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jueves, 18 de agosto de 2022

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (X)

Para contribuir al realismo por el que es famosa la película, Objetivo: Birmania se enmarca entre dos partes documentales que presentan las operaciones llevadas a cabo en la región: la introducción, antes del arranque de la historia ficticia, son imágenes reales de la retirada del general Stilwell y su promesa de volver algún día a pisar suelo birmano (como hiciera MacArhur en Filipinas); y el final, un reportaje acerca de la invasión de las fuerzas aliadas. A estas dos secuencias hay que añadir una serie de insertos también reales que Walsh utiliza en la trama y que encajan muy bien gracias al buen hacer del montador George Amy.

La estructura de la película parece resumir todo el conflicto a nivel global y no sólo la campaña en Birmania: el inicio, con la rápida derrota aliada; el desarrollo, que simboliza el esfuerzo titánico de guerra (el núcleo de la película con las aventuras de Nelson y sus hombres); y, finalmente, la conclusión, con la invasión aliada semejante a la de Normandía.


Con la supervisión de Watkins, y la claridad expositiva de Walsh, se lograron escenas tan bien rodadas como aquellas donde se explican con sencillez los distintos planes, ya sean con maquetas perfectamente diseñadas y construidas, como con rápidos dibujos esquemáticos hechos en el barro (5.23 y 5.24). La dureza y la disciplina en el rodaje fueron los propios de una operación real: los actores llevaban el vestuario de combate y sufrían el peso del mismo armamento y equipos que se usaban en las fuerzas armadas. A las duras directrices de Walsh se unieron la incertidumbre de la guerra en ese momento, las ganas del equipo de contribuir con su granito de arena a ganar el conflicto, y el clima de California, que ese verano fue tan hostil como el de la jungla birmana.[1] Todo ello desembocó en unas imágenes de un verismo inusual. Errol Flynn llegó a explicar de una manera tan filosófica como gráfica cómo fue el rodaje:[2]

Algunas veces la ficción no se encuentra tan lejos de la realidad. Algunas veces la ficción es la realidad y presenta la realidad mejor que la vida misma. A menudo las películas parecen más reales que las cosas que se suponen deben representar” (Flynn 2003, p.291). “El guion hablaba de agua por el cuello y ¿qué tuvimos?, agua por el cuello. En otro lugar decía que un par de tíos comían pescado crudo. Probaron de todo, pero sólo había una cosa que satisfacía a Walsh: pescado crudo” (McNulty 2004, p.181).

El actor fetiche de Walsh[3] se quejó de las malas condiciones de la filmación, en especial de su camerino (una simple tienda llena de agujeros por donde los chiquillos de la zona le veían desnudarse y donde una vez le llegaron a robar la ropa), pero aguantó como pudo el rodaje y se mostró colaborativo en todo momento. Imaginamos que sentía su trabajo como la aportación a una causa en la que no pudo participar directamente por motivos de salud,[4] lo mismo que debió sentir en el resto de cintas bélicas en las que actuó durante la guerra. 

Sin embargo, el protagonista de Desperate Journey y de las otras dos películas de la trilogía no tiene nada que ver con el capitán Nelson de Objective, Burma! La estrella va transformando su registro progresivamente desde el heroico y bromista aventurero tipo Robin Hood del primer filme, hasta el sobrio militar, el héroe anónimo, el civil reconvertido en soldado por las circunstancias, del segundo. La verdad es que sorprende gratamente como Flynn consigue, pese a su aureola estelar, hacer creíble al personaje de Objetivo: Birmania

Suponemos que gran parte de la culpa de la seria actuación de Flynn la tiene la dirección de Walsh cuando el carácter de Nelson se va perfilando por cómo se comporta en la preparación de la misión, en la acción y, en definitiva, en el liderazgo ante sus subordinados cuando la situación es desesperada. Walsh define muy bien la soledad del mando, la responsabilidad del que toma las decisiones y la atracción que siente la tropa hacia su jefe. La simbología judeocristiana del líder paternalista al que siguen ciegamente sus subordinados, copiada posteriormente por cineastas como Steven Spielberg,[5] llega a todo su esplendor en la batalla final, cuando el capitán Nelson lanza una bengala para iluminar a sus soldados, para que vean al enemigo y acaben con él.



[1] Tan reales parecían las localizaciones que algunos espectadores que estuvieron en la campaña de Birmania no se creían que lo que estaban viendo se había filmado en California. Las altas temperaturas y la excesiva humedad, si bien ayudaron a lograr lo que Walsh quería, retrasaron mucho el rodaje y se convirtieron en la principal preocupación del realizador.

[2] El actor lo pasó realmente mal, padecía de sinusitis lo que dificultaba aún más la respiración en un entorno ya de por sí bastante asfixiante. Aunque estaba irritado todo el tiempo, su relación con Walsh fue “amigable” (McNulty 2004, p.181).

[3] Raoul Walsh, junto a Michael Curtiz, fueron los directores que más trabajaron con Errol Flynn (Walsh lo hizo hasta en nueve ocasiones).

[4] Intentó alistarse, pero lo rechazaron por diversas afecciones crónicas que sufría: desde problemas con el corazón hasta tuberculosis, pasando por malaria y dolores de espalda).

[5] Pensamos en Salvar al soldado Ryan (Saving private Ryan, 1998)





lunes, 7 de noviembre de 2016

A WAR (Krigen de Tobias Lindholm, 2015)

“Una guerra”, así de escueto y sencillo es el título de la nueva película de Tobias Lindholm (casi como una continuación de su excelente A Hijacking , "Un secuestro", con la que tiene muchos elementos en común). Dos palabras, unas y otras, que en su concisión encierran toda la complejidad posible en un mundo tan crispado como el que nos ha tocado vivir. Con A War, Tobias Lindholm ha querido enumerar algunas de las consecuencias que puede acarrear un conflicto bélico en la vida de los soldados que allí combaten y en la de sus familias. Tarea nada fácil, pero resuelta de forma brillante, en nuestra opinión.


Claus Pedersen (Johan Philip "Pilou" Asbaek, actor en primera línea del star system escandinavo, presente en todas las películas importantes que vienen de allí, también el protagonista de A Hijacking) es el oficial de mayor grado al mando de un destacamento danés en el frente de Afganistán. Tras sufrir algunas bajas decide acudir él mismo a las patrullas en vez de supervisarlas desde el centro de operaciones, como es su obligación. En pleno ataque del enemigo, toma una polémica decisión para salvar las vidas de sus soldados, pero no puede evitar daños colaterales entre la población civil. Suspendido de sus funciones, es enviado de vuelta a casa a la espera de ser juzgado por crímenes de guerra.

El director danés Tobias Lindholm se atreve a abordar el espinoso asunto que enfrenta al respeto a la ley por encima de todo, contra la comprensión hacia personas que se juegan la vida y tienen que tomar decisiones en décimas de segundo. Algo que no es nuevo, pero que el realizador gestiona desde la posición neutra del crupier que se limita a repartir las cartas para que sea el espectador el que finalmente tome parte en el juego.


Y la baraja es harto complicada. Por un lado, las ansiedades del frente, las situaciones extremas por las que personas corrientes, por muy preparadas que estén, tienen que soportar en territorio ajeno donde viven otros seres humanos que, cómo ellos, tienen familia y aspiran a una vida mejor. Lo malo es que a simple vista no se distinguen esos lugares comunes: los cascos, los uniformes mimetizados, la tez pálida, los cabellos rubios frente a los burkas, las barbas y la tez morena. Parecen seres de diferentes planetas; y no lo son.

Por el otro lado se sitúa la batalla cotidiana, la de los que se quedan en casa esperando el regreso del soldado. Una lucha también difícil de llevar, donde el objetivo es mantener la estructura de la familia intacta. Cuando ambos mundos se encuentran, en el caso de A War, no es precisamente para recuperar lo que dejaron atrás, sino para enfrentarse a otro dilema: al de la aplicación de una justicia implacable que amenaza con destruir lo poco que queda de su vida anterior.

Dilemas morales entre compañeros, tensión entre abogados, remordimientos en los acusados, presión desde las familias, son algunas de las fuerzas que entran en colisión en una cinta para el debate, muy bien rodada desde el realismo, tanto en las escenas domésticas como en las bélicas. Y aquí hay que decir que nada fue igual desde Salvar al soldado Ryan; todas las películas que vinieron después se benefician de una tecnología donde el verismo en la acción es siempre uno de los activos más importantes; igual que sucede en A War.

Por cierto, ¿se trata de la segunda parte de una trilogía que comenzó con la muy citada A Hijacking y que puede hacer historia en el cine europeo?... Lo ignoramos, pero estaremos atentos a Tobias Lindholm.





viernes, 23 de septiembre de 2011

CINE EN DVD: EN TIERRA HOSTIL (The Hurt Locker de Kathryn Bigelow, 2008)

Este verano asistíamos al lanzamiento de un pack de blue-ray con dos cintas ganadoras de varios premios importantes, una de ficción y otra documental, ambas con la guerra como denominador común. Vamos a hablar de la primera:



Por lo que realmente es conocida The Hurt Locker —la vida es así— es por ser la película ganadora de varios oscar en 2009 (seis, y nominada para otros tres), entre ellos los premios gordos de mejor película y mejor director, en una noche en la que la directora (Kathryn Bigelow) competía con su ex (James Cameron presentaba Avatar) por la obtención de la preciada estatuilla, y que convirtió la gala de cine en una pelea doméstica, o en un juicio de divorcio, todo para disfrute de los que se nos atragantan tales premios —aunque no dejemos de referirnos a ellos, mea culpa—.

La trama se desarrolla en plena guerra de Irak, en el seno de un grupo de desactivación de explosivos. La directora se centra en tres personajes, y sobre todo en uno, el especialista TEDAX, el sargento William James (Jeremy Renner), todo un héroe que desprecia a la muerte en cada misión a la que se enfrenta.



La cinta está bien realizada, bien fotografiada editada y rodada, y correctamente interpretada. Con un punto de giro inicial atractivo que hace que arranque la verdadera historia —SPOILER: Bigelow emula a Hitch en Psicosis y se carga al supuesto protagonista nada más empezar la película, y lo vuelve a hacer un poco más tarde con otro actor importante; es decir usa el cameo con intereses comerciales, muy lista la realizadora—, todo muy interesante, pero no suficiente para hacer que sea especialmente recordada. Ni siquiera desde el aspecto técnico: nada nuevo desde Black Hawk Derribado (O Salvar al Soldado Ryan, verdaderos punto de inflexión en cuanto al verismo y al nuevo punto de vista de las cintas bélicas).



¿Entonces que nos queda? Nos queda la tesis que defiende Kathryn Bigelow, quizás sea eso lo más interesante. Cómo ataca frontalmente al mito del héroe y lo va desmontando poco a poco. Primero lo tacha de loco, de fanático, de frikie, de irresponsable. El valiente sargento es un inhumano que se despreocupa de la vida de los demás, que persigue el suicidio, pero que no le importa "suicidar" al resto. Y lo vamos conociendo con cada nueva vuelta de tuerca de la directora, que armada con un cizañero punzón fílmico va presentando al héroe como a un desarraigado, un inadaptado social que es incapaz de vivir con su esposa e hijo una existencia normal, que no puede integrarse en la way life norteamericana por la que lucha, y que solo puede hacer lo que mejor sabe: intentar morir todos los días un poco más.

Por eso no nos parece casual que la directora estructure el largometraje en capítulos que arrancan con el rótulo de los días que le quedan a la compañía para ser relevados. Días para terminar la misión; o días para morir. Al sargento James le da exactamente igual.


Ver Ficha de En Tierra Hostil.



martes, 3 de agosto de 2010

MUNICH (Steven Spielberg, 2005)

De vuelta de unas vacaciones reparadoras seguimos con nuestra trilogía de reseñas sobre la obra de Steven Spielberg. Después del Soldado Ryan y de A.I., cerramos esta serie rescatando un artículo sobre Munich que hace tiempo publicamos en un periódico local; otra película discutida del realizador norteamericano.



"De la misma forma que existen fantasías sexuales -que tire la primera piedra al que no le haya ocurrido; yo confieso que tengo una repetitiva con Jessica Lange manchada de harina- existen fantasías cinéfilas (si es que pueden llamarse así). Les ruego que me permitan la siguiente: una tarde de copas con Steven Spielberg. Una charla con el director con motivo de haber visto recientemente Munich; cinta que acaba de salir en una nueva edición de DVD.

Después de pedir las copas, y romper el hielo con algún cotilleo, yo le daría la enhorabuena al realizador por haber conseguido salir del “pozo” donde se encontraba; y entonces entraría en materia. En primer lugar me interesaría por el aspecto técnico y resaltaría la estupenda labor de fotografía que tiene el filme: la luz con la que arranca la película va degenerando hasta volverse muy dura y extraña a medida que el propio protagonista se descompone, victima de la violencia, verdadero eje central de la historia. A continuación le preguntaría por la acertada elección del atrezzo: me gustaría comentar esa instantánea que coloca detrás de la actriz que encarna a Golda Meir (¡qué buena caracterización!) donde se ve a Richard Nixon riéndose con ganas. También pequeños detalles que realzan algunos personajes, como esa inmensa cantidad de sellos que aparecen en primer término en la mesa de un contable del Mossad. En ese mismo sentido, le diría que me pareció muy oportuno el final: el alegato contra la violencia, que es la entrevista del agente israelí y su jefe, conduce a una panorámica del skyline de Nueva York que sutilmente nos descubre las Torres Gemelas (por supuesto, aparecen gracias a efectos especiales), es cuando el plano se queda fijo, centrado en los rascacielos tristemente desaparecidos. Le diría a Steven, apurando la primera copa, que es cierto, que la violencia no es la solución a ningún problema, que situaciones como las de Munich y la respuesta dada por los judíos sólo han conducido a masacres como las del World Trade Center.

"¿Otra copa Steven? ¿Un dry martini?" Creo que sería el momento oportuno de hablar del famoso espíritu religioso que siempre anda presente en sus mejores obras -y ésta lo es-. La historia del propio protagonista, el agente Avner (estupendo Eric Bana), abandonado por su madre al nacer y elegido para "salvar" el honor judío después de la matanza de las olimpiadas, es una clara metáfora de la tradición bíblica. Así, un nuevo Moisés renace en la presencia del agente del servicio secreto para llevar a cabo una misión divina. Las continúas referencias a la religión en boca del quinteto de terroristas, y la redención final de Avner que encuentra "su tierra prometida” con su familia, son ejemplos de los temas que le interesan a Spielberg.

También me gustaría que me comentase cómo consigue ese crudo realismo en algunas secuencias, realismo que sólo él es capaz de obtener (véase La lista de Schlinder o Salvar al soldado Ryan, entre otras ). Destacan por su verismo las escenas de cama donde Eric Bana y su mujer embarazada sudan mientras hacen el amor, muy lejos de como nos suelen presentar a las estrellas de Hollywood en este tipo de situaciones, donde los actores prácticamente ni se despeinan; los planos documentales de algunas ciudades europeas, rodados en exteriores; o la autenticidad de la fría ejecución de la asesina profesional. En contraposición, también le diría que algunas tomas parecen extraídas directamente del story board, como las de la falsa persecución final con Avner llevando a su hija en brazos, o las de los tiroteos.

Por último, antes de despedirme, le diría que el efectivo truco de guionista, de ir contando a retales lo que ocurrió en la ciudad alemana en 1972, consigue su propósito de enganchar al espectador y que gracias a eso, a su buen hacer como director, siempre con el ritmo adecuado, y a la historia en sí, hace que no se note en absoluto la larga duración de la cinta.

En definitiva, parece que el "mago" Spielberg realizó una de sus obras mayores y por eso y porque siga ofreciéndonos de vez en cuando películas como ésta brindo por él: Por ti Steven."


Ver Ficha de Munich.




martes, 8 de junio de 2010

CINE EN DVD: SALVAR AL SOLDADO RYAN (Saving Private Ryan de Steven Spielberg, 1998)

Nos salimos de los límites habituales de esta sección (no será la única vez que lo hagamos) para adentrarnos en las nuevas tecnologías, en la alta definición y en el Blu-ray, un formato de video que parece estar suficientemente extendido (¿alguien lo tiene?). Y creemos que ninguna película es más adecuada para visionarla con esta configuración que la oscarizada cinta de Steven Spielberg.




El pasado día 26, la Paramount anunciaba su lanzamiento con una edición especial de dos discos, donde se incluyen extras que suenan tan jugosos como el documental presentado por Tom Hanks, Rodando Guerra, acerca de los fotógrafos de combate de la Segunda Guerra Mundial. Pero vayamos al filme donde el capitán Miller (Hanks) y su pelotón de Rangers tienen una misión muy particular: encontrar al soldado Ryan (Matt Damon) y traerlo sano y salvo a retaguardia para que el Tío Sam pueda devolvérselo a su familia y así evitar que fallezca como el resto de sus hermanos.

Podríamos comenzar con los posibles defectos de esta importante cinta, como son la excesiva longitud del metraje, la irregularidad de la historia y el discurso descaradamente patriótico. Del primero nada que objetar, tres horas son demasiadas para cualquier película; del resto se podría hablar largo y tendido. Sólo apuntar que nos alegramos de lo que muchos han criticado: lo desigual de la trama. No me parece un error enmarcar la cinta con dos tremendas secuencias de combate, de más de 20 minutos cada una, y dejar el resto del tiempo al pelotón divagando sobre la conveniencia de poner en peligro sus vidas a cambio de una sola, más algunos puntos de impulso salpicados de acción. No me lo parece si lo que se pretende es que el espectador sienta en sus carnes la batalla cuando ésta se presenta, con toda su crudeza y con el mayor realismo posible, y permanezca en tensión el resto del tiempo. Así es la guerra.




Y la polémica sobre el mensaje. Es cierto que las cintas –yanquis- de este corte chirrían con su machacón patriotismo, pero también lo es que el tiempo suele jugar a su favor. Si no fuera así rechazaríamos filmes como Objetivo Birmania, Arenas Sangrientas o Fuego en la Nieve, por poner unos pocos ejemplos, sólo por su contenido propagandístico. Es decir, pasados los años, lo cinematográfico supera al mensaje inicial, por muy espurio y falso que sea, y hace que se desvanezca hasta casi desaparecer. ¿A quién le importa si el general Custer era un héroe o un psicópata? Sólo sabemos que Murieron con las botas puestas es una obra de arte.

De las bondades de la película es más fácil hablar. Las dos secuencias citadas (el Desembarco de Normandía y la defensa de Ramelle) son tan importantes que han sentado las bases de una nueva forma de verismo fílmico. Y todo gracias a la manera de narrar del realizador, al montaje y, sobre todo, a la habilidad de Janusz Kaminski, el habitual director de fotografía de Spielberg. El operador polaco se emplea a fondo para conseguir unas imágenes tan reales que el espectador se siente dentro de la batalla. El manejo del obturador, la poca saturación de color y el empleo de toda suerte de artilugios, como el Image Shaker que consigue sincronizar el movimiento del objetivo con las explosiones, logran el milagro. Un estilo a imitar a partir de entonces (Black Hawk derribado, el díptico de Eastwood sobre Iwo Jima, etc.) que certifica la pertenencia de la cinta al mundo de los clásicos.

La trama inspirada en la historia de los hermanos Niland tiene el toque personal de Spielberg. Reconocemos que uno de nuestros pasatiempos preferidos cuando nos enfrentamos a una cinta del “mago” es la de interpretar o descubrir el transfondo religioso que casi siempre tienen la mayoría de las películas del director.



En efecto, esa simbología cristiana aquí se deja ver con más fuerza si cabe que en E.T., El Diablo sobre ruedas, A.I. o Munich. Así, observamos como el eje central de la película descansa en el hecho de dar la vida por los demás (el capitán Miller da su vida para salvar la de Ryan). En su calvario particular le exige al soldado que sea merecedor de esa salvación, que lleve una vida digna. Al final el viejo Ryan, ante la tumba del capitán, y acompañado de toda su familia, confirma que ha sido merecedor de la salvación.

Pero hay más simbolismos. Podemos recordar la noche donde los soldados del pelotón, refugiados en una casa en ruinas, se confiesan entre ellos y ante el capitán. Éste vela sus sueños, incapaz de dormir, como Jesús en el monte de Los Olivos. ¿Alguien ve más paralelismos entre la película y la vida de Jesús? Puede ser un interesante ejercicio cinéfilo descubrirlos. Alguno de mente retorcida (y estaríamos de acuerdo con él) podría considerar el propio Desembarco, de donde arranca todo, como una metáfora del bautizo de Jesús y los Apóstoles. Por supuesto la constante amenaza de los alemanes equivaldría a la correspondiente de los romanos; o incluso de los judíos en el Nuevo Testamento. Terrible paradoja ¿no?



Ver Ficha de Salvar al Soldado Ryan.



lunes, 15 de diciembre de 2008

LA DELGADA LÍNEA ROJA (The Thin Red Line de Terrence Malick, 1998)





I
Mire la jungla: esas lianas que se enredan entre los árboles y lo engullen absolutamente todo. La Naturaleza es cruel.”

Si la tratas bien ella jugará contigo. Podrás rozar tu cuerpo con las plantas de sus arrozales, esconderte como un niño entre los maizales, o nadar a favor de la corriente en las aguas cristalinas de sus ríos. Serás feliz entre la gente feliz. Los mejores días de tu vida transcurrirán entre risas, caricias, juegos y paz. Sobre todo paz.

Ese otro mundo al que te refieres, el que por fin has encontrado, sabes que algún día desaparecerá. Lo hará cuando el buque de guerra rasgue el mar turquesa con su estela de muerte. Volverás al campo de batalla y, aunque la veas de color verde intenso, ya no será tu lugar de juego. Y no la tendrás a tu lado. La Naturaleza es cruel.



Pero lo único que hace es defenderse de vosotros. Esa colina ya no forma parte de un paisaje paradisíaco; es tu peor pesadilla. Los animales que habitan en la jungla más espesa te observan, sonriendo; las hojas de las palmeras, desde su inmune perspectiva, te miran desafiantes y dirigen a las aves carroñeras que ya vuelan en círculo, señalándote.


II

En este Mundo, un hombre, por sí mismo, no es nada; y no hay otro mundo aparte de éste
Esta roca. Puedes pensar lo que quieras, puedes vivir imaginándote tu mundo feliz de ahí fuera, pero la única realidad es esta maldita isla.

Es cierto que da la impresión de que luchamos juntos, pero la verdad es que estamos solos. Cada uno se las tiene que ver contra todo el enemigo. Cada soldado es una isla. Los hay que viven de y para esto: ansían ese ascenso que nunca llega y ni se inmutan cuando sus botas chapotean en nuestra sangre. Desprecian a los que se preocupan por los demás; les tachan de cobardes y débiles. Los expulsan, los apartan de su lado. Sólo buscan a los que cumplen sus órdenes como autómatas. Carne de cañón.

Y luego todos los demás: el duro, el sorprendido, el práctico, el escéptico y tú. ¿Por qué te empeñas en buscarte problemas? ¿No ves que todo es mentira, salvo esta maldita isla?


III

Terrence Mallick adapta la novela homónima de James Jones para realizar posiblemente la película bélica más intimista de la historia. La acción transcurre en la Segunda Guerra Mundial, en Guadalcanal. Un batallón, al mando de un coronel que sólo busca medrar, desembarca en la isla y su primera misión es tomar una colina, un lugar estratégico que les costará muchas vidas y sufrimiento.

El punto de vista elegido por Mallick es interior: aunque sea una película coral, predomina el individuo. Al director le interesa más la radiografía que la imagen de cada soldado; y así nos lo hace ver. Detecta el alma de cada personaje gracias a algunos recuerdos en flash-back; a la música de Hans Zimmer, que silencia los gritos; o a voces en off que resuenan en las excelentes imágenes fotografiadas por John Toll.



Para enmarcar la película, Mallick elige dos caracteres enfrentados: el sargento primero Welsh (Sean Penn) y el soldado Witt (Jim Caviezel) -dos conversaciones entre ellos, una en el arranque y otra al final, presiden la cinta-. El primero, es un veterano escéptico que intenta llevar a su terreno al segundo, un idealista que aún cree en la bondad de las personas. La elección de los actores es perfecta. Ahora sabemos lo bien que se le dan los papeles de místico a Jim Caviezel; pero Sean Penn no le va a la zaga en una actuación muy cercana a la de Corazones de Hierro (Casualties of War de Brian de Palma, 1989).

La Delgada Línea Roja anticipa en algún sentido el carácter religioso de Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, de Steven Spielberg, se estrenaría al año siguiente), auque su resolución es más pesimista. Las dos cintas inciden en la moral cristiana de dar la vida por los demás. Pero, mientras la de Spielberg concluye con ese mensaje, la de Mallick da una vuelta de tuerca final para quedarse con lo inútil del gesto y lo absurdo de la guerra.

Ver Ficha de La Delgada Línea Roja



viernes, 11 de enero de 2008

CARTAS DESDE IWO JIMA (Letters from Iwo Jima de Clint Eastwood, 2006)

Letters from Iwo Jima forma parte de un proyecto de enormes dimensiones –y de gran calidad- que comenzó con Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006) para finalizar con esta joya del séptimo arte. Clint Eastwood y Steven Spielberg han creado una de las referencias futuras del cine con dos largometrajes que no sólo tienen en común la batalla que da nombre al título, también comparten el mismo “tono”: una fotografía muy dura, con una baja saturación de color, rozando el blanco y negro; y un uso continuado del flash-back para proyectar al presente –y al pasado- lo acontecido en Iwo Jima.



Eastwood, Spielberg y… Paul Haggis. Cada uno aportando lo que mejor sabe hacer para lograr un todo armonioso, una obra maestra. Así, la estructura coral, con sucesivos saltos del punto de vista; los distintos recursos efectistas de agudo guionista, como el de la “faja protectora” -que recuerda mucho al traje “invisible” utilizado en Crash (2005)-, son algunas de las excelentes aportaciones del escritor –y oscarizado director- Paul Haggis. Apasionante tarea la de descubrir los elementos propios de cada uno de los dos cineastas restantes. Vamos a ello:

De Spielberg, el realismo -los silbidos de los disparos, como en Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998) y el sonido metálico de los cañones son muy cercanos a los verdaderos- y la mezcla de efectos para introducir al espectador en ese infierno. Pero además, el “mago”, seguro que ha influido con su varita para dar forma a dos de los personajes principales de la historia. Uno de ellos es el soldado “a la fuerza” (Saigo), ajeno a ese mundo de horror, de falso honor y de angustia. Tan perdido como E.T. en nuestro planeta o Tom Hanks en la terminal de un aeropuerto.

El otro personaje es el coronel de caballería Nishi. Un oficial sensato, un Schlinder en Iwo Jima que respeta a sus subordinados y también al enemigo, al que asiste, prácticamente, como un sacerdote -escenificación religiosa que tanto le gusta al director-; siempre de blanco en la batalla (símbolo de la bondad, pero también de la muerte) contraste perfecto con la oscuridad reinante de los túneles donde resisten los japoneses.



Si Saigo y Nishi tienen mucho de Spielberg, no me cabe la menor duda que el carácter que se le da al general Kuribayashi es obra de Clint Eastwood. Es el protagonista y viene de fuera para salvar a una comunidad en peligro gobernada por una pandilla de inútiles. Sus arengas, el intimismo del personaje, las cartas, su actitud ante la vida, todo ello encaja con el discurso personal del realizador presente en algunas de sus mejores películas.

Eso sí, Eastwood es capaz de pasar de los emotivos primeros planos del general a la presencia casi fantasmal del enemigo. Para lograr este efecto el genial director no nos deja ver las caras de ningún soldado americano (a excepción del herido que entabla contacto con Nishi). Los marines son casi irreales –como los protagonistas de El jinete pálido (Pale Rider, 1985) o Infierno de cobardes (High Plain Drifters, 1973)- Son seres del exterior, prácticamente extraterrestres para los japoneses; sus rostros son sólo sombras macabras. Todos y cada uno de ellos representan lo mismo: la muerte.

Sin duda la conjunción de los elementos citados es lo que confiere a Cartas desde Iwo Jima la categoría de obra importante. Sinergia que se ve reflejada en el brillante plano final; el que justifica todo lo realizado anteriormente; el que nos deja ese buen sabor de boca.


Ver Ficha de Cartas desde Iwo Jima.

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