atraído por su victima y se enfrenta a su socio para liberar al ama de casa y de paso redimir sus pecados.

La película sorprende con el acuerdo a que llegan Mason y Joan Benett: no admitir la culpa y dejar que la policía detenga a un tercero. Es un golpe de efecto más que audaz en aquellos años donde, en Hollywood, imperaba un estricto código moralista. Sin embargo, las cosas no resultan tan sencillas y la situación cambia de nuevo cuando el socio de Mason decide actuar. Este ir y venir del guión refleja una posible tensión entre el realizador y los productores, aunque finalmente el genial director alemán se lleva el gato al agua y consigue un falso "happy end" -¡bendita ambigüedad!- donde el culpable se "va de rositas" y no rinde cuentas a la sociedad.

Pese a esta trama tan entretenida, en Almas desnudas, Max Ophüls sigue fiel a su modo formalista de hacer cine. A la hora de plantearse una película daba casi más prioridad al “Cómo” contar la historia que al “Qué”. Para él, un movimiento de cámara determinado o un primer plano, no eran en absoluto gratuitos; todo lo contrario, eran sumamente importantes para dar el punto dramático que la historia necesitaba. Eso le distinguía de los demás artesanos y convertía sus películas en obras personales con un sello inconfundible. El sello de un maestro.

Ver Ficha de Almas desnudas.

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