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viernes, 9 de noviembre de 2012

THE HUNT (Jagten de Thomas Vinterberg, 2012)


Interesante la jornada de ayer en el festival de cine de Sevilla, con dos películas escandinavas a competición en la sección Oficial que nos confiesan que la sociedad nórdica no es tan modélica como parece. La primera, Call Girl, del sueco Mikael Marcimain, denuncia un caso real de prostitución a gran escala ocurrido en los setenta. Acompañada de una banda sonora que nos trae muchos recuerdos, la cinta está muy bien ambientada e interpretada (con especial mención a Pernilla August que ya estuvo aquí el año pasado, pero en calidad de directora de la atractiva Beyond), pero se hace excesivamente larga para contar algo que nos suena mucho: la corrupción política, la vista gorda de las autoridades y el terrorismo de estado cuyos dirigentes no dudan en eliminar a su propia gente con tal de no verse salpicados. Lo mejor de la cinta es la dualidad en el punto de vista, el de una menor que se ve envuelta en el negocio de la carne y el del policía que investiga el caso; y el encuentro de ambos con un final desesperanzador.























Pero el largometraje más esperado del día de ayer era el último trabajo de Thomas Vinterberg. El realizador fundador de Dogma 95, junto a Lars Von Trier y otros, esta vez no se sujeta a las normas de dicho movimiento, pero utiliza alguna de sus herramientas para dirigir una estupenda película que saca a la luz las miserias de la “civilizada” sociedad que viene del norte. El director danés no se anda con remilgos a la hora de mostrar la violencia que se desata en un pueblo pequeño, cuya principal afición es la caza del venado. Allí, Lucas, uno de sus vecinos (interpretado por Mads Mikkelsen, ojo con él que se puede llevar el premio al mejor actor), es acusado injustamente de pedofilia.

El tema de los abusos sexuales a menores no es ajeno a la filmografía de Vinterberg, ya lo trató en su excelente Celebración (Festen, 1998) (¿la mejor película Dogma?), pero mientras allí los abusos eran reales y descomponían una familia, aquí las sospechas de tales actividades destrozan otra, la del falso culpable. Son las mentiras de una angelical niña —de aspecto parecido al de la diabólica Rhoda de La Mala Semilla (The Bad Seed de Mervyn LeRoy, 1956), más inocente que ella, pero igualmente dañina— las que provocan que Lucas sea hostigado por toda la comunidad en lo que se asemeja a una caza sin cuartel. 



Lo de la mentira infame tampoco es nuevo —nos acordamos, por ejemplo, de las dos excelentes películas de William Wyler, Esos Tres (These Three, 1936) y su remake La Calumnia (The Children Hour’s, 1961)—, pero sí la forma de enfrentarse a ello: en la música, Vinterberg usa la banda sonora no diegética, pero no abusa de ella; en la fotografía, recoge del Dogma algunas secuencias con luz real (las de las velas en el interior de la casa de campo), y no se limita a un objetivo convencional y a una fotografía cuidada, sino que lo mezcla con la violencia de una cámara en movimiento y una película de amplio grano, todo para contar esa paradoja que es la vida aparentemente pacífica de unas personas que esconden un interior violento y que esperan el fallo de alguno de sus miembros para acabar con él. 
  
Quizás lo más destacado de la cinta lo reserve Vinterberg para el final, una conclusión que tiene todos los ingredientes para permanecer en la memoria y ser recordada como una de las mejores que se hayan visto en una película. Un final con doble simbología: la del cazador cazado; la que compara al inofensivo animal víctima de un deporte que no conoce la piedad, con el hombre inocente víctima de la ira de otros hombres; o la que nos anuncia que de las calumnias, aunque se haya demostrado que lo eran, siempre queda algún rescoldo que nunca se apaga.  



Ver Ficha de The Hunt.


miércoles, 9 de abril de 2008

BILLY, EL EMBUSTERO (Billy Liar de John Schlesinger, 1963)

El final de los años 50 y el principio de la década siguiente fueron fundamentales para la evolución cinematográfica. Por un lado se confirmaba la decadencia del sistema de grandes estudios en el Hollywood de las estrellas; por otro nacían nuevos movimientos que cambiarían para siempre el modo de hacer cine. Se alternaban grandes superproducciones, realizadas para alejar del televisor a las familias, con obras independientes donde los héroes pertenecían a una clase media hasta ahora muy alejada de la gran pantalla. El Free cinema fue una de esas “nuevas olas” (como la Nouvelle Vague o las nuevas tendencias del cine polaco, checo o incluso ruso) que sacudieron las mentes, algo estancadas, de los cineastas. Las películas realistas comenzaron a inundar con sus títulos las carteleras de todo el mundo. Billy, el embustero fue una de ellas.



Realizada por John Schlesinger, uno de aquellos “jóvenes airados” del Free cinema, Billy Liar trataba de la vida de un muchacho (Tom Courtenay) que procedía de los suburbios de una gran capital inglesa. Para salir de su anodina existencia, Billy se inventaba una vida paralela donde él era un héroe de guerra, un presidente de gobierno o un príncipe de la realeza. En los momentos de mayor esplendor era despertado de su sueño por los gritos de sus padres, por su jefe o por una de sus novias –a las que sólo perseguía por sexo, sin ningún éxito-.

La cinta, aunque narrada en clave de comedia, en el fondo es un drama. La protesta de Schlesinger se dirige directamente a las miles de personas que van todos los días a la misma hora a su trabajo, que soportan las ideas retrogradas de sus padres y que se lamentan de su aburrida e insulsa vida. Sin embargo, el director –salvo en algún personaje en concreto, como el de Julie Christie, prototipo de actriz liberal de la época- no se decanta por la rebelión de sus personajes contra esa situación; no manifiesta ninguna idea política revolucionaria o no pregona el amor libre como movimiento que comenzaba a surgir entre los jóvenes de los sesenta. Se limita a exponer la situación de Billy y su curiosa forma de evasión, tan imposible de alcanzar como los propios sueños del resto de los espectadores. Es, por tanto, una visión pesimista de aquella Europa que acababa de salir de la posguerra.

En el aspecto técnico, el filme contiene ese interesante montaje paralelo donde realidad y ficción se confunden en la mente de Billy. El estilo de Schlesinger ha sido imitado posteriormente en algunos excelentes musicales y es que la estructura de Billy Liar se corresponde con la de un musical aunque no lo sea. Dinero caído del cielo (Pennies from Heaven, de Herbert Ross, 1981) o Bailar en la oscuridad (Dancer in the dark de Lars Von Trier, 2000) parten de la misma idea: unos personajes que se sirven de la música y sueñan -como hace Tom Courtenay- para evadirse de sus problemas. En ambos casos la situación de los protagonistas es mucho más trágica que la de Billy y, por tanto, el contraste es mayor.

En definitiva, Billy Liar es una excelente muestra del cine realista británico, con muchas dosis de humor y con un trasfondo nada optimista de la nueva sociedad que estaba naciendo: la de la guerra fría y los movimientos sociales. Muy bien rodada por John Schlesinger, está interpretada por dos de los iconos de la cultura pop: Tom Courtenay y Julie Christie.

Ver Ficha de Billy, El Embustero
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