Si hubo un escritor de novela negra especializado en lo que se denominó blue-water noir, ese fue Charles Williams. Tampoco hay duda en afirmar que “Dead Calm” fue su relato más célebre, una obra que también se llevó a la gran pantalla. “Dead Calm” fue la base de dos películas muy diferentes: la primera dirigida por Orson Welles, que nunca llegó a estrenarse y de la que hablaremos más adelante, y la segunda realizada por el australiano Phillip Noyce. El guion de Calma total, que así se tituló en España, difería sensiblemente del ideado por Williams con el objetivo de mudar de género para pasar del noir al thriller:
El capitán de navío John Ingram (Sam Neill) y su mujer Rea (Nicole Kidman) disfrutan de una vacaciones en su goleta Saracen. En alta mar divisan al Orpheus, un bergantín en malas condiciones, medio desarbolado, con síntomas de haber pasado por una terrible experiencia. Del velero sale un bote de remos con un superviviente a bordo que dice llamarse Hughie Warriner (Billy Zane). Mientras John se dirige al Orpheus para echar un vistazo, Hughie despierta, secuestra a Rae y se hace con el mando del Saracen...
A partir de Calma total —puede ser su mejor largometraje—, Phillip Noyce se dio a conocer en todo el mundo. La cinta se vale de dos escenarios: dos barcos en los que la tensión de uno y otro va in crescendo para terminar realimentándose entre sí. Los problemas se les acumulan tanto a John, que casi se ahoga en un velero que se deshace literalmente, como a Rea, que se las tiene que ver con el demente Hughie. A sus preocupaciones se les suman las del otro por la incertidumbre de no saber lo que realmente está pasando. Lo único que les une, que les dice que aún están vivos, son el ruido de salida de radio frecuencia de un equipo de comunicaciones que no funciona, y el pequeño eco que tiembla en la pantalla del radar.
Phillip Noyce gestiona bien los tiempos en cada una de las embarcaciones y se vale del montaje paralelo para precipitar la acción, tanto en el arranque como en la conclusión: Al principio, cuando John investiga el Orpheus y se va encontrando los cadáveres flotando en el agua, vemos la verdadera cara de Hughie que trata de salir de la cabina para secuestrar a Rae. Gracias al buen detalle de un vídeo que nos va contando lo ocurrido en el bergantín, John se hace una idea de lo que ha pasado allí y de lo que le puede suceder a su mujer en manos de ese loco.
En la segunda secuencia en paralelo, cuando Rae ya se encuentra al timón del Saracen y se dirige hacia el Orpheus, John se aferra a un tubo metálico para respirar dentro de un compartimento totalmente anegado; mientras tanto Hughie intenta salir de nuevo de su encierro para atrapar a Rae. Es una repetición de lo anterior sólo que los papeles de cada uno ya están más que claros y se acercan a la resolución final.
Buenas ideas de Noyce, como la de recurrir a la mascota para ser colaborador involuntario de Hughie (el perro le avisa con ladridos de los movimientos de Rae, o le trae la llave del motor después de que la joven la haya arrojado al agua); igual que la de utilizar una simbología satánica que oscurezca aún más la trama. Así, los colores del bergantín (negro) con respecto al Saracen (blanco) no son nada casuales; tampoco el nombre del primero (Orpheus), ligado al inframundo, un barco con la madera tan podrida como el cargamento que lleva; o el incendio del final, cuando el velero maldito se consume en llamas para irse directamente al infierno.
Filme, por tanto, muy atractivo el de Phillip Noyce, cosa que no podemos decir —tampoco lo contrario— del intento de Orson Welles, unos años antes, cuando ni siquiera llegó a finalizar el rodaje. The Deep, ese iba a ser su título, es uno más de los proyectos inacabados de Welles del que apenas se han visto unos metros de película y algún tráiler de promoción. Aun así, todo parece indicar que había un cambio de villano, que Hughie era una víctima más del personaje interpretado por el director. El rodaje se interrumpió por la repentina muerte de Lawrence Harvey, y por falta de financiación —como siempre—, de ahí que muchas tomas se quedaran sin filmar. Daba la impresión de que la cinta se asemejaba más a El cuchillo en el agua de Roman Polanski que a La dama de Shanghai del propio Welles, de hecho, el realizador llegó a reconocer este extremo, no sin cierto tono irónico: “sí, es más de ese estilo, pero no tan exquisitamente rodado".
El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a Calma total en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





