Nada nuevo
bajo el sol de… Manchester, podría resumirse el presente comentario acerca de
la última película de Kenneth Lonergan. Director que tiene en su haber un trío
de películas desiguales y que debe a su amigo Matt Damon, a la sazón productor
de la cinta, el haber vuelto a los ruedos cinematográficos con gran éxito de
crítica y con una buena cosecha de nominaciones a los Óscar.
Premios que no
vamos a cuestionar pues la corrección tanto de actores como de diseño de
producción, de puesta en escena y, en fin, de director, pueden ser objeto de
loas por buena parte de la crítica. Ahora bien, si no situamos del lado del
espectador la película ya no sale tan bien parada. No con una trama
mil veces vista donde alguien regresa a un pequeño pueblo (a Manchester-by-the-sea,
que así, con todas las letras, se llama la ciudad debido a un litigio en 1989
con otra Manchester) donde nadie olvida la tragedia que causó el recién llegado,
y donde el protagonista se tendrá que hacer cargo de un huérfano que forma
parte de su desestructurada familia.
Tema, el del
regreso y el de la (re)construcción familiar, muy del gusto de Hollywood, como
la clásica Sombras en el mar (Deep Waters, Henry King, 1944), también en ambiente
marino —en este caso con la pesca de la langosta como tema de fondo—, con un
huérfano de por medio (Dean Stockwell, el niño prodigio de entonces) y con el
tira y afloja entre el pescador Dana Andrews y el pequeño para ver si al final
los dos pueden vivir juntos.
En Manchester…
las cosas no van por el mismo derrotero y la trama se queda a medias (el final también)
igual que todo lo demás. El entorno costero que tanto puede dar de sí, apenas
se explota en beneficio del argumento. Se echan de menos subtramas tan
atractivas como las que se refieren al aprendizaje de la pesca, que tan sólo se
esbozan; algunas escenas de acción con la mar como testigo que se conviertan en
el punto de impulso que la película necesita, y que se nos antoja pide a gritos
la audiencia para evitar la somnolencia (algo que no sucede en la citada Deep
Waters), y en fin algo más de enjundia en una trama apática en la que,
eso sí, se mueve como pez en el agua Casey Affleck cuando el director gestiona una secuencia de emociones a flor de piel.
Es verdad que lo de
Affleck tiene mérito…, pero menos. El actor borda su papel, pero no cambia ni
una coma el registro que se sabe de memoria y que siempre le ha dado buenos
resultados (véase la reciente La hora decisiva, otra seapicture,
en este caso de catástrofes, o el noir El demonio bajo la piel),
en todas ellas Affleck es un personaje atormentado, seco e introvertido, que no
refleja lo que bulle en su interior, pero que se encuentra a un paso del
estallido. Hay que reconocer que nadie como él podría dar vida a un ser tan
afligido.
Película correcta,
como decimos, que bien podría haberse rodado en cualquier pueblo de la América
profunda, que vive de las relaciones humanas y que traiciona, por así decirlo,
las expectativas del público que se espera algo más cuando productores y
director trasladan la historia a una bella zona costera de Massachusetts, con
la mar como telón de fondo.








