Penúltima jornada, ayer, en el XX
Festival de Cine Europeo de Sevilla, y hasta ahora la mejor de todas gracias al
visionado de una película maravillosa: La estrella azul del joven
director Javier Macipe, que acudió a la sala a presentar su largometraje.
Macipe habló del rodaje accidentado de la cinta (nada menos que 10 años de
producción desde que comenzó a escribirse el guion y, claro, con la pandemia por
medio) y se sentó entre el público para ver su obra. Me imagino que salió
contento de la sala dado el larguísimo aplauso que el público de forma unánime le
dedicó al filme.
La estrella azul narra el viaje que Mauricio Aznar
(Pepe Lorente), personaje real, cantante del grupo de rock aragonés Más Birras,
hizo a Argentina en los años noventa para salir de una depresión e intentar recuperar
de nuevo su vocación. Mauricio iba buscando la casa donde vivió y compuso sus
canciones Atahualpa Yupanqui, pero finalmente se instaló en Santiago del Estero
donde conoció al músico Carlos Carabajal y a toda su familia.
La cinta trata, por tanto, del viaje
existencial de un músico en crisis que halla su Shangri-La particular en
una ciudad de Argentina y en concreto en el seno de una familia de músicos especializados
en la chacarera (ritmo y danza tradicional argentina). El encuentro entre
Mauricio y Carlos, un viejo músico que acoge al roquero español como si fuera
su hijo o su alumno, es un hito en la vida de Mauricio, que pronto recupera el
ánimo para tocar música.
![]() |
La cinta se estructura en tres partes
muy diferenciadas, la primera en Zaragoza, la segunda en Argentina y la tercera
de vuelta a España. En cada una de ellas, pero en especial en la segunda, la película
brilla por todos lados. Hay planos excelentes que ya por sí solos son un
prodigio (el caballo acercándose a saludar, una orquesta en un bar, la imagen metafórica
de Carlos sentado al lado de un viejo árbol, y un largo etcétera), pero además la
música es magnífica y se presenta como una suerte de aprendizaje por parte de
Mauricio.
En La estrella azul no
falta el humor, pero tampoco el drama, incluso la tragedia, para una cinta que,
en palabras del director, «no es un biopic, sino un viaje de un músico
que renunció al éxito». De esta excelente película destaca la conclusión
cuando Macipe, entusiasmado con su obra, quiere hacer partícipe al público de
la experiencia de haberla rodado y filma un sorprendente final a lo Fellini en Y la nave va. Un final que deja buen sabor de boca como remate de una
película a la que se augura mucho éxito.
















